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Lectio Divina

Lectio Divina. 12o Domingo del Tiempo Ordinario
Oración con el Evangelio. Ciclo B.


Por: P. Martín Irure | Fuente: Catholic.net



Mc 4, 35-41


1. INVOCA



  • Ten fe en el Espíritu, que está listo para iluminar y animar tu conciencia, y así escuches la Palabra de Dios y te decidas a llevarla a tu misma vida.
  • Deja a un lado las preocupaciones y ocupaciones. Lo más importante en estos momentos es que te encuentres con el Señor, que te va a trasmitir su voluntad.
  • El orante cristiano escucha la Palabra y la acoge. El pagano es el que pide y el que habla, esperando que Dios le escuche.
  • La oración es cuestión de Amor. Y este Amor te pide, antes que nada, que te dejes amar. Por eso, la oración cristiana es una actitud, una manera de ser en la vida.
  • Conecta con el Espíritu del Padre y de Jesús. Él te va a manifestar la Palabra y tu actitud ante el Amor de la Trinidad. Invócale, abriéndote totalmente a su inspiración. Veni, Sancte Spiritus.


    2. LEE LA PALABRA DE DIOS Mc 4, 35-41 (Qué dice la Palabra de Dios)

    Contexto bíblico

     
  • El evangelista Marcos nos presenta en este relato a Jesús dominando la tempestad de las aguas del lago de Tiberíades. Marcos es un narrador, sobre todo, de los hechos de Jesús, más que un expositor de sus parábolas.
  • Al describirnos cuatro milagros, Marcos pretende subrayar el poder de Jesús sobre el mal y a favor de la vida. Así nos presenta:
    - la tempestad calmada (4, 35-41), la rehabilitación total del geraseno (5, 1-20) y de la hemorroísa (5, 25-34) y el dominio sobre la muerte (hija de Jairo, 5, 21-23 y 35-43).

    Texto

    1. Pasemos a la otra orilla (v. 35)
  • Jesús tiene la iniciativa de cruzar el lago de Tiberíades y llegar a la otra orilla, que era tierra de paganos. Y lo hace al caer la tarde. Tres detalles que nos cuenta el evangelista Marcos:
    - el lago, que luego se desataría en tempestad, símbolo de las fuerzas del mal;
    - al caer la tarde, cercana ya la noche, donde habitan las tinieblas, signo de la presencia del mal y
    - la tempestad, que amenaza con devorar las vidas de los discípulos.
  • Jesús quiere llegar a la tierra de los paganos, a la otra orilla, para llevar la salvación a todos los pueblos y gentes. Y se enfrenta con los poderes del mal, simbolizados por las fuerzas de la naturaleza, que pretenden impedir la acción liberadora de Jesús a favor de los humanos.
  • Jesús ha experimentado ya las amenazas y condenación de los fariseos, que le han acusado de estar poseído por Belcebú (Mc 3, 22). Y se enfrenta con firmeza a todo lo que va en contra de ofrecer la vida integral a los humanos.

    2. ¡Cállate, enmudece! (v. 39)
     
  • El viento amainó y sobrevino una gran calma (v. 39). La acción de Jesús es poderosa. Domina la tempestad. Devuelve la calma. ¡Admirable!
  • Pero, este prodigio no es el más llamativo. Es sólo un símbolo visible de lo que Jesús va realizando en el interior de las personas. Él viene para dominar todos los miedos irracionales y tentaciones al pecado, que nos pueden derrotar. Viene a traernos la paz interior y a tener confianza en Él, que camina en nuestra misma barca. Él es la misma fortaleza de Dios, que destruye todo lo que atenta contra nuestra dignidad de personas y de hijos de Dios.
  • Pablo exclama vigorosamente: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8, 31). ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? (Rom 8, 35). Porque Dios, que nos ama, hará que salgamos victoriosos de todas esta pruebas. Estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni otras fuerzas sobrenaturales, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes de cualquier clase, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom 8, 37-39).

    3. ¿Por qué son tan cobardes? ¿Todavía no tienen fe? (v. 40)
     
  • Jesús reprende a los discípulos por su falta de fe. Los miedos, la debilidad, la cobardía nos llegan por la falta de fe, o sea, la confianza total en el Amor y Fortaleza que nos regala el Señor.
  • Los discípulos manifiestan claramente su falta de fe: Maestro, ¿no te importa que nos hundamos? (v. 38). Así es también muchas veces nuestro modo de orar. Pensamos que el Señor se ha olvidado de nosotros y no nos hace caso. Y esto manifiesta que nuestra fe es imperfecta. Pues sólo esperamos de Él algún milagro. Y Jesús recrimina a quienes piensan así. El creyente debe tener la seguridad de que Jesús, el Padre y el Espíritu están con él siempre y que, por encima de los intereses terrenos, está el proyecto de amor y de salvación, preparado por Él desde antes de la creación del mundo.


    3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)
     
  • Dios no es el “tapagujeros” de nuestras necesidades. No es Aquel a quien podemos utilizar sólo cuando sentimos una necesidad corporal o material. Esto es propio de una religiosidad elemental e infantil, que pretende que Dios esté a “su servicio”, le sea útil en los apuros.
  • La fe nos hace confiar totalmente en Él, en los momentos agradables y en los desagradables. La fe sana nos dice que Dios no está ausente del mundo: de la naturaleza de las cosas y de las personas. Pues este modo de pensar lleva al ser humano a tener “miedo” ante Dios y ante las fuerzas de la naturaleza o a someterlo todo a sus propios deseos (Esto se llama “magia”).
  • Al encarnarse Jesús, al vivir con y como nosotros, sometido al sufrimiento corporal, difamación, condenación y muerte cruel, nos manifiesta que el “Dios lejano” está tan metido dentro de nosotros, que ya no es el Trascendente, sino el Inmanente, en el interior de nuestra propia conciencia, “más íntimo que nuestra misma intimidad” (San Agustín).
  • Y Jesús, desde nuestra debilidad asumida por Él, resucita en nosotros, para darnos su propia fortaleza y glorificación. Así nos libera de todo tipo de miedos y limitaciones.


    4. ORA (Qué le respondo al Señor)
     
  • Jesús, yo sé que Tú estás siempre conmigo. Aumenta mi fe y mi confianza en Ti, para que no me deje asustar por el oleaje de mis miedos y temores.
  • Espíritu de Jesús, pon en mi corazón la fortaleza necesaria para no dejarme llevar por cualquier viento de duda o desánimo.
  • Padre, que me pensaste con amor antes de la creación de los seres, acógeme en Ti mismo, para vivir siempre, confiado y sereno, en tus manos paternales.


    5. CONTEMPLA
     
  • Siento que toda la Trinidad está conmigo y descanso tranquilo porque los Tres cuidan de mí.


    6. ACTÚA
     
  • Recitaré con frecuencia el salmo 130 (131). Señor, mi corazón no es ambicioso. Acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre.
  • Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 24, 46).







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  • P. Martín Irure










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