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Viviendo la Liturgia

La liturgia en la comunidad humana
Será la comunión la que nos hace existir como Iglesia. En la liturgia del corazón se aprende cómo hacerse prójimo del hombre.


Por: P. Antonio Rivero | Fuente: Catholic.net



 

En este vivir la liturgia tenemos que superar un obstáculo: no contentarnos con cumplir una ley, unas normas, sino dejarnos transformar y deificar por el Espíritu, pues cumpliendo unas normas sin esta disponibilidad al Espíritu, parecería que la obra de santidad es más bien obra nuestra y no del Espíritu.

Esto pasa también en las relaciones a nivel social. No podemos cifrar todas nuestras relaciones en un código de normas para una convivencia civilizada (tentación moralista), o en un programa social (tentación socializante), como si el Espíritu Santo pudiera reducirse a valores de justicia y solidaridad. La novedad de este misterio es mucho más.

Este río de agua viva tiene que penetrar todo el tejido social y las sociedades humanas. Y es así, porque este río ya está entre nosotros, dentro de nosotros. La invasión del Reino del Espíritu en un grupo humano es el evento de la verdadera comunidad entre las personas.

Y este Espíritu es el que ha puesto en esas comunidades donde ha entrado, los gérmenes de comunidad, la llamada a la solidaridad, la vocación a la paz, el respeto mutuo. Y la luz del Espíritu es también la que quitará la máscara de la mentira inherente al poder, la mutación del servicio en dominio, la perversión del grupo en estructura de injusticia, la esclavitud de la persona al ídolo del dinero. El Espíritu Santo nos revela la sociedad como icono del Reino.

Si no penetra esta luz del Espíritu Santo habrá Babel, es decir, injusticia, odio, muerte. En la sociedad donde no hay esta comunión, esta común unión entre nosotros, habrá ausencia de amor. Y grabará el peso del pecado y de la muerte.

Este río de vida hace fructificar los árboles de vida, cuyas simples hojas pueden ya “curar a las naciones” (1 Jn 3, 18), y hacernos hermanos, en común unión.

Será la comunión la que nos hace existir como Iglesia. Y esta comunión nos exige morir a nuestro yo, para abrirnos al misterio del otro, como buenos samaritanos. En la liturgia del corazón se aprende cómo hacerse prójimo del hombre herido. Entonces el Espíritu Santo cura la relación, ofreciéndose Él mismo, que es unción de la nueva alianza.

Tenemos que pasar de una humanidad de naciones a la del Pueblo de Dios, tal es el servicio de comunión confiado a la Iglesia: “Seremos su pueblo y ovejas de su rebaño...En aquel día no habrá ya luto ni lamento ni dolor, porque las cosas anteriores han pasado” (Ap 21, 3-4).



Comentarios al autor P. Antonio Rivero.




 

 

 







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