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A - Domingo III de Pascua
Primera: Hch 2,14ª. 22-33; Salmo: 15; Segunda: 1 Pe 1,17-21; Evangelio: Lc 24,13-35


Por: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net



Sagrada Escritura:

Primera: Hch 2,14ª. 22-33
Salmo: 15
Segunda: 1 Pe 1,17-21
Evangelio: Lc 24,13-35







Nexo entre las lecturas

No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. Así se expresa Pedro en su primer discurso a los israelitas reunidos en Jerusalén el día de Pentecostés (1L). Pedro proclama de modo solemne que Jesús de Nazareth, hombre acreditado por Dios con prodigios y milagros, fue entregado según el plan misterioso de Dios, fue clavado en una cruz, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, porque no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. Como prueba de ello, cita el bellísimo Salmo 15 que canta la esperanza de que el justo no quedará olvidado en el sepulcro, ni conocerá la corrupción. Esta solemne proclamación de Pedro funda la fe de la Iglesia naciente y es también hoy para todos los cristianos el fundamento de su fe en Cristo resucitado. El Evangelio nos narra que los discípulos de Emaús comprendieron, después de que el viandante les explicara las Escrituras, que era necesario que el Mesías sufriese y así entrase en su gloria.(EV) En el fondo los dos de Emaús experimentaron con fuerza que efectivamente no era posible que la muerte retuviera a Jesús bajo su dominio. Comprendieron que la muerte de Cristo era precisamente la victoria sobre el pecado y sobre la misma muerte. Así pues, la muerte de Jesús no era la última palabra sobre Él, sino que esta última palabra sería su resurrección de entre los muertos. Quien llega a comprender mejor el misterio del misterio pascual de Jesús “toma en serio su proceder en la vida”, como nos amonesta la primera carta de San Pedro (2L). Se da cuenta de que “ha sido liberado no con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo.


2. MENSAJE DOCTRINAL

1. El misterio desconcertante de la muerte de Jesús. El fin trágico que tuvo la vida de Jesús, su pasión y muerte en manos de pecadores, era para los fariseos y jefes del pueblo una clara muestra de que Dios no estaba con Él. Ellos nunca habían creído en Jesús y ahora se burlaban de Él: Se ha confiado en Dios. Que ahora Dios lo libre, si tanto lo quiere. “Si Dios hubiese estado de su parte, lo habría liberado” -pensaban para sí mismos-. En verdad, da la impresión de que Jesús se encuentra totalmente abandonado y dejado a las manos de sus verdugos en los últimos momentos de su vida. Misterio no fácil de comprender. Pero la muerte de Jesús es también desconcertante para los que creyeron en Él con amor sincero, como es el caso de los dos discípulos de Emaús. Conversan por el camino, se reproponen el tema del Maestro, hablan acerca de los milagros de Jesús, piensan que era un hombre que Dios había acreditado con palabras y obras y, sin embargo, su muerte ha lanzado por tierra todas sus esperanzas: “nosotros esperábamos, pero ahora la realidad nos ha desengañado, ya no podemos esperar porque ha muerto en una cruz”. Aquí se hace más intenso el misterio: ¿Cómo pudo Dios abandonarlo de tal modo? ¿Acaso el Padre abandona a su Hijo a quien tanto ama? ¿Acaso la omnipotencia divina es vencida por la muerte? Sí, esta es la pregunta crucial. Esta es la pregunta que todo cristiano debe afrontar y darle una respuesta desde la propia experiencia de Cristo resucitado; porque la fe proclama precisamente que Dios lo resucitó librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que la muerte lo retuviese bajo su dominio. El cristiano es el hombre de esta fe robusta. El hombre que ha comprendido que Dios no abandona jamás, que Dios ha sido fiel a su amor hasta el fin, hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso, el cristiano debe ser un hombre de esperanza, de esperanza viva; ningún dolor, ninguna circunstancia, por más desesperada que parezca, tiene la última palabra en su vida, porque Cristo ha resucitado y es la primicia de su propia resurrección. La muerte, el último enemigo, ha sido vencido. La última palabra está siempre en el amor de Dios.

2. A Jesús le encontramos en la comprensión de las Escrituras. Es decir, a Jesús lo encontramos al comprender el Plan de Dios, el amor de Dios que se nos ha entregado en su Hijo, muerto y resucitado por nuestros pecados. ¡Qué necesidad tenemos de ser, como los dos caminantes de Emaús, hombres y mujeres que escuchan con atención y veneración la palabra de Dios. Personas que nutren su mente y corazón con el Plan de Dios. En este sentido, qué importante es la lectura diaria y profunda de la Sagrada Escritura, la reflexión, la repetición vocal de los parágrafos más profundos. La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en ella se nos revela Dios en su misterio y en su amor por nosotros.

Preguntémonos, ¿lleno mi mente y mi corazón con la verdad de la Sagrada Escritura? ¿La leo? ¿la medito? Ella es lámpara para mis pasos, luz en mi sendero. Los padres del desierto veían en la lectura y repetición de la Escritura un modo de alejar los malos pensamientos. La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, es la revelación de Dios y toda ella nos habla del misterio de Cristo, puesto que Cristo es el cumplimiento de las promesas, es la revelación definitiva de Dios, es la salvación para los hombres.


3. SUGERENCIAS PASTORALES

1. Muchas veces aquellos que siguen más de cerca a Jesús pasan por momentos de mayor prueba y dificultad. No se necesitan muchos argumentos para mostrar que los hombres pasan por momentos muy duros en la vida. Es una realidad que salta a los ojos. Más aún, parece que aquellos que están más cerca de Dios y que se han confiado de modo más total y absoluto a Él, el Señor los prueba más duramente y da la impresión que los abandona por momentos o temporadas. Pensemos en esos grandes héroes de la fe del siglo pasado, como el carmelita Titus Brandsman que sufre en el campo de concentración malos tratamientos que deterioran su salud y lo conducen a la muerte. Pensemos en el Padre Pío que tenía experiencias tan místicas de Dios y, al mismo tiempo, sufría físicamente por los estigmas y moralmente por la incomprensión humana. En realidad ,ellos hacen la experiencia de Jesús: se abandonan en las manos del Padre y saben que no quedaran defraudados. Aceptan de Dios con gozo cuanto Él les quiere enviar, porque no se detienen a considerar la dádiva, sino el autor de la misma. Siempre y en todo miran a Dios que es amor y eso les hace superar cualquier obstáculo y dificultad. Dios es amor y Dios es más fuerte que el mal y que el pecado. No nos desalentemos, por tanto, cuando parezca que Dios nos tiene un poco abandonados. En realidad, Él nunca nos abandona, en todo caso se oculta por momentos para vernos luchar y para robustecer nuestra fe. Animémonos como los primeros cristianos a vivir nuestra fe por encima de cualquier adversidad. Vivamos nuestra fe, no como un “minimum” necesario, sino como el sentido que orienta y dirige nuestra vida.

2. El amor a la Eucaristía. No podemos no citar aquí el admirable sermón 235,3 de San Agustín: ¿Cuándo se hizo conocer el Señor? Al partir el pan. He aquí nuestra certeza: al compartir el pan conocemos al Señor. Él ha elegido ser reconocido de este modo por nosotros que, sin haber visto su carne, comeríamos su carne. Quienquiera que tú seas, tú que crees, que te reconforte la condivisión del pan. La ausencia del Señor, no es una verdadera ausencia. Aquel a quién tu no ves, está contigo. Cuando Jesús hablaba a ellos (a los discípulos de Emaús), ellos no creían que estuviese resucitado. Ellos mismos no esperaban el poder “revivir”: habían perdido la esperanza. Caminaban, muertos, junto a la vida. Y tú, ¿quieres la vida? Haz como los discípulos (de Emaús) y reconocerás al Señor. El Señor era como un viandante que debía ir muy lejos, sin embargo, han sabido retenerlo junto a sí. En la condivisión del pan el Señor se ha hecho presente. Aprende dónde buscarlo, aprende dónde encontrar al Señor: es el momento en el que todos juntos lo coméis (lo recibís en la comunión).

A Jesús lo encontramos y lo experimentamos al recibirlo en la comunión. Se trata de un momento íntimo y misterioso en el que el Señor se nos revela con todo su amor y nos invita a transformarnos en Él.


 






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