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¿Qué es la Teología?

Relación entre ciencia y teología
La ciencia y la teología están abocadas a un diálogo común con la filosofía


Por: E. Martínez de la Fe | Fuente: Catholic.net



Asistimos a un momento apasionante del debate entre ciencia y teología similar al que se produce entre ciencia y filosofía. Los conocimientos que hemos alcanzado respecto al universo, la estructura fundamental de la materia, la naturaleza de la conciencia, el descubrimiento del espacio-tiempo o del genio genético, propician que desde el campo científico se hagan incursiones espontáneas en el terreno de la filosofía y de la teología. La ciencia ya no está aislada en ningún campo concreto de investigación, porque ha descubierto, de un lado, que cualquier aspecto del mundo forma parte de un todo complejo, y de otro lado, que un conocimiento no puede desarrollarse sin el apoyo de otras disciplinas.

La interdisciplinariedad es no sólo la moda, sino la lógica consecuencia del descubrimiento de la complejidad. La filosofía y la teología, que se consideraban al margen del conocimiento científico, se han visto implicadas de esta forma en el esfuerzo humano por una comprensión más amplia de lo que ha dado en llamarse mundo objetivo o real. La física es uno de los campos donde con más frecuencia se producen incursiones filosóficas, hasta el punto de que los físicos de nuestros días podemos clasificarlos en materialistas o idealistas, de la misma forma que dividimos a los pensadores de las diferentes épocas según crean que el espíritu es anterior o posterior a la materia.

Ahora hay físicos que incluso reivindican la física como la nueva teología, asegurando no sólo que Dios es una exigencia de la evolución tal como la conocemos hoy, sino también que la resurrección de los muertos se deduce de ecuaciones matemáticas, al igual que la existencia del cielo y del infierno. Una parte del discurso teológico es hoy reivindicado desde el ámbito científico, si bien con otro vocabulario y conceptos. Hay diversas teorías, como la de la Realidad Última, que parecen explicar a su manera la trascendencia inmanente del mundo que nos revela la teología.

Si nos fijamos en las virtudes teologales, vemos también que el conocimiento del mundo es impensable sin un acto de fe, que la esperanza es una exigencia para la supervivencia de la especie, que sin caridad no es posible reorganizar la sociedad con garantías de futuro.

Todas estas evoluciones del conocimiento humano nos señalan una posible convergencia entre ciencia y teología que puede despertarnos del doble espejismo que padecemos: primero, que la vida humana es un episodio intrascendente de la evolución cósmica (y por lo tanto manipulable genéticamente sin mayor rigor ético); segundo, que la realidad última del mundo es asequible al conocimiento humano.

Por ello, más que rechazarse o aislarse en sus respectivos campos de conocimiento, ciencia y teología están abocadas a un diálogo común con la filosofía del que debe salir nueva luz para la aproximación a lo que las tres disciplinas pretenden: el conocimiento y la comprensión de la vida, la inteligencia y el amor en todas sus manifestaciones.


 







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