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Pática Introductoria
Retiro Espiritual
La felicidad a tu alcance.


Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net



Queridos amigos:

Yo creo en la tremenda fuerza renovadora de unos ejercicios espirituales. La experiencia de haberlos impartido en numerosas ocasiones me lo confirma. He visto cientos de rostros radiantes de paz y alegría después de haber hecho esta experiencia. Espero que tú también puedas decir lo mismo como tantos y tantas: “He encontrado a Cristo y, por tanto, la alegría de vivir.”

Esto es una plática introductoria; es decir, una plática para que nos pongamos de acuerdo sobre las reglas que hay que seguir en unos ejercicios espirituales.

La primera palabra que tengo que decirles es: ¡Felicidades por haber entrado a esta sección! Porque cuesta tanto, se dan tantas excusas, hay tanto miedo, tanta burla para los que realizan unos ejercicios espirituales.

Ciertamente no se van a arrepentir. Pero, al mismo tiempo que les felicito, como si tratase de algo excepcional, no les felicito, porque han hecho algo que todos debieran hacer: dedicar al menos una hora del día a su alma, a lo único necesario.

Estos ejercicios son unas horas para pensar en serio sobre la vida: ¿Qué piensas de tu vida hasta hoy? ¿Eres feliz del todo? ¿Qué le falta a tu vida para ser feliz de todo? ¿Estás aprovechando tu vida, la única, la que estás viviendo por primera y última vez? ¿Te sientes realizado haciendo lo que haces y viviendo como vives? ¿Qué ha pasado con tu fe, con tu Cristo? ¿Los has perdido, acaso?

Renovarse o morir; lo has escuchado muchas veces, y aquí también viene a cuento esta frase: renovarte o morir. ¡Escoge! Todos necesitamos renovarnos. Las realidades más grandes de la vida, si no se renuevan, se refrescan, se mueren. Tienes que cargar gasolina de vez en cuando; necesitas repintar la casa; necesitas arreglar tantas cosas en la vida, si no, se deterioran y se vuelven inservibles. Decía una vez un señor: “No puedo hacer unos ejercicios espirituales porque estoy pintando la casa”, y le preguntaron: “¿Desde cuándo no pintas tu alma?” Y siguió un silencio...

Por desgracia somos cristianos que creemos a medias. Creemos a medias en Dios; nos olvidamos de aquella frase que dijo un convertido: “Dios existe y me ama”.

No creemos en la Eucaristía más que a medias, y por eso las misas aburridas o las misas a las que no asistimos. Creemos poco en la confesión. ¿Desde cuándo no te confiesas? Creemos poco en la vida eterna: está de moda no creer en el infierno ni en el cielo. En pocas palabras, confiamos a medias, es decir, no nos atrevemos a confiar en Dios, y por eso los problemas nos ahogan; amamos a medias, vivimos un cristianismo mediocre, y por eso no nos comprometemos en serio, no amamos a Dios sobre todas las cosas, y menos al prójimo como a nosotros mismos.

Como consecuencia el cristianismo no nos llena, no nos hace felices, no nos resuelve los problemas, más aún nos pesa mucho.
La verdad es que no estamos emocionadísimos de ser cristianos. Estamos, incluso, en grave peligro de cambiar de religión. ¿Que no? Y no somos capaces de trasmitir esa fe a los demás, por ejemplo a los hijos, por que nadie da lo que no tiene. Podríamos decir que estamos no en la religión católica fundada por Cristo, sino en la religión de Don Aburrido. ¿Cómo es eso? Te aburres yendo a misa, te aburres yendo a unos ejercicios espirituales, la Biblia te aburre, te aburre o te asusta confesarte; entonces dime cuál es esa maravillosa religión, quién la fundó. ¡Don aburrido!

Yo te estoy predicando aquí la religión del amor, la que fundó Jesucristo. Te reto a que te salgas de esa secta, por decirlo así, la religión que tú te has inventado, la aburrida, y te pases a la verdadera religión católica, la que fundó Jesucristo, la religión de los hombres más felices de la historia, la religión del amor.

¿Para que sirven los ejercicios espirituales? Más que decirlo yo, prefiero que te lo digan otros que han asistido.

Te leo algún cuestionario. “Cuando me invitaron al retiro fue una sorpresa, pues nunca había estado en uno, y me parecía que sería como ir a un planeta fuera de nuestra galaxia.” ¡Imagínate cómo empieza! “Tomé un día la decisión de ir, pero casi como obligado por mis familiares y por una persona que ha sido como el fiel en la balanza de mi vida. Todavía ese día, el día que comenzaba el retiro, dudé y le dije a mi esposa: “¡No voy!” Ella me hizo maletas... -muy bien hecho-, y tácitamente me dijo que era por mi bien. Me di cuenta de que mi lejanía de Dios no era más que por comodidad y pereza y por una falsa intelectualidad juzgadora, que rompía la humildad y aumentaba la soberbia. Sus palabras, padre, han removido mi conciencia y han cambiado en unas horas mi vida. Mi cambio lo sentí muy claro: Es como si hubiera vuelto a circular la sangre por mi cuerpo. El viernes en esos momentos de meditación que son maravillosos, recordé un cuento del que me platicaba mi abuela: Blas era un niño de mi pueblo, al cual se le conocía como el “Cara sucia”, pues nunca quería bañarse ni limpiarse. Un día, que había llovido, se formaron charcos en las hendiduras de las calles en las que reflejaban las imágenes. En uno de estos Blas “Cara sucia”, que nunca se había visto en un espejo, vio su imagen sucia y fea, y sintiendo repugnancia por saber que el del charco era él, inmediatamente partió a casa y, llorando, juntó sus lágrimas al agua, y se bañó durante mucho tiempo. Al terminar, vio que era un niño limpio y puro, y prometió que a partir de ese día iba a ser otro y diferente ... A mí me pasó lo mismo ayer. Me vi reflejado en el charco de mi vida, con mi mente sucia y confundida pero las pláticas y el Viacrucis han sido como el baño de Blas que han limpiado mi conciencia y mi raciocinio. La confesión ha sido el instrumento definitivo de mi cambio. Tenía mucho tiempo que no lo hacía. Y por primera vez en muchas, pero muchísimas noches, dormí sin despertar en ningún momento.”

Ahora quiero leer el cuestionario de una muchacha que también fue a un retiro: “Francamente salgo sorprendida de las maravillas que ha hecho el Señor conmigo. Siento una paz interna, como no lo había sentido más que una vez, un entusiasmo de vivir en gracia, de ser lo más parecido a María, sencilla, pura, generosa y cariñosa. Doy gracias al Señor porque es bueno y misericordioso, pues he aprendido en dos días lo que no había podido aprender en 17 años de vida que tengo. Espero ya no ser desde ahora -y creo haberlo logrado- la niña que era yo antes. Doy gracias al Señor porque me ha hecho ver que estaba en la basura, me ha dado la mano, y me ha ayudado a levantar y volver a vivir.”


¿Para qué sirven los ejercicios espirituales, por tanto?

Sirven para renovar, vivificar las grandes verdades de la vida, o bien recuperarlas, si se hubieran perdido; para refrescar las grandes motivaciones de la existencia, por las que vale la pena vivir y sin las cuales la vida pierde su sabor. Recuperar, por lo tanto, la fe en Dios, en la vida, en ti mismo; recuperar la paz y alegría, la auténtica alegría de vivir, la felicidad de poseer a Dios. Este retiro es la oportunidad, la gran oportunidad para ver tu pasado y purificarlo, para ver tu presente y ordenarlo, y para ver tu futuro y orientarlo debidamente. Tu futuro es lo más importante de tu vida.

Y aquí te espera Cristo; la solución de tu vida está cerca. Podría ser la gracia más importante de tu vida. Yo no lo puedo negar: puede depender de ella tu misma salvación eterna. ¿Quién puede decir que no? “Teme a Cristo que pasa y que no vuelve”. He he visto tantos cambios en los ejercicios espirituales que me considero un auténtico entusiasta de esta experiencia espiritual.

Se viene a los mismos a curarse de las heridas, las infidelidades, las caídas mayores o menores, la mediocridad, la tibieza, los pecados, todo lo que necesite curarse en la vida. Hay que dolerse profundamente de todo ello, pero con un dolor muy sano y esperanzado; sentir coraje, náusea hacia la mediocridad y tibieza para extirparlas. Armarse de valor para reaccionar con más amor y entrega que si nada de esto se hubiera dado en tu vida.

Ahora vamos a hacer un pequeño diagnóstico de cómo llegas a estos ejercicios espirituales: ¿Estás enfermo; incluso te consideras enfermo de gravedad, incurable? ¿Es una enfermedad crónica, constante, constantes recaídas, que te van acabando, que te van matando? Hay que tener valor para reconocer que estás enfermo de estas cosas, y querer curarte. Siempre hay tiempo de volver a empezar. La ventaja es que Cristo es aquí el médico, y puede curar todo. Gritarle como el leproso: “Señor, si quieres, puedes curarme”.

¿Cómo estás: Quizás desengañado de ti mismo, sientes que no tienes remedio, lo has intentado tantas veces...? Pues, intenta otra vez. Aún no lo has intentado de seguro con todas tus fuerzas. ¿Te acuerdas de GenGis Kan, aquel gran conquistador de China? En sus primeras batallas tuvo muchos reveses. En cierta ocasión estaba en su tienda muy triste y mirando con sus ojos al vacío, y se fijó en una hormiguita que subía por el hilo de la tienda y que se caía una, dos, hasta días veces se cayó; pero la hormiguita seguía intentándolo, hasta que, por fin, subió al techo de la tienda, que parece era su objetivo. Y en ese momento le vino una luz a este hombre: “Voy a intentarlo otra vez, como la hormiga”, y efectivamente, al intentarlo, conquistó China.

Así nos pasa a nosotros muchas veces: no lo hemos intentado con todas las fuerzas, y creemos que no podemos.

¿Estás desengañado, quizás, de Dios y de la religión? Puede ser que no conozcas bien a Dios o que tengas una idea inexacta de la religión del amor, la religión que ha hecho y sigue haciendo millones de felices. Obviamente con la condición de tomarla en serio. ¿Estás decepcionado de los demás? ¿De la vida? Tienes que saber que la vida sonríe a quien la trata bien.

Quizás tu problema es que estás insatisfecho por la vaciedad de tu vida, por esa mediocridad que produce malestar. Yo la llamaría insatisfacción provechosa porque lo malo es que no te preocupe, que te dé lo mismo. Porque de una gran insatisfacción puede surgir un gran propósito y un gran cambio en la vida.

O estás atormentado por remordimientos, dudas, egoísmos, miedos económicos, familiares, etc, etc. O bien, temeroso. Tal vez éste es el diagnóstico más exacto: con miedo de enfrentarte a Dios y reconocer que has sido, tal vez, un hipócrita, un cuentista.

Desde luego hay que tener la certeza de que es un doloroso pero muy positivo encuentro con Dios. Temeroso de enfrentarte a ti mismo, de ver tu vida manchada, mediocre, vacía. La verdad es que cuesta reconocerlo a cualquiera. Miedo de ir con los padres, de decir lo que tienes que decir, por ejemplo, en la confesión, quizás decir lo que nunca has dicho. ¿Qué va a pensar de mí? ¡Cuantas cosas les hacen pensar a los padres! O miedo al futuro. Decía alguien: “Todas las noches antes de acostarme lloro por esa fe que no tengo.” Este hombre indiscutiblemente tenía miedo de perder lo poquito que le quedaba de fe, y por tanto, del sentido de su vida.

Avanzando en esta charla, yo quisiera recalcar esta frase: “No importa cómo estás, si quieres cambiar” . Lo importante es que has entrado, y esto significa muchas cosas importantes: Que, aunque te duela, quieres saber la verdad de tu vida; que quieres renovarte; que quieres cambiar; que quieres volver a empezar, dejando atrás lo que pasó. Con Cristo todo se puede remediar mientras dura la vida. “Venid a mí -decía Él- todos los que andáis fatigados y agobiados, y yo os ayudaré.” Esta promesa es fabulosa, es gratis, la ofrece Dios que no puede engañarnos; nos la dice no un psicólogo bienintencionado sino el que lo puede todo, el mismo Jesús.

Vienes enfermo, pero con ansias de salud; triste, quizás, pero con hambre de felicidad; insatisfecho del rendimiento de tu vida, pero con ganas de dar la medida; frío y tibio, pero con ansias de calentarte; a lo mejor vienes fervoroso, y con ganas de aumentar el fervor.


Recomendaciones

¿Cómo estar en ejercicios espirituales? Voy a darles una serie de recomendaciones que son como una metodología para que los ejercicios espirituales produzcan los frutos que han producido en otros:

Hay que dejar las prisas, el sueño, los celulares, todo lo que me conecte con la problemática de la ciudad, y entrar sin nada, entrar tú solo. Son unas horas para pensar en serio sobre tu vida. Y los protagonistas de estos días serán Dios y tú. Convencido de que, si tú sales renovado, fervoroso, todo el resto de tu vida cambiará. Y debes de pensar que tu alma debe ser lo primero y que, para lo que es fundamental en la vida, siempre hay tiempo.

Hay que empezar desde el principio con toda el alma, removiendo obstáculos, flojedad, cansancios, prejuicios, miedos, lo que sea; en concreto desterrar los prejuicios que traes en la mente, como aquél de la galaxia; que el director de ejercicios espirituales habla así o no me convence o sí me convence. Tú escucha sus palabras, que son palabras a través de las cuales te habla Dios. Y sobre todo el prejuicio peor: que ya has hecho otros ejercicios espirituales, ya los conoces, que tú eres bueno, y que al leerlos simplemente quieres darte una afeitadita...

Hay que tener alma de niño, hay que hacer la oración como en la época en que la hiciste bien, quizás en otros ejercicios, quizás en otro momento de tu vida, y entrar del todo: Una decisión plena; procura tenerla rápido; sumérgete, arriésgate, lánzate; lo único que te puede suceder es que te cures, que te reanimes.

Además, estás tú sólo, como en un desierto, como en un paraje solitario, a solas con Dios. ¡OH silencio bendito que ha arrancado de las almas santas audacias! Pablo de Tarso necesitó retirarse a un desierto después de convertido. Cristo estuvo cuarenta días en el desierto antes de empezar su vida pública. Yo tengo predilección por estos retiros: se ve por un lado la miseria humana y por otro la grandeza de Dios y, si ambos se encuentran, surge el milagro.

Si hablas, y sigues lo mismo; si te distraes, y no pasa nada; si no haces caso a Dios, y sales amargado, culpa tuya entera.

Querer salir otro, distinto, nuevo, limpio, alegre, decidido... Pero necesitas quererlo, pelearlo, pedirlo; así salen todos los que han hecho estos retiros con sinceridad y sin medias tintas.


Reglas para obtener los frutos del retiro

El fruto de unos ejercicios espirituales no se improvisa, y yo aquí quiero recalcar seriamente cuatro reglas sin las cuales no puedo asegurar el fruto:

Primero: Silencio; y no pongas cara rara. Es una utopía hacerlo sin silencio. Ya sabemos que es una cosa que cuesta, y más a las mujeres, pero es necesario: te renueva, te enriquece. ¿Puedes o no puedes? Te reto y te sigo retando. Hacer unos ejercicios espirituales hablando es una santa manera de perder el tiempo.

Segunda regla: Oración: que significa hablar mucho, sinceramente, de corazón, con Dios. Las ideas no entran en la cabeza sino a golpes de oración. Pedir mucho a Dios que se nos graven como fuego en el alma. Estos ejercicios serán lo que sea tu oración. Su hondura será la hondura de tu trato con Dios. Recordar los días en que la oración te quemaba, y vencías todos los enemigos. Cuando tenías un gran problema, dime si hablabas con Dios o te distraías. Hacer tus oraciones como en tus mejores tiempos, encontrar el gusto por la oración, disfrutar la intimidad con Dios. Porque orar es amar y ser amado.

Tercera regla: Generosidad: firmar en blanco. ¿Qué quieres que haga, Señor? Evidentemente que Dios te va a pedir algo, algo importante. Si no te pide nada, es que no le importas a Dios.

Y añadiría una cuarta regla como recomendación, que consiste en mantener la paz y la serenidad durante todo el tiempo. El demonio intentará robártela y, si te la roba, estás perdido. No te dejes. Dios ciertamente te pedirá cosas difíciles, pero nunca te pedirá que pierdas la paz.


¿Cómo vas a salir?


Tengo otro cuestionario que me gustaría que leas “He dejado que pasen los días antes de decidirme a escribir esta carta, pues después del retiro al que asistí, pensé que el efecto iba a pasar pronto. Pensé, también, que el bienestar y alegría que he obtenido en mi reencuentro con Cristo iban a ser pasajeros, pero ha sido todo lo contrario: han pasado los días, y mi amor y mi fe han crecido de forma impresionante. Después del retiro nunca volveré a ser la misma, no quiero volver a ser la misma. He comprendido que, al estar llena de Dios, todo lo demás resulta fácil. Me encanta la canción que se canta en misa y que dice: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. Ha mejorado mi vida en todos los aspectos, después de buscar mejorarla por muchos otros medios. Quizás pueda pensar que estoy loca, pero para mí, mi reencuentro con Cristo fue como el reencuentro con un gran amor, el primero y el único que puede avasallar con tanta intensidad y que en mi ceguera, egoísmo y racionalismo podía haber dejado de lado. Debo también confesarle que al retiro acudí con pocas expectativas; iba con el clásico “a ver qué sale...” pero es lo mejor que me pudo suceder. No digo que yo sea de lo mejor, soy menos que nada, pero diariamente al único que trato de no fallarle es a Cristo y pues con eso todos van de gane, hasta mi esposo, que ha sido el más beneficiado con el retiro.”

Primero. Puedes salir orientado, sabiendo lo que Dios quiere de ti, cuál es tu misión en la vida. Ya el saber cuál es su camino, cuál es su misión, es una cosa fantástica, porque muchos no lo saben.

Segundo: Motivados, es decir, con deseos de cambiar, felices, nuevos, limpios. Y, en tercer lugar, decididos. Decididos a luchar, a cambiar, con unos propósitos muy firmes.
Lo mejor de tu vida está por verse. ¿De veras lo crees? Ya has hecho algo bueno, y Dios lo sabe, pero puedes hacer mucho más, y a eso debes aspirar. El retiro es una fuente de renovación y rejuvenecimiento espiritual; aprovéchala. A cuantos hombres y mujeres he visto renacer en los retiros. Si sientes deseos intensos de cambiar, de ser otro, de ser distinto, déjate inundar de esa luz y de esa gracia.

Obviamente, hay que vigilar a los enemigos: el cansancio físico y emocional, el desgaste espiritual, las pocas ganas. Se te perdona esto. Basta con que quieras que te motiven, y no pongas obstáculo. ¿Estás enojado contra algo o contra alguien? Ya sabes que el que se enoja pierde; no te conviene. Parte en mil pedazos el enojo, como Moisés rompió las dos tablas en las laderas del Monte Sinaí. Que sientes rutina, mediocridad, tibieza. Pero, entonces, ¿quieres morir o vivir? ¿Quieres vivir como un leproso, canceroso, tu vida? ¿o quieres vivir en plenitud? ¿Quieres alargar la náusea, el purgatorio de tu vida? ¡Claro que no!

Entonces a hacer los ejercicios con fuerza, como si de ellos dependiera tu salvación eterna. ¿Quién no quiere irse al cielo; quién no quiere ser santo; quién no quiere salvar miles de personas; quién se resigna a ser un semi-hombre, semi-mujer, un semi-cristiano, semi-apóstol? ¡Qué triste forma de vivir!

Por otra parte, hay que hacer alianzas con los amigos: en primer lugar con María Santísima. Cuentas con su ayuda y protección maternal desde el mismo instante en que empieza el retiro hasta el final. ¿Sabes que tú le caes muy bien a la Virgen? ¿Cómo lo puedo saber? Por que eres su hijo o su hija, y los hijos a una buena madre siempre le caen bien.

Tienes a Jesús en la Eucaristía. Que tu ida a la capilla sea un acto de amor, de agradecimiento, de fe, de algo positivo. Reencuéntrate con ese amigo, al que quizás le has dado la espalda. Él nos decía: “Yo estoy con vosotros, contigo, todos los días de tu vida”. ¿Por qué te empeñas en no creerlo?

Luego están los padres de tu parroquia. Todas sus limitaciones no podrán impedir que representen a Dios para ti, y te ayuden de manera muy eficaz.


Como conclusión; ¿Por qué no pueden ser estos ejercicios espirituales la experiencia más grande de tu vida? Son unas horas de gloria, junto a la fuente de aguas vivas que ha beneficiado a tantos y tantos.

Llegas, como la samaritana, con tu cántaro vacío, medio vacío, o por lo menos no del todo lleno. ¿No quieres terminar con tu cántaro lleno de amor, de alegría, lleno de fe, de generosidad; con cara y alma de resucitado?


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