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¿Qué reformas se han ido haciendo, a partir del Concilio Vaticano II?
Art. La Reforma Litúrgica. Liturgia
Con estas reformas, la Iglesia retoma una cierta “movilidad” en la liturgia.


Por: P. Antonio Rivero | Fuente: Catholic.net



Se han introducido las lenguas propias de cada nación, y no sólo el latín; una mayor amplitud y una nueva ordenación de las diversas lecturas de la Sagrada Escritura; en la misa, el giro del altar para permitir la celebración de cara al pueblo; la recuperación de la oración común u oración de los fieles; la introducción de la homilía; la casi completa reforma del rito de ofertorio, etc.

Con estas reformas, la Iglesia retoma una cierta “movilidad” en la liturgia que, por otra parte, fue característica propia de la antigua liturgia. Piénsese, por ejemplo, en los diversos “ritos”, que, conservando lo esencial de la liturgia, rodearon esos elementos con ritos de muy diversa índole, según la idiosincrasia de cada pueblo.

Si para algunos cristianos del siglo XX esta reforma litúrgica fue una sorpresa que, en algunos llegó incluso a la extrañeza y al escándalo, se debió simplemente a una larga tradición “inmovilista” en la que habían sido formadas las últimas generaciones cristianas.

Ese inmovilismo litúrgico arranca del concilio de Trento y tuvo motivo justificado en la necesidad de terminar con los abusos litúrgicos que la reforma protestante había introducido, con los peligros gravísimos para la verdadera fe. Eso obligó al concilio de Trento a establecer una norma rígida (como un yeso colocado para curar una fractura); y esta norma fue el famoso misal de san Pío V, promulgado bajo orientaciones de dicho concilio el 14 de julio de 1570.

Pero no era la intención del concilio tridentino ni de Pío V que ese misal fuera otra cosa que un remedio necesario, duro pero transitorio, hasta que pasara el peligro que el protestantismo traía.

Por eso debemos tener bien claro que esas adaptaciones, reformas y cambios en la liturgia, realizadas bajo la dirección de la jerarquía eclesiástica, no se han acabado. Seguirán produciéndose a medida que las circunstancias de la humanidad vayan cambiando. Es decir, que no debemos pensar que el nuevo misal, por ejemplo, será definitivamente el utilizado por los cristianos hasta el fin de los tiempos. No. A la vuelta de un número indeterminado de años habrá que volver a “actualizarlo”, como se ha hecho en esta ocasión, después del concilio Vaticano II.

Es el así llamado “aggiornamento”, es decir, la puesta al día, que quería el papa Juan XXIII y que no se refiere sólo al aspecto litúrgico, sino a todo el vivir de la Iglesia. Aunque siempre refiriéndose a esos elementos secundarios, si bien muy importantes, como aparece en éstos que la reforma litúrgica ha modificado.

Concluyo: la reforma no es simplemente una “modernización” de la liturgia como si se quisiera establecer una nueva “moda”. Tiene una finalidad seria, profunda: es un cambio que llama a una mayor participación por parte de los fieles, sean laicos, sea la jerarquía . Y esta participación mayor tendrá siempre una prueba: deberá manifestarse en frutos de mayor santidad en cada uno de los cristianos, en frutos de mayor inquietud por extender el Reino de Cristo en todos los hombres, en mayor y más fiel cumplimiento de la voluntad del Padre celestial, en mayor docilidad al Espíritu Santo, en mayor imitación y unión con Cristo el Señor.

Por eso, quizá convenga terminar esta pregunta con una referencia a palabras pronunciadas por el canónigo sevillano Juan Ordóñez Márquez en la segunda semana de teología espiritual española (Toledo, julio de 1976): “¡Cuidado! La palabra’ participación’ de la que tanto se ha usado en este período de reforma, se nos ha convertido en un equívoco. Hemos entendido ‘participar’ por ‘intervenir’. Creímos que una acción litúrgica era tanto más participada cuanto mayor número de fieles intervenía en el altar...Es hora de volver a la sensatez. Una cosa es participar y otra intervenir. La verdad es que la acción litúrgica no se participa formalmente más que a través de la vivencia interior personal. Se participa sólo en la medida en que los miembros de una comunidad viven intensamente su dimensión personal profunda, abierta al misterio”.



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