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La Iglesia hoy | sección
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Lograr ver el bien a pesar de que las malas noticias produzcan más ruido

La llegada del año nuevo se tradujo para Benedicto XVI en un nutrido programa. Este comenzó el 31 de diciembre por la tarde en la Basílica de San Pedro con las Vísperas, las que concluyeron con la oración del Te Deum. Allí el papa invitó a ver más allá de las noticias “aunque el mal haga más ruido que el bien” lo que hace olvidar que “hay mucho bien en el mundo”. Por ello invitó a los cristianos a verlo aunque generalmente “los gestos de amor y de servicio se queden en la sombra”.


A continuación, y en medio de la columnata de Bernini de la plaza de San Pedro, fue a inaugurar el pesebre en medio de aplausos. Después, en el umbral de su ventana encendió la “vela de la paz”. El Domingo 1 de enero por la mañana, ofició la Santa Misa en la Basílica de San Pedro, y al mediodía, con motivo de la oración del Ángelus, pronunció otros saludos. Se suma a todo esto el mensaje del papa Benedicto por la Jornada Mundial de la Paz 2013 (cf. http://www.zenit.org/article-44016?l=spanish)

Dar gracias a Dios

En el Te Deum --cantado en San Pedro por el coro de la Capilla Sixtina en el magnifico cuadro de la Basílica--, agradeció a Dios las gracias concedidas durante el 2012. 

Agradecer a Dios, como la Iglesia lo hace con el Te Deum de final de años es un gesto de “sabiduría profunda que nos hace decir que a pesar de todo el bien existe en el mundo y que este bien está destinado a vencer gracias a Dios” dijo.

“Seguramente -prosiguió el santo padre-, a veces es difícil aferrar esta profunda realidad, puesto que el mal hace más ruido que el bien: un homicidio realizado, violencias difusas, graves injusticias hacen noticia. Contrariamente, los gestos de amor y de servicio, el esfuerzo cotidiano soportado con fidelidad y paciencia muchas veces se quedan en la sombra y no emergen”.

“No podemos detenernos solamente en las noticias -indicó el papa- si queremos entender el mundo y la vida. Tenemos que ser capaces de detenernos en el silencio, en la meditación, en la reflexión calma y prolongada; debemos saber detenernos para pensar”.

De esta manera, indicó el papa Ratzinger, “nuestro ánimo puede ser sanado de las inevitables heridas cotidianas, puede profundizar los hechos que suceden en nuestra vida y en el mundo, y alcanzar aquella sabiduría que permite evaluar las cosas con ojos nuevos”.

“Especialmente en el recogimiento de la conciencia en el cual Dios nos habla -propuso el santo padre-  se aprende a mirar con sinceridad las propias acciones, también el mal que está presente en nosotros y entorno de nosotros, e iniciar así un camino de conversión que nos vuelva más sabios y buenos, más capaces de generar solidaridad y comunión, y de vencer el mal con el bien”.

Benedicto XVI recordó que el empeño apostólico “es aún más necesario cuando la fe corre el riesgo de oscurecerse en contextos culturales que obstaculizan la radicación personal y la presencia social”.

Para indicar cómo este empeño es necesario en todo el mundo, el papa se refirió a la ciudad en la que él vive, Roma, “donde la fe cristiana tienen que ser anunciada siempre de nuevo y testimoniada de manera creíble”. Y planteó dos problemáticas que no pueden dejarnos indiferentes: “De una parte el numero creciente de creyentes de otras religiones, la dificultad que tienen las comunidades parroquiales para acercar a los jóvenes, y el difundirse de estilos de vida con una matriz individualista y de relativismo ético. De otra parte tantas personas que buscan un sentido a la propia existencia y una esperanza que no desilusione”.

Concluyó el papa invitó a sostener “a quienes viven  en situaciones de pobreza y marginación, como las familias en dificultad, especialmente cuando tienen que asistir a personas enfermas o lisiadas”. Y por ello invitó también a las instituciones de manera que “todos los ciudadanos tengan acceso a lo que es esencial para vivir con dignidad”.

A continuación, vistiendo su sobretodo blanco, el santo padre se dirigió en el papamóvil a visitar el pesebre que está en la plaza de San Pedro.

Le siguieron momentos de música y meditación, hasta la oración conclusiva realizada por el cardenal Angelo Comastri, arcipreste de la Basílica de San Pedro, quien habló de la Navidad como misterio de amor gratuito y lección de humildad para todos nosotros.

Poco después, Benedicto XVI desde la ventana de su estudio que da hacia la plaza de San Pedro, encendió en el umbral la “vela de la paz”, con una lámpara encendida en la gruta de la Natividad.



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