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La obediencia / desobediencia
Este ha sido el distintivo de las ordenes religiosas más importantes de la iglesia: obediencia al Papa, sumisión a sus criterios, realización de sus deseos. Un historial lleno de heroísmo, sin tacha, una estela de mártires, misioneros y hombres enamorados


Por: P. Paulo Robles S.J. | Fuente: Is - Zarev



El católico cree firmemente que el Papa es Vicario de Jesucristo, sucesor de Pedro en el primado apostólico, encargado por Jesucristo de guiar a su pueblo, dotado con el carisma de la infalibilidad cuando se pronuncia solemnemente en materia de fe y costumbres. Sabe que el papa tiene una especial asistencia del Espíritu Santo y que debe obedecerle porque es el “Dulce Cristo en la tierra”.

La Compañía de Jesús nació precisamente con el carisma de asistir y obedecer, en todo, pronto y sin excusas al Vicario de Jesucristo, y a lo largo de la historia, los jesuitas dieron muestras de cómo se obedece al Papa.

En el Concilio de Trento los grandes teólogos jesuitas cerraron filas en torno al Papa. Francisco Xavier fue a las misiones de Asia para cumplir un mandato del Santo Padre, aunque al ya viejo fundador Ignacio esa partida le costó un verdadero desgarro del corazón.

Siempre obedientes fueron Pedro Canisio, Roberto Belarmino y un sinnúmero de grandes jesuitas defensores de la fe católica en todo el mundo y en todos los foros culturales.

Este fue el distintivo de la Compañía de Jesús: obediencia al Papa, sumisión a sus criterios, realización de sus deseos. Un historial lleno de heroísmo, sin tacha, una estela de mártires, misioneros y hombres enamorados de la Iglesia y siempre obedientes a su cabeza visible: el Papa. ¿Y hoy?

“Dispuesto todo juicio debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo nuestro Señor, que es la nuestra santa madre, Iglesia jerárquica, S. Ignacio de Loyola. Libro de los Ejercicios, Reglas para sentir con la Iglesia, 1.

“Injertarnos en el viejo tronco de la Iglesia para reventarlo desde dentro”.P. Pierre Teilhard de Chardin, jesuita.1881 - 1955



Cuatro siglos separan estos dos textos; pero la distancia de contenido es mayor. Ignacio, un sacerdote católico que amaba a su iglesia y dio todo por ella; Teilhard, un sacerdote “intelectual” que amaba más sus propias ideas que la revelación de Dios en Jesucristo.

Los dos murieron como jesuitas, uno dentro de la fe de Jesucristo y de la Iglesia, otro fuera de ella. Ignacio, un santo que se sometió con fe y humildad a las enseñanzas de Jesucristo; Teilhard llegó a negar verdades importantes de la fe cristiana.

El primero, modelo de vida cristiana; la doctrina del segundo, “abunda en ambigüedades, incluso en graves errores, de modo que agravia a la doctrina católica”. (Carta del papa Juan XXIII, 1960)

Hoy, pues, un buen número de miembros de diversas congregaciones, contaminados por la doctrina del magisterio paralelo, se rebela contra la autoridad del Vicario de Jesucristo en los más variados campos. Hay sacerdotes que defienden prácticamente varias doctrinas contrarias a la fe, desde la pertenencia a la masonería (padres Ferrer Benimeli, Caprile, etc.) hasta el marxismo (padres Llanos, Fernando Cardenal, Yon Sobrino, Ignacio Ellacuría, etc.); desde el New Age hasta la píldora anticonceptiva, desde la reencarnación hasta la revolución armada.

Por todos lados crean confusión y se desvían del Magisterio del Papa sacudiéndose el cayado del Vicario de Jesucristo.

¿Por qué este cambio? ¿Qué fuerzas misteriosas ha producido esta violenta galerna que va dando la vuelta a muchas de las embarcaciones más sólidas de nuestra Iglesia?

No tengo una respuesta definitiva. Puede ser que la culpa haya sido principalmente de los experimentos que se comenzaron a realizar en la formación de los novicios y escolares con grandes innovaciones de sistemas y contenidos, y de los cambios introducidos en la “Ratio Studiorum” (programa de estudios). También pudo haber infiltraciones comunistas y masónicas para deshacer este verdadero baluarte de nuestra Iglesia.


Nota aclaratoria:

Además de la carta de Juan XXIII sobre la doctrina del P. Teilhard de Chardin, ha de recordarse el “monitum” del 30 de junio de 1962 del entonces Santo Oficio sobre las obras del autor [AAS 54 (1962) 526]. En efecto, Teilhard no emplea el concepto de creación en sentido bíblico, no queda clara la trascendencia de Dios en ellas, sino que es más bien inmanente; hay confusión entre lo natural y lo sobrenatural; no parece haber una clara distinción entre materia y espíritu; no se da la importancia debida al misterio de la redención, a pesar de su cristocentrismo, su visión del pecado original termina siendo un mal visto en las lagunas que ha de sufrir el mundo en su marcha evolutiva, de suerte que la felicidad del paraíso simboliza la felicidad a la que tiende el mundo; no aparece el mundo Angélico en sus obras; ni se aprecia con claridad la libertad humana. Compromete la libertad de Dios en la creación, y el mundo aparece más como algo necesario que contingente. Más que teóloga o científica, su doctrina parece ser más bien poética.

 

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