Las grandes preguntas
Por: Máximo Álvarez Rodriguez | Fuente: Catholic.net

1. El tema
Sinceramente, ignoro lo que piensa un caballo o una vaca o una mosca, si es que piensan. Ahora bien, el hombre sí que tiene capacidad para pensar. Por eso a lo largo de la historia el hombre se ha hecho a sí mismo grandes preguntas: ¿por qué existo? ¿qué soy? ¿para qué estoy en este mundo? Y creo que toda persona sensata deberá hacerse estas mismas preguntas y otras parecidas.
Las respuestas pueden ser diversas. Hay quienes piensan que la vida es absurda, que no tiene sentido. Otros creen que el hombre, él solo, con sus solas fuerzas, conseguirá saciar en la tierra todos sus deseos. Unos son demasiado pesimistas y otros tienen una fe ciega en el hombre. El creyente ve en Dios la clave de la respuesta a estos grandes interrogantes.
Ante todo hemos de reconocer que somos muy limitados y que no resulta fácil conseguir lo que se quiere. Unas veces hacemos lo que no queremos y otras somos incapaces de hacer lo que queremos. A veces nos sentimos grandes porque avanzamos en el dominio del mundo, por los éxitos de la ciencia y la investigación.
Pero al mismo tiempo somos débiles y, sobre todo, nos encontramos con algo tan irremediable como es la muerte. La medicina avanzará, se podrán curar enfermedades, alargar la vida algún tiempo. Pero de la muerte no escaparemos nadie. El caso es que llevamos dentro de nosotros una especie de instinto por que nos resistimos a morir para siempre.
Ciertamente el hombre es grande y tiene un inmenso poder sobre el mundo. Imaginemos una gran ciudad industrial. ¡Cuántas maravillas ha hecho el hombre con su inteligencia! Sobrevolemos en un avión esa ciudad y veremos todo más pequeño e insignificante, los hombres parecen hormigas. Subamos un poco más alto y todo parece más diminuto y hasta podremos llegar a ver la tierra como un si fuera un balón suspendido en el aire, como cuando miramos la luna. ¿Qué es el hombre en ese diminuto punto del universo? Hay algo que nos sobrepasa. El hombre apenas ha conseguido arañar un poco la superficie de la tierra o dar algún pequeño paseo por el espacio. Pero nada más. El apareció un día en el mundo. Pero el mundo existía desde mucho tiempo atrás, gracias a una inteligencia muy superior a la de los hombres. Pues si sólo a base de inteligencia el hombre puede transformar el mundo, sólo a base de inteligencia pudo ser creado... Hay algunas personas que entontecidas por sus pequeños descubrimientos llegan a negar a Dios, sintiéndose en cierta manera dioses ellas mismas. La soberbia humana puede llegar hasta ese punto.
Sin embargo el hombre es muy grande, en medio de su pequeñez. Y esta grandeza le viene, según la Biblia, por estar creado a imagen y semejanza de Dios que lo ha puesto al frente de la creación. Claro que el hombre es el centro de la creación, pero no por méritos propios, sino gracias a quien lo puso al frente de ella.
Lo normal sería que los hombres reconocieran con gratitud hacia su creador el don de la vida. Pero he aquí que, abusando de su libertad, el hombre ha llegado al volverse contra Dios oscureciendo su estúpido corazón y prefiriendo servir a la criatura. Por eso el hombre está enfermo, inclinado al mal, dividido íntimamente en su lucha entre el bien y el mal. Es triste decir que el hombre es el ser más peligroso que habita en la tierra, el único capaz de destruirla, que se dedica, peor que ningún que otro animal, a destruir a sus semejantes.
¿Dónde reside la verdadera grandeza del hombre? Sin duda alguna en poseer un alma inmortal. Con su inteligencia avanza, investiga y domina el mundo material. Pero, sobre todo, puede ir más allá en busca de una verdad más profunda. Dentro de sí mismo, en su conciencia, lleva escrita una ley: haz el bien y evita el mal. Y entrando dentro de sí mismo el hombre puede encontrarse a solas con Dios. Desgraciadamente no faltan quienes tienen la conciencia pervertida y no se preocupan en buscar la verdad y el bien. Se dejan llevar, sin más, de lo que más le gusta, sin pensar si es bueno o malo. Y llegan a tener por bueno lo que es malo. En nombre de la libertad, que es ciertamente un valor muy precioso, hacen lo que les da la gana y obran depravadamente. A pesar de todo Dios se arriesgó a hacernos libres. Pero ello no significa que sea indiferente usar la libertad de una manera o de otra, para hacer el bien o para hacer el mal.
Con frecuencia echamos a Dios la culpa de muchos males que provienen del mal uso de nuestra libertad, mientras que tratamos de apropiar para nosotros, de manera exclusiva, los méritos de nuestros logros. En todo caso el orgullo humano se da de bruces con el hecho inevitable de la muerte. Solo la fe puede dar respuesta satisfactoria al interrogante angustioso sobre el futuro del hombre (G.S. 18). De hecho es precisamente la muerte uno de los acontecimientos que más contribuyen a despertar la sensibilidad religiosa. Algún día tendremos oportunidad de comprobar cómo nuestra sed de inmortalidad no es un deseo absurdo.
2. La voz del Concilio
“En realidad de verdad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A fuer de criatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin embargo, ilimitado en sus deseos y llamado a una vida superior. Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún, como enfermo y pecador, no raramente hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad. Son muchísimos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no quieren saber nada de la clara percepción de este dramático estado, o bien, oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo. Muchos piensan hallar su descanso en una interpretación de la realidad opuesta de múltiples maneras. Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro del hombre sobre la tierra saciará plenamente todos sus deseos. Y no faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un sentido exacto, alaban la insolencia de quienes piensan que la existencia carece de toda significación propia y que se esfuerzan por darle un sentido puramente subjetivo. Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con una nueva penetración las cuestiones más fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse” (G.S. 10)
3. Preguntas para el diálogo
1. ¿Cuáles son las preguntas más importantes que se hace el hombre?
2. ¿Qué respuestas se pueden dar a estas preguntas?
3. ¿Dónde podemos encontrar respuestas satisfactorias a estas preguntas?
4. La Plegaria
No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre elagua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.
Lo mejor de mi vida es el dolor. Tú sabes
cómo soy. Tú levantas esta carne que es mía.
Tú esta luz que sonrosa las alas de las aves,
Tú esta noble tristeza que llaman alegría.
¡Cómo el último rezo de un niño que se duerme,
y con la voz nublada de sueño y de pureza
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia Ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.
Soy el huésped del tiempo, soy, Señor, caminante
que se borra en el bosque y en la sombra tropieza,
tapado por la nieve lenta de cada instante,
mientras busco el camino que no acaba ni empieza.
Soy el hombre desnudo. Soy el que nada tiene.
Soy siempre el arrojado del propio paraíso.
Soy el que tiene frío de sí mismo. El que viene
cargado con el peso de todo lo que quiso.
Lo mejor de mi vida es el dolor. ¡Oh lumbre
seca de la materia! ¡Oh racimo estrujado!
haz de mi pecho un lago de clara mansedumbre.
¡Señor, Señor! Desata mi cuerpo maniatado.
(Leopoldo Panero)

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