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Hiatoria de la Filosofía

Postmodernidad y cristianismo
La caída de la Razón y de sus grandes mitos, en el movimiento postmodernista, se suma a la labor del cristianismo


Por: Antonio Izquierdo | Fuente: Catholic.net





Los contornos del postmodernismo se desdibujan fácilmente sobre la pantalla de la cultura actual. El torrente cultural desborda todo límite y ribera, y fluye sin diques ni espigones por la llanura de la mentalidad común, al socaire de pensadores y "opinionmakers" de la ambigüa sociedad en que vivimos. Capaz de increíbles metamorfosis, el postmodernismo se adapta al relieve por donde pasa y adopta su fisonomía y sus accidentes. Convierte en postmoderno todo lo que toca, metamorfosea la superficie de las cosas sin transustanciarlas ni hacerlas fecundas. Convive alegremente con otros ismos de talante bastante parecido: postindustrialismo, postcristianismo, postmarxismo, postracionalismo....... Es como una anguila del pensamiento que, cuando crees tenerla bien cogida, en un instante se te escurre de las manos. Cuando la vuelves a encontrar, pasado un tiempo, cuesta reconocerla por ciertas mutaciones que ha sufrido.

En este ensayo pretendo dos cosas: mostrar, primeramente, cómo el postmodernismo, al descalificar los ´éxitos´ y los dogmas de la modernidad, desbroza el camino a lo religioso y a lo sagrado; en un segundo punto, a partir de la ambigüedad de los signos, que en cierta manera, aunque malamente, lo definen, intentar descubrir las posibilidades de lectura cristiana de los mismos. Ulteriores aspectos de la relación entre postmodernismo y cristianismo, merecedores de atenta consideración, quedan a la espera de un próximo futuro.


De la crítica a la modernidad, una vía de salvación

Los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre si el postmodernismo ha guillotinado la modernidad o es más bien su última y más bella figura. Sin entrar en discusión, asumo la coexistencia de ambas posturas, aunque la primera resulta a ojos vistas con apoyaturas más evidentes. No sin razón se habla de crisis de la modernidad occidental, pero la crisis puede ser pensada como crisis de desarrollo o de muerte por agotamiento. ¿Qué es lo que ha entrado en crisis? Por un lado, el cuadro tradicional de la vida en la sociedad, junto con los instrumentos de análisis con los que el hombre resolvía los problemas que se le presentaban, y por otro, los grandes ´dogmas´ de la modernidad, originaria y abiertamente opuestos y contrapuestos, en la historia, a los dogmas del cristianismo. Porque con la modernidad no murió ni la religión ni la fe, sólo abandonaron el Regnum Dei para acampar en el Regnum hominis.


Cambio en los puntos de referencia

Según Joblin, en el pasado tres eran los puntos de referencia del hombre en el mundo que, a la vez que limitaban su poder, daban cierta seguridad a su vida: El cuadro espaciotemporal de límites precisos, en que se desenvolvía su existencia; la sacralidad de la vida en cuanto fuera del alcance del hombre; la institución familiar como célula natural, base necesaria de toda sociedad y custodia de la vida. Los descubrimientos científicos, sobre todo los habidos desde mediados de nuestro siglo, han descompuesto el cuadro de referencia, creando en el hombre confusión y desconcierto.

En relación al espacio y al tiempo, se descubre que el espacio es ´infinito´ y puede explorarse, y que el mundo cuenta en su haber con millones de años. La antigua convicción cede ante la nueva de que "exista o no el hombre, todo funciona" y de que éste tiene el derecho de explorar sin ningún a priori cultural o religioso las fuerzas que lo circundan y que gobiernan el universo. En cuanto a la vida, se desvelan paso a paso las leyes biológicas, con la esperanza de llegar algún día a dominar totalmente sus mismas fuentes. En la familia, el fragmentarismo tiende a imponerse, desligando sexualidad, familia e infancia en la sociedad del futuro. Se habla de familia monoparental o de pareja monosexual, porque prima la libre elección de los individuos, y el fragmento sobre el todo de la existencia.

La crisis provocada por la pérdida de referente sería, en este caso, crisis de crecimiento de la modernidad en espera de lograr su plena madurez. El progreso de la ciencia, el poder y dominio sobre la naturaleza, la libertad encuentran exploraciones nuevas con posibilidades inimaginables en el futuro. La modernidad dio el paso del Regnum Dei al Regnum hominis; la tardomodernidad, como se usa decir, está haciendo los primeros intentos para saltar del Regnum hominis al Regnum mundi. La ambigüedad del paso reside en que tal exploración puede convertirse en bien del hombre o puede ser el inicio de su ruina y de una catástrofe general. Da la impresión de que el hombre, con su ciencia y su libertad al hombro, es un malabarista que cruza sobre una cuerda de un rascacielo a otro, a 140 metros de altura. Estas "peligrosas" piruetas de la tardomodernidad, a primera vista desprecian la fe y la moral religiosas como opuestas al progreso y a la libertad. En última instancia replantean la urgencia del Regnum Dei, porque sin Dios como referente el hombre mismo se desvanece y sucumbe. Si se quiere ´salvar´ al hombre, habrá primero que ´salvar´ a Dios. ¡A no ser que un nihilismo absoluto y destructor invada la faz de la tierra!

¿Cómo ve todo este asunto la corriente postmoderna? No parece interesarse mucho por ´cómo va el cielo´, sino más bien sobre cómo está la tierra. Tampoco parece mostrar interés por el ´Proyecto Genoma Humano´, mientras que su intención es lograr que el hombre concreto se divierta y sea feliz en el instante fugaz. Prefiere un ´pedacito´ de felicidad ahora, a una felicidad más plena, pero futura. Se ha dicho que el postmoderno es individualista e insolidario, pero quizá habría que decir que ha cambiado el objeto de su solidaridad del macro al microgrupo y del hombre a la naturaleza y al cosmos. La crisis de crecimiento de la tardomodernidad, si de esto se trata, le importa un bledo al hombre postmoderno, que busca satisfactores inmediatos y siente un rechazo visceral por los grandes proyectos en vistas al futuro. Desde esta perspectiva, quizá se pueda hablar del postmodernismo como un aliado del creyente para quien el futuro ya está presente en el hoy de la historia, para quien el fragmento no es despreciable en la recomposición del mosaico cristiano, y para quien el progreso indefinido está pidiendo a gritos diques éticos a la ´omnipotencia´ del hombre contra sí mismo.


Los grandes ´dogmas´ de la modernidad

Simplificando realidades en sí bastante complejas, presentaré unos cuantos ´dogmas´ de la modernidad, socavados y demolidos por la piqueta del postmodernismo. Advierto que tales ´dogmas´ sobreviven en otras corrientes de pensamiento que se codean con el postmodernismo. Sin embargo, la ´infalibilidad´ de estos ´dogmas´ modernos se está volviendo falible, incluso para sus mismos secuaces.

1. El primado del hombre:

La modernidad efectuó un giro copernicano al pasar de la visión teocéntrica, propia de la cultura medieval, a la antropocéntrica. Al centro de todo, el hombre, autosuficiente, creador de sí mismo y del futuro, cuyo destino no trasciende el horizonte de la historia ni de la sociedad política y económica. La tierra es la residencia única del hombre y la vida no es una peregrinación hacia Dios, sino un aterrizaje sin retorno y una circunscripción a la aquendidad. Desaparece el homo viator y emerge el homo oeconomicus, aherrojado a la tierra y destinado a alimentar el polvo de los siglos. Se apaga la moral ´política´ y se alumbra la política sin moral, por obra y gracia de Maquiavelo. El hombre, visto por L. Feuerbach, arrebata a Dios el título de Ser Supremo, llegando así el ´antropoteísmo´. El humanismo trascendente cede el paso al humanismo inmanentista de las grandes preguntas kantianas: "¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué puedo esperar?" . Ruiz de la Peña habla de un "humanismo vibrante y ardientemente militante: La esperanza en la historia descansa sobre la fe en la humanidad. Una fe acreditada por las conquistas logradas hasta ahora, que funcionan como credencial de las que se alcanzarán en adelante".

El postmoderno halla muy deficiente el modelo ´económico´ moderno, aunque el homo viator tampoco le queda. Advierte que en siglos pasados se han realizado imponentes estructuras económicas, técnicas y sociales, pero que el hombre sigue siendo muy infeliz, en una tierra cada vez más devastada; no niega que el hombre de hoy es más rico e instruido, pero también más marginado y solitario; hay más libertad y democracia, pero también más guerras destructoras, más estructuras de muerte, más mentira, más injusticia. Aterrorizado por el primado del hombre circula por la vida como un ciego sin lazarillo, que espera en cualquier momento ser víctima de un atropello y pasar de la vida sin sentido al sentido de la nada. O, a lo más, a ser una partícula perdida y anónima en el cosmos impersonal, infinito y divino. ¿No está señalando todo esto que el hombre prometeico moderno no puede ser el centro de la historia? ¿Que hay que reafirmar de nuevo el primado de Dios, porque la "muerte de Dios" trae consigo inexorablemente la muerte del hombre? ¿Estamos los cristianos a la altura de las circunstancias para que la nueva oportunidad del primado de Dios no caiga en el vacío?


2. El primado de la Razón o la revolución cultural

El hombre ocupa el centro del universo y la Razón el centro del hombre. Con el Iluminismo la Razón humana constituye la norma única y suprema de la verdad y de la rectitud. No hay alternativa: o se está con la Razón o se está contra ella. Nada existe por encima de la Razón, y el misterio es signo de ignorancia y oscurantismo. El tiempo, con el progreso que comporta, se encargará de que la humanidad madura se libre definitivamente del sarampión del misterio. Por tanto, todo, hasta la misma religión, debe quedar dentro de los límites de la pura Razón. El fundamento de la existencia y de la moral no hay que buscarlo ni ´fuera´ ni ´arriba´, sino ´dentro´ de la misma Razón . Esta Razón suprema ha alimentado las ideologías más diversas, desde el absolutismo ilustrado hasta los totalitarismos de nuestra historia reciente.

Con el postmodernismo llega a su cima el proceso secular de desconfianza en la Razón, en el que han desempeñado el importante papel de iniciadores hombres como Kierkegaard, Schleiermacher y Nietsche. Este último, por ejemplo, afirma que "las verdades del hombre son los irrefutables errores del hombre" y que "los valores supremos se degradan. No existe el fin, ni la respuesta a la pregunta sobre para qué...". La Razón yace destronada y rota en el ángulo de los recuerdos, como un resto arqueológico con el que ilustrar las ´imbecilidades´ del pasado. Las certezas absolutas de la razón humana se han deshecho, como un monumento de nieve, ante el calor de la evidencia de las ´verdades relativas´ en el ámbito intrahistórico. Las grandes ideologías totalitarias se han derrumbado como un castillo de naipes, casi con un simple balanceo de la historia. Ha venido a menos la bondad de la Razón que ha creado los ´monstruos´ de las armas y de las guerras. Se ha desmoronado la confianza iluminística en la capacidad de la razón de eliminar el mal de la historia con la ampliación de la cultura, en la suposición de que los hombres eran malos por ser ignorantes; pues, en realidad, el aumento de conocimientos ha traído consigo, aunque no sólo, el aumento de los males del hombre.

La caída de la Razón y de sus grandes ´mitos´, en el movimiento postmodernista, se suma a la labor del cristianismo que luchó contra tal endiosamiento, aunque no siempre quizá de la forma más adecuada y pertinente. Al ceder, ante el peso de la historia y de la nueva cultura postmoderna, las estructuras levantadas por la Razón, aparece un vacío por llenar. Esta oquedad no la llena el postmodernismo, porque carece de peso y sustancia. En todo caso, la llenará de frivolidad e intrascendencia, con lo que el vacío en lugar de disminuir aumentará. La alianza parcial del postmodernismo con el cristianismo en la demolición de la Razón, oferta a éste último la posibilidad inestimable de que Alguien llame al corazón de los hombres para llenar un vacío que jamás debería estar o haber estado vacío.

3. Ciencia-Técnica-Progreso:

Esta ´tríada sagrada´ ha revelado al hombre su poder indefinido y le ha producido las mayores satisfacciones en su inmenso esfuerzo por hacer de sí mismo un ser feliz intramundano. La Ciencia es poder. Poder de conocimiento del universo, desde la partícula más ínfima a la mayor de las galaxias, mediante complejas teorías matemáticas inteligibles sólo para los ´sumos sacerdotes´ de la Gran Diosa. Poder de manipulación sobre la materia y sobre las fuentes de la vida, gracias a la tecnología superavanzada, que cada día nos sorprende con nuevas conquistas, hasta que se llegue a una era de bienestar y felicidad, en que desaparezcan los males que todavía afligen al mundo: Pobreza, enfermedad, ignorancia, opresión. Poder ilimitado del Progreso, que la gente común formula en estos términos: "No existe lo desconocido ni el misterio; es cuestión de tiempo". De todo esto se deduce la absoluta confianza en la "racionaldiad científica", verdadera ´cornucopia´ de la humanidad en la era moderna. La modernidad es por esencia optimista, fundándose en las inmensas posibilidades del progreso ofrecidas por la racionalidad científica. Se sostiene como axiomas incontrovertibles primeramente que "sólo lo científico es racional, pues sólo la ciencia produce verdad" y , en segundo lugar, que "la sola realidad genuina es la realidad física y, por tanto, todo lo cognoscible puede y debe ser explanado en términos de leyes físicas".

El hombre postmoderno mira la ciencia y la técnica desde otro ángulo, sin la euforia ´idealista´ del pasado, con la experiencia terrificante de los últimos decenios. ¿No se está comenzando a convertir el planeta tierra, en nombre de la ciencia, en un gran ´basurero´, con consecuencias todavía imprevisibles? ¿No se corre el riesgo, a impulsos de la técnica más sofisticada, de hacer del hombre un robot computarizado y del robot computarizado un ser humano? ¿Pueden recibir el nombre de progreso los campos de concentración, las cámaras de gas, los ´gulags´ inhumanos, aunque se hayan construido en beneficio de una raza o de una ideología? El postmodernismo no pone en entredicho el progreso, la técnica o la ciencia, que tantos bienes han aportado al hombre, sino su endiosamiento y su carencia de sentido. La verdadera cuestión es ésta: ¿qué es el progreso? ¿cuál es el para qué y por qué de la ciencia y de la técnica? A estos planteamientos el postmoderno responde en una tesitura diferente a la cristiana, y el cristiano no lo puede ignorar ni puede actuar como si tal diferencia no existiera. Pero el hecho mismo de zapar el carácter absoluto de la "tríada sagrada" es una rendija abierta en la mentalidad al soplo del Espíritu. Por otra parte, el postmodernismo está contribuyendo a trasvasar tales conceptos del nivel "puramente científico", para resituarlos en el nivel ético y espiritual.

4. Libertad-Democracia:

¡Dos grandes conquistas de la modernidad! No que en tantos siglos pasados jamás hubiese habido democracia o libertad, mas no habían sido utilizadas programáticamente en banderías políticas o socioeconómicas. Al grito de "¡Libertad, fraternidad, igualdad!", a finales del siglo XVIII, se armó la revolución francesa, y todas las revoluciones posteriores hasta el presente han gritado el mismo eslogan, con el deseo de aterrizar definitivamente en el anhelado país de la utopía. Después de dos siglos de revolución moderna, ese país soñado todavía no se divisa en el horizonte; más bien parece que se aleja. ¿No ha desenmascarado el postmodernismo el nominalismo puro y duro de tales términos, símbolo enhiesto de un mundo mejor? En lugar de utópicas, ¿no se han reducido a simples palabras tópicas?

Mi propósito no es denigrar la modernidad, como tampoco ensalzarla. Como observador, veo desde la barrera los toros de la libertad y la democracia y los toreros ´modernos´ con sus cuadrillas al quite con ellos. Hay toreros del pasado que han hecho faenas brillantes y han sido galardonados por sus contemporáneos con ´orejas y rabo´; hoy, sin embargo, han quedado ´desfasados´, se les ha tirado del pedestal de la historia y sirven a lo más de cascajo para las nuevas construcciones. ¿No es éste el destino de todas las ideologías y de todos los mitos, incluidos el de la libertad y la democracia?

El mundo es más libre, más tolerante. Admitámoslo. El mundo está en posibilidades reales de librarse de la esclavitud del hambre y de la ignorancia. Se han generalizado libertades fundamentales como la libertad política, cultural, económica, religiosa. En cierta manera, el hombre se está liberando de los límites del espacio y del tiempo. La mentalidad común es más tolerante para quienes piensan de distinta manera o pertenecen a otro país o a otra raza. Todo esto hay que ponerlo en el haber de la modernidad.

El postmodernismo no niega estos resultados, pero tampoco se deja encantar por las sirenas. La libertad y la democracia, ¿no están preñadas de ambigüedad? ¿Es más libre una sociedad en que el imperialismo de los ´mass-media´ no ha ahorrado ningún rincón del planeta? ¿Es más democrática una sociedad en que la corrupción, en beneficio de unos cuantos y en perjuicio de la mayoría, campa por sus fueros? ¿Es más libre una sociedad en la que el Estado se siente casi impotente ante el crimen, dejando desprotegida a una buena parte de los ciudadanos? ¿Es más libre una sociedad en que unos se hacen más ricos y la grande mayoría más pobre? ¿Es más democrático un mundo en que las superpotencias se imponen o condicionan, en fuerza de intereses geopolíticos o económicos, a las demás naciones? ¿Es más democrático un país en el que los votos de los ciudadanos son ´comprados´? ¿Es más libre y democrática una sociedad en que la privacy y la intimidad de las personas es fácilmente violada y ´vendida´? ¿Es más libre y democrática una sociedad en que la libertad se convierte en libertinaje y la tolerancia en indiferencia? ¿No habrá que pensar con los postmodernos que hoy por hoy términos sacros como libertad y democracia están vacíos y son insignificantes? La pérdida del sentido y el nihilismo postmodernos, ¿no son una reacción, aunque equivocada, ane una libertad prostituida y una democracia cada vez más apariencial y de fachada? . Entre más se divinizan los logros humanos, más fuerte es el descalabro que sufren en la marcha de la historia y más evidentes sus terribles manipulaciones. Los postmodernos no cuentan con una oferta a la demanda de la sociedad, pero poseen un fascinante poder de demolición de las grandes divinidades modernas.

Se ha de conceder que el postmodernismo no ha nacido cristiano, como tampoco ateo. Es innegable, sin embargo, que, al destruir ciertos ídolos de la modernidad, ha removido o hasta eliminado, sin pretenderlo, algunos obstáculos a la fe y a la existencia cristianas, y ha posibilitado una nueva vía de acceso y de diálogo, no fácil ni exenta de peligros, entre cristianismo y sociedad. El postmodernista, en cuanto tal, no es cristiano, pero puede llegar a serlo. ¿No es ésta una de las tareas más urgentes de los cristianos?


Lectura cristiana de los rasgos postmodernos

No es mi intención caracterizar lo hasta ahora incaracterizable. Se requiere tiempo para que los rasgos postmodernos adquieran perfil y figura. En este ensayo me limito a establecer cinco relaciones de la razón, observando los aspectos positivos y negativos con que el postmoderno considera tales relaciones. Luego, intentaré una lectura cristiana elemental de los aspectos positivos . Es necesario también leer cristianamente los aspectos negativos mediante una justa y acertada corrección de los mismos. Queda como tarea pendiente.

Algunos rasgos postmodernos

La primera relación es entre razón y voluntad. En esta bipolaridad el postmoderno valora el amor y la dimensión afectiva-sensible del ser humano; presta mucha atención a la dimensión ´pequeña´, intrahistórica de la existencia personal e irrepetible; le importa más el fragmento con su peculiaridad que el todo, con su volumen y grandiosidad. Negativamente se advierte una fuerte tendencia al irracionalismo e instintivismo, un acentuado subjetivismo con sacrificio de la objetividad, una marcada decadencia del heroísmo y de los nobles ideales.

En la relación razón-filosofía se perciben como positivos el abandono de la certeza absoluta, que se funda en la ideología o en la verdad científica, el valor dado al diálogo y al consenso, la urgencia sentida de una filosofía más ´popular´ y cercana a la gente común, una filosofía más para andar por casa. Desde un punto de vista negativo, el postmoderno sufre filosóficamente de relativismo intelectual, de ´democratismo´ epistemológico y de abandono de los grandes y eternos temas del pensamiento. Dionisos amaestra en la academia postmoderna.

Pasando a la relación razón-religión, se advierte esperanzadamente una apertura y revival del valor religioso, un amplio sentido del respeto y de la tolerancia, un pluralismo enriquecedor y generalizado. Entre las notas negativas cabe indicar el eclecticismo religioso, en una suerte de "melting pot", en busca del placer religioso o estético; y un nihilismo escatológico, ya que el futuro ha perdido consistencia y sustancia generadora y vital.

Considero positivos, al relacionar la razón con la sociedad, la afirmación de la centralidad del individuo, el sentido intenso de la diferencia, el valor dado al microgrupo en general, la fuerza de la imagen (homo mediaticus) y consiguientemente la valoración de los símbolos en la comunicación social. En el lado negativo encontramos aspectos como un exacerbado individualismo insolidario, el racismo creciente y poliédrico, el pasivismo intelectual ante los retos sociales del mundo presente.

Finalmente, si pensamos en la relación razón-tiempo, advertimos el valor que se concede al hoy, al presente; advertimos también el ansia de felicidad con que se vive, y el deseo de exprimir al máximo el tiempo que con tanta rapidez se escapa de las manos. Entre los puntos negativos, cabe mencionar la enorme voluntad de placer, el consumismo tan ampliamente extendido, y el no pequeño peligro de perder el sentido ético de la existencia.

Lectura cristiana de los rasgos postmodernos

1. Una lectura que no sea parcial

La lectura cristiana de los rasgos postmodernos no puede ser parcial. Ha de tener en cuenta los aspectos negativos para corregirlos y los positivos para aprovecharlos en la realización de la vocación y misión cristianas en el mundo. A mi parecer, no está libre de lectura parcial, unidimensional, un editorial de la Civiltà Cattolica , cuando subraya algunos caracteres de la fe cristiana en contraste con el espíritu postmoderno. Escribe el editorial de la revista:

1. "La fe cristiana, fundada en la revelación de Dios en la persona y obra de Jesucristo, tiene el carácter de certeza absoluta. El espíritu postmoderno es radicalmente escéptico y poco dispuesto a aceptar que la fe cristiana pretenda tener una certeza absoluta".

Esta afirmación es verdadera, pero no deja de ser igualmente verdad que la comprensión y la formulación de las certezas absolutas están en estrecha relación con la historia y con la cultura, y, por tanto, sometidas a cierta relatividad. Como cristianos hemos de valorar las certezas absolutas, y a la vez la relatividad de su expresión, abierta siempre a mejoras y perfeccionamientos. Esta relatividad ´histórica´ dará al cristianismo más credibilidad en el núcleo absoluto de sus certezas y le librará del peligro, no raramente en acecho, de absolutizar lo relativo.

2. "La fe cristiana es objetiva, en cuanto fundada sobre la revelación de Dios, y en cuanto que la salvación que trae consigo no es obra humana sino obra de Dios realizada por medio de Jesucristo. Esto está en contraste con el subjetivismo propio del espíritu postmoderno y con la libertad absoluta propugnada por él".

No podemos poner en duda la objetividad de la fe cristiana, la fides quae de los antiguos manuales. Pero, ¿no es la fe igualmente subjetiva y personal? ¿No es la fides qua del mismo rango y categoría que la fides quae, aunque de diversa índole, en la visión global de la fe cristiana? ¿No deben ambos aspectos entrecruzarse y mutuamente influirse y completarse en el pensamiento y en la existencia cristianas? La subjetividad de la fe tiene iguales derechos que la objetividad en una auténtica concepción de la fe de la Iglesia. Es legítima la acentuación de una o de otra, pero no la separación y mucho menos la absorción de una por otra.

3. "La fe cristiana es global, en cuanto presenta un conjunto orgánico de verdades doctrinales, de comportamientos morales y de prácticas religiosas, que forman un único indivisible. El espíritu postmoderno desconfía de los sistemas globales y tiende al sincretismo religioso".

De ningún modo es posible negar el carácter global y orgánico de la fe y de la moral católicas. Ahora bien, dentro de esta concepción orgánica y global, ¿no se acentúan acaso unas verdades sobre otras, de modo legítimo, en razón de las circunstancias históricas y, en sí mismas parciales? ¿No está el patrimonio cristiano en un permanente proceso de adaptación e integración de aspectos parciales nuevos o revalorizados? La visión orgánica y global, ¿elimina por sí misma el ímpetu vital de ciertos aspectos parciales de la fe y de la vida cristianas? El equilibrio entre el carácter orgánico de la fe y la moral por un lado y la profunda experiencia religiosa, por otro, de ciertos aspectos parciales en el pueblo de Dios debe caracterizar el modo de vivir cristianamente en nuestro tiempo.

4. "La fe cristiana es razonable, en cuanto tiene motivos racionales para ser libremente acogida, busca el auxilio de la razón para ser aceptada por el hombre, no se pone en contra de la razón sino sobre la razón. En el espíritu postmoderno hay escasa confianza en la razón y en su capacidad de llegar a la verdad".

Siendo como es razonable, la fe cristiana no deja de ser también cordial y afectiva; se expresa en toda la persona y con toda la persona. Es todo el hombre quien vive y expresa la fe, no sólo el ens rationale. ¿No será el corazón un camino del hombre actual para llegar a la verdad y dejarse conquistar por ella, al presentarle un rostro más amable y bello? Los caminos de Dios en la manifestación al hombre son numerosos y no hay que excluir ninguno.

5. "La fe cristiana es eclesial y comunitaria, en cuanto fe de la Iglesia y vivida en la Iglesia. El espíritu postmoderno privilegia el individualismo y la elección libre y la espontaneidad en las agregaciones religiosas".

La fe cristiana no deja tampoco de ser individual. Es el individuo el que cree en la Iglesia y con la Iglesia; es el individuo el que se salva en la Iglesia y con la Iglesia. Por otra parte, respetando las normas litúrgicas y disciplinares, ¿no se considera muy positiva, en la Iglesia de hoy, la espontaneidad de la fe confesada, celebrada, vivida y orada? Los pequeños grupos existentes en la Iglesia, con los lazos intensos y espontáneos que crean, ¿no están siendo un medio del Espíritu para la vitalidad de la Iglesia y para la nueva evangelización?


2. Una lectura desde los valores

En orden a una visión cristiana del postmodernismo, no basta señalar los elementos no cristianos o incluso acristianos de este movimiento cultural. Tampoco es suficiente quedarse en la ambigüedad de muchos de sus rasgos, incluso cuando se destaca su positividad. Habrá que contemplar además, desde el cristianismo, los valores que dicho movimiento comporta.

Recordemos cosas sencillas, de todos conocidas. El Dios cristiano no se define por la Razón, sino por el Amor: "Dios es Amor". La afectividad, incluida su dimensión sensible, es una componente imprescindible de la visión cristiana del hombre. Jesús vivió 30 años la intrahistoria de un pequeño pueblo de la Galilea, sin contar para nada en las grandes gestas de la historia universal. No olvidemos que Jesús se dedicó a socavar ciertas verdades ´absolutas´ de los escribas y fariseos para que brillara el carácter absoluto único de Dios y de su Mesías. Jesús en su predicación y actuación se mostró respetuoso y tolerante con sus interlocutores, apelando a su libertad y responsabilidad, sin que esto fuera óbice, en alguna ocasión, para expresiones audaces y vehementes. La Iglesia desde el primer siglo aceptó la presentación ´pluralista´ de la persona de Jesús en cuatro evangelios, o quizá mejor en un Evangelio ´cuadriforme´. Junto al universalismo de la salvación: "Dios quiere que todos se salven", nunca ha cesado la Iglesia de afirmar el individualismo de la misma: "Me amó y se entregó por mí". Si bien la Iglesia es católica y debe llegar a todos los rincones de la tierra, no sólo en los inicios sino también a lo largo de estos veinte siglos ha valorizado el microgrupo: iglesias domésticas, cenobios, conventos, parroquias, movimientos, comunidades de base...y consiguientemente las relaciones interpersonales intensas. La valoración del "hoy" aparece con frecuencia en la Biblia, con matices de presencia y de actualización. El ansia de felicidad no sólo pertenece a la naturaleza humana, sino que es profundamente cristiana y sobrepasa las fronteras del tiempo. San Pablo nos exhorta a redimir el tiempo porque es breve y, por tanto, a aprovecharlo con ahínco y avaricia. La Sagrada Escritura es una galería de imágenes y símbolos que forman parte de nuestra cultura y de nuestra fe, y que poseen una riqueza doctrinal extraordinaria. El sentido de la diferencia, para definir la propia identidad, es fuertemente señalado por el cristianismo: "estáis en el mundo, pero no sois del mundo"; "el que no está conmigo, está contra mí"; "no seáis como los gentiles..."; "¡cuidado con los falsos profetas!"...

Los valores son valores, aunque se puedan ´desvalorizar´ por el modo como se usan o por conjugarlos con extremismos que los convierten en moneda sin valor. El postmodernismo tiene sus valores, que son por igual valores entrañablemente cristianos. Algunos o muchos de estos valores son mal utilizados por los postmodernos. La cuestión no está en negar los valores, que sería reprobable y perjudicial para el cristianismo (la modernidad con sus valores y la postura cristiana ante ellos durante mucho tiempo deben alertarnos y hacernos aprender la lección), sino en ingeniárselas para que sean utilizados de un modo que beneficie al hombre y que configure la vivencia concreta de la fe y de la moral cristianas en un postmodernismo invasor.




 







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