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La necesidad de repensar la praxis de inciación cristiana
¿Cómo ayudar, a quienes hoy se acercan a la fe, a ser cristianos?


Por: P. Fabián Esparafita | Fuente: ISCA



Es natural que, frente a los resultados cada vez más escasos, no obstante el precioso empeño puesto en todos los niveles, se eleve, por parte de los diversos agentes pastorales de la comunidad cristiana, un grito que exprese semejante perplejidad: ¿qué debemos hacer?

Es el interrogante que nace del vivir esta común desazón, por no lograr que se convierta en significativo y duradero el acercamiento a la vida de fe. Un interrogante que podríamos resumir así: ¿cómo ayudar, a quienes hoy se acercan a la fe, a ser cristianos?
Todos estos elementos muestran la necesidad de repensar la IC particularmente de niños y adolescentes.

Una praxis que responda a una doble fidelidad: por un lado que respete y asuma los datos de la situación histórica actual y por el otro que atienda y responda a las propuestas de la Revelación cristiana.

La fidelidad a los datos de la historia no se agota con la exigencia de adaptar el lenguaje y el testimonio cristiano a la particular situación de los oyentes, sino que exige asumir la historia misma de los hombres, por positiva o negativa que sea, como posible "signo de los tiempos", es decir, como lugar a través del cual el Espíritu habla en el hoy de su Iglesia y guía su accionar en forma adaptada a los tiempos.

Se trata, entonces, de recibir las transformaciones no con sentido de resignación o de pesimismo, sino, como eventuales desafíos u oportunidades que Dios nos confía en la certeza de que Él no abandona jamás a su pueblo y también hoy lo conduce a nuevos e inesperados espacios de vida.

Un primer gesto de fidelidad a la historia es el de tener en cuenta la denunciada crisis de la civilización, reconocerla y asumirla efectivamente como un desafío que exige emprender una nueva pastoral que responda a tal situación, sin inútiles nostalgias.
La tradicional praxis vigente en torno a los sacramentos de la IC refleja por demás una situación social en la cual la cultura y las mismas instituciones civiles sostenían la fe y las costumbres cristianas.


Pero hoy "ya no es posible hacerse ilusiones, se hicieron demasiado evidentes los signos de la descristianización, y de la pérdida de los valores humanos y morales fundamentales. En realidad tales valores, que si bien brotan de la ley moral escrita en el corazón de cada hombre, muy difícilmente se mantienen en la vida cotidiana, en la cultura y en la sociedad, cuando decae o se debilita la raíz de la fe en Dios y en Jesucristo" (Juan Pablo II, Discurso a la asamblea del IIIº Convenio eclesial. Palermo, 20-24 de noviembre de 1995).

En este nuevo cuadro socio-religioso no es raro encontrar a cristianos que, si bien se profesan tales, no poseen más una fe cristiana auténtica, que incida en la vida y en sus decisiones morales, y, si hacen alguna referencia a la Iglesia, es en vistas a conseguir servicios religiosos.

"El secularismo afecta directamente a la fe y a la religión. Desconoce la importancia que éstas tienen para la existencia cotidiana de los hombres y para su realización eterna. Al prescindir de Dios, se despoja al hombre de su referente último y los valores pierden su carácter de tales, convirtiéndose en ídolos que terminan degradándolo y esclavizándolo. Las secuelas de esta actitud suelen manifestarse en diversas formas de corrupción, que afectan a las personas y dañan el conjunto del tejido social" "El secularismo actual concibe la vida humana, personal y social, al margen de Dios y se constata incluso una creciente indiferencia religiosa" (LPNE 12).

Tal secularismo involucra a las familias y aún a aquellos que son bastante fieles a los encuentros dominicales, lo que nos permite insistir en no dar por descontada la presencia de la fe cristiana en quienes se acercan para iniciarse en la fe -sean niños, adolescentes, jóvenes o adultos-.

Encuestas recientes que investigan la fe de los católicos, muestran la urgencia de una formación catequística más amplia y profunda y la necesidad de no suponer, ni en la predicación ni en los textos de catequesis, verdades esenciales, tales como la divinidad de Jesucristo, la existencia de la vida eterna, la realidad del mal y de la culpa. En este campo, apremia una valiente renovación de la formación catequética de los catequistas, una presencia más vigorosa de los sacerdotes en esta tarea y lograr procesos orgánicos más acordes con la maduración de la fe de las personas y de las comunidades.

Ante tal situación, la pastoral catequística deberá dar la primacía al anuncio del kerigma en vista a engendrar o regenerar la fe; una fe que involucre los aspectos públicos y privados de la existencia humana, que consolide el sentido de pertenencia eclesial y que haga que la comunidad cristiana no sea una simple agencia de servicios religiosos, sino, lugar de vida, de identidad y de experiencia concreta de la salvación obrada por Cristo.
Los contextos de vida en los cuales viven quienes acuden a la Iglesia para iniciarse en la fe son multiformes y esto nos obliga a saber recibirlos respetando a cada uno tal como es.

Al mismo tiempo es indispensable observar y reconocer que tales circunstancias son diversas, fluidas y mutantes; a tal punto que el mismo sujeto puede pasar fácilmente de un ambiente donde se vive cristianamente a otro totalmente opuesto.

Será importante comprender que la IC ha de estar en función de las personas y no viceversa. En consecuencia tiene que ser superada la praxis de proponer a los posibles catecúmenos -sean niños, adolescentes, jóvenes o adultos- un único camino basado en el ritmo y esquema del ámbito escolar.

El discernir las "disposiciones religiosas" con que acuden los posibles catecúmenos debe ser tomado con la seriedad necesaria a fin de configurar con mayor claridad el itinerario más conveniente de la IC para cada catecúmeno o grupo de catecúmenos.

Se hace pues, urgente, discernir serenamente y asumir con coraje una pastoral de la iniciación cristiana que exprese nuestra firme decisión de navegar mar adentro para echar las redes atentos a los consejos del Señor.

Será inevitable la fatiga y múltiples las dificultades a la hora de debatir el diseño y las opciones que exija esta pastoral, pero creemos que es la ocasión para renovar nuestra fidelidad al Señor y dar un nuevo vigor a nuestras comunidades cristianas



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