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Cuaresma y Semana Santa

Conviene que uno muera por todos
Juan 11, 45-56. Cuaresma. La Semana Santa que está a punto de comenzar es una invitación personal a acompañar al Señor.


Por: José Cisneros | Fuente: Catholic.net



Del santo Evangelio según san Juan 11, 45-56
Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en Él. Pero algunos de ellos fueron donde los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Entonces los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.» Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación.» Esto no lo dijo por su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. Desde este día, decidieron darle muerte. Por eso Jesús no andaba ya en público entre los judíos, sino que se retiró de allí a la región cercana al desierto, a una ciudad llamada Efraím, y allí residía con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y muchos del país habían subido a Jerusalén, antes de la Pascua para purificarse. Buscaban a Jesús y se decían unos a otros estando en el Templo: «¿Qué os parece? ¿Que no vendrá a la fiesta?»

Oración introductoria
Jesús, gracias por este momento en que me permites estar de nuevo abrazado a Ti. Sé que en estos días te he causado algunos dolores con mis pecados, pero sé también que me quieres perdonar, y ante todo, quieres que haga ahora mismo, una nueva experiencia de tu amor. Quiero conocerte a Ti y vivir desde ahora con la resolución de anunciarte decididamente con mi alegría y testimonio.

Petición
Señor, déjame conocer una parte de tu corazón, para que, viendo todo tu amor, no sea como los fariseos que te negaron aun después de haber visto tus milagros.

Meditación del Papa
Jesús se dirige a Dios llamándolo «Padre». Este término expresa la conciencia y la certeza de Jesús de ser «el Hijo», en íntima y constante comunión con él, y este es el punto central y la fuente de toda oración de Jesús. Lo vemos claramente en la última parte del Himno, que ilumina todo el texto. Jesús dice: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10, 22). Jesús, por tanto, afirma que sólo «el Hijo» conoce verdaderamente al Padre. Todo conocimiento entre las personas -como experimentamos todos en nuestras relaciones humanas- comporta una comunión, un vínculo interior, a nivel más o menos profundo, entre quien conoce y quien es conocido: no se puede conocer sin una comunión del ser. En el Himno de júbilo, como en toda su oración, Jesús muestra que el verdadero conocimiento de Dios presupone la comunión con él: sólo estando en comunión con el otro comienzo a conocerlo; y lo mismo sucede con Dios: sólo puedo conocerlo si tengo un contacto verdadero, si estoy en comunión con él. Por lo tanto, el verdadero conocimiento está reservado al Hijo, al Unigénito que desde siempre está en el seno del Padre (cf. Jn 1, 18), en perfecta unidad con él. Sólo el Hijo conoce verdaderamente a Dios, al estar en íntima comunión del ser; sólo el Hijo puede revelar verdaderamente quién es Dios. (Benedicto XVI, Audiencia general, miércoles 7 de diciembre de 2011)

Reflexión
Los maestros de la ley, aunque tuvieron muchos encuentros con Jesús, nunca lo conocieron de verdad. De la misma manera nos puede pasar a nosotros, que encontrándonos muchas veces con el maestro y viendo sus milagros, decidamos darle muerte en nuestra vida. Sus milagros siempre están presentes, incluso aquellos que nos parecen grandes desgracias son milagros, pues son las oportunidades que nos concede para que nos volvamos a afianzar en Él. Podemos pensar en el trabajo que hemos perdido, en la pareja que nos ha dejado, en la felicidad que ya no tenemos, pero, como Lázaro, hace falta morir para que Él venga y nos resucite, hace falta dejar de lado lo que nos hace esclavos para que Él nos libere.

Ante esto, podemos tomar dos caminos: el de aceptar su acción en nuestra vida, o como los fariseos, darle muerte para que no se acabe el pueblo y la nación de nuestros gustos personales y de nuestro egoísmo. Él ya ha llorado nuestra muerte y quiere actuar en nuestra vida, pero hay que dejarlo actuar como Él quiere actuar y no como nosotros le obliguemos. Por esta razón, abrámonos a su gracia, a su amor, a su mirada, a su sabiduría y dejemos que Él nos penetre con sus milagros, milagros de resurrección.

La resurrección de Lázaro acrecienta el número de aquellos que creen en Jesús, pero al mismo tiempo determina el inicio de una conspiración por parte de sus enemigos. El tiempo había dividido a los hombres en dos bandos: los que están con Cristo y los que están contra Él.

Jesús ha sido siempre la piedra sobre la cual los hombres se dividen y encuentran ya sea la salvación, ya sea la perdición. Sin duda, con la colaboración de algunos hombres y con la oposición de otros, el plan eterno de Dios se va realizando: "Jesús debía morir para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos". Concluyendo el tiempo de cuaresma que se nos ha concedido, no podemos permanecer indecisos. Es hora de analizar cómo ha mejorado nuestra relación con Él.

Ninguna oportunidad ofrecida por Dios carece de importancia en el camino que recorremos para alcanzarle: "Teme la gracia de Dios que pasa y no vuelve".

La Semana Santa que está a punto de comenzar es una invitación personal a acompañar al Señor en su camino hacia el Calvario y la Resurrección. Debemos dejarnos interpelar por esta llamada: "Si morimos con Él, viviremos con Él".

Propósito
En un momento de oración durante el día, cerraré mis ojos tranquilamente y le pediré a Jesús con mucha confianza la gracia de conocerle y de aceptar su voluntad en mi vida.

Diálogo con Cristo
Jesús, después de haber hecho una experiencia de tu acción en mi vida, quiero agradecerte por ayudarme a comprender con más fe tus milagros diarios y frecuentes. Me duele pensar que te pueda abandonar por mi egoísmo y que decida darte muerte aunque vea tus milagros. Por eso, te pido un corazón humilde para que pueda acogerme generosamente a tu Voluntad en mí y pueda hacer una experiencia cada vez más dulce y más nueva de tu presencia atenta en mi vida diaria. Gracias, Jesús, por estar aquí. ¡Qué bien se está aquí contigo! Gracias.



"Sirviéndolo, rechazando y olvidando todo lo que nos atormenta, porque es Él quien nos ayudará en el camino elegido. No estamos solos. Confiemos en Él". (Beata Madre Teresa de Calcuta)







 

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