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37. El camino de San Pedro en la fe, es el tuyo
Devocionario. Oración de abandono

En el itinerario de Pedro, leerás tu propia experiencia: en la confesión de fe de Cesarea, su actitud en la Pasión y la confesión de amor después de la Resurrección.


Por: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net




En el recorrido de la fe de san Pedro, descubres el itinerario de tu propia fe.

Recuerda a menudo las palabras de Clouzot: Creo que el verdadero pecado que he cometido cuando tenía quince o dieciséis años, es el haber querido ser yo mismo, por mi mismo". ¿No crees que ese es también tu verdadero pecado? Quieres subir al asalto de Dios para conquistarlo, mientras que su amor te acosa por todas partes hasta el momento en que encuentra una brecha para precipitarse dentro de ti.

En el itinerario de Pedro, leerás tu propia experiencia a partir de tres escenas vivas: la confesión de fe de Cesarea, la actitud de Pedro en la Pasión y la confesión de amor después de la Resurrección.

Lee Mateo 16, 13-27 y verás cómo tú eres llevado como Pedro por un doble espíritu: el Espíritu de Cristo y el espíritu de la carne o de Satanás. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, Pedro afirma: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". Jesús le dice con toda claridad que esta revelación le viene del Padre de los cielos. En el origen de este acto de fe, encontramos la fuerza atractiva del Padre que obra en el corazón de Pedro para hacerle discernir en las palabras y en los gestos de Jesús, al Hijo de Dios. Pero Pedro no tiene todavía el sentido pleno del acto de fe que profiere; tendrá que descubrir a lo largo de toda su vida y sobre todo en la prueba, la profundidad de su adhesión a Cristo. Otro tanto ocurre, con tu profesión de fe. Lo hermoso de una consagración a Dios, no está tanto en el "sí" de la profesión cuanto en la perseverancia en repetirlo cada día en la vida concreta.

En efecto, desde que Cristo comienza a anunciar su pasión, Pedro tiene una reacción espontánea, que está muy lejos de ser según el Espíritu: "¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!" Pedro está dispuesto a reconocer a Jesús como Señor, y a servirle en su Reino, pero rechaza un Mesías doliente que realiza la salvación del mundo por la Cruz. Escucha entonces las palabras duras y ásperas de Cristo: "¡Quítate de mi vista Satanás! ¡Tropiezo eres para mi, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!"

Pedro es puesto de nuevo en su verdadero puesto. Debe pasar "detrás" de Cristo, cuando estaba dispuesto a seguirle pero yendo delante. Como en la tarde de Jueves Santo, tiene necesidad de dejarse lavar los pies por Jesús, es decir ser amado por él primero. Sin saberlo, Pedro habla del mismo modo que Satanás en el desierto de las tentaciones. Sugiere a Jesús medios fáciles para salvar al mundo rechazando la Cruz. Con humildad, Pedro tiene que escuchar con los demás discípulos la consigna de Cristo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame".

Al entrar en la Pasión (Lc 22, 31-62), Pedro, que tiene mala memoria, ya ha olvidado las palabras de Jesús. Quiere seguirle hasta la prisión y la muerte, pero es todavía una amistad provocada por la simpatía y la admiración que exige ser purificada. Luego viene la triple negación de Pedro que se ve desbordado por todas partes. Por tres veces, afirmará que no conoce a Cristo. De hecho, no le conoce porque todavía no ha descubierto el amor infinito que Jesús le tiene y que le será aplicado en el perdón. Este amor, Jesús lo derramará en su corazón en el momento en que él entregue su Espíritu al Padre. En la oración, coloca juntas, una al lado de la otra, estas dos afirmaciones de Pedro: "Tú eres el Cristo el Hijo de Dios vivo", y "Yo no conozco a este hombre". Cuántas veces repites la experiencia de Pedro renegando prácticamente del rostro de Jesús.

Y precisamente en esa mirada de Cristo se operará la conversión de Pedro. Su humillación se transforma en amor. La primera confesión de Pedro era una confesión de fe, la segunda será una confesión de amor: "Simón, ¿me amas?". A la tercera pregunta de Jesús, Pedro no aguanta más y expresa así la profundidad y la solidez de su amor por Cristo: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero". Ya no tiene miedo de afirmar su amor a Cristo porque ha reconocido en él la fuente del amor y del perdón.

Cuando Pedro era joven él mismo se ceñía y era dueño de su vida. Llegado a viejo, debe dejarse conducir por otro allí donde no quisiera ir. En otro tiempo, Pedro hablaba ya bajo la inspiración del Espíritu Santo, pero no percibía toda la extensión de sus palabras. Ha llegado el momento en que debe acogerse y abandonarse entre las manos del Padre para que él opere maravillas a través de su pobreza.

Quieres seguir a Cristo hasta el final, pero, abandonado a tus propias fuerzas, eres incapaz de alcanzarle y entrar con él en el misterio de la Cruz. Es preciso sufrir muchos fracasos y conocer la prueba del desierto para que puedas comprender el amor infinito de Cristo para contigo. Entonces este amor se derramará en tu corazón por el Espíritu Santo y podrás decir a Jesús con Pedro: "Señor, tú sabes que te amo". Pero antes es necesario que te dejes realizar y amar por Cristo.




 





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