Liturgia,sacramentos
La fuente de los sacramentos
Por: Antonio Rivero L.C. | Fuente: Libro liturgia

No debemos olvidar nunca la fuente: “Hendió la roca y brotó el agua” (Is 48, 21). La roca que se rompe es la tumba y brota el agua viva de la fuente del cuerpo de Cristo. Mana con la fuerza del Espíritu.
El río de la vida que mana del trono de Dios y del Cordero conoce su reflujo en la Iglesia que celebra.
Lo importante de las celebraciones no son los elementos, sino la fuente. Pero para ir a la fuente necesitamos una acción que nos conduzca hacia el misterio (mistagogia). Literalmente mistagogia es la acción de conducir hacia el misterio; o también, la acción con la que el misterio nos conduce. Los principales Santos Padres, autores de mistagogias son: Cirilio de Jerusalén, Juan Crisóstomo, Teodoro de Mopsuesta, Narsai, el pseudo-Dionisio, Máximo el confesor.
Hablemos de la epíclesis o invocación.
La epíclesis del nacimiento (bautismo y confirmación). La epíclesis del bautismo es la del nacimiento según el Espíritu, donde este Espíritu desciende realmente, penetra el agua y la transforma, ofreciéndonos la vida divina, la vida de la Trinidad santa, y convirtiéndonos en hijos de Dios. Es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, la que nos hace nacer, la que nos engendra, la que da al Padre un nuevo hijo adoptivo, conformado al Hijo amado. Todos los demás efectos del bautismo derivan de esta epíclesis.
Las epíclesis de curación o la victoria sobre la muerte (confesión y unción). En la epíclesis de la confesión se unen la ola de la misericordia divina y el abismo de nuestra miseria, y todo se convierte en perdón; en el momento de la absolución todo se suelta, porque todo es liberado por la comunión que es el Espíritu del Señor y se desborda la alegría de Dios y sus ángeles y santos y esa alegría nos llega a nosotros ya perdonados.
En la epíclesis de la unción de enfermos el óleo misterioso penetra nuestro cuerpo mortal como mirra nueva que la Esposa extiende sobre los miembros dolientes de su Señor. De esta manera las heridas evidentes del pecado que trabajan poco a poco nuestros cuerpos están así curadas ya en la esperanza. Esta epíclesis anticipa para cada uno la resurrección integral, y el Espíritu nos conforma a los sufrimientos de Jesús, transformando nuestra enfermedad en amor vivificante y completa en nuestros miembros la Pascua de Quien es la Cabeza del Cuerpo.
Estos dos sacramentos, la confesión y la unción, responden a una necesidad constante del Cuerpo de Cristo en los últimos tiempos: vencer la muerte en su raíz, el pecado. La divinización gradual de los hijos de Dios no puede acontecer más que con la eliminación progresiva del movimiento de rebelión con que se revuelve la naturaleza herida. En estos sacramentos Cristo asume, aquí y ahora, nuestras propias heridas, del cuerpo y del alma, y las cura y redime.
Las epíclesis de Cristo siervo: el don de la vida, la física (matrimonio) y la sobrenatural (orden sacerdotal). Estos dos sacramentos son los dos ministerios de la vida adulta en Cristo. Se apoderan de la persona para abrirla al más divino movimiento concedido al hombre: dar la vida misma de su Dios. Uno y otro son al mismo tiempo carisma, es decir, don del Espíritu Santo para el bien de todos, y fuerza deificante para quien recibe este carisma. Este don será tanto más fecundo cuanto más nos transformemos en Aquel que damos.
La epíclesis del matrimonio transfigura la unión del hombre y de la mujer; es decir, lo que sucede en este sacramento no es tanto la bendición de una pareja, cuanto el amor de Cristo y de su Iglesia en el que participarán el hombre y la mujer. No son los contrayentes los que hacen santo el matrimonio, sino el sacramento del matrimonio es quien les hace santos, les da la gracia para ser fieles y les convierte en iglesia doméstica, fecunda y llena de amor.
La epíclesis del orden sagrado, manifestada por la imposición de las manos, infunde sobre algunos miembros del Cuerpo de Cristo una fuerza especial que les convierte en servidores de las otras epíclesis sacramentales. Este sacramento del orden es una de las pruebas más asombrosas de la fidelidad del Señor, porque a pesar de las deficiencias de sus ministros sagrados, no privará nunca a su Iglesia de los dones de su Espíritu.
Sea Pedro quien bautiza, sean Juan quien confirma, es Cristo quien bautiza y confirma. El Espíritu obrará siempre con poder en los sacramentos a través de los vasos de barro que son los ministros ordenados. Cualesquiera que sean los grados , el sacramento no puede reducirse a una función social o administrativa, sino que hunde sus raíces en el misterio de la kénosis de Cristo, es decir, en el servicio sagrado a los hombres, lleno de amor, pues ese hombre que ha sido ordenado sacerdote hace las veces de Cristo Pastor que da su vida por las ovejas.
- Preguntas o comentarios al autor P. Antonio Rivero LC.


















