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Consejos Metodológicos para la Catequesis
NP liga del 6220


Por: J. Salvador Hernández | Fuente: J. Salvador Hernández



3. Consejos metodológicos prácticos para catequesis



Con la finalidad de facilitar la metodología en clase, hemos dividido en tres partes las sugerencias:
A. En general para todo catequista.
B. Para quienes se dedican a los niños.
C. Para quienes se dedican a los adolescentes.

A. Guía de consejos para una clase de catequesis.

1. Cada catequista trabaje en dónde más rindan su capacidad y sus posibilidades.
Suele elegirse para catequista, como dicen, "al que se deja". No vamos nosotros a tratar de cambiar el mundo dando gritos y sombrerazos. Pero conviene insistir en la necesidad de elegir nuestro grupo de catequesis según nuestras capacidades. Si no tenemos carisma para trabajar con niños ¿por qué debemos dar catequesis a unos pequeños que no controlamos? Si tenemos especial carisma para educar adolescentes ¿porqué malgastar nuestro tiempo con unos adultos que no aprovechan bien su catequesis ante nuestra limitación?

No queremos limitar la acción de cada catequista a un sólo campo. El catequista no puede reaccionar con un "ese grupo no es para mí", cuando no hay otro disponible para realizar la tarea evangelizadora con unas personas determinadas. Pero, mientras se puedan combinar las cosas, conviene dedicarse a quiénes mejor nos acomodamos.

2. Cuando las cosas vayan mal, perseveremos.
Perseverar es mantenerse firme hasta el final. Y el catequista necesita perseverar tanto en el esfuerzo para no tirar la tirar la toalla cuando tenemos muchos trabajos y necesidades en el hogar o el trabajo, como cuanto en el esfuerzo de día con día para educar la fe de almas cerradas a la gracia o mentes duras ante el mensaje de Jesucristo.

3. Necesitamos conocer bien a quiénes educamos en la fe desde el primer día.
No podemos conocer completamente a unas personas en un día. Pero el principio catequético de que el catequista debe descubrir las raíces culturales de sus destinatarios nos exige hacer un esfuerzo. Y podemos iniciar su conocimiento más allá de la frontera de su rostro y de sus gestos. ¿Cómo? Es muy importante presentar un pequeño cuestionario el primer día a un grupo nuevo de catequesis. Este cuestionario debe ser sencillo y sin darle demasiada importancia. Pero debe permitirnos conocer los elementos importantes que repercutiráá en nuestro trabajo.

Por ejemplo, a unos niños, podemos preguntarles el nombre, la edad, el número de hermanos, en cuál año de escuela estudian... Puede sernos muy útil conocer si su familia es normal o está desunida, para ayudarles mejor.

No conviene hacer preguntas incómodas muy directamente, pues todavía no hay plena confianza. Pero se puede preguntar indirectamente. Por ejemplo, para queremos conocer si los papás viven unidos, se puede preguntar que escriban la dirección del papá por un lado y la de la mamá por otro. Si coinciden, no hay problema. Pero, si no coinciden, ya tenemos una información importante.

4. El primer día de catequesis, tratemos un tema atrayente.
Es muy importante que el primer día quede un buen sabor de boca. Predispone al trabajo y al interés. Y, desde luego, el primer día no hay que dar una sesión larga.

5. Es muy útil preguntar a los destinatarios sus expectativas ante el curso, durante la primera sesión de catequesis.
Así los catecúmenos se sienten tomados en cuenta y se motivan. Las preguntas que conviene hacer son:

1a. ¿Cuáles el fruto que desearía obtener con este curso?
2a. ¿Qué temas desearía que se trataran?
3a. ¿Tiene alguna sugerencia de lo que quiere que haya y que no haya en este curso?

Es obvio que esta sugerencia es especialmente importante para adultos y jóvenes. Pero puede ser especialmente útil incluso con niños. Nos puede permitir conocer cosas que... nunca nos dirían.

6. Debemos elegir ejemplos y casos que toquen muy de cerca la vida de los destinatarios.
Cuando les hablan a las personas de lo que toca a su vida, ponen más interés y les aclara mejor las implicaciones y alcance del mensaje que reciben. Porque la catequesis debe adaptarse siempre al destinatario.

7. Utilicemos más los hechos, las narraciones y las experiencias que las explicaciones teóricas.
Tenemos que combinar las explicaciones teóricas con las vivencias, porque la catequesis debe lograr el objetivo doctrinal y el vital. Además, en la educación de la fe, ayuda más enseñar a caminar que mostrar la meta. Por eso, es más fructuoso y fácil realizar la catequesis con pocas ideas (muy fundamentales y muy claras) y con muchas vivencias que refuerzan la comprensión e impacto del mensaje evangélico.

8. Es imprescindible exigir trabajos escritos y ejercicios de reflexión.
Los ejercicios escritos pueden ser realizados durante la misma sesión de catequesis o como tarea para casa. Pero son necesarios para fijar los puntos principales de cada sesión. Si los destinatarios son analfabetos, supliremos estos ejercicios por resúmenes y ejercicios hablados.
Los ejercicios de reflexión son necesarios para lograr los dos objetivos de la educación de la fe. Es decir, debe haber ejercicios destinados a reforzar la adhesión de la voluntad al mensaje cristiano y ejercicios destinados a comprender y asimilar dicho mensaje. No basta obtener el segundo, es decir, crecer en la cultura religiosa. Porque la catequesis debe lograr la autoconvicción de la fe.

9. Seleccionemos las dinámicas y técnicas según la cultura y capacidad de los catecúmenos.Hay el riesgo de aplicar técnicas que tuvieron éxito en un grupo y que soñamos tenga éxito también en el que está ante nosotros. Pero debemos ser prudentes: o por diferente edad, o por diversas situaciones, o porque no vienen a reforzar directamente los objetivos de la sesión, podemos caer en la tentación de preferir el espectáculo entretenido sobre la educación de la fe. Y, siempre, hay que dar prioridad a las personas sobre la organización o los instrumentos

10. Si ha sucedido un hecho relevante, arranquemos nuestra sesión comentándolo.
Es obvio que, si ha fallecido una persona conocida por todos los destinatarios, debemos iniciar la sesión recordando la impresión vivida. La catequesis no es algo separada de la vida, sino que es la respuesta de Dios a nuestras historias. Puede llegarse el caso de cambiar, incluso, los objetivos de la sesión por un caso muy notorio. Y es mejor que los catecúmenos expresen primero sus impresiones antes de que el catequista intervenga enriqueciendo la situación. Así es más motivante y constructivo el avance de la sesión.

11. Revisar las tareas de casa durante la sesión, quita demasiado tiempo.
Esta sugerencia tiene especial aplicación para la educación de la fe que se realiza en la escuela. En este caso, lo mejor es revisarlas en otro momento o mientras los destinatarios realizan algún ejercicio. Si la tarea no es muy larga, puede hacerse durante la sesión. Si la tarea buscaba poner las bases para tratar un tema, obviamente se revisará conjuntamente durante el inicio de la sesión.

12. Tengamos muy claro los objetivos de la sesión por encima de todo.
Lo más importante es que se logren los objetivos, el vital y el doctrinal. El resto es secundario. Por eso, nuestra prioridad no debe ser realizar dinámicas espectaculares, explicar mucho la materia doctrinal, lograr una disciplina impecable o terminar todo el programa de la materia. Debemos repetirnos constantemente, mientras preparamos la sesión y mientras se desarrolla, estas preguntas: "¿Vamos por buen camino hacia los objetivos? ¿Esto ayuda a lograr los objetivos? ¿Este punto nos desvía de nuestro tema o desmotiva?".

Así lograremos aplicar el principio de que la catequesis debe llevar a consecuencias prácticas.

13. Es mejor llevar poco material escrito.
Si se tiene mucho material escrito, es fácil caer en una clase leída en vez de testimoniada; es fácil cansar en vez de atraer la atención; es fácil que me alteren mi plan en vez de enriquecerlo. pero no queremos decir que no llevemos nada preparado por escrito. Lo que más ayuda es llevar escrito:

- los dos objetivos.
- la dinámica o técnica de inicio bien precisada.
- el esquema detallado de las ideas.
- las frases relevantes bien redactadas.
- los hechos o narraciones bien elegidos y con las frases centrales redactadas.

14. Siempre que haya una cita bíblica, conviene que sea leída por los mismos catecúmenos en lata voz.
Así se habitúan a manejar la Biblia. Y es más participativo. Con niños, puede ser menos recomendable por la dificultad que encuentran. Porque la catequesis participativa es más eficaz.

15. Cuando sea necesario dictar un texto, debe hacerse despacio y repetirlo varias veces.
Así el destinatario lo pueda copiar correctamente. Pero, como el alumno puede encontrar dificultad, el catequista debe repetir las frases con algunas pequeñas frases introductorias, pero repitiéndola con los mismos términos que la vez anterior. De este modo, el alumno copia con más facilidad y agrado.
Por ejemplo, el catequista inicia diciendo: "Definición: la virtud es un hábito..." y prosigue: "Es decir, la virtud es un hábito..." y añade: "No un hábito de tela, claro está. La virtud es un hábito bueno adquirido por la repetición de actos, porque la adquirimos con ese repetir la acción uno y otro día". Parecer este recurso algo pesado, pero lo es sólo sobre el papel, puesto que la comunicación resulta natural al repetir las frases clave, mientras la atención del destinatario no está sobre la explicación, sino sobre las palabras esenciales que desea copiar.
¿Cuántas veces se oye: "Podría repetir, por favor...?" con el amargo sabor de descubrir la propia lentitud para entender o retener frases. Es muy conveniente que el educador observe cuando terminan de copiar (el destinatario levanta la cabeza o simplemente detiene su pluma) para no adelantarse con el dictado del texto.

16. Es muy importante que todos vean bien al catequista.
Conocí un catequista que, si no todos alcanzaban a verle desde su asiento, daba toda su sesión de pié‚. "Porque, decía, nos distraemos más cuando no vemos a quien habla. Y porque la comunicación de los gestos no la sustituyen las palabras".

17. Hay que escribir y dibujar de lado en el pizarrón.
Cuando escribimos o dibujamos en un pizarrón, todos deben poder leer y ver cómo diseñamos. Basta con apartarnos un poco y dejar que la mano corra sin ocultar lo que escribimos con nuestra cabeza o con nuestro cuerpo. Así todos prestan más atención.

18. El catequista debe responder todas las preguntas.
Es obvio que no es fácil. Pero he aquí algunas sugerencias:

- quien sea ágil, que responda cuanto preguntes sobre la marcha.
- quien no sea tan ágil, deje un tiempo al final para preguntas.
- se puede pedir a los destinatarios que escriban todas las preguntas que se les ocurran, se van recibiendo, guardando y se responden todas en la siguiente sesión.
- si una pregunta se desconoce la respuesta, conviene decirlo públicamente. Se avisa que se consultará. Y se da la respuesta en la siguiente sesión. Así los catecúmenos comprueban la seriedad de su catequista, que cuanto responde es porque está seguro de la respuesta.
- con jóvenes y adultos (raramente con niños) puede ser muy útil rebotar la pregunta al grupo, para que alguien dé su opinión. Este recurso facilita la participación del grupo, descubre las posiciones de algunos destinatarios y puede aportar soluciones interesantísimas e imprevistas. Si nadie aporta respuesta, la da el catequista. Porque la catequesis participativa es más eficaz.

19. Es necesario frecuentar la capilla para orar comunitariamente.
No se podrá hacer todos los días en todos los lugares. Pero es un elemento de contacto directo con Dios que debe vivirse periódicamente. Porque la catequesis debe fundamentar sólidamente la fe.

20. Debemos tener definido todo el programa desde el primer día.
El programa nos permite poder introducir a los catecúmenos en el curso desde el primer día. Y posibilita evaluar dónde nos encontramos y cuáles puntos debemos preparar cada día. Cada catequista debe fijar el programa estructurado muy bien antes de iniciar su labor.

21. Dos catequistas atienden mejor un grupo de catecúmenos.
Así pueden preparar mejor la sesión, suplirse cuando sea necesario, enriquecer la marcha de la sesión y disponer de más recursos para la disciplina con destinatarios pequeños. También es útil como medio para entrenar nuevos catequistas.

22. Debe promoverse siempre la participación de los destinatarios.
Se hace más atractiva la sesión y se asimila mejor. Podemos promoverla con dinámicas, técnicas, etc. Porque, en la educación de la fe, ayuda más enseñar a caminar que mostrar la meta.

23. Debe revisarse el propósito concreto establecido en la sesión anterior.
No se revisa con carácter de examen o para calificarlo, sino como un medio de remarcarlo y descubrir riquezas en las experiencias vividas por los catecúmenos.

24. Conviene evaluar el aprovechamiento de cada sesión al final.
Puede hacerse con algunas preguntas rápidas, resumiendo las ideas más importantes o entregando un cuestionario bien seleccionado que permita revisar los elementos más destacados de la sesión. No se considera tampoco como un examen, sino como un repaso o repaso para clarificar y asimilar. Sirve mucho para reforzar la memoria, concentrar el núcleo doctrinal o repasar el objetivo vital con sus implicaciones principales.

25. Los buenos materiales didácticos aligeran el esfuerzo y dan mucho resultado.
El uso de audiovisuales, de franelógrafos, dibujos educativos, videocasetes, audio casetes, etc, permite atraer más la atención de los destinatarios, involucrarlos en el tema de la sesión, impactarlos emotivamente, reforzar la memorización de los datos, etc.

26. El uso excesivo de audiovisuales debilita la asimilación de la doctrina.
Cuando se usan demasiado los medios audiovisuales, se refuerza el impacto emotivo de los contenidos. Pero la mente pierde estructura y los datos del contenido doctrinal se debilitan. Por eso, los medios audiovisuales debemos usarlos como complemento, no como el eje de la sesión. Porque la catequesis necesita equilibrar la inducción con la deducción.

27. No caigamos en el monólogo.
Los destinatarios se distraen más. No tenemos la garantía de que nos han comprendido. Reducimos las posibilidades de relacionar la doctrina con la vida de quienes nos oyen.

28. Cuando decaiga la atención, narremos un caso o hagamos una pregunta.
Es fácil detectar cuándo decae la atención: los oyentes miran para otros puntos y no a quien habla, cabecean por el sueño, leen, tienen los ojos muy fijos en un punto infinito del horizonte... En cuanto detectemos alguno de estos elementos, narremos alguno de los casos que teníamos previsto presentar. O hagamos alguna pregunta a uno de los oyentes sobre las repercusiones prácticas de la explicación. Por ejemplo: "¿Cree Ud. que la gente de la calle acepta lo que estamos comentando" o "¿Qué aplicaciones prácticas tiene este punto que estamos tratando?". Es muy oportuno hacer esta pregunta a alguien que está atento y, desde luego, que tenga facilidad de palabra. También podemos interrumpir la explicación para preguntar si alguien tiene alguna duda sobre lo que hemos expuesto. Obviamente, no hay que esperar a que sean mayoría los oyentes dormidos o distraídos.

29. No es necesario agotar el tema.
Un catequista debe lograr la comprensión del mensaje cristiano y su aceptación en el corazón de cada destinatario. Es obvio que debe procurarse llenar todo el programa del curso. Pero, en cada sesión, los catecúmenos no tienen por qué conocer todo el contenido o todo el alcance del tema. Sería imposible. Lo importante es lograr la asimilación del núcleo doctrinal y su aceptación en el corazón. Por lo tanto, no nos preocupemos si no alcanzamos a explicar todos los puntos previstos en una sesión.

Así lograremos superar la tentación de dedicar demasiado tiempo y energía a la dimensión intelectual de la catequesis. Porque la catequesis debe equilibrar la presentación de todas las reas fundamentales de la vida cristiana.

30. Aprovechar los antitestimonios para reforzar la actitud de fe.
Los catecúmenos, sobre todo adultos o jóvenes, suelen comentar o escandalizarse ante los hechos negativos de la vida en algunos eclesiásticos o ante las zonas oscuras del mensaje cristiano. El catequista no debe negar o tratar de sobrevolar por encima de estas dificultades. Debe afrontarlas, admitirlas y, desde ellas, hacer ver el lado humano de la vida cristiana y la necesidad de creer más allá de nuestras limitaciones o barreras. Pero tampoco debe dejar de explicar toda la parte explicable que hay en los misterios de la fe o en la complicada trama de fuerzas que componen cada situación, para distinguir el mal aparente sobre el bien escondido.

31. Utilizar textos sagrados fortalece la fe del destinatario.
Leer a los catecúmenos textos de la Biblia, de los Santos Padres o del Magisterio eclesial, acerca a las fuentes de la fe. Es obvio que debemos elegir textos impactantes y atractivos, de lo contrario serán ocasión de distracciones. Y, si no somos capaces de leer con vigor, mejor no hacerlo. Es un buen modo de aplicar el principio de que la catequesis debe usar equilibradamente las tres fuentes de la Revelación.

32. Mucho cuidado con las leyendas.
No está mal aprovechar narraciones didácticas que favorecen la asimilación de ciertos valores. Pero debemos cuidar de no llenar la mente de los destinatarios con leyendas o episodios apócrifos (es decir, inventados) que debilitan los fundamentos de la fe y crearán dudas profundas en el futuro, aunque sean narraciones muy conocidas. Porque la catequesis debe fundamentar sólidamente la fe.


33. Los concursos y juegos facilitan la memorización.
Es necesario memorizar los datos fundamentales de la fe. De lo contrario, se pierde el esfuerzo didáctico de cada sesión: La catequesis debe facilitar la memorización. Para lograrlo, el catequista puede ayudar a los destinatarios a fijar en su memoria estos datos fundamentales mediante concursos y juegos sobre los datos esenciales de la fe.

34. Los materiales de trabajo para una sesión se entregan al momento de utilizarse.
Si entregamos unas hojas o dibujos desde el inicio, que utilizaremos en un momento intermedio de la sesión, muchos se distraerán curioseándolos. Es mejor entregarlos en el momento justo de utilizarlos.

35. Resumamos un punto antes de pasar al siguiente.
Los destinatarios necesitan ayuda para ubicarse en cuál punto del contenido están trabajando. No conviene decir: "Pasamos al segundo punto de la sesión", porque puede provocar una reacción de cansancio en los catecúmenos ("¿Cuántos puntos habrá que aguantar?, pensará alguno). Es mejor decir: "Ya hemos aclarado que... Ahora necesitamos precisar...". Así todos los asistentes a la sesión saben en dónde se encuentran y centran su atención en el apartado exacto del tema en que deben trabajar. Porque la buena catequesis educa la fe concentrándose en lo básico.

36. Alabemos todas las intervenciones correctas de los catecúmenos.
Es muy motivante tener éxito. El catequista debe alabar las buenas aportaciones. No debe hacerlo en forma pomposa y llamativa. Basta un "como muy bien dijo...". La simple alusión al destinatario concreto es muy satisfactoria para él. Le ayuda en su superación personal. Y la catequesis debe favorecer la promoción humana del catecúmeno.

37. Pasemos por alto las intervenciones incorrectas.
Tener una intervención equivocada desmotiva. El catequista no debe darles importancia, si no ha habido mala voluntad. Y, mucho menos, hacer ver que es errónea. Puede decir: "Podemos mejorar la propuesta. ¿Quién tiene otra opinión?" o "¿Todos están de acuerdo con esta propuesta? o ¿Lo echamos a la hoguera por hereje o tiene razón?". Y, desde luego, nunca volver a hacer referencia a esa intervención equivocada.

38. Superemos el propio gusto.
No aceptar un material agradable para el catequista pero que no logre los objetivos de la catequesis. Porque el resultado no es la propia satisfacción, sino la educación de los niños. Por lo tanto, el material debe actualizarse. Aunque nos guste más usar un material antiguo con el que nos identificamos... pero que ya es obsoleto para la mentalidad de los destinatarios y la catequesis debe adaptarse siempre al destinatario.

39. Rezar al inicio de cada clase.
Con mucha devoción. El testimonio no tiene resultados inmediatos. Pero educa mucho.

40. Un pequeño regalo estimula y motiva.
Sobre todo los niños que vencen en concursos o logran mejores calificaciones necesitan verse estimulados. Quienes no lo consiguen reciben más motivación para esforzarse. Por eso, regalar una estampa, un dulce, llevarse a la casa un cuadro de la Virgen durante toda la semana, recibir un diploma, etc, son pequeños premios muy motivantes.

41. Cuida la modulación de la voz.
La modulación de la voz es un factor fuerte de comunicación. Por ella se interpreta el estado de ánimo de quien habla, así como su intención. Nuestro tono amistoso, tranquilo, interesado, expresa nuestro interés y cariño por quienes nos escuchan. Pero si es gritón, amenazante, mecánico, monótono ¿no contagiará temores y rechazo en los catecúmenos?

42. Descubrir las intenciones de una pregunta.
Los destinatarios pueden preguntar para distraer del tema principal, para pasar el rato, por no afrontar el compromiso que viene o por profundizar. El catequistas debe descubrir la verdadera intención de cada caso. De lo contrario, puede ser manejado por unos adolescentes muy hábiles y perder su tiempo; o puede perder la oportunidad de tratar un tema candente y urgente, con más resultado educativo que llenar una página del programa anual.

43. Favorecer la inducción: Hemos insistido en la necesidad de utilizar el método inductivo para favorecer el interés de los destinatarios en el tema y en la finalidad de la sesión de catequesis. La inducción facilita el trabajo.
No debe reservarse este método, sin embargo, sólo para el inicio de la actividad. El método inductivo es muy útil en cualquier momento de la acción educativa. Podemos utilizarlo en cualquiera de sus formas superando exposiciones demasiado teóricas. Por ejemplo, al estar explicando la diferencia entre la verdad y el bien, en una clase de filosofía, el profesor preguntó: "¿Todos los hombres que aman la verdad, tienen un corazón bondadoso?".
Igualmente, al concluir, también ayuda mucho hacer referencia a la realidad de todos los días, para bajar los conceptos al desgastado suelo que pisamos rutinariamente.

44. Buscar la claridad: Las preguntas que planteamos a nuestros destinatarios, las definiciones que ofrecemos, los materiales que empleamos... deben ser muy claros. Debemos evitar el riesgo de caer en la química de las palabras. Esto es, reducir la catequesis a juegos de palabras, como si todo fuera un gigantesco crucigrama, en donde alcanza mejor formación quien maneja mejor el diccionario.
La catequesis nos encamina hacia la transmisión de la Palabra de Dios, hacia la inspiración de motivaciones o hacia la toma de compromisos. Por ello, la claridad de nuestro lenguaje debe facilitar a los alumnos la captación de las informaciones que transmitimos, de los valores que nuestro testimonio directo les expresa o de la toma de decisiones ante los compromisos que les exige la fe.
Pero todo requiere claridad. Claridad no sólo en las palabras que usamos, sino también en el orden en que las presentamos. A continuación, aparecer n algunos recursos que pueden ayudar mucho a clarificar los conceptos o valores que estamos presentando.

45. Explicitar el paso de un punto a otro.
Las personas tienen dificultad en saber exactamente por qué hablamos de algo. El catequista ve claramente la relación entre un punto y otro, porque sigue un proceso mental propio. Pero el alumno sigue el suyo y necesita conocer el del catequista para captarlo. Por eso, el catequista lo debe expresar hábil y sencillamente en qué punto está de su exposición. Puede hacerlo crudamente: "Pasamos al punto tercero". Pero también puede hacerlo con agilidad y claridad: "Dado que hemos definido este punto ¿qué les parece si vemos sus aplicaciones?".

46. Hacer que los destinatarios definan el valor o concepto en cuestión con sus propias palabras.
Había un sacerdote que, para hacer comprender mejor el Credo a sus catequistas, les pedía que se lo escribieran con otras palabras y guardando su sentido original. Y lograremos mucho fruto porque la mejor catequesis es la que relaciona el contenido de la fe con la experiencia del destinatario.

47. Asegurar que los videos, audiovisuales y fotomontajes empleados sean directos, sin muchos temas o subtemas mezclados.
Así se facilita concentrarse en lo esencial y con un esquema simple. La buena catequesis educa la fe concentrándose en lo básico.

48. Plantear preguntas sin doble sentido o sin dos respuestas que desvíen del tema, para evitar las confusiones.
Es diferente plantear una pregunta capciosa para que los alumnos reflexionen que una pregunta que provoca confusiones por no estar bien hecha, es decir, por provocar otras reacciones periféricas no deseadas por el catequista. En caso de darlas, aceptar públicamente el error de haber usado una pregunta confusa. La catequesis debe fundamentar sólidamente la fe.

49. Si la respuesta está al alcance de los alumnos, y ellos piden una aclaración, conviene rebotarles la pregunta para que ellos encuentren la respuesta.
En estos casos, para evitar la posible confusión, no hay que darles pistas para encontrar la solución, pues ellos son capaces de hallar la respuesta. Si insisten en pedir ayuda, lo más conveniente es repetir la pregunta, cambiando sólo alguna palabra por un sinónimo.
Este proceso exige mucha reflexión y esfuerzo a los destinatarios, con el consiguiente avance en su formación. Si la pregunta que hacemos es capciosa, conviene repetirla fríamente, a fin de no descubrir que deseamos provocar la reflexión y el trabajo con una pregunta así. Porque la catequesis debe lograr la autoconvicción de la fe.

50. Salpicar la sesión de buen humor:
Las relaciones interpersonales son básicas para la buena marcha de una actividad grupal. Toda sesión de catequesis es una actividad de grupo (catequista más destinatarios), en donde las relaciones humanas favorecen la eficacia o distraen. El buen humor se logra con pequeñas ´puntadas´, con alusiones simpáticas, etc. No es necesario contar chistes en exceso o provocar una falsa situación cómica que decae en comedia. No debemos sacar una ficha de archivo, como lo hacía un profesor de filosofía, diciendo antes de leerla: "Algo que nos haga reír". La espontaneidad es el mejor recurso. Si algo le parece simpático al catequista en una sesión, que lo diga espontáneamente.

51. Dar pocas indicaciones y fríamente:
Sobre todo cuando se trate de dar normas para un trabajo en grupo o para elaborar una tarea. Conviene dar las indicaciones necesarias brevemente y procurando que sean pocas: las esenciales. Si el trabajo se va a realizar durante el tiempo de la catequesis, el catequista debe marcar un límite muy preciso de tiempo. De otro modo, se aplica la ley de Murphy según la cual el trabajo de una persona se extiende todo el tiempo que se le conceda para realizarlo. Al dar las indicaciones sobre una tarea, el educador no debe dar excesivas explicaciones ni recurrir al humor: estamos en un momento de exigencia. Si el catequista debe dar poco tiempo (por ejemplo, seis minutos para un Phillips 66), mire su reloj y diga fríamente: "Tienen seis minutos para realizar el trabajo. Pueden comenzar". Y continúe mirando su reloj. La reacción de todos los destinatarios ser iniciar su trabajo rápidamente.

52. Ir al núcleo:
Los educadores explicamos muchas cosas: las definiciones, las subdivisiones del tema, las aplicaciones, los fundamentos, la bibliografía, las citas, fechas, nombres... Es necesario. Pero lo más importantes es el núcleo de la actividad educativa. En caso de tener que dar muchas informaciones, es obvio que unas serán esenciales y otras serán periféricas. Y es obvio que deben quedar bien asimiladas las primeras en la mente de los alumnos, mientras que podemos prescindir de las periféricas. Si debemos motivar, no importa que la sesión tome un cauce diverso del que hayamos previsto: si la sesión resulta motivante, hemos llegado al núcleo.

El catequista encontrar la clave del éxito en tener bien claro el objetivo de su actividad. Por eso, el catequista debe tener bien resumido y escrito el contenido de la sesión. El resto es adorno. En una conferencia de un gran estudioso, alguien le preguntó: "En resumen ¿podría decirnos, en dos minutos, cuál es la información que usted desea presentarnos?". El sabio tuvo que responder: "Es imposible. Tengo siete páginas escritas a doble espacio y todo es importante...". Por el contrario, existía un catedrático que repetía frecuentemente: "Si los alumnos aprenden hoy con claridad al menos este concepto, me sentir‚ satisfecho del trabajo". La gran tentación de los educadores es explicar muchas cosas. Olvidan que los árboles grandes crecen despacio.

Por ello, cuando el catequista repasa un tema con los alumnos, debe centrarse en el núcleo y no en los detalles marginales.

53. Flexibilidad:
Hay dogmas esenciales y verdades estables que el catequista debe defender y mantener. Pero también hay verdades secundarias que pueden cambiarse. El catequista debe tener suficiente flexibilidad para variar ante los puntos secundarios, mientras se mantenga firme la finalidad de la sesión educativa. Por ejemplo, si los alumnos piden un poco más de tiempo para realizar un trabajo en grupo se les concede; si alguien sugiere un elemento no previsto para realizar la sesión y, a la mayoría le parece bien porque es interesante, se acepta; si un tema preocupa mucho a los alumnos y tiene repercusiones en su fe, se comenta...

El catequista debe convencerse de que no lo sabe todo, de que no es el mejor en todo, de que alguien puede proponer algo muy ventajoso. Aprendemos hasta de los niños. La catequesis debe ser fiel a Dios y fiel al hombre.

54. Presencia constante:
El catequista no debe ausentarse durante la actividad educativa, salvo fuerza mayor. No conviene creer que "yo lo sé todo". La búsqueda de la fe es una meta y una actividad conjunta: si el educador sale del salón mientras los demás trabajan, pierde la experiencia que ha realizado el grupo durante ese tiempo. Sería penoso escuchar: "Tu no puedes comprendernos, porque no estuviste con nosotros". Por eso, el catequista, si los alumnos inician un trabajo en grupo, debe permanecer en el salón de trabajo, aunque sea sólo paseando.

55. Economía de tiempo y esfuerzo:
Debemos seguir la ley según la cual debe buscarse el núcleo y no perderse en los detalles. Por eso, conviene que el catequista busque facilitar el trabajo de los destinatarios reagrupando propuestas parecidas o cercanas. Por ejemplo, si los alumnos dan una serie de respuestas a un cuestionario realizado individualmente o en grupos, el catequista debe recibir sus respuestas emparejándolas si tienen comunes denominadores. Así, si alguien propone el perdón como un medio de tratar a los demás, y otro propone la misericordia, el catequista debe unificarlos bajo uno de los dos conceptos. De este modo, se simplifica el trabajo y se concentra sobre unos puntos claros. Si hay muchas diferencias de opinión para reagrupar dos ideas, precisamente por ahorro de tiempo y esfuerzo, se aceptan las dos. En una sesión de un grupo de apostolado, quien escribía las propuestas de solución en el pizarrón, copiaba prácticamente las frases completas de cada proposición. Después de veinte minutos, alguien propuso: "¿No sería mejor que escribieras una sola palabra por propuesta? Al fin y al cabo, todos hemos oído la propuesta y con una sola palabra podemos recordarla...".



B. Sugerencias para lograr una buena disciplina con los niños.

Lo más importante en la catequesis no es la disciplina. Lo más importante es educar la fe. Pero, sobre todo con niños, no puede faltar obviamente una buena disciplina para lograr los objetivos educativos en cada sesión. Para lograrla, hay dos factores necesarios: la motivación y la metodología. Es decir, los niños necesitan motivación para tener la fuerza interior necesaria para autoexigirse; y una buena metodología durante la sesión facilitar su dedicación y atención para superar su fácil tendencia a la distracción y al juego. La disciplina se logra más fácilmente cuando se logra una metodología atractiva y, a la vez, motivante. Porque logra los dos resultados con un sólo esfuerzo. Es decir, la disciplina depende mucho de lo atractiva e interesante que sea la misma catequesis.

Vamos, a continuación, a ofrecer algunas sugerencias prácticas para lograr una buena disciplina durante la sesión de catequesis. Nos son recetas totalmente válidas en todos los casos. Cada catequista, cada grupo de niños, cada ambiente o comunidad, tiene sus variantes, sus circunstancias, sus momentos, etc, que exigen cambios y novedades sobre nuestras propuestas.

Estas sugerencias son la aplicación de los principios catequéticos que dirigen nuestras opciones metodológicas. Por ello, tienen un espíritu y una visión de la catequesis que permite respaldar y equilibras unos elementos con otros. Pero, ojalá que permitan descubrir elementos útiles a cada uno.

a. Consejos prácticos:

1. La oración inicial no es un acto de disciplina. La oración es un diálogo con Dios. No es un recurso para que "todos se callen y podamos comenzar en orden". El testimonio de oración sincera del catequista es más valioso que la disciplina exterior del salón.
2. Iniciar la explicación con una narración muy conectada y rica de elementos referentes a los objetivos de la sesión, pues provoca interés e curiosidad en los niños.
3. Iniciar la explicación con preguntas sobre experiencias de la vida cotidiana de los niños relacionadas con el tema, pues focaliza su mente hacia el tema.
4. Es mejor no sentarse al dictar algún texto y pasear entre los alumnos viendo lo que escriben en sus cuadernos.
5. Permancer ante el grupo mientras se explica.
6. Ejemplificar cada enseñanza. Porque los ejemplos atraen la atención.
7. Las narraciones de la Biblia, de las vidas de los santos o historias ilustrativas permiten más atención y concentración del niño y facilitan su mejor autocontrol, además de motivarle.
8. Preguntar la opinión de lo que se está tratando, sobre todo a quienes más se distraen. Pero no con preguntas que les pongan en ridículo y haciendo ver su distracción, sino con interrogantes que les exijan reflexión y expresar su parecer.
9. Los concursos atraen poderosamente y absorben todas las facultades. La disciplina de un concurso depende de estos factores:
- que la materia no sea demasiado difícil ni demasiado fácil. Es decir, respetando la justicia que no tiene preferencias por individuos, procúrese que los niños menos dotados tengan preguntas un poco más fáciles, para evitarles demasiada frustración que los llevar a reaccionar con desinterés e indisciplina.
- que las reglas del juego sean muy claras y eviten indisciplina.
- que la autoridad del catequista sea indiscutible, para evitar polémicas. Todos los árbitros se pueden equivocar.
10. Disponer de buenos libros con muchos ejercicios, para ocupar el tiempo y las facultades del niño en los objetivos de la catequesis.
11. Evitar materiales didácticos confusos o complejos, para facilitar la dedicación de los niños a sus tareas atractivas y claras.
12. Presentar las reglas del juego desde el primer día.
Expliquemos si nos molesta que nos interrumpan o no; si vamos a dar tiempo para preguntas; si dejaremos tareas; si pediremos puntualidad... Así podremos exigir las cosas después. Y, no olvidamos de decir explícitamente las motivaciones que nos han llevado a poner estas reglas del juego.
13. Poner pocas normas. De lo contrario, se cae fácilmente en el legalismo o en interminables discusiones y excusas.
14. Debemos ser exigentes sin llegar a la rigidez. Por eso, hay que ser flexibles ante elementos secundarios. Por ejemplo, no acumular castigos que pueden llegar a ser incumplibles o frustrantes.
15. Ni demasiado estrictos ni demasiado condescendientes. Ser flexibles; de todos modos, es mejor ser intransigentes al inicio y, después, aflojar. Este punto sirve, sobre todo, con adolescentes y jóvenes, pues suelen vivir mucho el reto de medir hasta dónde pueden controlar a sus educadores.
16. Hablar personalmente con quien causa problemas, pero sin gritarle.
17. Enviar una evaluación escrita, no sólo de su calificación, sino también de su participación. Exigir la firma de los papás. E incluir motivaciones positivas estimulantes.
18. Una lectura amena y educativa es un excelente recurso en momentos de tensión.
19. Cuando están muy nerviosos, puede hacerse algún ejercicio físico: poner los brazos en cruz, subirlos, bajarlos, etc, refiriéndose a posturas relacionadas con las aplicaciones del tema.
20. Los niños pequeños necesitan saber muy bien cuál es su lugar.
21. No corrijamos muchas veces un fallo. Porque ya se hace rutina y no produce fruto. Es mejor esperar el momento oportuno para, en particular, hacer ver el fallo y estimular a la superación con motivaciones.
22. En la escuela, es mejor dar la catequesis en un salón diferente del salón ordinario de clases, pues motiva y hace comprender al joven el alcance diferente de la fe para su vida.
23. Las preguntas fuera de lugar se responden después.
24. Es urgente ayudar a los adolescentes y jóvenes a superar, desde el inicio, los prejuicios que puedan tener ante la catequesis. Si la consideran inútil y aburrida... caerán fácilmente en indisciplina.
25. Hablar con franqueza y con palabras claras, expresando puntos fijos que ayudan al joven a sentirse bien tratado y estimulado a participar e involucrarse en los temas.
26. Trabajar en parejas de catequistas, para que se tenga siempre la oportunidad de una suplencia, de un apoyo didáctico, de una ayuda para la disciplina, de un estímulo de seguridad, etc.
27. Preparar las sesiones con anterioridad, para disponer de toda la energía y atención posibles al manejo disciplinar del grupo, y no perderlo ante la incertidumbre de la marcha educativa de la sesión.

b. Actitudes necesarias del catequista para manejar debidamente un grupo de niños:

1. Cariño y paciencia: los niños son niños. Y se comportan como niños. No deben extrañarnos sus reacciones. Debemos comprender su tendencia a la acción, al juego, a la comunicación, etc. Si el método no ocupa estas facultades, normalmente las emplearán en otros centros de atención extraños a la catequesis y crearán desorden.
2. No presionarles directamente, como si la sesión fuera una clase más, comparable a otras materias de escuela.
3. El ejemplo es la mejor enseñanza silenciosa.
4. Amar la catequesis para transmitir la estima e interés por la fe en los mismos niños.
5. Estar dispuestos a ser verdaderos educadores de la fe, convencidos del compromiso de la propia vocación bautismal.
6. Ser conscientes de que nuestros gestos pueden ser testimonio del amor y bondad de Dios, o de la indiferencia o del egoísmo.
7. Prepararse. Los cursos de formación son insustituibles.
8. Tener la generosidad en el tiempo. Si damos migajas del horario a la catequesis, nunca lograremos un nivel bueno.
9. Fomentar la armonía con otros catequistas. De lo contrario, nuestras ansiedades y conflictos saldrán a relucir inconscientemente.
10. Nunca realizar la catequesis para quedar bien, sea ante otros o ante uno mismo. Porque daremos importancia a lo que no la tiene. Y los niños percibirán por dónde pueden escaparse del compromiso ante la exigencia de esfuerzo.
11. Ser ejemplo de puntualidad, buen trato, modo de pedir las cosas, etc. Si no lo logra, los niños no harán caso de sus llamadas al orden.
12. Sentir y vivir fuertemente el mensaje permite al catequista presentarlo más motivador y atractivo.



C. Sugerencias para la educación cristiana de los adolescentes.

Ofrecemos unos consejos para la catequesis con adolescentes. Vamos a presentarlos bajo dos aspectos. Primero, para el trato y educación de su fe, sobre todo en familia. Segundo, para el trabajo en un salón de clases o en un curso parroquial.

a. Sugerencias para la educar la fe del adolescente en el marco familiar.

Nuestros presupuestos metodológicos ven al adolescente con una actitud habitual de rechazo de sus educadores, pues, aunque admire a algunos, no los acepta normalmente. Su disposición de desprecio hacia cuanto viene de ellos pide reforzar todos los mecanismos que favorezcan la transmisión de valores más indirectamente.


1. Regalar un buen libro sobre la fe para jóvenes.
Con la llegada de la adolescencia, nacen muchas dudas. Un buen libro puede resolver muchas. Pero que sea adaptado a la mentalidad de la edad.

2. Fomentar buenas polémicas religiosas en clases, reuniones y sobremesa.
De este modo, se puede introducir temas que, de por sí, es difícil crearles interés. Cuando aparezcan temas que desconocemos, recomendemos que pregunten a un sacerdote o demos un libro que aclare el tema.

3. Preguntarles sus opiniones sobre temas religiosos.
Es un modo muy sencillo de tratar los temas educativos de la fe, sin caer en los sermones.

4. Para dar criterios, demos datos en vez de sermones.
¿Por qué la Iglesia tiene riquezas? ¿Por qué la Iglesia no acepta el divorcio? ¿Por qué los sacerdotes no se casan? Más que muchas explicaciones, servir decirles que la Iglesia Católica tiene un presupuesto mayor de ayuda a todo el mundo que para el Estado Vaticano. O exponerles las desventajas que tienen los hijos de matrimonios separados. O calcular las horas que un esposo debe dedicar a su hogar, privándole de servir más a los demás.

5. Narrar por qué hemos conservado la fe.
Los adolescentes rechazan a sus educadores y sus cosas. Pero un sincero testimonio de fe siempre deja una huella profunda. Narremos nuestras experiencias con sinceridad y espontaneidad.

6. No cortarles las alas cuando les entre la vena mística.
Los adolescentes son muy soñadores. Dios es importante para ellos. Su romanticismo les facilita abrir el corazón a la experiencia religiosa. Una ironía sobre su interés por lo espiritual los puede arruinar.

7. Facilitar que asistan a algún retiro espiritual.
Facilitar es, para los papás, darles libertad para acudir, pagarles los gastos... Para el educador es no imponérselo, porque lo rechazaría violentamente. También podemos favorecer que algún amigo o conocido sea quien le invite, no sea que lo rechace solamente por venir de los educadores. Si lo logramos, ser la mejor aportación que hagamos a su fe en esta etapa de su vida.

8. Vacunarles contra las sectas.
Hay varias comunidades en la única Iglesia de Cristo que son agresivamente proselitistas, con métodos no siempre correctos. Hay cuatro grandes vacunas contra estos virus de la moda religiosa:
- La devoción la Virgen de Guadalupe.
- La convicción de que la Biblia no se interpreta fácilmente y, menos aún, lejos de quien tiene la garantía del Espíritu Santo para hacerlo, es decir, del Papa y de los Obispos.
- La sinceridad para conocer y vivir la propia fe antes de buscar otras opiniones.
- La vigilancia para no dejarse arrebatar la fe por lobos con piel de oveja, que critican a la Iglesia Católica en vez de practicar la caridad o fomentan la división en vez de la unidad, según nos recomendó Cristo.

9. Nunca critiquemos otra religión ante ellos.
Sería descuidar el precepto de la caridad y caer en el juego de quienes se han separado del tronco inicial que Cristo sembró. Esto no quita que seamos claros para exponer las carencias doctrinales y de método que tienen otras religiones o comunidades de hermanos separados respecto al mensaje evangélico.

10. Repitamos muchas veces que descubra al Dios verdadero.
Repetirlo, para que no le gane la tentación de hacerse un Dios y un cristianismo a su medida.

11. Más que discutir, respetemos sus ideas. Y recordémosles lo que creemos.
Si el adolescente tiene ideas diferentes a la fe, nada ayuda corregirle o echarle en cara su error. Es mejor expresar nuestra convicción en la doctrina del Evangelio y de la Iglesia.

12. Comentarles lo que sentimos al frecuentar los sacramentos.
Así se logra que reflexione sobre la dimensión vivencial de los sacramentos. Porque el testimonio arrastra. Pero no le demos muchas explicaciones. Más bien, narremos nuestros sentimientos.

13. Rezar en familia o en grupo.
Hay que invitar al adolescente a que participe en las oraciones de la familia o del grupo. Es muy probable que se rebele y no quiera hacerlo. Aunque sólo lo haga por llevar la contraria. Si bien se puede dejar de insistir para no caer en imposiciones ineficaces, después hay que buscar momentos para platicar en particular sobre las ventajas e inconvenientes de rezar comunitariamente. Conviene, sin embargo, insistirle serenamente: "Si no quieres rezar, por lo menos acompáñanos: eres miembro de la familia como los demás".

14. Facilitarles una plática con algún sacerdote conocido.
Asegurarnos de que el sacerdote sabe tratar a los adolescentes. De lo contrario, la mala experiencia puede tener resultados contrarios al deseado.

15. Comentar las buenas y malas experiencias en el trato con los sacerdotes.
La relación con el sacerdote toca la característica más profunda de la vida cristiana: Dios llega a salvarnos por medio de la Encarnación. Es decir, así como Dios se hizo presente en este mundo tomando la forma de carne y vida humana, así hoy se nos hace presente por medio de representantes humanos. Pero, como para los fariseos, nosotros podemos escandalizarnos hoy de que Dios se manifieste en la limitación de lo humano. Por eso, ayuda mucho a l adolescente escuchar buenas y malas experiencias del trato con los sacerdotes. Así los ver con los ojos de la fe y con los ojos de la comprensión humana.

16. Motivarles a que no sean conformistas en su apertura ante Dios.
Siempre podemos dar más a Dios. Siempre merece Dios más de nuestra parte. Nunca podemos decirle que "ya le hemos dado suficiente".

17. Agradecer a Dios, en su compañía, todas las cosas que podamos.
El agradecimiento es desinteresado. Orar para pedir algo es común. Pero orar para agradecer, ayuda al adolescente a ampliar su visión de la oración y del trato con Dios.

18. Recordarles que deben sentirse orgullosos de recibir el perdón de Dios.
Los pecados suelen deprimir al adolescente. Sobre todo cuando se esfuerza sinceramente por no caer en ellos. Si frecuenta los sacramentos, puede considerar que abusa del perdón de Dios. Es entonces, cuando pesa mucho el recuerdo de que la misericordia de Dios no tiene límites. A Dios le gusta perdonarnos. Y nosotros debemos sentirnos orgullosos de tener un Salvador con generosidad desinteresada.

19. Demostremos con la vida que es importante ser dócil a Dios.
La docilidad es el grado máximo de santidad cristiana. Porque equivale a dar preferencia constante y completa a Dios sobre cualquier cosa. Por eso, nuestro ejemplo al aceptar los dolores y alegrías que la vida ofrece con igual gozo y esfuerzo, motiva al adolescente a percibir que si "Dios nos lo dio y Dios nos lo quitó, bendito sea el nombre del Señor".

20. Favorecer que pueda participar en actividades de apostolado juvenil.
Cuando damos, nos enriquecemos doblemente. Y la experiencia muestra que más recibe quien da que quien recibe.

21. Apoyarles cuando quieran hacer un acto de caridad o de servicio.
Los educadores podemos ayudarles con nuestra admiración y apoyo. Los papás pueden ayudarles también con dinero. Les ayuda la alabanza. Les ayuda facilitarles permiso para un horario adecuado, prestarles instrumentos...

22. Recordarles más las bondades de Cristo que sus castigos.
El castigo motiva basándose en el temor. La bondad motiva apoyándose en el agradecimiento y en la atracción que provoca el valor del bien. Conocer todos los bienes que Cristo me da, motiva más que otros mecanismos, porque se basa en el amor.

23. Ponerles metas altas en su entrega a Dios.
Los jóvenes son idealistas. Los jóvenes luchan. Si se les pide mucho, dan mucho. Si se les pide poco, dan poco. hay que proponer metas altas, más sacrificio, más generosidad, más servicio, más fe.

24. Dar pocas explicaciones, pero sólidas.
Es obvio que los educadores deben tener buena formación para dar explicaciones. Muchos pueden renunciar ante el obstáculo. Pero sería escapar de la realidad. Si nos interesa su buena formación, debemos hacer un esfuerzo: leer buenos libros de la doctrina católica, asistir a un buen curso de capacitación...

25. Provocarles fuertes experiencias religiosas.
Puede ser llevarles a un convento de clausura para conversar con los monjes o las religiosas, realizar alguna misión de evangelización, visitar un seminario, asistir a una audiencia con el Obispo, participar en una peregrinación, tomar parte en un programa de apostolado o de ayuda caritativa...

26. Hacerles gustar del sacrificio.
Hay educadores que sistemáticamente tratan de evitarlo. Les quitan reciedumbre y fortaleza. No estamos proponiendo un estilo maniqueo o masoquista de la vida. Sabemos que el sacrificio no da placer. Pero sabemos que el sendero de la vida tiene tramos de dolor. Y sólo quien aprende a caminar por el camino estrecho y a pasar por la puerta angosta, puede llegar más alto. Para que lo gusten, deben crecer en su espiritualidad y en sus motivaciones. Porque no se trata sólo de tener aguante.

27. El sacrificio motivado de cada viernes fortalece su cristianismo.
La Iglesia Católica establece que todos los Viernes de años son días de penitencia, por cuanto se recuerda el día de la pasión de Cristo. Todos estamos obligados a vivir esta penitencia con algún sacrificio: no tomar carne, hacer una oración especial, privarnos de un gusto, hacer una limosna... Es obvio que este sacrificio habitual forja una personalidad recia y sólida en el alma. Comentarlo y aprovechar las ocasiones de aplicarlo con los adolescentes, les deja mucha huella, aunque repelen.

28. Educarles a no llamar demasiado la atención.
El adolescente trata de llamar la atención para acentuar su personalidad y reforzar su independencia. No es malo. Pero suele exagerar. En esos casos, más que corregirle, podemos recordarle el valor de la humildad. Es decir, el valor de presentarnos como somos. Ni más ni menos. Pero determinados colores, determinadas modas... ¿Expresan lo que somos o esconden y cambian nuestra personalidad?

29. Ayudarles a que se hagan desprendidos.
El adolescente es generoso. Y, al mismo tiempo, egoísta. Podemos aumentar ambas cosas, incluso sin darnos cuenta. Para formarles mejor, recordemos que la caridad es amar como Dios ama. Es un estilo de amor tan elevado que nos exigen mucha generosidad. Y generosidad es dar más de lo que el otro merece. Porque dar lo que el otro merece es solamente justicia. Pero la caridad va más allá de la justicia.

30. Fomentarles actitudes de entrega a Dios, aunque no se consagren a Dios.
Es claro que Dios merece la entrega total de todos nosotros. Pero esta entrega no la tenemos que realizar de igual manera. De todos modos, debemos educar al adolescente en que siempre puede dar más a Dios. Es posible que este principio mueva a alguno a querer darle toda la vida por la consagración religiosa o sacerdotal. Pero todos debemos vivir la prioridad del amor a Dios sobre todas las cosas.

31. Al que quiere consagrarse a Dios, una caricia y una bofetada.
Darle primero la caricia de la alabanza y la admiración por su buena disposición. Así le motivaremos y reforzaremos la vocación que germina en su corazón. Después, darle la bofetada, exigiéndole que sea realista. Es decir, hacerle ver que esa vocación es exigente y sólo para quienes tienen buenas capacidades de generosidad y de lucha. Así equilibraremos la postura de no empujarle demasiado ni de obstaculizar su horizonte.

32. Ser enérgico ante la mentira y la falsedad.
No hay que humillar al adolescente con recriminaciones. Mucho menos en el momento en que su falla queda al descubierto. Pero hagámosle ver con crudeza la cobardía de la mentira. Y apliquemos un castigo fuerte que recalque la importancia de la falsedad.

33. Corrijamos más una hipocresía que mil debilidades.

34. Recordarles las normas morales, pero dando siempre razones.
Toda norma existe para proteger un valor. La persona se educa con convicción cuando sabe qué valores obtiene si cumple las normas. Si sólo recibe leyes y desconoce a qué destino le conducen, cae en el legalismo y el farisaísmo. Y, en cuanto pueda, se librará de esas leyes meramente opresoras. ¿Cómo superar estas malformaciones? Explicando los valores que aporta cumplir cada norma.

35. Ser comprensivos ante sus errores.
Comprender es darnos cuenta de lo que sucede en el interior del otro. Tengamos en cuenta que, en la vida del adolescente, encontraremos dos tipos de errores: los que no dejan huella y los que tendrán serias repercusiones. Debemos preocuparnos de los segundos y no dramatizar los primeros. Por eso, ante los fallos importantes, hay que intervenir con decisión: Decirles que comprendemos que les sucedan, pero que no los aprobamos. Y decirles las razones de nuestro rechazo, breve y firmemente.

36. Nunca reprocharles sus ignorancias religiosas: instruyámosles.

37. Para que no tengan envidia de quien peca, recordémosles los valores del Evangelio.
A todos nos llega la tentación de querer abandonarnos por el sendero del pecado, del capricho, de la aventura inmoral... El cristianismo nos resulta entonces pesado. El adolescente siente muy fuerte la atracción del sexo y de la libertad. Pero la fe le pide cumplir con la virtud de la castidad y con el mandamiento de la obediencia. Encuentra compañeros que dan rienda suelta y despreocupadamente a sus estímulos. Y le llega la tentación de... que es mejor vivir sin la fe. En esos momentos, ayuda mucho recordar que "¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? O ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?".

38. Si tienen confusiones, acláralas cuanto antes.
La oscuridad provoca tropiezos. A veces, irreparables. La luz es siempre buena guía. Pero no demos sermones: recordar el principio: hay que dar la motivación oportuna. Y no insistir hasta la próxima oportunidad.

39. Ayudarles a distinguir una norma de un principio.
Principio es una regla general y abstracta. Por ejemplo: "Hay que hacer el bien y evitar el mal". Norma es una regla directa y concreta. Por ejemplo: "Las relaciones sexuales fuera del matrimonio son inmorales". Esta distinción es importante, porque los principios no tienen excepciones, mientras que las normas sí. Por ejemplo: nunca podemos dejar de hacer el bien o de evitar el mal. Pero, en caso de violación, la persona violada no ha cometido ninguna inmoralidad... La moral, como se ve por estos ejemplos, es complicada. Y lo que más ayuda al adolescente es tener los principios muy claros. Así podrá dar luz a las variadísimas situaciones que se presentan para cumplir las normas morales.

40. Romperles lo mal hecho. Y decirles por qué.
El adolescente es libre. No podemos hacer de él lo que queramos. Es propietario de lo que construye; p

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