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¿Por qué tanta hambre en el mundo?
Carta Pastoral de monseñor Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Valladolid


Por: Braulio Rodríguez Plaza | Fuente: .



¿Por qué hay realmente tanta hambre en el mundo? ¿Por qué hay niños que tienen que morir de hambre, mientras que otros se ahogan en el exceso de abundancia?

Tengamos en cuenta ese dato, y sigamos preguntando: ¿por qué siempre el pobre Lázaro, olvidado, tiene que esperar ansiosamente para recoger las migajas del libertino rico, sin poder atravesar el umbral de su casa?

Vayamos a diseñar algunas respuestas: si hay hambre en el mundo no se debe ciertamente al hecho de que la tierra no puede producir pan para todos. En los países de Occidente como España se calculan cuotas para la destrucción de los frutos de la tierra, para sostener los precios, mientras que en otros lugares muchas personas mueren de hambre. La razón humana siempre es más creativa para descubrir medios de destrucción que para encontrar nuevos caminos para la vida; es más creativa, por desgracia, para hacer presente en todos los rincones más apartados de la tierra las armas de destrucción, que para ofrecer pan en esos mismos lugares.

¿Por qué todo esto?

Porque nuestras almas están subalimentadas, ya que nuestro corazón está ciego y endurecido: el corazón no indica el camino al entendimiento. Hay que reconocer que el mundo está en desorden, porque nuestro corazón está desordenado, porque le falta el amor que podría mostrar el camino hacia la justicia. Mientras el ser humano no reconozca sus carencias, podemos hablar mucho de solidaridad, pero es mentira, porque esa solidaridad no pasa de ser simples parches.

Nosotros, los cristianos, si reflexionamos sobre el tema que traemos entre manos (el hambre injusto en el mundo), podemos ayudarnos de la Palabra de Dios, y pensar en lo que dijo Jesús, cuando Satanás le exigía que transformara las piedras en pan: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Satanás está intentando tentar a Jesús: hoy también lo hacen muchos, pidiendo explicación a Dios de realidades que tienen simples explicaciones humanas.

Es decir, para que haya pan para todos, primero tiene que ser alimentado el corazón del hombre con alimentos distintos del egoísmo, de la prepotencia, del olvido de los que les hemos arrebatado lo suyo. Para que haya justicia entre los hombres, la justicia tiene que crecer en los corazones, y esto no se consigue por el puro emotivismo del momento.


Pero la justicia no crece sin Dios y sin el alimento fundamental de su Palabra, como creyeron regímenes que han dejado todo asolado, o creen otros que sólo piensan en mercado, mercado, mercado, cuyas leyes siguen sin apartarse un ápice de ellas. Algunos lo llaman capitalismo salvaje; a mí me da igual cómo se llame, pero sistema injusto es, que no permite el desarrollo en los países pobres del Sur del planeta. Para nosotros, esa Palabra de Dios se llama Jesucristo, y se ha hecho carne, para que podamos recibirla. Lo grave es que este Jesucristo dice claramente en su Evangelio que Él está en esos hambrientos, en esos sedientos, que nos piden pan, pero también justicia.


La tragedia del Índico, del Sureste asiático, ha disparado sin duda todas las alarmas. Ciertamente esta organización católica para el desarrollo y la lucha contra el hambre en el mundo estaba ya acostumbrada a trabajar en muchos de los países afectado por el maremoto, estaba ya allí, como estaba Cáritas Internacional. No ha hecho falta ir expresamente allí. Pero sin duda todo esfuerzo por atender a esos hermanos será insuficiente.

No podemos dejar de ayudar a otras partes del mundo, en angustia permanente, como África, América, que esperan esos proyectos de la ONG Católica para seguir la lucha contra el hambre y la desesperanza. Dios conoce nuestro interior y sabe cuál es nuestra generosidad. Gracias.




 

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