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27. Seguir a Jesucristo, es entrar en el misterio de la Cruz
Devocionario. Oración de abandono

Sólo se conoce a Jesús comprometiéndose a seguirle.


Por: Jean Lafrance | Fuente: Catholic.net



Seguir a Jesucristo, es entrar en el misterio de la Cruz gloriosa.

Si entras con la suficiente profundidad en el misterio de la persona de Jesús, comprenderás que ha venido a liberarte recreándote a imagen de Dios. Pero no realiza esta recreación de una manera espectacular, la hace al modo del Siervo Sufriente de Isaías (cfr. 53). Jesús te salva por amor y por tanto por la humillación y obediencia al Padre. Jesús te engendra a la vida filial en el misterio de su Cruz gloriosa. No pases a la ligera y demasiado deprisa por el escándalo y acepta el ser profundamente desconcertado por la locura de la Cruz.

Sábete que no puedes conocer verdaderamente a Jesús sino entrando en el misterio de su Cruz. Cuídate de un conocimiento de la Cruz que sólo sea nocional y que no sea vital y existencial. Sólo se conoce a Jesús comprometiéndose a seguirle. Entregarte a él con todas tus fuerzas y con todo el amor de tu corazón, es aceptar el ser arrastrado allí donde no quisieras ir, es decir a la Pasión. Dando su vida es como Jesús conoce realmente al Padre: "Como me conoce el Padre y yo a él, y doy mi vida por las ovejas" (Jn 10, 15). El verdadero conocimiento de Dios culmina en voluntad de sacrificio, pues Dios es esencialmente amor y don.

Cuando Cristo te invita a seguirle y a llevar su Cruz (Lc 9, 23-26), te propone que te vacíes del sueño de tu vida para entregarte realmente a él. No entregas tu vida a una causa, un sistema o una ideología sino a una Persona: ".. a causa de mi", dirá Jesús. Ante su invitación, puedes echarte atrás como el joven rico, y entonces Cristo te verá marchar con tristeza. Puedes también decir, como los hijos de Zebedeo: "Sí, podemos beber tu cáliz" (Mt 20, 22). Este "si" está en la línea de tu bautismo y de tu oblación. Implica el seguir a Jesús donde quiera que vaya, compartiendo su muerte gloriosa.

Pero no basta el aceptar verbalmente el seguimiento de Cristo: el misterio de la Cruz hay que vivirlo en toda su existencia de hombre por una asimilación cada día más verdadera al Señor Jesús. Ahí es donde se plantea el don real de ti mismo para el servicio del Reino. El misterio de la Cruz que tanto asusta al hombre moderno, celoso de cierta plenitud, sólo puede ser comprendido en el amor, si no la Cruz está plantada en el absurdo y se convierte en un falso escándalo. Para entregarte, es preciso que te niegues a ti mismo, y para que te niegues es preciso que existas. No puedes cimentar la abnegación sobre la nada de tu naturaleza humana. Sólo el que abandona y entrega las cosas y los seres a los que ama puede adueñarse de ellos en una relación gratuita de amor.

Entonces el don de ti mismo implica un doble movimiento:
— En primer lugar la aceptación de tu realidad de hombre. Antes de pensar en ofrecerte a Cristo, es preciso, por lo menos, ser. El Señor pide que desarrolles a fondo todos los dones que ha depositado en ti: cuerpo, alma, corazón, voluntad y libertad. Todas las fuerzas vitales que surgen en lo más profundo de tu ser deben ser aceptadas con plena lucidez y sería un mal el rechazarlas bajo el pretexto de renunciamiento. Muchas dificultades provienen de que tú rehúsas el aceptarte tal como eres con todos los poderes que se encuentran en ti.

— Pero el verdadero amor de Cristo supone también que no te encierres en sus dones guardándolos celosamente para ti o utilizándolos para disfrutarlos tú solo. En esto consiste el pecado: en vez de hacer de ellos medios de relación al Padre y a los demás, los haces servir para tu propio fin. De este modo asumes todo el orden natural, todas tus aspiraciones, y las superas para entregarte a Cristo aceptando el ser invadido por la gracia de la divinización. Renuncia a tener ideas propias sobre el tema y acepta lo inesperado de la persona de Cristo. Se da ahí una verdadera conversión que supone un cambio total de ti mismo.

A Cristo le toca el purificarte en tus fuerzas vitales. Dejándote llevar por él, te purifica de tu tendencia a echar mano de tus legítimas posesiones. Es preciso pues que cargues con la cruz de cada día, es decir con este conjunto de purificaciones que te proporcionan las circunstancias de la vida. Pero ten cuidado y no fabriques la cruz en tu taller personal, déjale a Cristo que te cargue con "su" cruz. Aceptando así el perder tu vida, la salvarás. Sólo posees aquello a lo que renuncias. En la eucaristía de cada día profesas públicamente tu deseo de participar en el misterio de su muerte y resurrección. Al comer su cuerpo y beber el cáliz, es el mismo Cristo el que te enseña a entregarte al Padre y a los hermanos.





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