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Adviento

La indiferencia de los judios
Mateo 11, 16-19. Adviento. Aprendamos a dar gracias y gustar lo que Dios nos da.


Por: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net



Del santo Evangelio según san Mateo 11, 16 - 19
«¿Pero, con quién compararé a esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros diciendo: "Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no os habéis lamentado." Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: "Demonio tiene." Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: "Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores." Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras».

Oración introductoria
Señor, quiero iniciar esta meditación pidiéndote perdón con humildad por mis faltas y omisiones al no saber descubrir lo bueno que hay en los demás. Ilumina mi oración para que ésta me lleve a crecer en el amor a los demás.

Petición
Jesucristo, dame un corazón auténticamente bondadoso para crecer en una de las expresiones más auténticas de la caridad: la benedicencia, que es el amar a los demás por medio de la palabra.

Meditación del Papa Benedicto XVI
Y está el otro modo de usar la razón, de ser sabios: el del hombre que reconoce quién es; reconoce su medida y la grandeza de Dios, abriéndose con humildad a la novedad de la acción de Dios. Así, precisamente aceptando su propia pequeñez, haciéndose pequeño como es realmente, llega a la verdad. De este modo, también la razón puede expresar todas sus posibilidades, no se apaga, sino que se ensancha, se hace más grande. Se trata de otra sofìa y sìnesis, que no excluye del misterio, sino que es comunión con el Señor en el que descansan sabiduría y conocimiento íntimo, y su verdad.
En este momento pidamos al Señor que nos conceda la verdadera humildad; que nos dé la gracia de ser pequeños para poder ser realmente sabios; que nos ilumine; que nos haga ver su misterio de la alegría del Espíritu Santo; y que nos ayude a ser verdaderos teólogos, que pueden anunciar su misterio porque han sido tocados en la profundidad de su corazón, de su existencia. Amén. (Benedicto XVI, 1 de diciembre de 2009).

Reflexión
Jesús comienza a palpar con crudeza la indiferencia de los judíos. Los que no han creído a Juan el Bautista, -hombre de sacrificio y gran austeridad-, tampoco creen en Él. Sus obras, su autoridad y sus milagros sirven para contentar unas horas, quizás algún día, pero no logran para convertir los corazones, ni desarraigar el pecado. Las gentes que alaban a Dios, son capaces, acto seguido, de olvidarse de lo que “han visto y oído.” Ante esta decepcionante situación, Jesús les narra un “cuento” pero esta vez, se lo explica. Se diría que no puede contener su desencanto, su decepción...

Una de las experiencias más amargas que podemos experimentar al desvivirnos por alguna persona, sea familiar o amigo, es cuando no somos correspondidos. Si en “pago”, por los servicios prestados se nos ignora o se nos critica, nos sentimos traicionados y heridos. A Jesús en este pasaje le sucede algo parecido. Se siente triste y decepcionado de la respuesta del hombre. Él como Dios, nos ha amado y querido hasta el límite –inigualable- de la encarnación y de su muerte en cruz. En su vida no hizo otra cosa que pasar “haciendo el bien”... y todo este despliegue de compasión, de amor y misericordia ¿dio fruto? ¿cuál fue la respuesta recibida a cambio? Sabemos que la semilla dio fruto después de su muerte. En nuestro caso, tenemos que reconocer que “todo” podría estar a nuestro favor. Tenemos su presencia en la eucaristía, su gracia sacramental, su acción a través de su Espíritu Santo... tenemos a María, Madre nuestra.

Ojalá el Señor vea cómo vamos poco a poco progresando en su conocimiento, aprendiendo a apreciar, a gustar todos estos medios que nos hacen sus amigos y nos impulsan a compartir con Él las penas y las alegrías. Nuestra felicidad y realización personales dependen de saber escuchar y responder al Señor y con más razón durante este Adviento, preparándonos a su venida.

Propósito
Siempre, antes de iniciar mi oración, pedir humildemente la luz del Espíritu Santo.

Diálogo con Cristo
Cristo, del amor por Ti puede nacer esa bondad en mi corazón que me lleve a ver lo bueno de todo y de todos. Quiero pensar y hablar siempre bien para construir y edificar en el amor. Que nunca agregue a mis comentarios algo que no sea verdad y que busque comentar siempre lo positivo que hay en los otros. Que nunca permita en mis conversaciones la crítica o la murmuración. Con tu gracia, Señor, lo puedo lograr.




 

Artículo patrocinado.

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