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Femineidad | categoría
Educación de la mujer | tema
Autor: Patricia Londoño Vega, Profesora, Universidad de Antioquia | Fuente: Boletín Cultural y Bibliogáfico. Número 37. Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
Educación de la mujer durante la época colonial
Algunos escritores humanistas del siglo XVI, como Juan Luis Vives y fray Luis de León propusieron darle a la mujer un nivel de educación más amplio que el aceptado en su época
 
Educación de la mujer durante la época colonial
Educación de la mujer durante la época colonial



La tradición medieval española estimaba importante la instrucción de las mujeres —casi nunca se especificaba, pero en la práctica ésta se refería únicamente a las de clase alta—, pues se reconocía que ellas ejercían una influencia definitiva sobre sus maridos y sus hijos. Algunos escritores humanistas del siglo XVI, como Juan Luis Vives y fray Luis de León, muy leídos en Europa y en las colonias españolas en América, propusieron darle a la mujer un nivel de educación más amplio que el aceptado en su época: eran partidarios de enseñarle a leer, a dominar labores manuales, a preparar apetitosos platos y a tocar algún instrumento musical; y de que también aprendiera la doctrina cristiana y practicara las virtudes marianas de castidad, obediencia, laboriosidad y piedad. La idea de que se debían educar todas las mujeres, independientemente de su posición social, no surgió hasta fines del periodo colonial y fue uno de los cambios más importantes en la actitud de la sociedad frente al sexo femenino.

En la Nueva Granada, entre las mujeres, como entre sus congéneres de la península y de las demás colonias españolas, se fomentaba la devoción; algunas hicieron votos perpetuos de castidad y obediencia en los conventos. Pero estos sitios, aunque no fueron tan numerosos e importantes como en Nueva España o en Perú, y es poco lo que se conoce de ellos, parece que experimentaron cierta decadencia durante el siglo XVII, y dieron escasa instrucción a las monjas. Sin embargo, a pesar de las carencias, fue en los conventos donde la educación femenina logró sus más importantes avances durante la colonia, pues las religiosas debían aprender a leer para poder rezar el Divino Oficio. Hasta fines del siglo XVIII, el propósito de dichas comunidades religiosas era la vida contemplativa y devota, no la educación o la asistencia social; situación que apenas varió al terminar el siglo XVIII, pero principalmente durante el siglo XIX. Sin embargo, gracias a que desde 1566 el obispo de Popayán había promovido la idea de fundar un monasterio de religiosas para educar a las hijas de los conquistadores, con tal fin donó algunas fincas y bienes que poseía, y en 1591 fue creado el Monasterio de la Encarnación bajo la orden de San Agustín. A éste acudieron durante dos siglos jóvenes herederas de familias importantes, quienes por lo regular eran recibidas como internas a los doce o trece años, con el fin de aprender a leer y escribir, y a coser y desempeñar otras artes domésticas. Éste fue el único establecimiento creado para la educación de la mujer en la Nueva Granada durante el siglo XVII, mientras para varones existían varios seminarios y escuelas en las principales ciudades.

Apenas una minoría de mujeres en la América española sabía escribir bien y acostumbraba a leer; en consecuencia, hubo muy pocas escritoras. Con estos antecedentes, puede entenderse por qué resultan tan excepcionales los casos de la escritora mística madre Josefa del Castillo y Guevara, más conocida como la madre Castillo; de Jerónima Nava y Saavedra, de la Madre Jerónima del Espíritu Santo y de María Petronila Cuéllar o la madre Petronila.

La madre Francisca Josefa del Castillo (1671-1742)

Ingresó a los diecinueve años de edad al Convento de Santa Clara, en Tunja. Había sido criada con gran recato y cuidado dentro del mayor encierro posible, como era lo acostumbrado entonces; y en el claustro encontró un ambiente en el que, al igual que en el resto de la sociedad, reinaba el prejuicio contra la instrucción femenina, hasta tal punto, que en el capítulo general de su comunidad se le acusó de haber enseñado a una novicia a escribir. Por eso, tal vez, leyó poco y sólo escritos anteriores a Luis de Góngora (1561-1627). Además de sus versos, Josefa del Castillo escribió su autobiografía en prosa, titulada Mi vida, gracias a la sugerencia de su confesor; y otra obra en prosa, Afectos, en la cual consignó sus sentimientos. Por otra parte, las referencias de sus escritos son todas místicas, no se ocupan para nada del entorno; pues, como lo señaló Rocío Vélez de Piedrahíta en un ensayo sobre esta escritora, para Francisca, Babilonia está en la esquina de enfrente; Nueva Granada no existe y, a pesar de que la obra sobre su vida fue publicada por la Imprenta de la Compañía de Jesús en 1740, que es la primera publicación que se conoce del Nuevo Reino de Granada, entre sus contemporáneos ésta fue bastante desconocida; Mi vida no fue reeditada hasta 1817, setenta y cinco años después de la muerte de su autora, y los Afectos apenas se publicaron en 18439.

La madre Jerónima (1669-1727)

Fue una religiosa clarisa de Santafé y escribió un relato autobiográfico10. La madre Petronila, nacida en Timaná (1761-1814) llegó a ser prefecta, superiora y priora del Colegio de la Enseñanza y escribió un manual para la educación de las monjas de su convento, titulado Riego espiritual para nuevas plantas11.

Algunos consideraron que la instrucción de las mujeres haría de ellas mejores madres. Magdalena Ortega de Nariño, esposa de prócer, retratada con su hijo (Museo 20 de Julio, Santafé de Bogotá
)
Durante la primera mitad del siglo XVIII fueron pocos los cambios producidos en la educación femenina; uno de los escasos acontecimientos en favor de ella fue la fundación del Beaterio de Cali (1741), en el cual las religiosas, aparte de los oficios piadosos, se dedicaron a instruir a un grupo de niñas. Además, en las monografías y crónicas sobre los centros urbanos del país se encuentran algunas referencias aisladas que señalan que en las principales poblaciones comúnmente se reunía a un grupo de niñas vecinas para asistir a la casa de alguna señora, que les indicaba las primeras letras, les hacía memorizar algo de doctrina cristiana y les enseñaba a hacer lomillo, cadeneta, dechado en punto de cruz y otras costuras; aunque lo usual era que las niñas aprendieran estos asuntos a través de la instrucción recibida en el hogar directamente de su madre. Como en el resto de la América española, durante la colonia los establecimientos, los tutores privados y las maestras seglares, que recibían en su casa un grupo de alumnas durante el día, dedicaban la mayor parte de su esfuerzo a enseñarles a las niñas labores de costura, tejido y bordado —tareas nada fáciles—. Pero lo principal era cultivarles el carácter a través del aprendizaje de la doctrina cristiana, lo cual se lograba con la memorización de preguntas y respuestas del catecismo del padre Jerónimo Ripalda. Además les inculcaban nociones de urbanidad, moral e higiene; es decir, las preparaban para que conservaran las tradiciones familiares y la fe.

Avances de la educación femenina bajo el influjo de la Ilustración

En el virreinato de la Nueva Granada, al igual que en Europa y en las demás colonias americanas, las nuevas ideas de la Ilustración impulsaron la educación, pues ésta se concibió como un medio para alcanzar la felicidad y el progreso. El interés por la divulgación del conocimiento abarcó también al sexo femenino; y, desde mediados del siglo XVIII hasta la Independencia, los primeros periódicos publicados en las colonias españolas incluyeron artículos en los cuales se proponía un cambio en la instrucción de las mujeres, haciéndole eco al argumento, sustentado en Europa, de que así podrían ser mejores compañeras y formar mejores hijos, idea que se mantuvo hasta los primeros decenios del siglo XX.

Más que plantear un contenido similar en la instrucción de ambos sexos, la renovación impulsada por la Ilustración consistió en crear conciencia sobre la necesidad de educar también a las mujeres. Sin embargo, este proceso se dio en forma desigual en las principales poblaciones de las colonias españolas, y cubrió sobre todo a la clase alta, aunque en México y Lima se capacitó también a algunas nativas y a mujeres de bajos recursos.

A la luz de las nuevas ideas, se empezó a pensar que las mujeres, aparte de labores manuales y doctrina cristiana, debían aprender a leer y escribir. La ciudad en la cual este proceso se consolidó primero fue México, donde se llevaba un nivel de vida más refinado. Allí, en 1802, 3.100 niñas asistían a 70 establecimientos de diferente índole; en esa ciudad las religiosas de la Compañía de María habían fundado en 1753 el primer Colegio de la Enseñanza que hubo en América, y en 1767 la Confederación Vasca de Nuestra Señora de Aranzazu abrió el Colegio de San Ignacio de Loyola —más conocido como el de las vizcaínas—, planteles que recibían jovencitas entre los diez y los veinticinco años y las educaban dentro de la tradición hispana del enclaustramiento. Durante estos años disminuyó ligeramente en las colonias españolas la tasa de analfabetismo entre las mujeres de las clases acomodadas; para entonces, un mayor número de ellas firmaban al hacer sus testamentos. No obstante, el porcentaje de mujeres instruidas era relativamente bajo comparado con el de los varones, quienes desde tiempo atrás estaban recibiendo educación.

En el caso de Santafé de Bogotá, el renacimiento cultural experimentado en la época de las reformas borbónicas afectó a un selecto grupo de mujeres, entre quienes se destacó Manuela Sáenz de Santamaría de González Manrique. Ella, naturalista y literata, conocía el latín, el italiano y el francés; y fundó la tertulia del Buen Gusto, a la que asistieron personajes que más tarde se destacaron en el período de la Independencia y en la vida política de la nueva república, entre ellos: Frutos Joaquín Gutiérrez y su hermano José María, Camilo Torres, Manuel Rodríguez Torices, Custodio García Rovira y Miguel Pombo. En aquellos años, el influjo francés, con su refinamiento y elegancia, empezaba a transformar algunas costumbres sociales del virreinato. Comenta el historiador Gonzalo Hernández de Alba que:

a pesar de sus limitaciones económicas Santafé quiso vivir la vida de una corte [...] se produjo entre sus más destacados habitantes una mayor ansia de lujo, un claro deseo de acomodarse a la vida de la nueva moda francesa llegada a través de Madrid y traída por los virreyes y sus familiares.

En las casas más elegantes, la rústica cal de las paredes se cubrió con papeles de flores traídos de París, los saraos o veladas sociales se hicieron más frecuentes y las fiestas públicas se celebraron con mayor pompa.

La política ilustrada de los Borbones estimuló en el virreinato de Nueva Granada la idea de crear escuelas públicas controladas por los cabildos de villas y ciudades, aunque, debido a la falta de fondos y de maestros, dicho propósito no llegó a realizarse. Una de las escuelas públicas que al parecer fue abierta entonces en Santafé de Bogotá recibía niñas pobres y era manejada por una beata que vestía de hábito de la Comunidad de Santo Domingo.

En vísperas de la Independencia, se destacó por la labor realizada en favor de la instrucción femenina la santafereña Clemencia de Caycedo y Vélez (1707-1779); quien, después de la muerte de su único hijo y de su primer esposo, y con la aprobación de su nuevo cónyuge, Joaquín de Aróstegui y Escoto, dedicó desde 1765 su esfuerzo y sus bienes a fundar un convento destinado a darles educación cristiana a niñas pertenecientes tanto a los altos como a los bajos estratos de la sociedad. En aquellos años, para fundar un convento se pedía asesoría al obispo de la diócesis, quien se reunía con el grupo de aspirantes, las ayudaba a escoger las normas y el hábito y designaba a una de ellas como priora. Pero Clemencia de Caycedo quería fundar un convento diferente, así que escribió a la superiora de la Orden de Nuestra Señora del Pilar —más conocida con el nombre de La Enseñanza—, comunidad que su esposo había tenido oportunidad de conocer en España y que había sido fundada en 1607 por Juana de Lestonnac en Francia, con asesoría de los jesuitas, deseosos de contrarrestar el avance del calvinismo; en España esta comunidad abrió el primer convento en 1650. El trámite de la real cédula para proceder a la fundación de dicho convento tardó cuatro años. Clemencia de Caycedo tuvo que gestionar el consentimiento de las autoridades seculares y eclesiásticas locales, incluido el del virrey Messía de la Zerda, para luego poder presentar la petición ante el Consejo de Indias. Finalmente, el 8 de febrero de 1770 obtuvo el permiso; y, según lo refirió el periodista Manuel del Socorro Rodríguez en Santafé de Bogotá, al conocerse la noticia de la aprobación en España hubo toda clase de murmuraciones y la gente se dedicó a ridiculizar con groseros comentarios un designio tan pío y religioso. Se preguntaban qué necesidad tenía una dama de aprender a escribir y les parecía que más bien debía aprovecharse esa donación en favor de niñas pobres, de huérfanas o de viudas de buenas familias.

La autorización se concedió por real cédula del 8 de febrero de 1770. La benefactora, al enterarse de la aprobación, inició la construcción de la sede del convento; para lo cual dispuso de las ganancias producidas por la explotación de una mina de oro situada en Chaparral y de una hacienda vecina, con ganado y plantaciones de cacao, pues, fuera de que no tenía descendientes, contaba con una considerable riqueza, heredada de su padre y de su primer esposo. Pero se presentaron otras dificultades, pues la real cédula no señalaba casa fundadora. Hubo que solicitar a Zaragoza el envío de dos religiosas. Cuando murió doña Clemencia, nueve años más tarde, en 1779, la construcción del convento no había sido terminada. En abril de 1783 fue inaugurado el colegio, con 75 alumnas distribuidas en dos secciones: pensionado y externado. Un mes después hicieron sus votos las diez primeras granadinas que tomaron el hábito con el propósito de dedicar su vida a la educación femenina. Con el fin de promover el convento, fueron colocados veinticinco carteles en las puertas de las iglesias y ermitas de la ciudad. No obstante las habladurías, la iniciativa fue bien acogida; trece años después eran ya treinta y siete religiosas, veinticuatro colegialas internas y doscientas niñas pobres que asistían a la escuela del convento. El internado tenía un ambiente hogareño, donde lo principal era la formación moral. Los estudios duraban seis años, las alumnas usaban uniforme y estudiaban de ocho a once de la mañana y de tres a cinco de la tarde, todos los días, excepto los festivos. Aprendían religión, aritmética, lectura, escritura y labores "propias del sexo femenino".
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