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2. Cuando sientes dolor
Libros. Folletos Hospitalidad
Para orar. No te angusties en tiempo de adversidad.


Por: Centro de Hospitalidad y Misericordia | Fuente: Centro de Hospitalidad y Misericordia







Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación nuestra
2a. Corintios 1, 3-4



PALABRA DE DIOS

No te anusties en tiempo de adversidad



  • “Hijo, si te acercas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme, y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que seas exaltado en tu final. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y en las humillaciones, sé paciente. Porque en el fuego se purifica el oro, y los que agradan a Dios, en el horno de la humillación. Confía en él, y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él. Los que teméis al Señor, aguardad su misericordia, y no os desviéis, no sea que caigáis. Los que teméis al Señor, confiad en él, y no os faltará la recompensa. Los que teméis al Señor, esperad bienes, gozo eterno y misericordia. Fijaos en las generaciones antiguas y ved: ¿Quién confió en el Señor y quedó defraudado? ¿Quién perseveró en su temor y fue abandonado? ¿Quién le invocó y fue desatendido? Porque el Señor es compasivo y misericordioso, perdona los pecados y salva en tiempo de desgracia. ¡Ay de los corazones cobardes y las manos inertes, y del pecador que va por dos caminos! ¡Ay del corazón decaído, que no tiene fe!, porque no será protegido. ¡Ay de vosotros, los que habéis perdido la esperanza!
    ¿Qué haréis cuando el Señor venga a visitaros? Los que temen al Señor no desobedecen sus palabras, los que le aman guardan sus caminos. Los que temen al Señor buscan su agrado, los que le aman cumplen su ley. Los que temen al Señor tienen el corazón dispuesto, y se humillan delante de él. Caigamos en manos del Señor y no en manos de los hombres, pues como es su grandeza, así es su misericordia.”
    Eclesiástico 2, 1-22


    Pedagogía Paternal de Dios
     
  • “Habéis echado en olvido la exhortación que como a hijos se os dirige: Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor; ni te desanimes al ser reprendido por él. Pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que reconoce. Sufrís para corrección vuestra. Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? Más si quedáis sin la corrección, que a todos toca, señal de que sois bastardos y no hijos. Además, teníamos a nuestros padres terrestres, que nos corregían, y les respetábamos. ¿No nos someteremos mejor al Padre de los espíritus para vivir? ¡Eso que ellos nos corregían según sus luces y para poco tiempo! Más él, para provecho nuestro, y para hacernos partícipes de su santidad. Cierto que ninguna corrección es, a su tiempo, agradable, sino penosa; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella. Por tanto, robusteced las manos caídas y las rodillas vacilantes y enderezad para vuestros pies los caminos tortuosos, para que el cojo no se descoyunte, sino que más bien se cure.”
    Hebreos 12, 5-13
     
  • “Queridos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño, sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. Que ninguno de vosotros tenga que sufrir ni por criminal ni por ladrón ni por malhechor ni por entrometido: pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre. Los que sufren según la voluntad de Dios, confíen sus almas al Creador fiel, haciendo el bien.”
    1ª. Pedro 4, 12-16. 19


    Oración en la prueba
     
  • “En ti, Dios, me cobijo,
    ¡nunca quede defraudado!
    ¡Líbrame conforme a tu justicia,
    tiende a mí tu oído, date prisa!
    Sé mi roca de refugio,
    alcázar donde me salve;
    pues tú eres mi peña y mi alcázar,
    por tu nombre me guías y diriges.
    Sácame de la red que me han tendido,
    pues tú eres mi refugio;
    en tus manos abandono mi vida
    y me libras, Yahvé, Dios fiel.
    Me alegraré y celebraré tu amor,
    pues te has fijado en mi aflicción,
    conoces las angustias que me ahogan;
    ten piedad de mí, Dios,
    que estoy en apuros.
    La pena debilita mis ojos,
    mi garganta y mis entrañas;
    mi vida se consume en aflicción,
    y en suspiros mis años;
    pero yo en ti confío, Yahvé,
    me digo: «Tú eres mi Dios».
    Mi destino está en tus manos, líbrame
    de las manos de enemigos que me acosan.
    Que brille tu rostro sobre tu siervo,
    ¡sálvame por tu amor!
    Dios, no quede yo defraudado
    después de haberte invocado;
    ¡qué grande es tu bondad, Dios!
    ¡Y yo que decía alarmado:
    «Estoy dejado de tus ojos»!
    Pero oías la voz de mi plegaria
    cuando te gritaba auxilio.
    ¡Tened valor, y firme el corazón,
    vosotros, los que esperáis en Dios!”
    Salmo 30


    ORACION

    Oh, Señor:
    ve delante de nosotros, para guiarnos;
    ve detrás de nosotros, para impulsarnos;
    ve debajo de nosotros, para levantarnos;
    ve sobre nosotros, para bendecirnos;
    ve alrededor de nosotros, para protegernos;
    ve dentro de nosotros, para que,
    con cuerpo y alma, te sirvamos para gloria de tu nombre.


    REFLEXIÓN

    Para los momentos difíciles y negros te recomiendo dos cosas: orar y esperar. Invocar al Señor pidiéndole ayuda y consuelo; y dejar pasar el tiempo, que tiene especialidad para amortiguar y aún borrar las penas.
    No te turbes, no tengas miedo; abrázate íntimamente al Señor, y espera así a que pase la tormenta.
    Contra el vértigo, mirar hacia arriba, de donde vendrá consuelo y remedio. Pensar en Dios. ¡Arriba los corazones! Y esperar, porque después de la noche vuelve el día, y después de la tempestad, gran bonanza.
    Nuestra sensibilidad e imaginación son como un péndulo: tan pronto estamos llenos de optimismo, como abrumados por el pesimismo. Dejemos pasar un poco de tiempo, y veremos cómo nuestros sentimientos oscilan al extremo contrario.
    No te alegres demasiado en la prosperidad ni te dejes abatir en la adversidad. No pienses tanto ni te calientes la cabeza. No aumentes tus penas con cavilaciones inútiles.
    Sufre en cada momento sólo el dolor presente; ¿por qué te empeñas en añadirle el pasado y el futuro? Así te lo haces más intolerable.
    “Poquito a poquito se pueden sufrir muchas cosas” (Sta. Teresa del Niño Jesús). Escalón por escalón se sube a una casa; de un solo salto sería imposible.
    ¡Qué triste y cerrado se nos presenta a veces el horizonte del porvenir! Sin embargo, pasa el tiempo y vemos que la prueba no era tan dura como creíamos: nos acostumbramos, hallamos alivio inesperado y Dios nos da fuerzas extraordinarias.
    Las cosas son peores pensadas que pasadas; lo vemos por experiencia. Además, ¡cuántas veces nos equivocamos al pensar en el futuro! Sólo Dios lo conoce perfectamente.
    Hay quienes son pesimistas por temperamento; creen siempre que su desgracia es la peor, y se desesperan por ello. La imaginación los engaña, exagerando los males propios. No piensan que otros sufren bastante más que ellos y lo llevan bien, porque tienen menos soberbia y más resignación.
    Cfr. FERNÁNDEZ PIERA, J.M.;
    El Kempis del enfermo.














     
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