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Del trabajo y de la tierra
NP Liga 21729


Por: Máximo Álvarez Rodríguez | Fuente: Catholic.net




1. El tema

Aquello de "si el trabajo es salud, que viva la tuberculosis", no tenía nada de sorprendente en una época en la que el trabajo se consideraba como un castigo e incluso una deshonra, pudiendo vivir sin trabajar. Hoy las cosas han cambiado en todos los sentidos. Se ha descubierto el valor del trabajo en sí, y, por supuesto, que es uno de los bienes más deseados y buscados. Si antes se consideraba una desgracia tener que trabajar, hoy la desgracia es estar sin trabajo. Pero, ¿por qué se valora hoy el trabajo? ¿Se ha descubierto su verdadero sentido? ¿En qué condiciones se trabaja? ¿Por qué muchos no tienen la oportunidad de trabajar?

El Concilio reconoce que el trabajo es importante no sólo porque el trabajo es el medio ordinario de subsistencia para el trabajador y para su familia (G.S.67), sino porque:

-Por él el hombre se une a sus hermanos y les hace un servicio.
-Es una manera de practicar la caridad.
-Es cooperar al perfeccionamiento de la creación divina.
-Por el ofrecimiento del trabajo a Dios, se asocia a la obra redentora de Jesucristo.
-Permite al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual.

Pero, en la práctica, ¿se tiene esto en cuenta? ¿no sucede con frecuencia que el trabajo no es más que un pretexto para ganar dinero?. Todo esto lleva consigo, a veces, que se hagan los trabajos mal y de mala gana (el médico que trata mal al paciente, el mecánico que deja los tornillos flojos, el profesor cuya obsesión es que llegue el fin de semana para irse o el fin de mes para cobrar, sin entregarse de lleno a sus alumnos, el oficinista malhumorado que no sabe atender a los clientes, el obrero que deja hundirse la empresa...).

Puede ocurrir también que algunos sean esclavos de su propio trabajo, dejándose absorber de tal manera que descuidan otros aspectos importantes de la vida (familiar, cultural, espiritual...)

Otros no tienen esa oportunidad, porque no tienen trabajo. Si es que todos somos iguales no se entiende el por qué de esta desigualdad. Cristianamente hablando lo lógico es repartir el trabajo. Pero sobra demagogia y hacen falta medidas concretas, aunque resulten impopulares. En estos tiempos no se puede invitar al parado a la resignación.

Ahora bien, si es grave el hecho de que a mucha gente se le niegue la posibilidad de trabajar, no son menos graves las condiciones en que muchos trabajan. Y aunque en cierta manera en algunos países han avanzado mucho las leyes en materia laboral, en la práctica, como ocurre en España sigue habiendo salarios de hambre, largas jornadas de trabajo, de sol a sol; trabajadores sin Seguridad Social, situaciones degradantes por falta de seguridad en el empleo y en el trabajo y, sobre todo, la situación de indefensión en que muchos se encuentran, como amordazados, porque si hablan o exigen sus derechos, se exponen a irse a la calle. Para éstos el derecho a asociarse y a elegir libremente representantes o el derecho a la huelga no existen en la práctica. Es verdad que, a veces, se puede abusar del derecho a la huelga o que se pueden hacer huelgas salvajes y que no sólo se puede atentar contra los derechos del obrero, sino que el obrero puede contribuir irresponsablemente al hundimiento de las empresas... Pero ello en nada debe impedir que se reconozcan los legítimos derechos de los trabajadores.

Si Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos, los bienes creados deben llegar a todos de forma equitativa (G.S.69), sean las que sean las formas de propiedad. Y una manera de propiedad es el trabajo. Por eso nada es exclusivamente de una persona mientras haya quien pase necesidad. Y una de las formas de hacer justicia puede ser repartir el trabajo. Esto parece utópico en una sociedad insolidaria y egoísta como la nuestra, pero difícilmente se puede ayudar a los más débiles si los más pudientes no están dispuestos a renunciar no solamente a lo que les sobra, sino incluso a lo que les hace falta.

Dígase otro tanto respecto del reparto de la tierra: "en muchas regiones existen posesiones rurales extensas y aún extensísimas mediocremente cultivadas o reservadas sin cultivo para especular con ellas, mientras la mayor parte de la población carece de tierras o poseen sólo parcelas irrisorias... No raras veces los braceros o los arrendatarios reciben un salario o beneficio indigno del hombre, carecen de alojamiento decente y son explotados por los intermediarios..." (G.S.71).

La distancia de la realidad al ideal es muy grande, pero quien quiera ser fiel a Cristo y al Evangelio no puede renunciar a la lucha por la justicia y la caridad.


2. La voz del Concilio

“El trabajo humano que se ejerce en la producción y en el comercio o en los servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida económica, pues estos últimos no tienen otro papel que el de instrumentos.

Pues el trabajo humano, autónomo o dirigido, procede inmediatamente de la persona, la cual marca con su impronta la materia sobre la que trabaja y somete a su voluntad. Es para el trabajador y para su familia el medio ordinario de subsistencia; por él el hombre se une a sus hermanos y les hace un servicio, puede practicar la verdadera caridad y cooperar al perfeccionamiento de la creación divina. No sólo esto. Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente, elaborando con sus propias manos en Nazaret. De aquí se deriva para todo hombre el deber de trabajar fielmente, así como también el derecho al trabajo. Y es deber de la sociedad, por su parte, ayudar, según sus propias circunstancias, a los ciudadanos para que puedan encontrar la oportunidad de un trabajo suficiente. Por último, la remuneración del trabajo debe ser tal, que permita al hombre y a su familia una vida digna en el plano material, social, cultural y espiritual, teniendo presentes el puesto de trabajo y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común.

La actividad económica es de ordinario fruto del trabajo asociado de los hombres; por ello es injusto e inhumano no organizarlo y regularlo con daño de algunos trabajadores. Es, sin embargo, demasiado frecuente también hoy día que los trabajadores resulten en cierto sentido esclavos de su propio trabajo. Lo cual de ningún modo esta justificado por las llamadas leyes económicas. El conjunto del proceso de la producción debe, pues, ajustarse a las necesidades de la persona y a la manera de vida de cada uno en particular, de su vida familiar, teniendo siempre en cuenta el sexo y la edad. Ofrézcase, además a los trabajadores la posibilidad de desarrollar sus cualidades y su personalidad en el ámbito mismo del trabajo. Al aplicar, con la debida responsabilidad, a este trabajo su tiempo y sus fuerzas, disfruten todos de un tiempo de reposo y descanso suficiente que les permita cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa. Más aún, tengan la posibilidad de desarrollar libremente las energías y las cualidades que tal vez en su trabajo profesional apenas pueden cultivar.” (G.S. 67 )


3. Preguntas para el diálogo

1. ¿Por qué se valora hoy el trabajo?
2. ¿Qué sentido tiene el trabajo para el cristiano?
3. ¿En qué medida hoy se trabaja con vocación?
4. ¿Qué abusos deben corregirse en el mundo del trabajo?
5. ¿Cómo se puede distribuir mejor la riqueza?

4. La Plegaria

Te están cantando el martillo,
y rueda en tu horno la rueda.
Puede que la luz no pueda
librar del humo su brillo.
¡Qué sudoroso y sencillo
te pones a mediodía,
Dios de esta dura porfía
de estar sin pausa creando,
y verte necesitando
del hombre más cada día!

Quien diga que Dios ha muerto
que salga a la luz y vea
si el mundo es o no tarea
de un Dios que sigue despierto.
Ya no es su sitio el desierto
ni en la montaña se esconde;
decid, si preguntan dónde,
que Dios está -sin mortaja-
en donde un hombre trabaja
y un corazón le responde. Amén.




 



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