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Art. Conceptos en Filosofía

Aristotélicos
En el Occidente medieval, renacentista y moderno, se produce el fenómeno histórico del aristotelismo en sus diversas orientaciones y escuelas.


Por: Por Luis Cencillo * | Fuente: Gran Enciclopedia Rialp, Tomo 2, páginas 774- 778. Editorial Rialp, S.A., Madrid.



ARISTOTÉLICOS


En la inmediata posteridad de Aristóteles se hace preciso distinguir entre la escuela peripatética, en sus dos periodos, y la tradición de comentaristas de sus escritos que sigue a la publicación de éstos. Ulteriormente y ya en el Occidente medieval, renacentista y moderno, se produce el fenómeno histórico del aristotelismo en sus diversas orientaciones y escuelas. La serie de comentarios que a partir del siglo I de nuestra Era se van sucediendo hasta el siglo XVII, sobre todo los de los siete primeros siglos, que constituyen una verdadera tradición ininterrumpida, son indispensables para el estudio de cualquier punto tratado por Aristóteles, pues recogen la hermenéutica más inmediata posible a las enseñanzas vivas del maestro. Son ya un fruto de la erudición y de la meticulosidad exegética del espíritu alejandrino. El primer comentador de esta tradición es Aspasio, a quien siguen Alejandro de Afrodisia, llamado el Exegeta, Porfirio (siglo III), autor de la Eisagogé, Dexipus (siglo IV), discípulo de Jámblico, Siriano (siglo V), Ammonio (siglo V), discípulo de Proclo y maestro de Simplicio, Filopón y Asclepio (los tres del siglo VI), David, cristiano como Filopón y como Elías, Olimpiodoro el Joven (siglo VI) y, por último, Esteban de Alejandría (siglo VII), profesor en la Universidad de Constantinopla. Ya en plena Edad Media prolongan esta labor Miguel de Éfeso (siglo XI), Psellos (siglo XI), Eustacio de Nicea (siglo XII), Pediásimos (siglos XII-XIII) y Sofonías (siglo XIV) en Oriente, mientras que en Occidente corre otra tradición paralela de comentaristas a partir de Boecio (siglo VI) con los musulmanes, los averroístas, Alberto de Bollstaedt, Tomás de Aquino, Bessarion (siglo XV) y Silvestre Mauro, S. J. (siglo XVII).

Algunos de los comentaristas antiguos pertenecían al Peripato. Todos los comentarios de los autores orientales antiguos han sido editados por la Real Academia de Prusia con aparato crítico en 23 tomos (31 vol.), dirigidos por G. Reimer (Berlín 1882-1909).

La escuela filosófica peripatética es constituida formalmente por Teofrasto en el 319 a. C., cuatro años después de la muerte de Aristóteles, que no había dejado una escuela propiamente dicha, sino un escaso grupo de discípulos entre los cuales los que más destacaban eran Teofrasto y Eudemo de Rodas, que tendían a dispersarse (Eudemo concretamente se irá a su patria de origen llevándose parte de los manuscritos inéditos del maestro); por eso en nombre de éste decidirá Teofrasto dar forma a una escuela propiamente tal que dirigirá hasta el 287 y reunirá gran número de discípulos (según Diógenes Laercio contó unos dos mil en vida de Teofrasto). Le sucedieron en la dirección del Peripato, Estratón, Licón, Aristón, Critolao, Diodoro de Tiro, Erimneo, etc.

Teofrasto de Ereso, en la isla de Lesbos, se llamaba propiamente Tirtamo, mas el mismo Aristóteles le cambió el nombre a causa de su «elocuencia divina» en Theóphrastos (372-287); fue primero discípulo de Platón y después de Aristóteles y se pronunciaba contra los sacrificios cruentos, pues según él, todos los animales están emparentados. En la doctrina de Aristóteles encontró diversas aporías que, sin embargo, no le movieron a abandonarla, sino muy probablemente a modificarla insensiblemente mediante la acentuación de los rasgos y posibilidades empiristas que la misma contenía.

Consta por lo menos que introdujo en el Organon la teoría de los silogismos hipotéticos y que, juntamente con Estratón, según opinión de Windelband y de Zürcher, introdujo en la Metafísica un marcado matiz fisicalista e inició un movimiento erudito conservador, sistematizando escolásticamente el pensamiento del maestro. Sólo realizó avances en materia de crítica literaria y de observación natural, seguido por Aristóxeno y por el materialista Dicearco. Se han conservado de él dos grandes tratados de Botánica descriptiva y genética (Descripción de las plantas y De las causas de las plantas), otro gran tratado de Psicología, Los caracteres, numerosos fragmentos y diversos tratados menores: Del sentido, De las piedras, Del fuego, De los vientos, De los olores, Del sudor y Acerca de las cosas metafísicas.

Estratón de Lámpsaco (ca. 340-268), acentúa la orientación física del Peripato, de modo que en lá Hélade prevalecerá este aspecto fisicalista y científico positivo, mientras que la tendencia metafísica arraigará en Asia Menor y en Siria y de allí pasará a los filósofos musulmanes, mientras que en Occidente dominará, hasta la recepción de la obra total de Aristóteles, el aspecto naturalista. Estratón rechaza el primer motor inmóvil, la teleología y la causalidad, y explica el proceso cósmico como los atomistas por el mero juego de fuerzas mecánicas. Rige el Peripato aproximadamente del 286 al 268 y se propone depurar a Aristóteles de todos los elementos platónicos; además niega el alma como principio vital. Fue maestro de Ptolomeo Filadelfo. Su discípulo, Aristarco de Samos, físico y astrónomo, parece anticiparse a Copérnico. En adelante esta especialización científica distinguirá a la Escuela de estoicos, epicúreos y platónicos que seguirán profesando una filosofía como saber conjunto.

Eudemo de Rodas, el más fiel de los discípulos de Aristóteles, según Simplicio (Phys, 411, 15), es autor de obras muy cualificadas de matemáticas y astronomía, hoy perdidas, aunque en la Ética acentúa más que Aristóteles el momento teológico.

Dicearco de Mesina (ca. 350-280), en Sicilia, abandona a su vez el sustancialismo del maestro, por lo menos en lo que se refiere al alma (cfr. Cicerón, Tusculanas, 1, 10, 21). También Aristóxeno de Tarento, célebre por sus conocimientos musicales, concebía el alma como la armonía de un instrumento músico. Critolao de Faselis, en Licia, sucedió a Aristón en la dirección de la escuela y participó en la célebre embajada filosófica de Atenas a Roma en el 155 a. C.

Andrónico de Rodas, cuyo apogeo tiene lugar hacia el 70 a. C., undécimo sucesor de Aristóteles, fue el editor de las obras del maestro, a cuyo comentario se dedicarán los peripatéticos tardíos de tiempos del Imperio, el principal de los cuales es Alejandro de Afrodisia (ca. 198-211), que sigue igualmente una orientación empirista en su exposición de la doctrina aristotélica. Asegura la primacía del singular y niega que la forma sea anterior al compuesto. Afirma que la forma anímica se disuelve con el cuerpo, mas el conocimiento espiritual se salva gracias al noûs poieticós, ya explícito en el De anima de Aristóteles; recibe de Alejandro un valor decisivo para constituir la teoría clásica del conocimiento que se proyectará sobre el pensamiento musulmán y escolástico; pero este noûs no será individual, sino común a toda la humanidad, de modo que a pesar de su concepción materialista del hombre, éste es capaz de actividad espiritual gracias al influjo trascendental del noûs.

Una posición marginal en el Peripato antiguo ocupa Demetrio Falereo, que intervino en la creación de la biblioteca de Alejandría, y en el Peripato tardío Boeto de Sidón, Adrasto de Afrodisia, Galeno, contemporáneo de Alejandro de Afrodisia e introductor de la cuarta figura del silogismo, y el astrónomo Claudio Ptolomeo (m. 278 d. C.), autor del sistema ptolemaico.

Aristotelismo medieval

La cultura islámica había tomado pronto un amplio contacto con la obra aristotélica, mientras el Occidente se hallaba dominado por el pensamiento neoplatónico. Boecio, con las traducciones latinas de algunos escritos del Estagirita a través del filtro de Alejandro de Afrodisia, llegó a constituir el foco de aristotelismo más poderoso de la Europa alto medieval, pero al sumergirse después en el caos racial político de comienzos de la Edad Media, su obra no tuvo sucesión inmediata, ni pudo tenerla. Los musulmanes de Oriente disponen primeramente de excelentes versiones sirias y del magisterio vivo de diversos pensadores sirio-cristianos (de la escuela nestoriana de Edesa y monofisita de Resaina, que se prestaron a colaborar con los invasores en contra de la ortodoxia bizantina) que fueron invitados a la corte de Bagdad, donde el califa Al-Ma´mun fundó en el 832 una escuela de traductores que no sólo vertieron al árabe obras de Aristóteles, sino las de sus discípulos y comentaristas: Teofrasto, Alejandro, Temistio, Ammonio, Porfirio, Galeno e incluso Arquímedes e Hipócrates, fundamento de la ciencia y del prestigio médico de los árabes medievales en Occidente. La labor mediadora de la escuela de Bagdad desembocará tres siglos después en la de Traductores de Toledo y, mediante ella, en todo el Occidente, promoviendo la recepción de Aristóteles en la Facultad de Artes de París, con un sentido mucho más aristotélico que el sistema del mismo Ibn Rusd (Averroes), traductor y comentarista libre de los escritos de Aristóteles, a base de intuiciones personales o de oscura genealogía esencialmente influidas de neoplatonismo (cfr. L. Cencillo, Historia de los Sistemas,; íd, Conocimiento). En el mismo siglo XII, cuando la especulación filosófica declinaba en Bagdad y se fundaba la escuela de Toledo, comienza a madurar con Avempace, Abentofail y Averroes la filosofía en Córdoba.

La escuela de Toledo traduce, además de las principales obras del Estagirita y algunos escritos desconocidos hasta entonces en Occidente, los comentarios de Alejandro de Afrodisia, Filopón, el Liber de causis (resumen de la Stoiqueiosis Teologiké del neoplatónico Proclo) que influirá extraordinariamente sobre el último Santo Tomás confiriendo un matiz marcadamente neoplatónico a sus últimas obras, y cuya consecuencia será la actitud filosófica de Eckhard (el único discípulo ilustre de Aquinas en Alemania, por mediación de Guillermo de Moerbecke), fragmentos de Plotino y las traducciones directas de la Física, la Ética, los cuatro primeros libros de la Metafísica, el tratado Del alma y el IV De los meteoros, además de gran número de obras matemáticas, astronómicas y médicas griegas y árabes, y de las obras de Alkindi, Alfarabi, Algacel, la enciclopedia de Avicena y el Fons Vitae de Avicebrón.

De raigambre aristotélica es la célebre disputa de los universales, suscitada por la Eisagogé de Porfirio y por el Comentario a las categorías de Boecio, en la que los dialécticos de la escuela de Abelardo (1079-1142), sobre todo su discípulo Roscelino de Compiègne (ca. 1050-1125), parecen haber sido más fieles a la tradición peripatética que sus adversarios los realistas (el más ilustre de los cuales es Guillermo de Champeaux [1070-1121] ), influidos de neoplatonismo. Los dialécticos habían sentado las bases para el aristotelismo endémico de la Facultad de Artes de París, en la que se enfrentarían, sin embargo, dos diversas tradiciones peripatéticas: la más pura, procedente de Abelardo y del influjo de la escuela de Toledo mediante Guillermo de Auvernia (m. 1249), Alfredo Anglico o de Sareshel (siglos XII-XIII), que marca el paso decisivo de la concepción platónica del alma a la aristotélica, y Alberto de Bollstaedt o Magno (autores todos ellos todavía en muchos puntos platonizantes), que desembocará en el aristotelismo tomista; y la más cargada de influjos extraños, la de los averroístas, que desde mediados del siglo XIII pontificaban en París presentando el aristotelismo en su versión averroísta como la expresión definitiva de toda filosofía y regla única e infalible para tratar toda cuestión de orden especulativo; este averroísmo latino neoplatonizante y radical fue sostenido por dos grandes pensadores, el flamenco Sigerio de Brabante y el sueco Boecio de Dacia, y a fines de siglo y comienzos del XIV el inglés Simón de Fabersham, autor de estudios lógicos, Gil de Orleáns, a quien se atribuyen unos comentarios a la Ética y André le Chapelain, autor de un tratado del amor cortesano (segunda parte del Roman de la Rose, obra de influjo decisivo en la mentalidad prerrenacentista). Sigerio de Brabante, canónigo de San Martín de Lieja, nace ca. 1235, enseña entre el 1266-77 en París, a pesar de haber sido condenado en 1270. Muere en 1284. Es autor de las Quaestiones logicales, Quaestiones naturales, Quaestiones de anima intellectiva, De aeternitate mundi y un opúsculo que ya anuncia la gran especulación sobre semiótica del XIV: Utrum haec sit vera: Homo est animal, nullo Nomine existente, además las famosas Impossibilia y un De libertate (cfr. Mandonnet, Siger de Brabant et l´averroisme latín au XIII siécle; F. van Steenberghen, Siger deBrabant).

Boecio de Dacia (M. ca. 1283), maestro seglar de París, que construye un sistema extraordinariamente coherente que se va remontando de causa en causa, por el intelecto, hasta el primer principio que asegura la unidad del mundo y la participación en todo bien. Además de una serie de Comentarios a los Analíticos, la Tópica, la Refutación de los Sofistas, la Meteorología y la Metafisica, es autor de un tratado De summo bono y otro De somniis y de un importante tratado de semiótica, De modis significandi.

Tampoco en el Renacimiento deja de estar representado el aristotelismo, que se divide en dos corrientes, la que sigue el averroísmo latino y la que supone una vuelta a las fuentes clásicas, introducidas en Italia por los refugiados bizantinos, entre otros Jorge de Trebisonda (1396-1486), seglar que asistió al Concilio de Florencia y fue secretario de Eugenio IV y Nicolás V, y en su disputa con Plethon atacó a Platón calumniosamente, llegando a decir que no sabía escribir griego; en cambio consideraba a Aristóteles como el único filósofo genuino. Jorge Scholarios, llamado Gennadio (m. ca. 1466), que comentó la Eisagogé y el Organon y escribió un libro, Argumenta pro Aristotele contra Plethon. Teodoro de Gaza (1398-1478), natural de Salónica, sacerdote que fundó una academia en Ferrara y enseñó en la Sapientiade Roma. Juan Argyropoulos (1416-1486) que enseñó en Padua, Florencia y Roma y tradujo la Física y la Ética a Nicómaco. La gran familia de los Láscaris (Juan Andrés y Constantino), que enseñaron en Milán, Nápoles, Mesina y en París y Roma respectivamente; Juan adquirió numerosos manuscritos griegos para la biblioteca de los Médicis.

A fines del siglo XIII profesaban el averroísmo latino introducido primeramente en Bolonia y luego en Padua, Venecia, Mantua y Ferrara, una serie de autores que culmina en Pedro Pomponazzi. Así, en Bolonia, Tadeo Alderotto, Gentile Da Cingoli, Guillermo de Varignana, Angelo di Arezzo, etc.; en Padua, Pedro de Abano, Pablo de Venecia y los tratadistas de Lógica Pedro de Mantua, Apolinar Offredi, Pablo de Pérgola, Ricci de Arezzo etc., el teatino Nicoletto Vernias (m. 1499), Marco Antonio Zimara (1460-1532), Jacobo Zabarella (1533-89), natural de Padua y profesor en esta ciudad y en Pisa; lógico, matemático y astrónomo, autor de los 30 libros De rebus naturalibus y de unos comentarios a diversos tratados de Aristóteles; contra los mismos averroístas defiende la pluralidad de entendimientos y de almas, pero sostiene la mortalidad de las mismas, aunque son iluminadas por el entendimiento divino y mediante ello reciben la inmortalidad. Agustín Nifo(1473-1546) natural de Calabria y maestro en Padua, Salerno, Roma, Nápoles y Pisa. Dirigió una edición completa de Averroes (1485-97) y comentó diversas obras de Aristóteles. Sostuvo la unicidad universal del entendimiento agente, y que las únicas sustancias verdaderamente inmortales y espirituales son las inteligencias separadas que mueven los cielos; pero después aceptó los argumentos tomistas en pro de la inmortalidad del alma, aunque no está claro si la entendía en sentido individual o como alma universal. Andrés Cesalpini (1519-1603), de Arezzo, médico de Clemente VII, profesor en Pisa y en la Sapientia de Roma, que inicia la ciencia botánica con su tratado De plantis libri XVI (1583) y es además autor de las Peripateticarum quaestionum libri V y de otras cuestiones médicas. El mundo es, según él, un organismo viviente (como en el Timeo de Platón) y Dios es el alma universal y la vida de todas las cosas, no su causa eficiente; no hay más que una inteligencia divina, pero que se multiplica en los individuos debido a la potencialidad.

Pedro Pomponazzi (1462-1524) de Mantua, profesor en Padua y en Ferrara, y luego de nuevo en Padua como sucesor de Vernias y en Bolonia, donde compuso todos sus escritos. Su prestigio como profesor lo debe, más que a su mediocridad intelectual, a la fama de racionalismo, librepensamiento y modernidad que tal vez injustificadamente se creó en torno de él. Sobre sus obras se entabló una polémica célebre, por hallarse algunas de sus tesis en contradicción con el reciente Concilio V de Letrán. Su principal obra es el Tractatus de inmortalitate animae (1516); en ella rechaza la afirmación de los averroístas de que Aristóteles suponga la unicidad del entendimiento agente; también rechaza la tesis tomista de que Aristóteles haya defendido la inmortalidad del alma y sostiene que, según los principios del Estagirita, el alma se corrompe con el cuerpo; sin embargo, admite como dogma de fe cristiana la inmortalidad del alma, aplicando, como Boecio de Dacia, el principio de la doble verdad. Discípulos suyos son Lázaro Buonamici, Simón Porta y el sevillano Juan Montes de Oca, que enseñó durante más de 30 años Lógica en Bolonia, Pisa, Padua y Roma, y comentó, bajo el seudónimo de Juan Hispano, la Física, el De Caelo y los Parva naturalia.

En el norte de Europa Felipe Schwarzerd, por traducción humanística de su nombre: Melanchton (1497-1560), natural de Baden y profesor de griego, filosofía y teología en la Universidad de Wittenberg, autor de la Confessio Augustana (1530), llamado praeceptor Germaniae, sigue en general a Aristóteles, pero interpretado según criterios nominalistas. Es autor de varias obras dialécticas (Compendiosa dialectices ratio; De dialectica libri IV; Erotemata dialectices), de un Initia doctrinae phisicae y de comentarios al De Anima y a las Eticas. Muestra el influjo de Rodolfo Agrícola en la dialéctica y de Galeno en psicología. En su Discurso sobre la Filosofía (1536) afirma que es necesaria una base filosófica para la teología y que solamente Aristóteles parece acomodarse suficientemente a la Revelación y responder a las necesidades de la comunidad protestante. Tampoco le convencen los argumentos filosóficos acerca de la inmortalidad del alma.

Como superación de las interminables controversias entre averroístas y tomistas, recurren otros autores al estudio directo, al modo humanista, de las obras del Estagirita. El principal representante en Italia de esta corriente es Hermolao Bárbaro (1454-93), patriarca de Aquileya y cardenal, que antes había enseñado en Padua y en Venecia. Escribió un Compendium scientiae naturalis ex Aristotele (1547), de quien también tradujo la Retórica y las obras dialécticas, además de los comentarios de Temistio y Dioscorides. Acusa a Averroes de plagiario. En la misma dirección se orientan Rafael de Volterra, Leónico Tomeo y Marco Antonio Flaminio. Pero es en España donde la filosofía aristotélica va a predominar decididamente sobre el platonismo aun entre los humanistas y, por fortuna, el aristotelismo español trata de superar la polémica entre averroístas y alejandrinistas y obtener un conocimiento crítico y genuino de los textos originales.

El foco del aristotelismo español será Alcalá, cuya Universidad, recién fundada, carece del peso de tradiciones inertes, pero también hay aristotélicos en Salamanca (Francisco Ruiz, Sebastián Pérez, obispo de Osma, Pedro de Espinosa, Miguel de Palacios, Alonso Pérez); en Valencia, como Juan Bautista Monllor (m. ca. 1569), canónigo de Orihuela, humanista y matemático, autor de un tratado sobre los universales, De universis, unos comentarios a los Analíticos y un opúsculo, De Entelechia, que conceptúa a Aristóteles como el padre de la Filosofía y sostiene que los universales no son un mero fruto del entendimiento, aunque tampoco son entidades corpóreas, sino esencias objetivas. También son valencianos Juan Núñez, Bartolomé Pascual, Pedro Juan Monzó, Joaquín Climent, etc. Entre los catalanes, Antonio Jordana, Dionisio de Jorba, Antonio Sala, etc., y entre los aragoneses el lógico Jerónimo Monter y Pedro Simón Abril.

En Alcalá destaca el segoviano Gaspar Cardillo de Villalpando (1527-81), profesor de Dialectica eloquentiae philosophia y teólogo en Trento; además de una serie de comentarios a Porfirio y a Aristóteles es autor de un libro de texto, la Summa Summularum (1557), una Summa dialecticae, Interrogationes naturales, morales et mathematicae (1573) y obras de teología. Es equivocista en cuanto al ser y piensa que Aristóteles admitió la inmortalidad del alma.

Juan Ginés de Sepúlveda, de Pozoblanco (1490-1573), estudiante en Alcalá y en Bolonia, protegido de julio de Médicis en Roma durante 14 años y encargado por el cardenalCayetano de la revisión del Nuevo Testamento griego. Capellán y cronista de Carlos V y preceptor de Felipe II. Alabado por Erasmo, aunque era antierasmista. Traductor de Alejandro de Afrodisia y discípulo de Pomponazzi, aunque afirma la inmortalidad del alma como defendida por Aristóteles. Es autor de un tratado De fato et libero arbitrio libri III contra Lutero (1524) y de diversas obras históricas y morales. Otro autor interesante y profesor de Medicina en Alcalá, además de médico de cámara de Felipe II, es Francisco Vallés (1524-92). Sobre todos destacan los Commentaria in universam Aristotelis methaphysicam (1617-1631) de Francisco de Araújo, O. P. (1580-1664), profesor de Salamanca y obispo de Segovia; así como los Comentarios a toda la filosofía de Aristóteles de Francisco de Buena Esperanza, O. C. (1617-77), profesor de Lovaina, editados en Bruselas (1652).

Hasta el siglo XIX no vuelve a hacer escuela la filosofía aristotélica, fomentada por la restauración neoescolástica y por la filosofía independiente, aunque muy influida por Aristóteles y por la misma Escolástica, con Francisco Brentano (1838-1917). En la actualidad existe una intensa investigación positiva y filológicamente crítica de la obra misma de Aristóteles, mas sin otro interés sistemático o polémico que el de poner en claro lo que el Estagirita realmente pensó y las diversas etapas de su pensamiento. Los cultivadores de estas investigaciones son llamados aristotélicos, mas ello no designa una filiación ideológica determinada, es decir, una posición subjetiva, sino el objeto de sus estudios. Entre éstos son los más célebres H. von Arnim, K. Arpe, E. Bignone, Cl. Baeumker, G. Christ, W. Christ, I. Düring, H. Cherniss, M. de Corte, P. Gohlke, G. von Hertling, I. Husik, E. von Ivánka, W. Jaeger, A. y S. Mansion, F. Nuyens, J. Owen, F. Ravaisson, W. D. Ross, P. Wilpert, etc.
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*Gran Enciclopedia Rialp, Tomo 2, páginas 774-778. Editorial Rialp, S.A., Madrid.

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