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Advertencia de los Papas
Ante determinadas actitudes de desobediencia de algunos sacerdotes y religiosos, los papas han reaccionado con claridad en el plano doctrinal, y con exquisita prudencia en el disciplinar.


Por: P. Paulo Robles S.J. | Fuente: Is-Zarev



De Pío XII a Pablo VI pasando por el papa bueno

Ante determinadas actitudes de desobediencia de varios sacerdotes y religiosos, los papas han reaccionado con claridad en el plano doctrinal, y con exquisita prudencia en el disciplinar.

Los primeros avisos aparecen con Pío XII que dirige advertencias particulares a algunos teólogos. Son los tiempos de las condenas a los escritos de Teilhard de Chardin.

El Papa, como Vicario de Jesucristo, defiende la fe que recibió la Iglesia de su Señor para que se conserve. El entonces superior general, P. Jean-Baptiste Janssens, igual que su antecesor, el P. Wlodzimierz Ledóchowski, trataron de orientar la doctrina de Chardin que se anunciaba claramente en su libro titulado “El medio divino” (1927), y que fue criticado por el padre Ledóchowski. Si bien se hicieron todos estos esfuerzos por hacerle volver a la ortodoxia, el P. Teilhard no expresó una respuesta positiva.

La influencia del P. Teilhard se fue extendiendo... Cinco años después de la muerte del P. Teilhard intervino Juan XXIII, el Papa bueno, con un documento muy claro donde se advertía a los católicos de a pie que las ideas de Teilhard eran peligrosas para la fe católica, que algunas eran contrarias a esa fe, y que estaba prohibido tener sus obras en los seminarios. Con este documento de 1960, el Papa cumplía su deber de pastor que, con el auxilio del Espíritu Santo, guía a sus ovejas hacia la verdad de Jesucristo.

Pablo VI también se enfrentó con la rebeldía. El viernes, 7 de mayo de 1965 dirigió una alocución a los 224 delegados que iban a elegir al nuevo prepósito general en la XXXI Congregación General. Son cinco páginas, escritas y leídas en un bellísimo latín. Entre el breve y cordial saludo y la elegantísima despedida, se encierra un discurso cargado de serias advertencias sobre puntos fundamentales del espíritu de la Compañía y de la fe católica, así como de los muchos peligros y desviaciones que el Papa había estado constatando.

El Papa empleó una frase lapidaria: “Sanctus Ignatius, pater legifer vester, tales vos voluit, tales Nos quoque volumus”” (“Así como San Ignacio, vuestro padre legislador, quiso que fuerais, así también queremos Nos”). Algunos la interpretaron como una aprobación tácita a los determinadas tendencias. Pero no es así; el documento habla de defender la integridad de la fe, de no adaptarse a este mundo ni dejarse llevar por cualquier viento de doctrina (“conformari huic saeculo et circumferri omni vento doctrinae”), de adherirse a la jerarquía, especialmente al Papa, de hacer frente al ateísmo; tal fue el mandato y sobre todo, tal es el espíritu que permea todo el discurso (“De formiduloso periculo humanae consortioni instanti loquimur, de atheismo scilicet”). Pablo VI dirigía estas severas advertencias, antes de que iniciasen los grandes conflictos.

El Concilio Vaticano II estaba en curso y acaparaba toda la atención de la Iglesia. Pablo VI se encontraba en el tercer año de su pontificado. La Congregación General eligió como Prepósito General (superior general) al P. Pedro Arrupe, el segundo superior general vasco después de San Ignacio de Loyola.

En 1968, a raíz de la publicación de la encíclica “Humanae Vitae”, se levanta una protesta alarmante de determinados miembros. El 26 de marzo de 1970, la Secretaría de Estado del Vaticano por expreso deseo del Papa Pablo VI dirige una carta de aviso a la Compañía. Desafortunadamente, en 1972, algunos miembros de la compañia participan como mentores en la reunión de “El Escorial” que lanza al mundo la teología de la liberación marxista, lo que conllevó el escándalo de muchos católicos que esperaban la reacción del Papa. El 15 de febrero de 1973 la Secretaría de Estado dirige otra carta a la Compañía de Jesús con nuevas advertencias.

En ese momento el Santo Padre estuvo a punto de dividir la orden para salvar lo que todavía entonces era salvable. El parecer negativo del gobierno español, que veía en esta división un peligro para la unidad de España, y la opinión de algunos cardenales (entre ellos, Tarancón que cuenta el hecho en sus memorias), frenaron la decisión. El 15 de septiembre de ese mismo año, el Papa escribe una carta muy clara al P. Pedro Arrupe: “In Paschae sollemnitate”. Pablo VI cuenta con mucha información acerca de las graves desviaciones de este bloque de sacerdotes. La situación es por desgracia ya de plena y abierta rebeldía.

El martes, 3 de diciembre de 1974, fiesta de San Francisco Javier, Pablo VI dirige una alocución a los padres participantes en la XXXII Congregación General que se celebra por entonces en Roma bajo la dirección del P. Pedro Arrupe. Las cosas han cambiado mucho desde el encuentro anterior. El Papa descubre su preocupación por la gravedad de la crisis de la orden. El documento se compone de 19 páginas en lengua latina, sólidamente estructuradas y en un tono de continua interpelación.

El mensaje es claro y contundente: hay que recuperar la verdadera identidad de los jesuitas –que el Papa delinea en la primera parte del nudo del discurso- “haec igitur imago neque alteranda, neque deformanda est”, “esta imagen –se refiere a la imagen del jesuita- no debe ser alterada ni desfigurada”. Su Santidad Pablo VI comienza valorando la urgencia del momento y luego pasa a tocar tres puntos: ¿De dónde venís?, ¿quiénes sois?, ¿adónde vais?
¿De dónde venís?


… y recuerda toda la tradición jesuítica con cuatro hitos importantes: San Ignacio, Manresa, Montmartre y Roma. ¿Quiénes sois?

religioso, apóstol, sacerdote unido al Papa. ¿Adónde vais?

…después de alertar sobre el peligro de la novedad buscada por sí misma, que discute todo, se centra en una reflexión profunda sobre el futuro de la congragación; recoge toda la reciente doctrina de la Iglesia sobre la vida consagrada, los invita a la fidelidad unida a la caridad que se expresa en el servicio, y los guía en el discernimiento, lelección y disponibilidad para la obediencia.

El texto usa expresiones como: “Curnam igitur dubitatis?”, “entonces, ¿por qué dudáis?. Habla claramente de “crisis”, de “no llamar necesidad apostólica a lo que es decadencia espiritual”, “neque apostolatus necesitas appellanda est id quod nonnisi vitae spiritualis corruptela el deminutio potius vocari debet”. Les pide “fidelidad no estéril ni estática, sino viva y fecunda, a la tradición, a la fe, a lo instituido por el Fundador”, “fidelitatem non sterilem aut inertem, sed vivacem ac fecundam, erga traditionem et fidem et institutionem Conditoris vestire”.

Como el Papa sabe que los padres que participan en la Congregación General, son los únicos que tienen facultades para cambiar el rumbo de lo que ya se ve como un grave peligro para la Iglesia, no duda en rogarles que intervengan con firmeza. Partes del discurso reflejan la gravedad de los problemas:

“¿En qué estado se encuentra la vida de oración, la contemplación, la simplicidad de vida, la pobreza, el uso de los medios sobrenaturales? ¿En qué puntos fundamentales de la fe y de la moral católica tal y como son propuestos por el Magisterio eclesiástico?, ¿la voluntad de cooperar con el Sumo Pontífice en plena confianza (“cooperandi plena cum fiducia cum Summo Pontífice”, dice el texto original)?….

Algunos hechos dolorosos que ponen en discusión la esencia misma de la pertenencia a la Compañía, se repiten con demasiada frecuencia, y nos son señalados desde tantas partes, especialmente por los pastores de las diócesis, y ejercitan una triste influencia en el clero, en los otros religiosos, en el laicado católico. Estos hechos suscitan en nosotros y en vosotros una expresión de amargura…”.

Pide que la Compañía vuelva a ser aquello que se necesita. No deja lugar a dudas. Pero aún así, todo fue inútil. Acerca de este discurso del Papa, el padre jesuita M. Buckley comentó: “cuando se trata con gente que no cree haber cometido errores ni de contenido ni de procedimiento y esa gente se ve como objeto de sospechas, siente que se le hace resistencia o que es reprobada por la persona misma a la que trata de servir… tenemos ante nosotros un grave problema religioso”.

Su comentario tocó el fondo del problema, la causa del mismo; todo el esfuerzo del Santo Padre era en vano. Se creía estar en lo justo: el que se equivocaba era el Papa que, según ellos, no seguía el espíritu del Concilio.

Desde ese momento, se delinea perfectamente una nueva estrategia: renovar la Iglesia desde dentro hacia el modelo que ellos proponen, pero sin hacer ruido, adaptándose a la circunstancias, dando un paso atrás cuando sea necesario, pero ocultando siempre la propia intención.

La Iglesia se transformará en una institución social puesta al servicio de la revolución de la sociedad. El plan de Dios de la salvación eterna de cada hombre dejará de tomarse en cuenta como su fin principal. La Iglesia pasa de ser sacramento de salvación universal a instrumento de revolución social.
 







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