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Capítulo 6º: En la escuela de María, mujer eucarística
Reflexión Encíclica Ecclesia de Eucharistia
María en su espíritu vivió todas las dimensiones de la eucaristía.


Por: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net





Los críticos por la crítica ya están echándole en cara, al papa: “¿Cómo? ¿La Virgen sacerdotisa? Pero si Ella no estuvo en la Última Cena, no fue ordenada Sacerdotisa”.

¡Cálmense, críticos! No es esto lo que el papa aquí viene a explicar. Todo cristiano, toda cristiana tiene que ser un hombre y una mujer “eucarística”. ¿En qué sentido? Esta es la razón de este último capitulo.

Dice el papa: “Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia”(n. 53). María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él.

Es verdad que en la institución de la eucaristía del primer Jueves Santo, no se menciona a María. Pero la relación de María con la eucaristía es profunda, partiendo de su actitud interior: María es Mujer eucarística en toda su vida.

Adentrémonos, pues, en esta profunda relación: Eucaristía y María.


María y la dimensión de fe de la Eucaristía

Dijimos que la Eucaristía es “Misterio de la fe”.

Nadie mejor que María, mujer de fe, nos puede introducir en este gran misterio de fe que es la eucaristía.

Vayamos a Caná. Así como dijo “haced lo que Él os diga”, así también en la eucaristía nos dice: “No dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo”. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino Su Cuerpo y Su Sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de Su Pascua, para hacerse así “Pan de Vida”.

Así pues el “Haced esto en conmemoración mía” de ese primer Jueves Santo es como un eco del “Haced lo que Él os diga” de María en Caná. Toda la fuerza de la fe de María hizo que Cristo realizara ese gran milagro en Caná. Y es también la fuerza de nuestra fe, junto con la fuerza de la fe de María, la que nos hace caer de rodillas ante la eucaristía y decir: “Creo, señor”.

Hay más. Retrocedamos al momento de la encarnación, cuando María recibió al ángel, embajador de Dios. María tuvo que practicar su fe eucarística, antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. ¡Encarnación y eucaristía! ¡Qué unión tan profunda!

María concibió al Hijo de Dios, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y vino, el Cuerpo y la Sangre del señor.

Hay una analogía o relación profunda entre él “Hágase” de María y nuestro “Amén”, “lo creo”. María ¡mujer de fe! El cristiano debe ser hombre de fe. Por eso, su prima santa Isabel le dijo: “Feliz la que ha creído”. María, mujer de fe.

La Eucaristía es misterio de la fe. En este sentido podemos decir que María es una mujer “eucarística”, porque vivió de la fe y en la fe, durante su vida terrena... como también nosotros debemos vivir en la fe y de la fe.


María y la dimensión sacrificial de la Eucaristía

Dijimos también en varias partes del libro que la eucaristía es sacrificio, es decir, Cristo que se inmola y muere como Cordero Pascual, para ser nuestro alimento y darnos la salvación. También María incorporó en su vida esta dimensión sacrificial de la eucaristía. Veamos cómo.

Cuando presentó a Jesús en el templo, Simeón le predijo la espada de dolor, al ser este Niño signo de contradicción. Desde ese día María ya comenzó a vivir el sacrificio de Cristo en su mismo ser. María - dice el papa - fue viviendo una especie de “eucaristía anticipada” una “Comunión espiritual” de deseo y ofrecimiento, que culminó en el Calvario. Y fue en el Calvario, donde María “mujer eucarística” se convierte en Madre nuestra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo...”

Por tanto, vivir la eucaristía como sacrificio implica también recibir continuamente el don de María como madre. Por tanto, si en cada misa renovamos, actualizamos el sacrificio del calvario... también en cada misa, Cristo nos entrega el don de su madre. Por eso, dice el papa que María es una mujer “eucarística”.

María está presente con la Iglesia en cada celebración eucarística. Así como el binomio Iglesia y eucaristía es inseparable, así también el binomio María y eucaristía.

¡Maravilloso misterio el de la eucaristía! ¡E igualmente maravilloso el misterio de María!

“He ahí a tu Madre...”

Estamos en el Calvario, abrazando a esta nueva Madre que Jesús nos dio, y la hemos recibido en nuestra casa.

Esta madre tiene todos los signos de ser mujer eucarística, es decir, mujer de fe, mujer sacrificada, mujer triturada, inmolada, entregada... Ella entregó su alma para ser traspasada por esa espada de dolor. Y como el alma está unida indisolublemente al cuerpo, también su cuerpo participó de esta crucifixión íntima y espiritual.


María y la dimensión de la Eucaristía como Presencia

María es mujer eucarística, porque no sólo es mujer de fe y mujer sacrificada, también es mujer, cuya presencia espiritual reconforta, anima y consuela a la Iglesia. ¿No era la eucaristía misterio de fe, sacrificio y presencia?

Este aspecto de María mujer “eucarística” se pone de manifiesto - dice el papa - en el canto del “Magnificat” que encontramos al final del capítulo primero de San Lucas.

Analicemos brevemente, junto con el Papa, las cualidades del Magnificat.
 

  • El Magnificat es ante todo alabanza y acción de gracias. También la eucaristía es alabanza y acción de gracias.
  • El Magnificat rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación. ¿Qué hacemos en la liturgia de la Palabra, sino rememorar con las lecturas, las maravillas del Dios que salva en Cristo Jesús?
  • En el Magnificat está presente ya la dimensión escatológica, es decir, las realidades últimas, la Jerusalén celestial: “Su misericordia de generación en generación para todos sus fieles”. ¿Acaso no recibimos en la Eucaristía el germen de inmortalidad, no anunciamos el cielo nuevo y la tierra nueva?

    Por todo esto el Papa se ha atrevido a decir en este último capítulo de la encíclica: “En la Escuela de María, mujer eucarística”. ¡No es una exageración! ¡No es una hipérbole! María en su espíritu vivió todas las dimensiones de la eucaristía.

    Ojalá que nuestra vida sea también una continua eucaristía, vivida en nuestro espíritu.



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  • P. Antonio Rivero LC



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