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¿De qué sirve rezar? ¿De qué sirve hacer un regalo a Dios?
La oración
El amor de Dios a nosotros es una continua invitación a que nosotros le tratemos a Él con la misma generosidad con que Él nos trata.


Por: P Evaristo Sada LC | Fuente: www.la-oracion.com




Al principio encontramos a Adán y Eva en el jardín con Dios. Cuando Cristo resucitó, se apareció a María Magdalena también en el jardín (Jn 20,11) Ese jardín es hoy nuestro corazón. Con el bautismo, Dios ha hecho de nuestro corazón un jardín donde quiere pasarlo bien con cada uno de sus hijos, en una relación íntima y familiar, como lo hacía con Adán mientras paseaba con él en el jardín del Edén tomando la brisa de la tarde.

Dios está dentro, pero los espacios físicos para el encuentro con Dios importan; pueden ayudar o estorbar. Dios quiso que lo percibiéramos con los sentidos. Dios se ha hecho visible: "Lo que ha sido desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos..." (1 Jn 1,1)

Las cosas de Dios deben irradiar la luz de la belleza divina. Son camino para conocerle a Él y medio para despertar o avivar el deseo del encuentro. De allí la importancia del sentido estético en las capillas.

Estábamos construyendo una ermita dedicada al Sagrado Corazón en un centro misionero y de espiritualidad que tenemos en Chilapa, en el Pico de Orizaba, México. Gracias a Dios ya la terminamos.

Desde que comencé a misionar en aquel lugar, quedé sorprendido por su belleza: la belleza de la gente y de los paisajes. Me daba la impresión de que era la belleza de Dios derramada sobre el mundo. Las cosas bellas nos transportan hasta la belleza de Dios, nos hablan de Él

Darse el tiempo para gustar la belleza de la creación es darle al Espíritu la oportunidad de que haga brotar en nosotros una oración como la de San Agustín:

"¡Tarde te amé, Belleza siempre antigua y siempre nueva! Tarde te amé. Tú estabas dentro de mí, pero yo andaba fuera de mí mismo, y allá afuera te andaba buscando. Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo... Pero tú me llamaste, y más tarde me gritaste, hasta romper finalmente mi sordera." (S. Agustín, Confesiones

Alguien me preguntó: ¿De qué sirve hacer una ermita? Es como preguntar: ¿De qué sirve rezar?
En la relación con Dios, la gratuidad es determinante. Él no se preguntó eso cuando nos hizo. No puedo explicarlo mejor que Javier Sánchez (Sevilla), en su artículo: "Lo bello y lo inútil de la liturgia". Cito algunos párrafos:

"Nada más destructivo que preguntar: "¿para qué sirve?", en vez de admirar la cosa en sí misma, en su bondad y belleza intrínsecas. Es la pregunta de la sociedad utilitarista. En el caótico mundo de la producción y la eficacia, ¿cabe aún lo inútil? ¿Para qué sirven las rosas? Para nada... pero ¿sería mundo de personas un mundo sin rosas? ¿Para qué sirven las plantas, el lirio y la margarita.... el abrazo fraterno, el regalo navideño, la llamada telefónica...? Para nada.... sin embargo, ¿sería habitable nuestro mundo sin una bocanada de natural gratuidad, que nos invita a recrearnos olvidándonos de la agitada producción?"

El "hacer" no es el criterio del "valer". Mirar las cosas con los ojos del pragmatismo es igual que cerrar los ojos ante el multiforme espectáculo de la belleza de la vida, de la creación, de la persona. Y el que cierra los ojos no penetra sólo en su egoísta función: todo lo mide, lo cuantifica, lo pesa, ¿cabe por algún sitio lo gratuito?

"Lo bello vale tanto como lo útil. Tal vez aún más".

La estética humaniza y eleva al hombre, le hace salir de sí mismo y entrar en la belleza, permitiéndole el acceso a unas realidades superiores donde el espíritu humano penetra con respeto y, a la vez, se enriquece. Aquí las ideas se disparan y multiplican, y, al verse impotentes en su descripción, enmudecen, dejando paso al asombro, a la admiración, al silencio contemplativo. Y también aquí los sentimientos empiezan a surgir, sin orden ni concierto, en maravillosa sinfonía, como tormenta torrencial que deja la tierra humedecida.

En el mundo de la naturaleza todo es gratuito. Nada ha sido producido por el hombre. Si este deja de tomar las cosas por su eficacia y productividad, y las mira por lo que son, no por lo que valen, las maravillas de la naturaleza se tornarán en fuente de belleza y primer ejemplo de gratuidad: todo le ha sido dado al hombre.


La gratuidad es indispensable en el amor; también en el amor a Dios. Gratuidad es generosidad, es dar sin necesidad, sin tener que hacerlo, simplemente por amor. Dios ha sido magnánimo con nosotros, se nos ha dado en sobreabundancia, sin ningún mérito por parte nuestra. El estilo de amor de Dios con nosotros es una continua invitación a que nosotros le tratemos a Él con la misma generosidad con que Él nos trata.

Y quisiera citar otro texto que habla del mismo tema desde otro punto de vista. Para mí es una invitación a orar más, a contemplar más a Dios, a darme más tiempo y tiempo de más calidad para estar con Él simplemente "porque sí" y luego dejar que Dios se manifieste.

"La obra de la cultura es, en efecto, revelación. Ella intenta, aunque el artesano no pueda tener conciencia del Espíritu que le ilumina, manifestar la Gloria de Dios oculta y cautiva en la creación. En la vasija que modela, en los hijos que despierta a su libertad o en el poema que crea, el hombre que cultiva la creación trata de revelar el significado de una inmensa sinfonía donde él es, a la vez, instrumento insustituible y testigo maravillado. Busca el Rostro amado que lo llama desde las profundidades de su ser" (...)
"Para que nuestra mirada libere toda la Belleza escondida en todos los seres, necesita antes ser bañada de luz, en Aquel cuya mirada derrama la Belleza. Para que nuestra palabra pueda expresar la sinfonía del Verbo, debe primero fundirse en el silencio y en la armonía. Para que nuestras manos modelen el icono de la creación, antes tenemos que dejarnos hacer por Aquel que une nuestra Carne al esplendor del Padre".
(Jean Corbon)






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