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Influencia del magisterio paralelo en la Educación Superior
En las materias de integración se hacen cartas astrales y se interpreta la vida según los signos del zodiaco. Enseñan quiromancia y esoterismo. Cuentan chistes ridiculizados al Papa y se predica que está primero el progreso y después la ética...


Por: P. Paulo Robles S.J. | Fuente: Is_Zarev



La labor educativa ocupa un lugar muy especial en la acción del magisterio paralelo en el mundo. Es la inversión a largo plazo. La movilización de masas y la intervención en los medios de comunicación dan frutos muy inmediatos, pero poco profundos. Sin embargo, la educación deja en las personas un sólido sustrato ideológico, una jerarquía de valores, una concepción de la vida y de la fe que difícilmente se borrará. La educación da a la persona los criterios, principios y convicciones que guiarán sus actos. No es poco lo que está en juego.

En este artículo tratarémos primero la doctrina moral de estos maestros y después algo de la enseñanza.

En la ecuación los errores de los maestros se multiplican en las mentes de los alumnos a través de ellos en la sociedad. Ellos tienen mucho interés en influir sobre los futuros gobernantes, empresarios, políticos, hombres de negocios, profesionales, etc. Por eso dedican grandes esfuerzos a transformar las mentes y los corazones de los alumnos universitarios de las clases altas. La educación la han abandonado.

En Latinoamérica, donde esta ola de sacerdotes rebeldes son particularmente activos, prescindieron de colegios dedicados a alumnos de alto nivel económico para dedicarse a las misiones, pero, sin embargo, mantienen la dirección de varias universidades de gran renombre y llamadas "católicas". Universidades que nacieron con la misión de evangelizar a través de la promoción de la cultura católica y de la vida cristiana.

Ahora, las cosas han cambiado y se han convertido en centros de agitación social en Centroamérica. Siguen el modelo de la Universidad Centroamericana de El Salvador, y aprovechan que los hijos de las principales familias del país acuden a sus clases. Inoculan en ellos la mentalidad contestataria del magisterio paralelo para sembrar la rebeldía contra las enseñanzas de la Iglesia y promover la participación en los procesos de liberación. De ahí saldrán agitadores sociales y algún futuro contestatario.

El trabajo en estas universidades parece pensado para dañar la fe de los alumnos. Un informe de un padre de familia de una de estas universidades, dice en 1994:

“El sacerdote director del Centro de Integración Universitaria, enseña doctrinas contrarias al Papa y al Magisterio de la Iglesia. Dice que acepta la figura de Cristo, pero rechaza la Iglesia. Habla públicamente mal de la Iglesia y del Papa” (esto es en sí mismo una contradicción pues fue el mismo Jesucristo el que fundó la Iglesia y el que la quiso con un Papa a la cabeza). “La imagen que deja este pastor en sus alumnos es que la Iglesia jerárquica no es más que la cómplice del Estado Mexicano para que los gobernantes con la bendición de Dios le hagan injusticias al pueblo”. Es un tema recurrente en los sacerdotes del magisterio paralelo.

“En los masters de desarrollo humano de estas universidades, se habla de reencarnación, de que el ser cristiano obstaculiza el que el hombre logre su plenitud humana, se ridiculiza el servicio y el amor al prójimo considerando dichas actitudes como enfermedades sicológicas y se fomenta el individualismo y el egoísmo con la excusa de la realización personal.

En las materias de integración se hacen cartas astrales y se interpreta la vida de muchachos según los signos del zodiaco. Enseñan quiromancia y esoterismo. Cuentan chistes ridiculizados al Papa y se enseña a los jóvenes que entre lo que ellos piensan y lo que enseña la Iglesia, es mucho más importante lo que ellos piensan. Se les dice que es señal de madurez en la fe el cortar con el cordón umbilical del papa, de los obispos y cualquier sacerdote, para regirse como laicos. Se les invita a vivir un nuevo tipo de sexualidad más liberada en la que realmente ejerzan su libertad”.


Simposio: "Calidad de vida y exigencias éticas"

En esta universidad qué enseñanza moral se puede esperar. Para verlo en una versión moderada basta analizar las actas del congreso “Calidad de vida y exigencias éticas” en una de estas universidades en la Ciudad de México, celebrado del 15 al 22 de septiembre de 1995.

La línea del simposio se quiere colocar entre dos extremos: de un lado la falta de ética, y del otro una ética legalista o estricta.

El magisterio paralelo muestra como punto de equilibrio una ética contextual (moral de situación) que no sigue al Evangelio como ley, sino que como muchos lo mira para tener cierta inspiración para el momento presente.

La doctrina del Magisterio –dicen- corresponde al nivel ideal y hay que concretarla al lugar y momento presente. Según la línea general de los ponentes, lo que desde el punto de vista de la ética es claro en el plano ideal, resulta complejo en la aplicación y genera conflictos de valores, algunos tan serios que hay que elegir entre dos males, pero como es una elección obligada ninguna de las dos alternativas es pecado. En resumen, lo que quieren decir es que entre el laxismo y el rigorismo es necesario el discernimiento, que viene a ser la ética adecuada a las circunstancias. Esto es precisamente la negación de la ética pues implica que no existe ningún principio universal y que toda la ética depende de lo que se presente. Es decir, los hechos concretos no son el campo de lo que se presente. Es decir, los hechos concretos no son el campo de aplicación de la ética, sino el principio rector. Obviamente, los mandamientos y la enseñanza de la Iglesia, según esto, se convierten en simples ideales de vida que cada cual deberá adaptar después según las circunstancias.

El P. Eduardo López Azpitarte, de la facultad de teología de Granada, abrió las conferencias con una disertación sobre los retos actuales que presentan las ciencias a la moral católica. En ella afirmó que “la valoración de las nuevas posibilidades podrían enfrentarse con una grave dificultad: que la ética se convierte en un obstáculo para el mismo progreso, cuando, en función de los principios y criterios tradicionales, se condena de inmediato cualquier conducta que no se atenga a las enseñanzas anterior. Si cualquier nuevo planteamiento debe acomodarse a los esquemas de siempre, la moral se convertiría en una ciencia estática, cristalizada, conformista, que podría ser admirada como objeto de un museo histórico, pero incapaz de responder a los desafíos del mundo actual. Y el peligro de estas condenas inmediatas no ha sido una mera hipótesis, sin ningún fundamento histórico” (pág. 41).

Este es un error. La ética es y debe ser un obstáculo; el obstáculo moral ante la realización del mal. Sin ella cómo evitar que el progreso acabe destruyendo al hombre. Es una barrera de protección que orienta al investigador y al científico, en la búsqueda del bien y en el rechazo del mal, en el respeto de Dios y del hombre. Es una salvaguarda de la humanidad antes de que se produzcan consecuencias irreparables. En la jerarquía de valores del P. Azpitarte está primero el progreso y luego la ética. Quizás porque cree que “la hipótesis de que con el cambio de los individuos se modifica también la sociedad, resulta históricamente inaceptable” (pág. 44).

Sólo el individuo tiene inteligencia y voluntad, sólo él puede ser sujeto de actos, sólo él responde ante Dios de sus acciones, sólo el individuo es responsable, las sociedades no. En toda sociedad hay buenos y malos, lo que pasa es que a veces los que las dominan son los malos; pero también hay santos, y hay héroes, verdaderos héroes. Como falla la premisa, la conclusión del P. Azpitarte es falsa: “la lucha contra el mal objetivo, que invita a arrastrar a la deshumanización, hay que plantearla en el plano de lo social y de los político” (pág. 45).

La lucha contra el mal objetivo la realiza cada hombre sobre todo en su conciencia y tiene manifestaciones en todos los ámbitos de su vida. Si se quiere cambiar una sociedad y llevarla hacia el bien, hace falta un trabajo en el campo de la cultura a través de la educación, los medios de comunicación, las leyes, etc., pero esto es sólo una horma de crear ayudas, promoviendo el bien y evitando el mal en la medida de lo posible; la lucha radical entre el mal y el bien sólo se plantea en las conciencias de las personas.

En la conferencia sobre procreación médicamente asistida, el P. Manuel Cuyás, comentando el documento Donum Vitae publicado por la Congregación para la doctrina de la fe el 2 de febrero de 1987, y la Evangelium Vitae del Papa Juan Pablo II criticó las intervenciones del Magisterio en contra de las técnicas de reproducción artificial. (Págs.90-91)

El P. Eduardo López Azpitarte, en una conferencia sobre el aborto y el control de la natalidad después de reconocer que de la unión de un óvulo con un espermatozoide surge una vida humana, se pregunta “si esa realidad humana es digna de un absoluto respeto e inviolabilidad desde el primer momento de su existencia” (136). Uno pensaría que, como sacerdote católico que es, va a hacer un esfuerzo para defender y justificar por qué la Iglesia desde el siglo I ha defendido siempre la vida humana desde su concepción (Catecismo de la Iglesia Católica, nn.2270 y 2271).

Pero no lo hace. Se limita a decir que muchos no comparten la postura “extrema” del Papa y que entre las posturas extremas hay que adecuarse al juego democrático. Después justifica la posibilidad de disentir de la enseñanza de la Humanae Vitae de Pablo VI que enseña: “no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien”.

Para el P. López Azpitarte enseñar algo en moral de modo infalible sería forzar la conciencia y “la conciencia es inviolable y el hombre no debe ser forzado a actuar de forma contraria a su conciencia, como lo afirma la tradición moral de la Iglesia” (pág. 149) No distingue entre “forzar” e “informar” que entra dentro de uno de las grandes misiones de la Iglesia : enseñar.

El escolapio Eduardo Bonnin en su intervención “violencia, guerrilla y terrorismo” hace mil piruetas para justificar cierto tipo de violencia que va más allá de la defensa propia, la única admitida por la Iglesia.

Esta deseducación de la juventud católica universitaria adquiere en las clases un cariz más extremista que el observable en las actas de un simposio internacional abierto. El fenómeno es generalizado: Ann Sheridan, presidente de la Georgetown Ignatian Society, lo denuncia como “el declive de la educación superior”.

La confusión doctrinal de los alumnos es enorme. Pero mucho más lamentable es el trabajo realizado con los niños.

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