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H. Carácter Conservador (noEmotivo-noActivo-Secundario)
El carácter Conservador goza de una objetividad e indiferencia poco comunes, es una persona de principios fijos y fríos; avaro, conservador


Por: . | Fuente: Catholic.net



1. Descripción de los rasgos más característicos.

El carácter Conservador goza de una objetividad e indiferencia poco comunes, es una persona de principios fijos y fríos; avaro, conservador. Sus valores principales son la disciplina, la fidelidad y la rica imaginación. Casi siempre es sincero, honrado y digno de confianza.

El Conservador suele caracterizarse por una pasividad habitual en un total sometimiento al pasado y a los hábitos que va adquiriendo. Su vida está apagada, carece de fuerza interior, entusiasmo y alegría. Es el tipo rutinario, conservador y esclavo de las tradiciones y costumbres. Es el más terco de todos los caracteres.

El conservador es meditativo y lento; se separa de cuanto lo rodea para insistir en su pesimismo y carencia. Es un carácter pobre y está sometido a las necesidades orgánicas y al automatismo. La pereza es algo constitucional en el apático, es retraído y solitario, no se interesa por nada. No siente necesidad de trabajar. No tiene iniciativas.

En cuanto a la vida social tienen pocas cualidades, pues siente un atractivo especial por la soledad y el aislamiento. Le gusta la tranquilidad, la vida monótona. Es cerrado, independiente, insensible y egoísta. Su lema es: "Pensar en sí mismo y quejarse".

Carece del estímulo de la emotividad y de la ayuda de la actividad. Por está razón permanece casi en estado potencial, sin movilizar, prácticamente sin tensión. Es una inteligencia muy mal dotada para extraer lo esencial, para la abstracción y para el establecimiento de relaciones lógicas. El pensamiento es incoherente y pobre de ideas.

2. Comportamiento religioso.

Tiene muy poca vivencia espiritual. Es indiferente en cuanto a religión. Tiene poco gusto por las prácticas de piedad. El apático sigue fácilmente a los demás en la oración y también es capaz de seguir con fidelidad un método de oración. Pero no tiene fervor interior, ni iniciativas, sobre todo para rezar personalmente.
Carece de energía espiritual por indolencia. Su inactividad y la no emotividad lo debilitan para alcanzar ideales de orden superior. Lleva por dentro un gran vacío interior.

Comprende que la dirección espiritual es muy útil para conocerse y ser mejor, pero no ve su conveniencia ni concibe su necesidad, por estar aferrado a sus ideas. Esto es una dificultad para cambiar su manera habitual de vivir.

3. Pedagogía pastoral.

También este carácter ha dado santos a la Iglesia, como san José de Cupertino.

a. Actitud del formador.

El formador puede tener mucha influencia en su formación, pues el apático necesita mucha simpatía, afecto y aliento. Muchas veces ha sido la falta de aliento y afecto durante su vida pasada lo que le ha causado una reacción de sombría tristeza. Una cara alegre, un corazón expansivo por parte del formador es la mejor manera de ganárselo. Esto le inducirá a la confianza y a la simpatía.

Con el Conservador hay que combinar la motivación con la exigencia. Estimularle en su trabajo, interesarse por lo que hace y proponerle metas de dificultad progresiva. Por otra parte, hay que fomentar hábitos de trabajo y actitudes de apertura y colaboración con sus compañeros de equipo.
Sus dos grandes defectos son la insensibilidad y su inactividad. Conviene poner remedio a base de un trabajo serio y con mucha paciencia y constancia; pero además, con mucho afecto y firmeza.

b. La vida espiritual.

Después de haberle mostrado con mucha delicadeza el lado débil de su carácter, hacerle comprender -sin desanimarle- que también él puede corregirse y progresar mucho en la vida espiritual. Hacerle comprender que la secundariedad para él constituye una verdadera fuerza espiritual, esto le animará y le infundirá confianza.
Por tanto, conviene que realice frecuentes actos de virtud: buscar la manera de transformar su instintiva inhibición en actos de voluntad. Que adquiera hábitos buenos en los distintos campos de las virtudes; que se acostumbre a vivirlas profundamente y no sólo a ejercitarlas rutinariamente.

Hay que proponerle la vida espiritual como un llamado amoroso de Dios a participar en la vida divina que es misericordia y amor. Hacerle comprender que la esencia de la religión se resume en el amor a Dios y al prójimo. Tampoco exponerle grandes metas o elevados ideales a alcanzar, sino irlo llevando poco a poco.

Motivar la confianza en la misericordia de Cristo y que él también puede llegar a santificarse mediante la oración. Hay que aprovechar su preferencia por lo que es habitual, para darle a conocer, antes que nada, un buen método de oración y una organización vital, no formalista, de la piedad: que ponga en ella toda la vida de su alma, y no la reduzca a una simple recitación vocal de algunas oraciones. Acostumbrarle a oraciones en las que pida por los demás o se ofrezca a sí mismo a Dios. Presentarle a Dios, bajo el aspecto de la bondad, como misericordia y verdadero refugio de los miserables y de los pecadores; a Jesucristo como Mediador, Salvador de los pecadores y consolador de los afligidos y de los necesitados.

No conviene exponerle la vida sobrenatural como un simple catálogo de reglas y prohibiciones, que cada vez le dejarían más indiferente, sino como un llamamiento amoroso de Dios a participar en la vida divina. Es conveniente, pues, hacerle comprender que toda la esencia de nuestra religión se resume en el amor de Dios y del prójimo. A través de una práctica dosificada de amor a Dios y al prójimo, se desarrollará necesariamente en él una cierta emotividad que contribuirá a crearle una tendencia a la actividad.

Hay que ejercitarle en obras que desarrollen el sentido de la obediencia por amor, y la aceptación de una responsabilidad que le comprometa sobrenaturalmente. Animarle mucho con el fin de demostrarle que también él, no obstante su gran debilidad, puede conseguir santificarse; que debe tener mucha confianza en la bondad y misericordia de Cristo.

c. El apostolado.

Se le facilita por su sentido del deber, su sentido de disciplina y su honradez y lealtad; sin embargo la indolencia es el gran obstáculo para el apostolado. No ve en él ninguna satisfacción. Ni comprende su necesidad. Carece de iniciativas. Tampoco tiene vitalidad ni fortaleza para hacer frente a las dificultades de toda obra de apostolado.

Hay que motivarle con el fin de suscitar un principio de inquietud por hacer algo. Así irá disminuyendo en él la dureza innata y la manera mecánica de comportarse. Conviene animarlo mucho y darle muestras de confianza, así irá saliendo de su inactividad y de su no-emotividad. Hacerle experimentar la satisfacción del esfuerzo y del éxito logrado para motivar el apostolado realizado por iniciativa personal, no por automatismo o por hábito, sino como fruto de su deliberación.

Hacerle trabajar en equipo con otro de carácter equilibrado, que llegue a ser como el "Ángel de la Guarda", para que se le abran la mente y el corazón a la emotividad y al trabajo. Sacar provecho de su inclinación a hacer las cosas por costumbre y de su tendencia a la terquedad, encauzándolas en una actividad fundada en el sentimiento y en la dócil colaboración.
El formador debe despertar el gusto y la satisfacción que proporciona la entrega a un ideal elevado. Hay que desarrollar las virtudes altruistas. Inducirle a considerar las necesidades del prójimo, e interesarle por los demás.

El secreto del éxito del apático estriba especialmente en la formación de la vida espiritual puesto que en su interior no existe nada que le empuje a la acción, habrá que estimularle por medio de los elementos exteriores. Según su capacidad, poco a poco hay que irle insinuando maneras con las cuales puede poner en juego su emotividad y actividad en el plano natural y sobrenatural. Cuando el apático haya despertado de ese letargo en que naturalmente vive y se dé perfecta cuenta de que solamente los que trabajan se hacen merecedores de una recompensa, como los obreros a la hora undécima y que recibieron luego la misma paga y la misma alabanza que los que habían trabajado todo el día; a pesar de sus modestas dotes naturales, si las emplea como debe, con la ayuda de la gracia, recibirá de Dios la recompensa y la gloria que durarán eternamente.

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