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30 "Toma a tu hijo, a tu único, al que amas...
Devocionario. Oración de abandono

Abandonarte como un niño en los brazos de Dios, amándole lo suficiente para ser feliz con sólo su voluntad.


Por: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net




"Toma a tu hijo, a tu único, al que amas... y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga." (Gn 22,2)

Si quieres comprender perfectamente este movimiento de total desaprobación de ti, lee en el Evangelio el consejo de Cristo al joven rico y lo que dice a continuación sobre el peligro de las riquezas, pero contempla, en transparencia de esta escena, el sacrificio de Abraham y comprenderás la disponibilidad que Dios espera de ti. Al joven rico como a Abraham, Dios le pide lo mejor que tiene, aquello a lo que está más apegado: "Dame tu hijo único". Todo lo que tienes es un don del Señor para que se lo devuelvas.

Un sacrificio de esta naturaleza es incomprensible en el plano de la razón humana, hay que pasar al orden de la fe y del amor. La actitud de Abraham como la de los apóstoles y la de la Virgen, es una entrega total de sí mismos a Dios en la fe. La palabra que mejor expresa esta disponibilidad confiada es: “Héme aquí." En la oración, pregúntate si tienes de veras la intención de pertenecer por entero a Dios, de entregarte y consagrarte a él a través de tu misma libertad. En este desasimiento de ti, te abandonas sin cálculo, sabiendo que Dios proveerá de todo. Es un acto de total confianza en Dios, capaz de resucitar a los muertos, pero es preciso que renuncies a aquello a lo que estas mas apegado.

Entonces encontrarás en la gracia aquello que no has temido abandonar a Dios. En si mismas, las cosas son buenas, pero sólo pueden ser poseídas en la gracia y el amor del Señor. Esta actitud de indiferencia respecto de los seres y de las cosas no te resulta natural pues estás tentado sin cesar de cerrar la mano sobre todo lo que. te rodea. Necesitas, pues, ejercitarte activamente en despegarte de todo para liberar tu voluntad. Una disponibilidad de esta clase debe ampliarse a todas las dimensiones de tu ser, aún a tu afectividad, tu acción y hasta tu mismo cuerpo. En los Ejercicios, san Ignacio indica la manera de comportarte, cuando describe el tercer grupo de hombres:

El 3º quiere quitar el affecto, más ansi lo quiere quitar, que también no le tiene affección a tener la cosa acquisita o no la tener, sino quiere solamente quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en voluntad, y a la tal persona le parescerá mejor para servicio y alabanza de su divina majestad; y entre tanto quiere hacer cuenta que todo lo dexa en affecto, poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere sólo el servicio de Dios nuestro Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor le mueva a tomar la cosa o dexarla (155).

Es preciso llegar a querer todas las cosas en la sola voluntad del Señor. En este terreno de la indiferencia, si bien la actitud activa es importante y depende de una libre decisión de tu parte, tienes, también, que dejarte realizar por Dios. San Ignacio dice muy bien que Dios obrará a través de tu voluntad que debe acoger la iniciativa de Dios. La actitud activa debe estar englobada en una confianza filial en Dios. Sólo él conoce los bienes que necesitas, y los medios concretos de empobrecer tu existencia concreta. Hay en ti ciertos bienes tan identificados con tu mismo ser que no puedes dejarlos por ti mismo. Es preciso, pues, dejar obrar a Dios que te empobrecerá a lo largo de los acontecimientos y circunstancias de tu vida. Aquí es tal vez donde la disponibilidad puede resultar más difícil.

El día en que verdaderamente tengas que renunciar a alguna cosa, o cuando Dios, por los avatares de la vida, te arrebate un ser al que estás muy apegado, corres peligro de caer de las nubes.

Solamente en este momento es cuando descubres lo difícil que es soportar este comienzo de vacío por causa del amor de Dios que, aparentemente, no te basta del todo. En definitiva, la verdadera pobreza, consiste en abandonarte como un niño en los brazos de Dios, amándole lo suficiente para ser feliz con sólo su voluntad.




 





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