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E. Carácter Realista (noEmotivo-Activo-Primario)
El realista es el carácter más extrovertido de todos. Es un amante de la vida, oportunista, versátil y educado


Por: . | Fuente: Catholic.net



1. Descripción de los rasgos más característicos.

El realista es el carácter más extrovertido de todos. Es un amante de la vida, oportunista, versátil y educado.
Con un gran sentido analítico, buen sentido práctico, una gran inventiva y gran destreza manual, muy independiente en sus juicios y críticas. Destaca por sus dotes
diplomáticas, inteligencia clara y buena observación. La ironía es una de sus armas predilectas.

Está predispuesto al egoísmo y a la codicia. Es propenso a la intriga, la denigración, el cinismo. Es inconstante, falto de sistematización; tiene grandes necesidades sensuales por su curiosidad malsana. Es insensible, sin convicciones hondas, dado a la dispersión, al escepticismo, al libertinaje, a la picardía y a la glotonería.

Su inteligencia tiene muchos puntos fuertes: comprensión rápida, claridad y precisión en las ideas, capacidad crítica y expresión objetiva. Posee una natural inclinación a obrar, admirable adaptación a las circunstancias, a las situaciones concretas, deseoso siempre de conocer, más reflexivo que impulsivo. Se interesa por las cosas concretas, que impresionan los sentidos. Apegado al dinero. Es versátil: tiene el sentido del trabajo y del trabajo hecho inteligentemente, pero se aplica a él de manera irregular; también busca el resultado de inmediato.

El valor que busca instintivamente es la utilidad y el éxito inmediato en el campo social con el fin de saciar su avidez y la propia vanidad. Se fija más en la apariencia que en la sustancia.

2. Comportamiento religioso.

Al carácter realista le faltan convicciones profundas, tiene un verdadero vacío interior; por ello, su sentimiento religioso es muy superficial y muy escasa su piedad. Practica la religión más por costumbre que por convicción religiosa. Puede tener también tendencias racionalistas.

Tiene una cierta curiosidad intelectual por la vida sobrenatural; curiosidad que busca explicaciones. Pero en realidad está poco dispuesto para la vida espiritual, mantiene una actitud crítica, sobre todo contra los caracteres emotivos en el campo religioso, pues él es frío y calculador, en función de sus gustos e inclinaciones.

Reza, pero sólo por el éxito de sus obras. Al carecer de emotividad, se complace poco en la oración; no la cree necesaria y por eso la abandona sin mayores problemas. Se inclina al sacrificio siempre que vea un resultado inmediato. No es humilde ni sensible a la voz del sufrimiento, de la miseria o de la debilidad ajena.

3. Pedagogía pastoral.

Este carácter también ha dado grandes santos a la Iglesia. Ejemplos: santo Tomás Moro, san Bernardino de Sena y san Juan Capistrano

a. Actitud de formador.

El dirigido con carácter realista considera que la dirección espiritual es una pérdida de tiempo, que no sirve más que para complicar la vida, especialmente cuando las conversaciones se hacen frecuentes y largas. En general, quiere resolver por su cuenta los problemas; así se cree más independiente, ya que tiene una gran confianza en sí mismo. Por eso, el formador, además de buscar la forma adecuada de relacionarse con él, porque es difícil de trato, debe cimentar su labor sobre razones y no sobre sentimientos.
Hay que suscitar el desarrollo de la emotividad. Crear un ambiente afectivo, para que a través de la acción de los demás, constate la existencia de valores elevados en el mundo, que llenan el alma. Formarle con razonamientos convincentes y no con reproches, buscando siempre el lado bueno.

Para desarrollar sus cualidades positivas hay que influirle a través de su inteligencia. Habituarle a organizar y dirigir bien su actividad a través de un trabajo metódico y continuo para robustecer su voluntad. En cuanto a la castidad, hay que prestarle mucha atención porque es muy dado a la sensualidad.

b. Vida espiritual.

Aunque el carácter realista se inclina, por una parte, a reducir al mínimo sus deberes religiosos y carece, por lo general, de vida interior; por otra, hay que decir que posee una inteligencia que le ayuda eficazmente a ir conociéndose a sí mismo. Hay que formarle, por tanto, con ideas claras, con energía y a la vez con corazón paternal, de tal manera que vea, comprenda y ame las virtudes que le son necesarias.

Hacerle comprender que la religión no es el resultado de "unos sentimientos" sino que para conocerla, y sobre todo para vivirla, hace falta la inteligencia que busca la verdad y la voluntad que somete la vida entera a la voluntad de Dios.

No hay que dejar que reduzca a la mínima expresión los medios de perseverancia. Hacerle comprender que la vida espiritual no es resultado de unos sentimientos, sino la adaptación personal a todo lo que Dios comunica; por eso, presentársela como la entrega de sí mismo a Dios y a los demás, a imitación de Cristo. Como desea conocer cosas nuevas, aprovechar su inteligencia para que experimente personalmente lo maravilloso que puede ser la vida espiritual.

c. El apostolado.

Necesita cultivar la sensibilidad y la conciencia apostólica. Hay que suscitar también motivos elevados para realizar el apostolado, ayudarle a perseguir objetivos concretos y a seguir un plan de trabajo. De este modo luchará contra la dispersión.
Se le debe inculcar el silencio y el alejamiento del mundo. Educarle el sentido de comprensión y de colaboración social con miras al apostolado ya que para él, un apostolado no se comprende si no es en sentido social.

Es un buen organizador: tiene sentido de lo práctico, demuestra calma ante las dificultades, sabe esperar y, sobre todo, es objetivo, claro y rico en iniciativas. Pero no considera que es un simple instrumento en las manos de Dios y que ha de crear una disposición interior que no impida la acción de Jesús en la santificación de las almas. Debe persuadirse de que el verdadero sentido de la actividad apostólica nace de Jesucristo y es para la extensión de su Reino.

d. Elevar al plano sobrenatural su utilitarismo.

El formador debe ingeniarse para elevar al plano sobrenatural su utilitarismo. En cuanto a las prácticas externas, hay que transformarle ese deseo de aparecer, que actúe no por la mezquina estimación de los hombres, sino por la extensión del Reino de Cristo.

Necesita una formación muy intensa en estos tres puntos:

1) Debe combatir el egoísmo y formarse en la humildad: posee un egoísmo frío, una verdadera indiferencia ante las necesidades de los demás: para él no existe el sentimiento, sino la utilidad; por eso hay que procurar que en su actividad domine el motivo intelectual y su celo apostólico en vez del espíritu utilitario.

2) La formación en la mortificación cristiana: darle motivos para que se desprenda de los bienes terrenos, domine la gula, el afán de comodidad, etc.

3) Hay que espiritualizar su bondad natural con la verdadera caridad: hay que educarle antes que nada en miras a la simpatía y al amor. Animar su sentido comunitario. Acostumbrarle, poco a poco, a la delicadeza, a la lealtad, a combatir con valor y constancia su egocentrismo.

Una vez que el realista se haya formado en la verdadera humildad y en la confianza de poderse corregir, cuando ya esté orientado hacia el amor personal de Jesucristo y quede convencido de la belleza y de la necesidad de la entrega total de sí mismo al servicio de los demás, entonces podrá llegar a ser eficaz colaborador de Jesucristo en la salvación de las almas y un activo apóstol de la Iglesia.
 

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