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Mi felicidad es Dios

Testimonio de Esmeralda, madre de familia de 32 años.España, febrero de 1994.


Por: Marcelino de Andrés |



Me piden que hable sobre la felicidad y lo primero que debo decir, porque es verdad, es que yo sí soy feliz. A primera vista, esto parece apoyarse en una vida de familia en la que me siento querida, en un trabajo que desempeño con interés (ya que me gusta), en el poder sentir que tengo el dinero suficiente y en el gozar de buena salud.

En mi vida hay, como creo que en la de todos, aguijonazos de dolor y preocupación: un familiar permanentemente incapacitado, el saber que mi trabajo es algo inestable,... etc. Por supuesto, no faltan los contratiempos: un día el coche no arranca, otro te hieren las palabras de una persona, o el trabajo se hace estresante, o no te entiendes a ti mismo y, además, el niño no para de llorar y te ha hecho levantarte un montón de veces por la noche.

Sin embargo, todas estas situaciones no hacen que me sienta, en absoluto, algo menos feliz, porque mi felicidad es otra cosa.

De hecho, si miramos a nuestro alrededor, encontramos muchas personas con problemas familiares (referidos a sus hijos, a sus padres o a su cónyuge), o que no van muy bien económicamente, o con su salud resquebrajada por un lado u otro, etc. Y, viviendo situaciones parecidas, unos siguen siendo felices, otros se sienten desgraciados y algunos consideran que no merece la pena vivir así.

Por tanto, la felicidad no depende de las cosas en sí, sino de la persona misma; de algo mucho más profundo que un conjunto de situaciones más o menos placenteras.

Así, no soy feliz por tener cosas, ni por triunfar socialmente, ni por disfrutar de tantas cosas que entran por los sentidos y que la publicidad nos presenta como fuentes indispensables de placer. Me siento feliz por algo que está dentro de mí, que procuro cultivar día a día: es la presencia de Dios en mi camino lo que me hace feliz.

De este modo, intento ver a Dios a mi lado en todos los acontecimientos de mi vida, porque he sido yo quien quiere dejar abiertas de par en par las puertas de mi ser a Cristo, como nos aconseja el Papa. Y si las cosas van bien, sé que es un regalo de Dios, que debo agradecer (¡qué bien sabemos que nuestro matrimonio es un maravilloso regalo de Dios, por el que intentamos corresponder!). Si las cosas no salen bien, intento no perder la paz y recordar que se me brinda una ocasión estupenda para demostrar con obras mi desprendimiento del falso paraíso del confort, en el que a veces uno desea sumergirse; o para demostrar que quiero a las personas que me rodean (es muy fácil querer a los demás cuando no te necesitan ni te piden nada); o que ha llegado el momento de ver si de veras acepto la voluntad de Dios respecto a mi vida; o digo como San Agustín antes de su conversión: "¡Señor, ayúdame a vivir las virtudes... pero, no ahora...!"

Por todo esto, y puesto que sé que a lo largo de mi vida pasaré por altibajos de situaciones laborales, económicas y afectivas (probablemente veré morir a mis padres, envejeceré y la buena salud que ahora tengo, no se mantendrá indefinidamente), sería absurdo que pusiera mis esperanzas de felicidad en estas cosas.

Afortunadamente estoy segura de que Dios no se olvida de mí. "¿Puede una madre olvidarse de su hijo? Pues, aunque ella se olvide, yo no me olvidaré de ti", nos dice el mismo Dios en la Biblia. Eso sí que me da una felicidad que nada ni nadie es capaz de quitarme.


Reflexión:

El camino de la vida está tejido de subidas y bajadas, rectas y curvas, terracería y asfalto. Pero todo eso junto no es capaz de influir en aquellos que han puesto su felicidad en lo profundo de su corazón. Ahí es donde Dios se transforma en paz, satisfacción, triunfo auténtico, felicidad verdadera.


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