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Mujer | sección
Femineidad | categoría
Ser mujer | tema
Autor: Antoni Carol y Enric Cases | Fuente: M&M Euroeditors
Las consecuencias del pecado original
Ya no se miran cono un don desinteresado del uno para el otro, sino que comienzan a hacerlo con una "mirada" interesada, concupiscente
 
Las consecuencias del pecado original
Las consecuencias del pecado original
Efectivamente, una vez cometido el pecado original -que, como ya se ha dicho, consistió en un intento de cambiar la ley moral- "se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron" (Gn 3, 7). Aquella armonía originaria y natural, aquella relación que fluía espontáneamente, ahora ha quedado turbia y tensa: tienen necesidad de esconderse o de defenderse. Nunca habían experimentado vergüenza, en sentido de que "estaban unidos por la conciencia del don [cada uno era un don para el otro] y tenían recíproca conciencia del significado esponsalicio de sus cuerpos" (AG 20.II.80, 1). En cambio, ahora reaccionan haciendo algo que nunca antes habían hecho: se cubren el uno del otro (como si tuviesen algo que esconder). Cubrirse mutuamente, el uno ante el otro, es tanto como perder la sencillez y comenzar a distanciarse, es decir, "calcular" la donación, esto es, ponen condiciones para la mutua entrega (recordemos que el amor es incondicional; las condiciones son para el comercio). En definitiva, la espontaneidad de su amor queda malparada, abocándose a una relación entorpecida.
Ya no se contemplan mutuamente con los "ojos" del Padre divino; no se miran cono un don desinteresado del uno para el otro, sino que comienzan a hacerlo con una "mirada" interesada, concupiscente. Así, la concupiscencia (la consideración del otro con deseo), "de por sí, es incapaz de promover la unión como comunión personal (...), transforma la relación de don en una relación de apropiación" (AG 23.VII.80, 6). El doloroso resultado es que permanece queda ofuscada "la percepción de la belleza del cuerpo humano en su masculinidad y feminidad, como expresión del espíritu" y "el cuerpo resta como "terreno de apropiación" del otro" (Ibidem).
El desorden moral original, que fue la causa de un cierto "des-orden" entre la mujer y el hombre, también provocó otro "des-orden", más grave todavía: la Humanidad tiene miedo de Dios, le teme y en tantas ocasiones no acierta a reconocerlo. Así, "cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa -palabras que nos muestran el grado de familiaridad que el hombre, en sus orígenes, disfrutaba en su relación con Dios-, el hombre y su mujer se ocultaron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín" (Gn 3, 8). También es la primera vez que experimentan el sentimiento del miedo y, nuevamente, reaccionan escondiéndose. Este esconderse es también un dinamismo absolutamente atípico del amor, ya que amar comporta "apertura" hacia los otros. "La vergüenza originaria del cuerpo es ya miedo y anuncia la inquietud de una conciencia constreñida por la concupiscencia. El cuerpo que no se somete al espíritu, como en el estado de inocencia, lleva consigo un constante foco de resistencia al espíritu, y, de algún modo, amenaza la unidad del hombre-persona, es decir, su naturaleza moral" (AG 28.V.80, 3); la vergüenza "confirma que se ha resquebrajado la capacidad originaria de autodonación recíproca (...), como si el cuerpo, en su masculinidad y feminidad, dejara de constituir el "insospechable" substrato de la comunión de las personas" (AG 4.VI.80, 2), para degenerar en "elemento de recíproca contraposición de personas" (Ibidem).

Dios tiene "necesidad" de buscar nuevamente al hombre, aunque ahora se trata de una búsqueda bien distinta de la que habíamos comentado en el primer apartado de este libro. Una búsqueda que -por parte de Dios- todavía sigue vigente, porque la huida del hombre aún dura. Juan Pablo II lo describe de una manera maravillosa: "¿Por qué lo busca [al hombre]? Porque el hombre se ha alejado de Él, escondiéndose como Adán entre los árboles del paraíso terrestre (cf. Gn 3, 8-10). el hombre se ha dejado extraviar por el enemigo de Dios (cf. Gn 3, 13). Satanás lo ha engañado persuadiéndolo de ser él ismo Dios, y de poder conocer, como Dios, el bien y el mal, gobernando el mundo a su arbitrio sin tener que contar con la voluntad divina (cf. Gn 3, 5)" (TMA 7).
La prueba de que la armonía original se había perdido es que cuando Dios pregunta, en primer lugar, a Adán dónde estaba, él respondió: "Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté" (Gn 3, 10). Dios, entonces, se da cuenta del problema y le pregunta inmediatamente si ha tomado del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Adán, en lugar de asumir la responsabilidad, endosa el "paquete" a Eva y a Dios: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí" (Gn 3, 12), casi como si la culpa la tuviera el propio Dios por haberle puesto a su lado aquella compañera. Jahvé después pregunta a Eva, y... lo mismo: "La serpiente me engañó y comí" (Gn 3, 13): la culpa siempre la tiene "otro". En fin, la mujer ya no orienta al hombre (se ha distraído comparándose con Dios); el hombre ya no defiende a la mujer (la ha dejado dialogar con otro; ha permitido que se deslumbrara con un espejismo; le endosa la culpa de su desgracia, etc.). ¡Van con el paso cambiado!

Un momento de esperanza: el anuncio del amor de dolor y del amor de conversión

Si bien el hombre resultó herido después del "desastre", con todo, no quedó imposibilitado para el amor (la naturaleza humana no se corrompió con el pecado original, si no que tan sólo se ha debilitado). Bl hombre podrá amar, pero no como antes: "La perspectiva "histórica" se construirá de modo diverso del "principio" beatificante (...). Efectivamente, en toda la perspectiva de la propia "historia", el hombre no dejará de conferir un significado esponsalicio al propio cuerpo (...), [aunque] este significado sufre y sufrirá múltiples deformaciones" (AG 16.I.80, 5). Además, ya que la bondad y la sabiduría divinas van más allá de lo que podemos imaginar, el Creador -que, sobre todo, es Padre- no se desdice del hombre y le mantiene la llamada a la filiación divina (es decir, al amor de estilo divino).

En efecto, en aquello que popularmente se considera como el anuncio divino del castigo a la Humanidad, en realidad, se encuentra la mejor noticia: cuando a él le hace saber que tendrá que trabajar con sudor (cf. Gn 3, 17-19) y a ella que tendrá que dar a luz con dolores (cf. Gn 3, 16), al mismo tiempo les comunica precisamente la buena nueva de que siguen invitados a continuar la creación mediante el trabajo y el "trabajo de los trabajos" (la familia). Dios quiere seguir "necesitando" el trabajo de los hombres para desarrollar su proyecto de la creación. El Padre no retira la confianza a sus hijos.
Ahora bien, las consecuencias negativas del pecado original parecen afectar especialmente a la mujer: "Las palabras de Gn 3, 16 parecen sugerir que esta situación sucede más bien a expensas de la mujer o que, en todo caso, ella lo acusa más que el varón" (AG 30.VII.80, 1). De ese modo, si bien ambos dos deberán hacer su trabajo con cansancio y sacrificio, las dificultades en su relación de pareja pesarán especialmente sobre la que estaba llamada a ser la ayuda adecuada para Adán. Ella, además de ver multiplicados los dolores de sus partos, ha de escuchar de Jahvé Dios que "hacia tu marido tu instinto te empujará y él te dominará" (Gn 3, 16). Es un mensaje breve, pero de largas consecuencias.

El análisis de Gn 2, 23-25 "muestra precisamente la responsabilidad del varón de acoger la feminidad como don, y de corresponderla con un mutuo y recíproco intercambio. En abierto contraste con esto está el hecho de intentar conseguir la donación de la mujer mediante la concupiscencia" (AG 30.VII.80, 2). Y, efectivamente, "desde el momento en que el varón la "domina", la comunión de personas (...) degenera en una relación mutua distinta, una relación de posesión del otro como objeto del propio deseo" (AG 25.VI.80, 3).

Además, a partir de aquel momento, el ejercicio del encanto femenino ya no será tampoco automático o espontáneo. Eva, de la misma manera que continúa llamada a tener hijos, también sigue destinada a liderar la creación, pero esta función también deberá ejercerla con un esfuerzo inteligente: la relación de ella respecto a su marido tenderá a manifestarse con un deseo tintado de afán y ardor (cf. AG 25.VI.80, 3). Recordemos cómo Adán no discute con Eva en el momento del pecado original: a partir de ahora las relaciones mutuas estarán sometidas a tensiones.

Y lo que es peor: si Eva no logra hacerlo bien, ella lo pagará teniendo que sufrir la dominación masculina, ya que la relación de él ante su esposa tenderá a manifestarse con un deseo marcado por el dominio (cf. Ibidem). "Pero el dominio del hombre no es espiritual, es corporal: se impone, entonces, la ley del más fuerte físicamente y es así como tantas mujeres -por no saber atraer al hombre con el espíritu y pensando haberse liberado- se meten en callejones sin salida, lo pasan mal, se dejan tratar (¡lo provocan!) de modo indigno, son dominadas por la fuerza sensual del hombre y pierden su libertad y su encanto. Mujeres que han renunciado a una importante misión de toda fémina: espiritualizar el amor del hombre"17.

Desgraciadamente, la crisis moral -que es, sobre todo, crisis espiritual- hace que muchas mujeres ejerzan equivocadamente su encanto femenino: en lugar de hacer una aportación espiritual, capaz de modular el amor masculino, compiten entre ellas con un plus de exasperación corporal. La liberación sexual de la mujer, es liberación -sobre todo- para el hombre, que ya puede hacer lo que quiere sin ningún tipo de freno. "Si la mujer no sabe generar fascinación con un amor espiritual, entonces ella sufre: acaba perdiendo el "control" del hombre o lo "mal-controla"18.

Si quieres consultar el libro completo:

El encanto original de la mujer y la dignidad del hombre


17 El matrimonio de María y José (Reflexiones sobre el amor conyugal), M&M Euroeditors, Sabadell 1996, p. 65. regresar

18 IBIDEM. regresar

Si deseas comprar el libro:
El encanto original de la mujer y la dignidad del hombre, M&M Euroeditors
 
 

 
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