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El nuevo anticatolicismo en Estados Unidos
¿Y qué se puede decir de las críticas dentro de los círculos católicos?


Por: Zenit | Fuente: zenit.org




El anticatolicismo está gozando de un nuevo impulso en Estados Unidos. Así lo afirma Philip Jenkins en su último libro, «The New Anti-Catholicism: The Last Acceptable Prejudice» (Oxford University Press) («El nuevo anticatolicismo: el último prejuicio aceptable).

Profesor de historia y estudios religiosos en la Universidad estatal de Pennsylvania, Jenkins comienza explicando que abandonó la Iglesia católica y que, desde finales de los años ochenta, pertenece a la Iglesia episcopaliana. «No tengo interés alguno en defender a la Iglesia católica, ni se me puede considerar como un defensor acrítico de las posturas católicas», escribe.

El libro no se anda por las ramas. «Los católicos y el catolicismo son el objetivo final de una gran parte de las críticas sorprendentes de los Estados Unidos de hoy», arguye. Más que el número de asombrosos ataques, lo que resulta más sorprendente son las corrientes mediáticas que minimizan hasta las más violentas acciones anticatólicas, observa Jenkins. Actos parecidos cometidos contra otros grupos habrían recibido mucha más publicidad y hubieran sido criticados como «crímenes odiosos».

En las últimas décadas una mayor sensibilidad cultural ha llevado al abandono de estereotipos sociales sobre grupos étnicos o religiosos. Actualmente, una calumnia antisemita o misógina puede destruir rápidamente una carrera pública. La «única excepción relevante a esta regla» es denigrar a la Iglesia católica.

Por ejemplo, se busca desalentar en las escuelas y universidades las pequeñas representaciones que implican seudo ataques del Ku Klux Klan contra personas de color o contra musulmanes. Por el contrario, se toleran abiertamente las sátiras que ridiculizan a los sacerdotes, al Papa o a la Eucaristía.

La comparación entre las manifestaciones anticatólicas y otros prejuicios revela una diferencia determinante, observa Jenkins. Los ataques contra judíos o personas de color se dirigen generalmente contra una persona o una comunidad, mientras que con frecuencia en el caso de los católicos el objetivo es la institución de la Iglesia. Ahora bien, suele ser una justificación débil decir que un ataque contra una institución no constituye intolerancia. «La institución de la Iglesia es fundamental para la religión católica», explica Jenkins. Las actitudes contra la Iglesia conducen al desprecio por los católicos, quienes --siguiendo este razonamiento-- deben ser débiles y serviles.

No todas las críticas contra la Iglesia o su doctrina son intolerantes, afirma Jenkins. La Iglesia ha cometido muchos errores en el pasado y no todo lo que la Iglesia hace como institución está fuera de discusión. Pero, hay una gran diferencia entre criticar a un obispo o un tema, y un ataque generalizado contra la religión o la institución en cuestión.

¿Y qué se puede decir de las críticas dentro de los círculos católicos?

Jenkins afirma que es un error pensar que los ex católicos no pueden ser culpables de intolerancia. Cuando Andrés Serrano, por ejemplo, exhibió un crucifijo dentro de un bote lleno de orina, sus defensores afirmaron que, como ex católico, sólo estaba explorando el simbolismo católico. Sin embargo, apunta Jenkins, la obra era claramente blasfema.

El libro también distingue entre el debate en la Iglesia sobre cuestiones de doctrina, y los ataques que pueden ser considerados como anticatólicos. El debate interno es común en la Iglesia. Pero cuando este conflicto interno se vuelve virulento, o niega elementos fundamentales de la fe, ya no puede ser considerado como «oposición leal». Un ejemplo es un libro reciente del ex sacerdote James Carroll, en el que defiende la abolición de la supremacía papal, rechaza la idea de la expiación ofrecida en la muerte de Cristo y, en general, según Jenkins, rechaza virtualmente toda la teología cristiana.

El cambio de los años 60

Los ataques contra la Iglesia católica no son algo nuevo en los Estados Unidos. Jenkins observa que el anticatolicismo del siglo XIX y de principios del XX se basaba principalmente en tensiones entre clases y etnias. El anticatolicismo actual, por el contrario, proviene de los cambios sociales radicales de los años 60. Estos cambios llevaron a que surgieran grupos de interés como las feministas o los activistas homosexuales que se oponen a la Iglesia fundamentalmente por motivos ideológicos.

Esta confrontación entre la Iglesia y la mentalidad liberal es un cambio que puede ser comparado a los años que precedieron a la década de los 60. Jenkins observa que los círculos católicos han sido fieles aliados del Partido Demócrata desde tiempos del New Deal en los años treinta. En muchos temas --sociales, bienestar, derechos civiles, inmigración, intervención gubernamental-- la Iglesia y el liberalismo fueron aliados.

Esta alianza comenzó a resquebrajarse en 1968, con la publicación de la encíclica «Humanae Vitae», que mantuvo la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción. Otra división mayor tuvo lugar con la decisión del Tribunal Supremo en 1973 que legalizaba el aborto. Las batallas que siguieron sobre el divorcio y el feminismo confirmaron la ruptura entre el liberalismo y la Iglesia.

Otro cambio, esta vez interno a la Iglesia, ha añadido leña al fuego de los ataques actuales. En el pasado, los católicos presentaban como un frente unido contra los prejuicios. Ahora, la división dentro de la Iglesia permite que muchas acusaciones tengan audiencia entre los católicos. Esto da a la retórica mayor credibilidad, y posteriormente implica a los medios en sus críticas. Además, los disidentes católicos en Estados Unidos, a diferencia de los que les precedieron, tienen más posibilidades de hacer públicas sus quejas.

Una inesperada alianza

La disensión pública de los católicos encuentra un aliado fácil en los medios liberales que, con frecuencia, son hostiles hacia la Iglesia y sus enseñanzas, observa Jenkins. Añadido a esto está el antagonismo surgido tras el Watergate de los medios de Estados Unidos hacia las instituciones en general. Y los medios pueden encontrar rápidamente ex monjas o ex sacerdotes dispuestos a respaldar sus ataques contra la autoridad.

El libro dedica un capítulo a analizar la hostilidad de las feministas hacia la Iglesia. «La idea de que la Iglesia es un enemigo mortal de las mujeres se acepta comúnmente en los medios de noticias y en la cultura popular», afirma Jenkins. De hecho, mientras la Iglesia discrepa del feminismo radical en algunos aspectos, «la postura católica no tiene nada de reaccionario u obscurantista, como la visión caricaturizada podría sugerir».

Sin embargo, el sacerdocio y la jerarquía reservados a los varones hacen de la Iglesia un blanco fácil para las feministas. Mientras la cólera feminista contra la Iglesia se enfoca con frecuencia en temas específicos, escribe Jenkins, «podemos también ver un elemento religioso inconfundible que desafía enérgicamente todo el fundamento de la Iglesia, y que con frecuencia proporciona una plataforma para el anticatolicismo abierto».

No sería completa la imagen del movimiento anticatólico sin analizar la reciente crisis sobre abusos sexuales atribuidos al clero. El escándalo «dio pie para la amplia expresión pública de un grotesco sentimiento anticatólico y anticlerical, así como para el renacimiento de todos los antiguos estereotipos».

A pesar de todos los casos demasiado verdaderos de abuso sexual del clero y de ocultación episcopal, Jenkins defiende que las críticas a la Iglesia fueron desproporcionadas y fueron usadas por los grupos de interés como una oportunidad para atacar aspectos fundamentales de las creencias católicas. «En la historia moderna, ninguna confesión ha sido atacada de manera tan sistemática, tan pública, y con tanto veneno», escribe. La cobertura de los medios, en ocasiones distorsionada e inexacta, dio la impresión de una institución inundada de escándalos, cuando de hecho los abusos implican a cerca del 2% de los sacerdotes.

Jenkins concluye advirtiendo que los sentimientos y el activismo anticatólico tardará en desaparecer. Ahora bien, los católicos son conscientes de las palabras de Jesús, que dijo: «Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros».








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