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Civilización y Cultura
Art. Conceptos en Filosofía
Etimológicamente la voz civilización procede del latín civis, ciudadano, vocablo que alude y designa al habitante de una ciudad, en contraposición a los pobladores de los campos, denominados rura.


Por: Por Carlos R. Eguía* | Fuente: En Gran Enciclopedia Rialp (GER), Tomo 5, páginas 714 a 720.



CIVILIZACIÓN Y CULTURA

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define civilización como «conjunto de ideas, creencias religiosas, ciencias, artes y costumbres que forman y caracterizan el estado social de un pueblo o de una raza». Tal definición da idea del concepto que se quiere expresar, pero falla al referirse a lo racial.
Ciertamente, la civilización no se refiere a un individuo, sino a una colectividad, bien sea un pueblo (civilización eslava), una nación (civilización española), un grupo religioso (civilización cristiana), un grupo lingüístico (civilización árabe), una serie de pueblos de una determinada área geográfica (civilización europea), pero no una raza, que es sólo el presupuesto biológico primero. No existe una civilización blanca o amarilla, ni tampoco puede hablarse de raza europea o española, aunque con frecuencia circulen estos términos por influencia de doctrinas racistas.


Concepto de civilización

Etimológicamente la voz civilización procede del latín civis, ciudadano, vocablo que alude y designa al habitante de una ciudad, en contraposición a los pobladores de los campos, denominados rura. Pero en el Derecho romano se amplía el nombre de ciudadano (en el año 212) a todos los habitantes del Imperio, incluidas las provincias, sin distinguir entre los del campo y la ciudad. No obstante esta identificación jurídica, se diferencian por sus costumbres, grado de instrucción, honores, etc., los pobladores de ciudades y los del campo, existiendo también matices entre los primeros, según su status social, económico, etc. Quedan excluidos del derecho de ciudadanía los esclavos y los hombres libres sin status civitatis. Los que recibían el derecho de ciudadanía se llamaban ciudadanos y disfrutaban de derechos públicos y del ius civile.

La existencia del ciudadano supone, ciertamente, la de la ciudad, en latín civitas. La civilitas, equivalente a urbanitas, se interpreta como el modo de ser propio de la ciudad y de sus habitantes, con arreglo a unas normas.
De civilitas deriva la palabra italiana civiltà, con el mismo significado que la española civilización, pues a pesar de los distintos significados de esta palabra, casi todos coinciden en su referencia a la ciudad. Durante mucho tiempo, desde el siglo XVII, el adjetivo civilizado era sinónimo de pulido, instruido, educado; desde el siglo XVIII, ilustrado. En este sentido se usan en francés e inglés los adjetivos poli y polished respectivamente, derivados a su vez del griego polis (ciudad).

Con un significado de sociable, urbano, atento, se emplea en español la palabra civil, procedente del latín civilis. Significado parecido a sociabilidad, urbanidad, tienen los términos civilidad y civismo.

Han sido los franceses los primeros en emplear el término civilización (civilisation), derivado del verbo civilizar (civiliser), en el sentido de progreso material, intelectual, social, etc. Voltaire fue quien, en Le Siècle de Louis XIV (1751), se refirió antes que nadie a una civilización de época. Condorcet, en 1787, alude a la civilización como remedio contra la guerra, la esclavitud y la miseria. Estos y otros autores hablan de civilización como lo más opuesto a barbarie, concepto que adquiere gran estima hasta finalizar el siglo XVIIl. Marx y Engels, en su Manifiesto del Partido Comunista (1848) entienden por civilización medios de subsistencia. Ya en el siglo XX, Ferdinand Tönnies y Alfred Weber engloban bajo el término civilización todos los medios que permiten al hombre obrar sobre la naturaleza.

No es posible pretender dar una definición de civilización que recoja los elementos comunes contenidos en los distintos conceptos de civilización. Los antropólogos A. L. Kroeber y Clyde Klukhohn enumeran 161 definiciones. Philip Bagby, que se ha dedicado a la antropología cultural, propone reservar el término civilización a lo relacionado con las ciudades, en contraposición a cultura como propio del campo no urbanizado, de modo que la civilización viene a ser una cultura superior. Es muy de tener en cuenta esta opinión por cuanto se ha dicho anteriormente sobre el significado etimológico.

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define civilización como «conjunto de ideas, creencias religiosas, ciencias, artes y costumbres que forman y caracterizan el estado social de un pueblo o de una raza». Tal definición da idea del concepto que se quiere expresar, pero falla al referirse a lo racial.

Ciertamente, la civilización no se refiere a un individuo, sino a una colectividad, bien sea un pueblo (civilización eslava), una nación (civilización española), un grupo religioso (civilización cristiana), un grupo lingüístico (civilización árabe), una serie de pueblos de una determinada área geográfica (civilización europea), pero no una raza, que es sólo el presupuesto biológico primero. No existe una civilización blanca o amarilla, ni tampoco puede hablarse de raza europea o española, aunque con frecuencia circulen estos términos por influencia de doctrinas racistas.

En líneas generales puede entenderse por civilización, en un sentido amplio, la manifestación extensiva de la actividad humana, colectivamente considerada. Para E. Weber, civilización es equivalente de cultura material o conjunto de medios materiales y externos que utiliza el hombre. En este orden de ideas se encuentra la mayor parte de los autores que han estudiado el fenómeno de civilización, que tienden a usar el término cultura para aludir a las realizaciones más íntimas y vitales del progresar humano y el término civilización para referirse a los aspectos más técnicos y exteriores. Es también frecuente considerar la civilización como la última fase del proceso cultural, de tal modo que éste desemboca siempre en la civilización.

Así, todo proceso cultural desemboca en una cultura, y por relación entre culturas, nace una civilización. Tal es el caso de la occidental, resultado de las culturas de los pueblos. occidentales, su manifestación más externa y técnica. Hasta ahora, no es posible hablar de una civilización universal, porque no se ha llegado a un resultado, a escala mundial, de las culturas de todos los pueblos de Oriente y Occidente. Pero la conexión y dependencia de las civilizaciones es cada vez mayor, por influencia de los medios de comunicación, por contactos más intensivos a nivel individual, etc.

Concepto de cultura

El sentido que hoy día se da corrientemente a la palabra cultura guarda muy poca relación con su etimología. Del verbo latino colere (cultivar), en el mundo romano se empleaba la palabra cultura para las labores agrícolas, es decir, como equivalente del actual término español agricultura. Por similitud entre el cuidado que había que tener con la tierra (roturación, siega, siembra, etc.) y con el hombre para conseguir su formación intelectual, ya desde la Edad Moderna se comenzó a usar la palabra cultura en el aspecto intelectual que hoy la consideramos. Y del mismo modo que se habla del cultivo de las facultades mentales, se habla también del cultivo del espíritu, de cultura religiosa, etc., debiéndose entender por hombre culto un hombre integralmente formado, aunque en la práctica se aplica este adjetivo a los que poseen amplios conocimientos humanísticos. Esto ocurre, en parte, por la desvalorización que están experimentando las palabras; desvalorización similar a la de los conceptos, y ocurre también, por un cambio de apreciación en la jerarquía de valores.

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define la cultura como «resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afinarse por medio del ejercicio las facultades intelectuales del hombre». En este sentido, y en contraste con el término más colectivo de civilización, la cultura se refiere más directa y propiamente al individuo. Un concepto más amplio y distinto, pero referido también al individuo, ha elaborado Ch. Dawson, al observar que los elementos biológicos e intelectuales cooperan en la formación de una cultura. Teniendo en cuenta esto, define la cultura diciendo que es «un modo de vida común, es la adaptación particular del hombre a su medio ambiente natural y a sus necesidades económicas» (Ladinámica de la Historia universal). Este autor hace intervenir en la cultura los mismos factores: genérico (población), geográfico (lugar) y económico (trabajo), que conforman las especies animales. A estos factores hay que añadir el psicológico, propio de la especie humana, que libera al hombre de una dependencia ciega al medio ambiente. Para Ch. Dawson, el lenguaje es elemento fundamental de la cultura, el que distingue al hombre de los animales irracionales, el que diferencia una cultura de otra. «El factor lingüístico es, en cierto sentido, el más importante, puesto que el lenguaje es el medio psicológico del que se valen los restantes elementos y mediante el cual adquieren forma y continuidad» (o. c.). Cuando Dawson afirma que el elemento intelectual es «el alma y el principio formativo de la cultura» coincide con un concepto de cultura ya generalizado; pero al mismo tiempo que considera la cultura como manifestación de la vida del espíritu, no pierde de vista la parte que tiene de respuesta de la vida biológica a las condiciones del medio ambiente. Este aspecto es digno de tenerse en cuenta, si se quiere elaborar un concepto amplio de cultura, aplicable a cualquier estadio de la vida del hombre. Así ocurre con las llamadas culturas primitivas, más relacionadas con la tierra y lo social que con el intelecto. En síntesis, Ch. Dawson llega a un concepto de cultura amplio y particularmente interesante desde el punto de vista sociológico: «en realidad, la cultura no es ni un proceso puramente físico ni una formación ideal. Es un conjunto vivo que tiene sus raíces en la tierra y en la vida simple e instintiva del pastor, del pescador y del labrador no menos que en los logros superiores del artista y del filósofo; del mismo modo que el individuo humano combina, en la unidad sustancial de su personalidad, la vida de la nutrición y la reproducción con las actividades superiores de la razón y el intelecto» (o. c.).

Éste es, además, un concepto de cultura cualitativo y no cuantitativo. No mide tampoco la cultura por cantidad de conocimientos, sino en razón del hombre y sus circunstancias. Tal concepto antropológico y ecológico se aleja un tanto del ya tradicional de cultura referido casi exclusivamente a las facultades superiores del hombre, que hace que el vulgo traduzca en términos cuantitativos lo que tan sólo son distintas manifestaciones de cultura.

La relación de un grupo humano con su medio ambiente y sus funciones determina el carácter de una cultura, objeto de estudio por parte de los antropólogos y sociólogos. De ahí que, en Antropología, se hable de cultura material, relacionando íntimamente ésta con el suelo y entendiéndola como sinónimo de civilización. Ha sido en Alemania donde primero se ha empleado el término cultura (Kultur) como sinónimo de civilización. No obstante, J. G. Herder considera como cultura el progreso intelectual y científico, separado de todo contexto sociológico.

Historia de la civilización

Si se parte de la base que civilización es el resultado y la manifestación más externa de la cultura, formulamos un concepto dinámico y por ello objeto de la Historia. Efectivamente, al incorporarse en el siglo XII el concepto de civilización a la Historia, han surgido formas de Historia tales como Historia de la civilización, objeto y sujeto a la vez de un mismo historiar. Hasta entonces, sólo se habían ocupado de la civilización, en sí misma, los sociólogos y filósofos. Consecuencia de la ampliación del campo de investigación histórica es el nacimiento de la Historia comparada, en cuyo marco son objeto de estudio y análisis las civilizaciones. Despojar a éstas de sus accesorios, integrarlas en sus elementos comunes, es un afán historiográfico que ha dado como fruto síntesis de civilización y ha permitido elaborar los conceptos de civilización europea, occidental, etc.

Cuando se habla de la civilización europea en África o en América, se hace referencia a una dinámica de proyección. Ciertamente, es la cultura, aunque no solamente ésta, la que se proyecta o se intenta proyectar, pero el acto de proyección y su resultado son civilización. En el acto de proyección se incluyen elementos que no son propiamente culturales, vitales, profundos; sino técnicos (medios de transporte, explotación de minerales), económicos (moneda, comercio), sociales, etc.

En ese despliegue o proyección de la cultura intervienen multitud de factores: demográficos, ya que un pueblo al crecer numéricamente puede tender a expandir su territorio o a dar origen a un fenómeno de emigración; económicos, como son la búsqueda de nuevos mercados o de fuentes de materias primas; ideológicos o filosóficos, por el deseo de expandir la propia concepción de la vida, etcétera. Papel importante han ocupado los factores religiosos, en la medida concretamente que han puesto de relieve la unidad radical del género humano. En la historia de la civilización, globalmente considerada en su acontecer, el afán misionero de la Iglesia ha dado sentido y espiritualizado una honda actividad civilizadora condenada de otro modo al fracaso. Y ello porque aun cuando la civilización es un acto colectivo e institucional (trasplante de instituciones) se ejerce sobre el hombre en su doble dimensión física y espiritual, más permanente y decisiva ésta. Las motivaciones científicas y técnicas constituyen más bien vehículo de civilización y han contribuido a acelerar el proceso civilizador a partir del siglo XVl. Por lo que respecta a las motivaciones políticas, intervienen en ellas factores psicológicos y sociológicos nada despreciables.

Pretender trazar aquí un cuadro, aunque fuera somero, de la historia de la civilización humana, es tarea ilusoria. Tanto más cuanto que la historia de la civilización no es una historia lineal, y es incluso discutible que sea una historia unitaria o reducible a unidad. Lo que el panorama de la historia real nos ofrece es más el de una multiplicidad de líneas que se entrecruzan, en el que algunas de ellas mueren o se extinguen sin dejar continuidad (piénsese, por ejemplo, en la antigua cultura egipcia o en la maya), otras triunfan incorporando elementos de culturas anteriores o limítrofes, pero dejando caer otros, que se pierden, etc. En el siglo XII, bajo la influencia hegeliana, se intentaron varias síntesis absolutizadoras: todas ellas han sido abandonadas, ya que era claro su apriorismo. Los autores contemporáneos tienen en ese sentido una mentalidad más crítica y son más conscientes de la inabarcabilidad de la historia por parte del hombre.

Principios y elementos de la civilización

Si intentamos preguntarnos cuáles son las fuerzas que mueven el proceso que conduce a la cultura y la civilización, deberemos responder en última instancia remitiendo a una sola: el espíritu humano, el hombre en cuanto que se advierte llamado a una perfección en la que se desplieguen sus posibilidades nativas y capacitado para dominar el ambiente o mundo que le rodea ordenándolo a sus fines espirituales. Pero, partiendo de esa afirmación general, podemos intentar precisar algo más señalando algunas de las dimensiones de la dinámica humana que está en la raíz del proceso civilizador.

Un primer elemento que puede mencionarse es la tendencia que el hombre advierte en sí a encauzar lo instintivo. El hombre participa de lo biológico y de lo animal, que son una fuerza presente en él, pero conoce a la vez -y en ello estriba su espiritualidad- que esa fuerza instintiva no es criterio por sí misma, sino que debe ser ordenada a la realización de los valores que su inteligencia le hace percibir y hacia los que reconoce que debe orientar su decisión volitiva. La cultura aparece así como integración de la persona, que asume y unifica todas sus fuerzas nativas en torno a una unidad espiritual.

Desde esa perspectiva se ha dicho que una de las metas alcanzadas por la civilización es la supeditación de la sensualidad a la razón.

Supeditación que -importa advertirlo- no es aniquilación ni destrucción, sino reconciliación armónica. Vemos así el valor y a la vez el riesgo de la civilización, si degenera en afirmación de un intelectualismo vacío, desconocedor de la creatividad imaginativa, de la emocionalidad, etc. La auténtica civilización surge en cambio cuando, afirmado el espíritu, se ordena según él la totalidad del vivir con todo lo que implica de amistad, de amor, de juego, de pasionalidad, etc. Pero si debe denunciarse un intelectualismo mal entendido, debe dejarse a la vez absolutamente claro que la civilización depende, en su raíz más básica, de la inteligencia humana, como facultad capaz de abrir el hombre al ser y a los valores. En la decadencia de algunas civilizaciones (romana, por ejemplo), se reflejan las consecuencias de la liberación sin control de los instintos, del mismo modo que la actual civilización occidental en evolución se debate en una lucha entre liberalización y represión, sin haber podido encontrar hasta el momento el equilibrio, el justo medio, que ha permitido una mayor continuidad y el asentamiento de las civilizaciones orientales. Los valores espirituales y religiosos, contra los que reniega parte de Occidente por influencia del materialismo ateo, por reacción contra formas de aburguesamiento del espíritu, son los que han dado apoyo y firmeza a civilizaciones milenarias, los que han liberado internamente al individuo aun en medio de una sociedad oprimida.
Es obvio por otra parte que cuando una civilización en lugar de ordenar toda la vida pasional al servicio de ideales y valores se convierte en meramente coactiva y represiva, es decir, cuando no se eleva al hombre sino que se anula la espontaneidad individual, cuando la sociedad decae en sistema de controles sociales que ahogan la libertad del individuo, cuando éste se convierte en objeto de enajenación mental, la civilización en cuyo seno se producen estas circunstancias se encuentra en crisis, anuncia su propia extinción y deja, en fin, de cumplir la esencial misión de instrumento al servicio del hombre y para el hombre. Éste es el caso de antiguas civilizaciones, desaparecidas desde el momento en que dejaron de prestar un servicio, y sustituidas por otras que aportaban nueva energía, valores e ideas, realizaciones, en fin, que algunos historiadores explican por un proceso de difusión cultural.

Otro principio que explica el proceso de la aparición y desarrollo de las civilizaciones es el esfuerzo humano por superar la necesidad o, en términos más generales, los límites de orden material, técnico o económico que puede experimentar. El trabajo de los individuos es uno de los fundamentos de la civilización. Ésta surge, en parte, al intentar el hombre vencer las dificultades, dominar la naturaleza, extender su dominio y ampliar zonas de influencia. La civilización es progreso en el trabajo, que se realiza, por motivos humanos, para satisfacer cada vez más y mejor las necesidades de la vida. Pero conviene subrayar que este aspecto civilizador del trabajo aparece con tanta más fuerza cuando se ha superado el estadio primero de satisfacción de las necesidades inmediatas. Es entonces cuando el trabajo se revela en todo su alcance de expresión de la creatividad humana, dando origen al arte, a la elegancia en el vestido, al gusto por lo aparentemente inútil, etc. Hay en ello un peligro de que el hombre se pierda en lo superfluo, denunciado por los moralistas desde siempre y modernamente por los estudios sociológicos sobre la sociedad de consumo; pero ello es sólo una desviación de algo en sí positivo: la espiritualidad humana y su capacidad de expresión.

La civilización puede, desde esta perspectiva, ser definida como poder sobre la Naturaleza, dominio del medio físico ordenándolo a los valores morales que sustentan la vida del hombre.

Mencionemos un tercer principio: la comunicabilidad humana. El hombre se relaciona con otros hombres no sólo para satisfacer sus necesidades individuales, sino llevado de un deseo de comunicación. El hombre aspira a entrar en relaciones con otros seres, a comunicar con ellos sus experiencias y sentimientos, encuentra en el amor, en la amistad, en la mutua compenetración su realización más completa. Y esto manifiesta de nuevo la enorme importancia que los valores espirituales tienen en el proceso cultural. Cuando una sociedad, aunque sea muy elevado su standard técnico, decae en sociedad de masas, carente de auténtica participación, o en sociedad represiva en la que el temor al castigo es la condicionante más decisiva del comportamiento humano, factor de inhibición, que anula la voluntad, enajena la mente y convierte a los individuos en instrumentos pasivos de civilización, manejados por los dominadores, entonces el grado de civilización de estas sociedades es mínimo, aunque materialmente hayan progresado, pues la civilización es tal sólo cuando está acompañada de la cultura espiritual, es decir, cuando el progreso material está al servicio de la participación de todos en un auténtico vivir humano.

Factores del desarrollo de las culturas

Como ya antes señalábamos al precisar el concepto de cultura, es éste un tema muy estudiado por C. Dawson, que frente al reduccionismo propio del positivismo ha estado constantemente preocupado por precisar cómo se integran los factores materiales y los espirituales en el proceso del desarrollo cultural humano. Exponemos a continuación sus ideas, citando casi por entero un resumen hecho por él mismo (cfr. Dinámica de la historia universal).

La cultura -dice- es un sistema común de vida, una adaptación particular del hombre a su medio ambiente y a sus necesidades económicas. Tanto en su desarrollo como en sus modificaciones se asemeja a la evolución de las especies biológicas que se debe fundamentalmente no a un cambio de estructura, sino a la formación de una comunidad, bien con nuevas costumbres o en un ambiente nuevo y limitado. Y así, al igual que cada región natural tiende a poseer sus formas características de vida vegetal y animal, también poseerá su propio tipo de sociedad humana. Ello -advierte- no significa que el hombre sea meramente una materia plástica sometida a la acción de su medio ambiente, antes al contrario el hombre moldea su medio. Por eso puede decirse que cuanto más inferior es una cultura, mayor pasividad manifiesta. La cultura superior se revela mediante su dominio de la condición material en la que nace y se desarrolla, manifestándose tan dominante y triunfal como un artista frente a la materia con que trabaja.

Desde esa perspectiva puede decirse que son tres las fuerzas principales presupuestas, como condición material, para la formación de una cultura humana. A saber:

• la raza, es decir, el factor genético;

• el medio ambiente, o factor geográfico; y

• la función o la ocupación, o sea, el factor económico.

Pero existe además un cuarto elemento, el pensamiento, o factor psicológico, cuya presencia libera al hombre de su dependencia ciega del medio ambiente, característica de todas las formas inferiores de vida. Este factor es precisamente el que hace posible la formación de una reserva siempre creciente de tradiciones sociales, de forma que los bienes logrados por una generación se transmiten a la siguiente y los descubrimientos o nuevas ideas de un individuo se convierten en propiedad común de la sociedad, y es el que da origen a la cultura. La formación de una cultura se debe a la acción recíproca de todos esos factores; es una comunidad cuádruple, pues contiene en proporciones variables comunidades de trabajo y de pensamiento, así como de lugar y de sangre. Cualquier tentativa de definir el desarrollo social haciendo uso de una de ellas con exclusión de las demás, conducirá a un error de determinismo racial, geográfico o económico, o a teorías más o menos falsas de progreso intelectual abstracto.

Sobre esa base intenta Dawson trazar un cuadro de las líneas de desarrollo cultural. Frente a la tendencia a limitar la cultura a tipos sociales inmutables, sostiene que es imposible negar la existencia e importancia del progreso cultural. Pero añade que ese progreso no es, como creían los filósofos del siglo XVIII, un movimiento uniforme y continuo, común a la raza general y tan universal y necesario como las leyes de la naturaleza, sino que es más bien una realización excepcional debida a un número de causas distintas que actúan a menudo de forma espasmódica e irregular. Así como la civilización en sí no es un todo único, sino la unificación o integración de un número de culturas históricas, el progreso no es más que la idea abstracta con la que expresamos, por medio de una simplificación, los cambios múltiples y heterogéneos sufridos por las sociedades a lo largo de la Historia.

De ahí que, en lugar de una ley uniforme de progreso, sea necesario distinguir varios tipos principales de evolución cultural. Dawson señala concretamente cinco:

• El caso simple del pueblo que crea su propio modo de vida en su medio ambiente original, sin la intervención de factores humanos ajenos a él. Un ejemplo de ello son las «preculturas» primitivas formadas de razas, de las que hemos hablado antes.

• El caso del pueblo que se establece en un medio ambiente geográfico nuevo para él y que, en consecuencia, ha de adaptar su cultura a aquél. Es éste el tipo más simple de evolución cultural, pero, no obstante, reviste gran importancia. Existe un proceso constante de pueblos de la estepa que penetran en la zona de los bosques y viceversa, de montañeses que descienden a la llanura y de pueblos del interior que se asoman al mar. Cuando las diferencias climáticas entre las dos regiones son realmente acusadas (como en el caso de la invasión de la India por los pueblos de las estepas y de las mesetas del Asia central), los resultados suelen ser sorprendentes.

• El caso de dos pueblos diferentes, cada uno con su propio modo de vida y organización social, que se mezclan entre sí, usualmente como consecuencia de una conquista y, ocasionalmente, de un contacto pacífico. En cualquier caso, el factor señalado en el caso precedente está también presente aquí, al menos por lo que a uno de los dos pueblos se refiere. Por lo demás éste es el caso más típico e importante de las causas de evolución cultural, ya que en él tiene lugar un proceso orgánico de fusión y evolución que transforma tanto al pueblo como a la cultura y origina una nueva entidad cultural en un espacio de tiempo comparativamente breve. De hecho constituye el punto de partida de todas las floraciones repentinas de nuevas civilizaciones que nunca dejan de impresionarnos como algo maravilloso (ejemplo: el caso griego). Si se comparan los diversos ejemplos que de ese proceso de fusión de pueblos y culturas nos ofrecen las diferentes edades en distintas partes de la tierra, observamos siempre que el ciclo de evolución pasa a través de las mismas fases y dura aproximadamente el mismo tiempo. Primero tiene lugar un periodo de varios siglos de crecimiento silencioso durante el cual el pueblo vive de las tradiciones y de una cultura anterior que, o bien es la que él mismo ha aportado, o la que ha encontrado en la tierra donde se estableció. Después sigue un periodo de actividad cultural intensa, en el que florecen repentinamente nuevas formas de vida originadas por la unión vital de dos pueblos y culturas diferentes, y en el que contemplamos el despertar de las formas de la antigua cultura, fertilizada por el contacto de un pueblo nuevo, o la actividad creadora del pueblo nuevo estimulada por el contacto con la cultura autóctona. Es un periodo de grandes logros, de vitalidad exuberante, pero también de violentos conflictos y revueltas, de acción espasmódica y de brillantes promesas que nunca llegan a cristalizar. Finalmente, la cultura alcanza su madurez bien por la absorción de elementos nuevos por parte del pueblo y la cultura originales, o por la consecución de un equilibrio permanente entre ambos pueblos, es decir, la estabilización de una nueva variante cultural.

• El caso del pueblo que adopta ciertos elementos de cultura material que han sido creados y desarrollados por algún otro pueblo. Este cambio es comparativamente superficial con respecto al anterior, pero de gran importancia para demostrar hasta qué punto es activa la acción recíproca entre las culturas. Así, en el pasado, el empleo de los metales, la práctica de la agricultura y de la irrigación, el uso de un arma nueva o del caballo en la guerra, son usos y técnicas que se extendieron con extraordinaria rapidez de un extremo a otro del mundo antiguo. Más aún, tales cambios materiales trajeron consigo profundos cambios sociales, ya que incluso, en ocasiones, alteraron todo el sistema de la organización social. En nuestra época tenemos otros ejemplos, que van desde la adopción del caballo por los indios de las llanuras norteamericanas y la propagación del empleo de las armas de fuego y del vestido europeo entre los pueblos primitivos, hasta la universal difusión de la técnica industrial.

Cabe observar que tales cambios externos conducen, a menudo, no hacia el progreso, sino hacia la decadencia social. El hecho de que todo cambio constructivo debe proceder del interior es una ley cuya realización se constata fácilmente.

• El caso del pueblo que modifica su modo de vida a causa de la adopción de nuevos conocimientos y creencias, o de ciertos cambios en su interpretación de la vida y en su concepto de la realidad. Caso éste que termina de subrayar que el proceso de la evolución cultural no es rígidamente determinativo sino que depende del progreso intelectual y de la práctica libre de la moral. Algunos historiadores y sociólogos, de procedencia materialista, hablan como si los productos más preciados de una cultura fueran los frutos de un organismo social que afianza sus raíces bajo circunstancias geográficas y etnológicas particulares, como si las grandes obras del pensamiento y del arte no fueran más que la simple reproducción, de forma más alambicada, de los resultados de las pasadas experiencias del organismo. Ciertamente, se debe admitir que toda condición anterior influye en las posteriores manifestaciones de una cultura y en el concepto que ésta tiene de la vida y que, por tanto, las realizaciones culturales de un pueblo resultan condicionadas, en mayor o menor medida, por el pasado. Pero esto no se produce de forma mecánica. La existencia de la razón aumenta el número de posibilidades hacia la realización del propósito originante. Un impulso ya experimentado que actúa en un medio ambiente inédito, diferente de aquel al que se había manifestado en un principio puede ser no una reliquia decadente, sino una piedra angular para la adquisición de fuerzas nuevas y para la formación de una comprensión renovada de la realidad. En consecuencia, se produce una expansión continua en el campo de la experiencia y, en virtud de la razón, lo nuevo no reemplaza simplemente a lo antiguo, sino que se compara y combina con él. La historia de la humanidad -o más bien, precisa Dawson, de la humanidad civilizada- muestra un proceso continuo de integración que, aunque a veces parezca avanzar irregularmente, nunca cesa en su movimiento.

En ese proceso -señala el historiador inglés- tiene especial relieve un factor: el religioso.

La religión implica, con especial hondura, una actitud ante la vida y una visión de la realidad; cualquier modificación que a ese nivel se produzca trae consigo un cambio en el carácter general de la cultura, como puede comprobarse en el caso de la transformación por el islamismo de la sociedad pagana arábiga, o en la transformación introducida por el cristianismo en el mundo grecorromano. Desde esta perspectiva puede decirse que el profeta y el reformador religioso -en los que aparece de forma explícita y honda una profundización religiosa- son quizá los agentes más importantes de la evolución social, y eso aun cuando ellos mismos sean el vehículo de una tradición antigua, en cuyo núcleo penetran con particular fuerza.

En resumidas cuentas las grandes fases de la cultura humana están ligadas a los cambios en la visión que el hombre tiene de la realidad. De otra parte, y teniendo presente que toda empresa civilizadora implica en algún grado un dominio del medio circundante, puede decirse a modo de resumen que los grandes saltos que jalonan la historia humana se dan cuando la conciencia que el hombre tiene de su ser, de la realidad de Dios, de la relación con Él, etc., se completan con el descubrimiento de las leyes de la naturaleza, o más bien con la posibilidad de una colaboración fructífera entre el hombre y las fuerzas de la naturaleza. Un fenómeno de ese tipo está presente en todo movimiento cultural, aun en los más primitivos y, de modo especial, en las culturas superiores.

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