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El silencio de los muertos
Una plegaria llena de elogios a la generosidad divina para con un invidente que ha engendrado ocho hijos


Por: Clemente Ferrer Roselló |



Ayer me entrevisté con un invidente y me estremeció su grandeza de ánimo y su entrega generosa a la vida. Su discapacidad le impulsa a una generosidad sin límites. Está casado, con una vidente y es padre de ocho hijos, el mayor de 13 años y la menor de pocos días.

Me decía que por la experiencia de la vida no eres nada y se busca refugio en tantas cosas inútiles, porque eres incapaz de ser tú mismo.

Un silencio profundo en el alma; de donde vengo y a donde voy. Desgarrado el corazón al contemplar mi nada, vislumbro una luz brillante que me guía, me lleva a un destino maravilloso, a un cielo radiante y lleno de vida, a contemplar las bondades divinas a través de mi humilde persona. Soy invidente, pero soy muy feliz.

Le debo a Dios todo lo que tengo y debo darle gracias por lo generoso que ha sido conmigo y, con certeza, que no merezco tanto gozo. Soy feliz porque no necesito nada, vivo con lo mínimo para poder subsistir.

Estoy creado para ser un hombre nuevo y ante este bellísimo panorama, ser un hombre que ame con locura la vida y ser dichoso a través de la entrega a los demás.

El sufrimiento está colmado de alegrías, no es un mal es un bien que enriquece el alma del que tiene la fe en un mas allá.

Culminó nuestra charla con unas palabras que me sobrecogieron; quién siembra con sufrimiento recoge cantares que no sacian y transportan el alma a la felicidad más alta.

Ese rato de conversación fue una plegaria llena de elogios a la generosidad divina para con un invidente que ha engendrado ocho hijos.

La palabra nace en el silencio y en el silencio muere.

Comentarios al autor clementeferrer@yahoo.es







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