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Viviendo la Liturgia

La liturgia en el trabajo y en la cultura
Aquí es donde se refleja lo celebrado en la liturgia, donde el hombre y el mundo se reencuentran y reflejan la gloria de Dios.


Por: P. Antonio Rivero | Fuente: Catholic.net



 

El “homo faber” (el hombre artesano, trabajador) es, en cierta medida, un esclavo de sus mismas obras hasta que llega a ser “homo liturgicus” (hombre litúrgico). Es aquí donde Dios concede al hombre la gracia de la libertad de los hijos de Dios y donde el hombre ofrecerá a Dios el producto de sus manos para mayor gloria de la Trinidad y beneficio de la humanidad entera.

Ya que la liturgia es obra de Dios y del hombre, no podemos dejar a un lado el trabajo y la cultura. En el trabajo y en la cultura, el hombre refleja lo celebrado en la liturgia. Es ahí, donde el hombre debe dar gloria a Dios. El trabajo y la cultura son el lugar donde el hombre y el mundo se reencuentran y reflejan la gloria de Dios.

Pero, para que el trabajo y la cultura sean para la gloria de Dios es necesario que el corazón del hombre esté en paz, en armonía con Dios, porque de lo contrario será un trabajo en contra de Dios, será anticultura.

Y encontraremos la paz y la armonía en la medida en que vivamos la gracia de Dios y luchemos contra el pecado. Si el río de la vida no invade primero nuestro corazón, ¿cómo podrá penetrar el campo del trabajo y la cultura, frutos del corazón humano? Si la raíz está podrida, los frutos estarán podridos.

Si el Espíritu deifica al hombre es para que el hombre humanice al mundo, y no lo esclavice ni lo destruya. En todo trabajo debemos llevar la luz de Cristo, sólo así tendrá la impronta de Dios.

Cualquier trabajo que hagamos será incompleto, deficiente, alienante, esclavizante, tentador...si no dejamos que lo penetre el poder del Espíritu que lo llevará más allá de la muerte y lo hará obra de luz. Si no vivimos esto así, ¿qué ofrecemos en el altar de la eucaristía?

Pero el trabajo así transfigurado llega a ser experiencia de comunión. Y ya no se darán los injusticias del trabajo, ni las estructuras alienantes, ni los desórdenes de la economía (corrupción, malversación de fondos, sobornos, explotación, etc.).

La liturgia no suple nuestra inventiva en el trabajo; hace algo mejor: como es soplo del Espíritu, es profética, dado que discierne, denuncia, suscita creatividad y se traduce en obras, pide justicia y es sierva de la paz. Impulsa a compartir.

La cultura es la transformación de la naturaleza por medio de la mano del hombre y su impregnación por el Espíritu. La cultura se alcanza cuando la naturaleza es humanizada y cuando por ella el hombre se hace más humano.

Por tanto, la cultura tiene que ser iconografía del Espíritu y del hombre; de lo contrario no es más que la iconografía del enemigo de Dios. Esto lo podemos hoy experimentar en tantas películas, canciones y literatura, que en vez de ser reflejo de Dios, son reflejo del Maligno, que nos trata de degradar con tanta suciedad y bajeza.

La cultura así transformada por la luz del Espíritu da su fruto: nos lleva a la belleza que es Dios, su fuente. Entonces podremos decir, como dijo el papa a los artistas: “la belleza salvará al mundo”. No la belleza en sí, sino la belleza transfigurada y traspasada por este rayo de luz divina.



Comentarios al autor  Antonio Rivero LC


 

 







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