Menu



Viviendo la Liturgia

La liturgia desemboca en misión
Liturgia, caridad y misión van unidos. Liturgia celebrada y misión son dos momentos del mismo amor.


Por: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net



 

“También puede ocurrir que no tenga pan que dar de limosna al indigente; pero quien tiene lengua, tiene algo más que poder dar, pues alimentar con el sustento de la palabra el alma, que ha de vivir siempre, es más que saciar con pan terreno el estómago del cuerpo, que ha de morir” (San Gregorio Magno, Hom. 6 sobre los Evangelios).

La liturgia desemboca en misión, debe desembocar en misión. La misión es el fruto de esa compasión y caridad.

Siguiendo con la imagen del agua viva, que nos ofrece la liturgia, la misma agua viva que quita la sed a los bautizados, despierta la sed de los hijos de Dios dispersos. Esa agua que brota del Padre y del Cordero se hace corriente caudalosa en la misión, y va empapando cuanto encuentra en el camino.

¡Qué hermoso es esto! Si hay zonas áridas y secas es porque todavía no ha llegado la corriente de la gracia mediante la misión. No hay quien lleve esa agua que tiene toda la potencialidad de fecundar todo tipo de tierra. ¿Por qué? “Antes de permitir a la lengua que hable, el apóstol debe elevar a Dios su alma sedienta, con el fin de dar lo que hubiere bebido y esparcir aquello de que la haya llenado” (San Agustín, Sobre la doctrina cristiana, 1, 4).

La Iglesia tiene como misión llevar esa agua viva por todos los terrenos del mundo. Pero necesita brazos que lleven esa agua, y corazones ardientes devorados por el fuego del Espíritu, como el de los primeros apóstoles. Basta leer los Hechos de los apóstoles para darnos cuenta de esto: celebraban la fracción del pan, y después, atendían a los pobres y luego se lanzaban por los caminos con la predicación para llevar ese río caudaloso de la gracia divina.

Liturgia, caridad y misión van unidos. Deben ir unidos. Liturgia celebrada y misión son dos momentos del mismo amor: ¿cómo amar a nuestros hermanos si no acogemos antes a Quien nos amó primero? Y si he acogido a Dios, ¿cómo no darlo a los demás?

La celebración litúrgica es, ciertamente, un momento intenso donde toda la comunidad eclesial reaviva la conciencia de su misión. Pero la celebración nos lanza a la misión. En la misión, el Verbo se confía a su Iglesia como el tesoro en vaso de barro (cf 2 Cor 4, 7), poniendo la Palabra en su corazón, penetrándola con su Espíritu, ofreciéndole su Cuerpo. Será entonces cuando la Iglesia podrá ofrecer a todos los hombres Aquel que ella conserva grabado en sí mismo, podrá darles el Espíritu dando su propia vida, ser el Reino en medio de ellos.

En la misión, la gran obra de la Pascua de Cristo se convierte en la obra de su Iglesia. Ahora bien, nosotros aprendemos a vivir esta Pascua de la Misión actuándola en la celebración de la liturgia. En la liturgia, Dios alcanza al hombre y el hombre alcanza a Dios. Dios le da su agua viva que le sana, le reconforta, le anima y le salva. Y el hombre se abre a Dios y la sed del hombre entabla un diálogo salvífico y queda saciado.

Y este hombre saciado va corriendo a las calles, caminos, montañas llevando el sorbo de esa agua viva que mana del Trono de Dios y del Cordero, que mana de la Pascua. Esta es la misión. Y todo movido por el amor, por la compasión. Por eso, la misión es epifanía, es decir, manifestación de la caridad de Cristo.

En esa misión llevamos la Palabra de Cristo que conforta, anima, orienta, reprende, consuela. Pero sobre todo, salva y hace milagros: el milagro de la conversión, de la vuelta a Dios de quienes nos han escuchado. Que quede claro: no somos nosotros los que salvamos y convertimos, sino la Palabra de Dios que nosotros llevamos. Nosotros somos sólo instrumentos. Pero instrumentos necesarios, a través de los cuales Dios lleva ese río de la gracia y de la conversión.

Tal vez, el llevar esa Palabra nos provoque, quién sabe, el martirio. No temamos. El martirio es la suprema forma de caridad. En el martirio hemos dado testimonio con nuestra sangre del misterio de Dios vivo. En el martirio, la celebración de la liturgia se ha hecho sacrificio cruento, como el de Cristo en el Calvario. Y lo hermoso es que esa muerte del mártir es vida para otros, como la de Cristo, pues la sangre de mártires es semilla de nuevos cristianos, como dijo Tertuliano.

¡Qué unido está, pues, misterio, celebración del misterio y vida! ¡La liturgia es la celebración del misterio de Dios, vivido en la misión!


Comentarios al autor P. Antonio Rivero LC.




 

 







Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |