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¿Conflictos en familia?
Si guardas silencio, hazlo por amor; si gritas, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor


Por: P. Fernando Pascual |




Cuando estalla un conflicto en el hogar cada una de las partes se coloca en actitud defensiva. Ni el esposo quiere sentirse derrotado ante la esposa, ni la esposa ante el esposo, ni el hijo ante sus padres, ni los padres ante el hijo. Quizá por esto los conflictos implican una fuerte carga de tensión, pues nadie quiere sentarse en la silla de los vencidos: todos quieren imponer las condiciones de los vencedores. Si uno, al final, tiene que agachar la cabeza, el sentimiento de fracaso puede llevar a un estado de amargura y descontento que preparará, seguramente, la tormenta que estallará en el siguiente momento de conflicto: “ahora sí que no voy a ceder...”

Existen métodos y libros que buscan caminos de solución a las situaciones conflictivas. Algunos defienden que hay que llegar a un “acuerdo”, una especie de tratado de paz que significa que ninguno pierde, aunque a veces se da la impresión de que ninguno gana... Otros apuntan sobre todo a la superioridad psicológica de los padres, que deberían encontrar modos para imponerse sin que los hijos se sientan humillados; estos métodos, sin embargo, no pueden ayudar mucho cuando no existe tal superioridad psicológica, especialmente si el conflicto es entre los mismos esposos o entre padres e hijos ya maduros. Otros buscan crear estructuras “libertarias” en las que cada uno pueda hacer lo que quiera, sin que el otro se sienta ofendido en absoluto, lo cual es como esconder la cabeza debajo del ala: si dos personas se aman (y esta es la ley fundamental de toda familia madura) no pueden vivir en total indiferencia respecto de lo que el otro haga. Lo contrario es un modo de habitar juntos como egoístas “asociados”, y aún así, si hay “asociación”, tendrá que haber conflictos...

En el fondo de cualquier camino de solución se hace necesario volver a la regla fundamental del amor. “Ama y haz lo que quieras”, decía san Agustín, cuando explicaba la Biblia y la aplicaba a la educación familiar. Al “ama y haz lo que quieras” san Agustín añadía: “si guardas silencio, hazlo por amor; si gritas, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; si la raíz es el amor profundo, de tal raíz no se pueden conseguir sino cosas buenas”.

Entonces, para superar los conflictos, más que buscar “técnicas” (y algunas pueden ser muy útiles), hay que preguntarse: ¿cómo está el amor en la familia? ¿Se aman los padres entre sí? ¿Aman de verdad a cada hijo? ¿Han aprendido los hijos a amar a sus padres al ver el testimonio que reciben continuamente de ellos? ¿Se aman los hermanos entre sí porque les han enseñado sus padres a respetarse, a perdonarse, a ayudarse, a ser de verdad “hermanos”?

Cierto: también el amor se puede cultivar y fomentar con “recetarios” y libros muy bien documentados. Pero si falta ese corazón bueno que sabe verlo todo con ojos de bondad, las técnicas se convierten en fríos formularios que se aplican sólo mientras nos acordamos. Al poco tiempo, el corazón que no tiene esa capacidad de perdón y comprensión volverá otra vez a condenar a la esposa porque está sucia la cocina, al esposo porque está desordenado el salón de estar, o a los hijos porque no han sacado buenas calificaciones. Y el conflicto será, de nuevo, la triste noche que domine el ambiente de un hogar dividido.

Hay que aprender a amar. No sólo como “terapia”. Es el centro de la vida de todo ser humano. Con dinero se puede tener un buen coche, pero uno no se siente plenamente realizado. Si uno ama y es amado, especialmente en casa, el mundo es distinto. Lo saben los enamorados que no han dejado de serlo después de 25, 40 ó 50 años de casados. Lo saben los hijos que han visto siempre el cariño de sus padres. Lo saben los niños que pueden nacer porque el amor les permite entrar en este mundo. Quizá así, algún día, nuestro planeta pueda sonreír de un modo nuevo y gozar de una paz que pocos han tenido, pero que todos querríamos tener. Depende de cada uno poner su parte...



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Comentarios al autor: P. Fernando Pacual



 

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