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Laicos en la Iglesia | sección
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Personas ejemplares | tema
Autor: Horacio Bojorge | Fuente: Catholic.net
12.- San Agustín: El Bien del Matrimonio y la Concupiscencia
Libro El buen amor en el matrimonio. Horacio Bojorge
 
12.- San Agustín: El Bien del Matrimonio y la Concupiscencia
12.- San Agustín: El Bien del Matrimonio y la Concupiscencia
Ofrezco una selección de textos de esta obra de San Agustín de Hipona en la cual examina cuál es el bien propio de la unión sacramental entre bautizados. Él muestra que ese bien es triple: los hijos, la fidelidad y el sacramento. Demuestra en cambio que, el placer sexual, comúnmente apreciado como el bien principal de la unión “de pareja”, si bien es un bien creado, está viciado por el desorden adictivo a que da lugar.
Ya he recordado a este propósito los dichos de los psicólogos modernos Víctor Frankl y de Rudolf Allers cuyas observaciones confirman las enseñanzas de San Agustín1.
Víctor Frankl observa que el placer sexual se da cuando no es buscado como un fin por sí mismo, sino que es una añadidura que sobreviene a la entrega al otro, y no se logra cuando se lo busca por sí mismo y para sí mismo. Cuanto más se busca el placer por el placer, el placer huye. Porque la búsqueda de la propia satisfacción solamente puede dejar insatisfecho.
Rudolf Allers al estudiar el modo como el instinto se presenta en el hombre como ser libre, racional y destinado al amor, y al preguntarse qué papel juega el instinto y la atracción sexual instintiva en la relación amorosa, afirma que el instinto es la materia del sacrificio por amor. Todo amor sacrifica, afirma Allers, y el instinto sexual debe ser sacrificado en aras de la relación amorosa. Lejos de dejarse llevar por el instinto sexual como una fuerza segura, el ser humano, el varón sobre todo, debe dominar sus instintos para que su fuerza sexual sea más que instintiva, una fuerza dirigida por las potencias racionales superiores de la persona. Solamente siendo capaz de sacrificar el impulso sexual instintivo el varón personaliza el ejercicio de su sexualidad al servicio de una relación de entrega amorosa mutua.
Veamos algunos textos de San Agustín en su mencionado libro2.

Libro I. La santidad del matrimonio Cristiano
Parte I: A) El matrimonio es esencialmente bueno
III. 3.
El bienaventurado apóstol Pablo muestra que la castidad conyugal es un don de Dios cuando, hablando sobre ella, dice: Quiero que todos los hombres fuesen como yo, pero cada uno ha recibido de Dios su propio don: uno de este modo, otro de otro (1ª Corintios 7, 7). Así, pues, afirmó que también este don proviene de Dios. Y, aunque sea inferior a la continencia, en la que habría deseado que todos estuvieran como él, sin embargo, es un don de Dios. De aquí comprendemos, cuando se aconseja que se hagan estas cosas, que solamente se da a entender la necesidad de que exista en nosotros la voluntad propia de recibirlas y conservarlas. Ciertamente, cuando se ve que son dones de Dios -al que se han de pedir, si no se tienen, y al que se ha de agradecer, si se poseen-, uno se da cuenta de que, sin la ayuda divina, nuestra voluntad tiene poca fuerza para desear, conseguir y conservar estas cosas. […]

En los no creyentes

IV. 5. Así, pues, la unión del hombre y la mujer, causa de la generación, constituye el bien natural del matrimonio. Pero usa mal de este bien quien usa de él como las bestias, de modo que su intención se encuentra en la voluntad de la pasión y no en la voluntad de la procreación. Aunque en algunos animales privados de razón -por ejemplo, en la mayor parte de los pájaros- también se observa como un cierto pacto conyugal; así, el ingenio de construir los nidos, el tiempo dividido en turnos para incubar los huevos y los trabajos sucesivos de alimentar los polluelos hacen ver que al juntarse se preocupan más por asegurar la especie que de saciar el placer. De estas dos cosas, la primera hace al animal semejante al hombre; la segunda, al hombre semejante al animal.

En Adán y Eva

V. 6. Siendo las cosas así, evidentemente yerran los que piensan que se condena el matrimonio mismo cuando se reprueba solamente el desorden de la pasión carnal, como si este mal viniera del matrimonio y no del pecado. ¿Acaso no dijo Dios a los primeros cónyuges, cuyo matrimonio bendijo, creced y multiplicaos? [Génesis 1, 28] Estaban desnudos y no se avergonzaban [Génesis 3, 1]. ¿Por qué, pues, después del pecado nace de aquellos miembros la confusión sino porque se produjo allí un movimiento deshonesto, que, sin duda, no lo padecería el matrimonio de no haber pecado el hombre? […]

La desobediencia de la carne, consecuencia de la desobediencia a Dios

VI.
7. Desde el momento en que el hombre transgredió la ley de Dios, comenzó a tener en sus miembros una ley opuesta a su espíritu; y percibió el mal de su desobediencia [Cf. Romanos 7, 23] después que descubrió la desobediencia de su carne, retribuida con todo merecimiento. Y, de hecho, la serpiente prometió [Génesis 3, 5], al seducir, tal apertura de los ojos, evidentemente, para conocer algo que era mejor no saber. Entonces, sin duda, el hombre sintió en sí mismo lo que había hecho; entonces distinguió el mal del bien, por sufrirlo, no por no tenerlo. Pues era injusto que fuera obedecido por su siervo, es decir, por su cuerpo, el que no había obedecido a su Señor.
Pero ¿cómo es que, cuando tenemos el cuerpo libre y sano de impedimentos, se tiene poder para mover y realizar las funciones propias de los ojos, labios, lengua, manos, pies, espalda, cuello y caderas, y, sin embargo, cuando se trata de engendrar hijos, los miembros creados para esta función no se someten a la inclinación de la voluntad? Por el contrario, se espera que los mueva esta pasión, en cierto modo autónoma; aunque a veces no lo haga, teniendo el espíritu predispuesto, y otras lo realice, sin que el espíritu lo desee. ¿No deberá avergonzarse por esto el libre arbitrio del hombre, ya que ha perdido el dominio incluso sobre sus miembros al despreciar lo que Dios manda? ¿Y dónde se puede mostrar con más exactitud que la naturaleza humana se ha depravado a causa de la desobediencia que en estos miembros desobedientes, por los que la misma naturaleza subsiste por sucesión? Por este motivo, estos miembros son denominados, con toda propiedad, con el nombre de órganos naturales. Y cuando los primeros hombres advirtieron en su carne este movimiento indecoroso, por desobedientes, y se avergonzaron de su desnudez, cubrieron dichos miembros con hojas de higuera [Génesis 3,7]. Así, por lo menos fue tapado libremente por el pudor lo que se excitaba sin el consentimiento de la voluntad; y, como era causa de vergüenza el placer indecoroso, se realizaría ocultamente lo que era honroso.

La concupiscencia y el bien del matrimonio
VII.
8. Como ni siquiera con la entrada de este mal puede destruirse el bien del matrimonio, los ignorantes piensan que esto no es un mal, sino que es parte del bien del matrimonio. Sin embargo, se distingue no sólo con sutiles razonamientos, sino también con el comunísimo juicio natural, que aparece en los primeros hombres y se mantiene aún hoy en los casados; lo que hicieron después por la procreación es el bien del matrimonio, pero lo que antes cubrieron por vergüenza es el mal de la concupiscencia, que evita por todas partes la mirada y busca con pudor el secreto. En consecuencia, el matrimonio se puede gloriar de conseguir un bien de este mal, pero se ha de sonrojar porque no puede realizarlo sin él. Por ejemplo, si alguien con un pie en malas condiciones alcanza un bien aunque sea cojeando, ni es mala la conquista por el mal de la cojera ni buena la cojera por el bien de la conquista. Igualmente, por el mal de la libido no debemos condenar el matrimonio, ni por el bien del matrimonio alabar la libido.

El matrimonio cristiano y el apóstol San Pablo
VIII.
9. Esta es, en efecto, la enfermedad de la que el Apóstol, hablando a los esposos cristianos, dice: Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación: que os abstengáis de la fornicación, de modo que cada uno de vosotros sepa conservar su vaso en santidad y respeto, no en la maldad del deseo, como los gentiles, que no conocen a Dios [1ª Tesalonicenses 4, 3-5]. Por tanto, el esposo cristiano no sólo no debe usar del vaso ajeno, lo que hacen aquellos que desean la mujer del prójimo, sino que sabe que incluso su propio vaso no es para poseerlo en la maldad de la concupiscencia carnal. Pero esto no ha de entenderse como si el Apóstol condenase la unión conyugal, es decir, la unión carnal lícita y buena. Quiere decir que esta unión, que no estaría contaminada de pasión morbosa si con un pecado precedente no hubiera perecido en ella el arbitrio de la libertad, ahora está contaminada por este pecado, no ya de forma voluntaria, sino inevitable. Con todo, sin la pasión morbosa no se puede llegar, en la procreación de los hijos, al fruto de la misma voluntad.
Esta voluntad en la unión de los cristianos no está determinada por el fin de dar vida a hijos para que pasen por este mundo, sino por el de que sean regenerados para que no se aparten de Cristo. Si consiguen esto, obtendrán del matrimonio la recompensa de la plena felicidad; si no lo consiguen, obtendrán la paz de la buena voluntad. El que posea su vaso, es decir, su esposa, con esta intención del corazón, sin duda que no la posee en la maldad del deseo, como los gentiles, que no conocen a Dios, sino en santidad y respeto[Cf 1ª Tesalonicenses 4, 5-4] , como los fieles, que esperan en Dios. En efecto, el hombre no es vencido por el mal de la concupiscencia, sino que usa de él cuando, ardiendo en deseos desordenados e indecorosos, la frena, y la sujeta, y la afloja para usarla pensando únicamente en la descendencia, para engendrar carnalmente a los que han de ser regenerados espiritualmente, y no para someter el espíritu a la carne en una miserable servidumbre. […]

La indisolubilidad del matrimonio
X
11. Ciertamente, a los esposos cristianos no se les recomienda sólo la fecundidad, cuyo fruto es la prole; ni sólo la pureza, cuyo vínculo es la fidelidad, sino también un cierto sacramento del matrimonio -por lo que dice el Apóstol: Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia- [Efesios 5, 25]. Sin duda, la res (virtud propia) del sacramento consiste en que el hombre y la mujer, unidos en matrimonio, perseveren unidos mientras vivan y que no sea lícita la separación de un cónyuge de otro, excepto por causa de fornicación [Mateo 5, 32]. De hecho, así sucede entre Cristo y la Iglesia, a saber, viviendo uno unido al otro no los separa ningún divorcio por toda la eternidad. En tan gran estima se tiene este sacramento en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo [Salmo 47, 3] -esto es, en la Iglesia de Cristo- por todos los esposos cristianos, que, sin duda, son miembros de Cristo, que, aunque las mujeres se unan a los hombres y los hombres a las mujeres con el fin de procrear hijos, no es lícito abandonar a la consorte estéril para unirse a otra fecunda. Si alguno hiciese esto, sería reo de adulterio; no ante la ley de este mundo, donde, mediante el repudio, está permitido realizar otro matrimonio con otro cónyuge -según el Señor, el santo Moisés se lo permitió a los israelitas por la dureza de su corazón-, pero sí lo es para la ley del Evangelio. Lo mismo sucede con la mujer que se casara con otro [Cf. Mateo 19, 8.9; Marcos 10, 12]. […]

Los tres bienes del matrimonio de María y José
XI
13. Por tanto, todo el bien del matrimonio se encuentra colmado en los padres de Cristo: 1) la prole, 2) la fidelidad, 3) el sacramento. La prole, conocemos al mismo Señor Jesús; la fidelidad, porque no existió ningún adulterio; el sacramento, porque no lo rompió ningún divorcio.

La unión conyugal y la concupiscencia de la carne
XII. Allí solamente faltó el acto conyugal, porque no podía realizarse en la carne del pecado sin la concupiscencia de la carne, que proviene del pecado, sin la cual quiso ser concebido no en la carne de pecado, sino en la semejanza de la carne de pecado, el que habría de ser sin pecado. De este modo enseña también que es carne de pecado la que nace de la relación conyugal, porque sólo la carne que no nazca de esta relación no es carne de pecado. Esto a pesar de que la relación conyugal, hecha con la intención de engendrar, no es en sí misma pecado, porque la buena voluntad del alma conduce el deseo del cuerpo, que la acompaña y no se adhiere a él; y el arbitrio humano no es arrastrado y subyugado por el pecado cuando la herida del pecado se abre, como es lógico, en el uso de la generación. […]

Una cierta comezón de esta herida reina en las deshonestidades de los adulterios, fornicaciones y cualquier estupro e impureza; sin embargo, en los actos necesarios del matrimonio es un simple sirviente; allí se condena a la deshonestidad por tal amo, aquí se avergüenza la honestidad de tal lacayo. Por tanto, la libido no es un bien del matrimonio, sino obscenidad para los que pecan, necesidad para los que engendran, ardor de los amores lascivos, pudor del matrimonio. Por tanto, ¿por qué no van a continuar siendo esposos los que por mutuo consenso han dejado de tener relaciones conyugales, si fueron esposos José y María, los que ni siquiera comenzaron a tener tales relaciones?

El matrimonio antes y después de Cristo
XIII
14. Ahora ya no existe aquella necesidad de procreación de hijos, que, efectivamente, fue muy grave en los santos patriarcas por la generación y conservación del pueblo de Dios, en el que se debía preanunciar a Cristo. Ahora, por el contrario, lo que de verdad es evidente en todo el mundo es la multitud de niños que han de ser engendrados espiritualmente, pues, dondequiera que sea, ellos han sido engendrados carnalmente. Y así, lo que está escrito: Hay un tiempo para el abrazo y un tiempo para abstenerse del abrazo [Eclesiastes 3, 5], se ha de interpretar como la división entre aquel tiempo y el presente; aquél, ciertamente, fue el tiempo del abrazo; éste, por el contrario, el de la abstinencia del abrazo. […]

Degradación pagana del matrimonio
XV
17. Sin embargo, una cosa es no unirse sino con la sola voluntad de engendrar, cosa que no tiene culpa, y otra apetecer en la unión, naturalmente con el propio cónyuge, el placer, cosa que tiene una culpa venial. Porque, aunque se unan sin intención de propagar la prole, por lo menos no se oponen a ella, a causa del placer, con un propósito ni con una acción mala. Pues los que hacen esto, aunque se llamen esposos, no lo son ni mantienen nada del verdadero matrimonio, sino que alargan este nombre honesto para velar las torpezas. Manifiestan abiertamente su malicia cuando llegan al extremo de abandonar a los hijos que les nacen contra su voluntad. No quieren alimentar o tener consigo a los hijos que temieron engendrar. De manera que, al mostrarse despiadados con los hijos engendrados contra sus deseos ocultos y nefandos, ponen de manifiesto toda su iniquidad, y con esta evidente crueldad descubren sus ocultas deshonestidades. A veces llega a tanto esta libidinosa crueldad o, si se quiere, libido cruel, que emplean drogas esterilizantes, y, si éstas resultan ineficaces, matan en el seno materno el feto concebido y lo arrojan fuera, prefiriendo que su prole se desvanezca antes de tener vida, o, si ya vivía en el útero, matarla antes de que nazca. Lo repito: si ambos son así, no son cónyuges, y, si se juntaron desde el principio con tal intención, no han celebrado un matrimonio, sino que han pactado un concubinato. Si los dos no son así, digo sin miedo que o ella es una prostituta del varón o él es un adúltero de la mujer.

Matrimonio cristiano y virginidad
XVI
18. Puesto que las nupcias ya no pueden ser tan puras como pudieron ser entre los primeros hombres si no hubiera aparecido el pecado, al menos se ha de procurar sean como las de los santos patriarcas. Por tanto, no debe dominar la vergonzosa concupiscencia de la carne, inseparable del cuerpo mortal, la cual antes del pecado no existió en el paraíso y después del pecado fue arrojada de allí, sino, más bien, ha de estar sometida para servir únicamente a la propagación de la prole. O bien porque el tiempo presente, que ya hemos indicado como el tiempo de la abstinencia de los abrazos, no tiene la necesidad de este deber, mientras existe a nuestro alrededor y en el mundo tan gran abundancia de hijos que han de ser engendrados espiritualmente.

Quien pueda entender, entienda [Mateo 19, 12] el bien preferible de la continencia ideal. Sin embargo, quien no pueda entenderlo, si se casa, no peca; y la mujer, si no es capaz de contenerse, se case. Es bueno para el hombre no tocar a la mujer [1ª Corintios 7,1]. Mas como no todos entienden esta palabra, sino únicamente aquellos a quienes se les ha concedido [Mateo 19, 11], sólo queda que, para evitar la fornicación cada hombre tenga su mujer, y cada mujer tenga su marido [1ª Corintios 7,3]. Y así, para que no caiga en la ruina de las acciones deshonestas, la enfermedad de la incontinencia es contrarrestada por la honestidad del matrimonio. De hecho, esto es lo que el Apóstol dice a las mujeres: Quiero que las jóvenes se casen [1ª Timoteo 5, 14]; y lo mismo se puede decir de los maridos: "Quiero que los jóvenes se casen", de modo que se extiende a los dos sexos lo siguiente: que engendren hijos, que sean padres y madres de familia y que no den a nuestro adversario motivo de calumniar nuestra fe [1ª Timoteo 5, 14].

Conclusión, los tres bienes del matrimonio cristiano
XVII
19. Ahora bien, en el matrimonio se deben amar los bienes peculiares: 1) la prole, 2) la fidelidad, 3) el sacramento.
1) La prole no sólo para que nazca, sino para que renazca, pues nace a la pena si no renace a la vida.
2) La fidelidad no como la conservan los infieles, que sufren celos carnales; pues ¿qué hombre, por impío que sea, quiere una mujer adúltera? ¿O qué mujer, por impía que sea, quiere un marido adúltero? Tal fidelidad, en el matrimonio, es un bien natural, pero carnal. Por el contrario, el miembro de Cristo debe temer el adulterio del cónyuge por el mismo cónyuge, no por sí mismo, y ha de esperar del mismo Cristo el premio a la fidelidad conyugal que propone al cónyuge.
3) En cuanto al sacramento -que no se destruye ni por el divorcio ni por el adulterio-, éste ha de ser guardado por los esposos casta y concordemente; es el único de los tres bienes que por derecho de religión mantiene indisoluble el matrimonio de los consortes estériles cuando ya han perdido enteramente la esperanza de tener hijos, por la que se casaron.
Alaba el matrimonio quien alaba en él estos bienes nupciales. Sin embargo, la concupiscencia carnal no se debe atribuir al matrimonio, sino sólo tolerar. Pues no es un bien que venga de la naturaleza del matrimonio, sino un mal que proviene del antiguo pecado. […]

Parte II. Realidad de la concupiscencia
B) La concupiscencia y el pecado original

El bautismo de los párvulos de padres cristianos
XVIII
20. A causa de esta concupiscencia, ni siquiera del matrimonio justo y legítimo de hijos de Dios nacen hijos de Dios, sino hijos del mundo. Porque los que engendran, aunque ya hayan sido regenerados, no engendran como hijos de Dios, sino como hijos del siglo. En efecto, tal es la sentencia del Señor: Los hijos de este siglo engendran y son engendrados [Lucas 20,34]. En cuanto somos todavía hijos de este siglo, nuestro hombre exterior se corrompe. Por esta razón, ellos son engendrados también hijos de este mundo, y no serán hijos de Dios si no son regenerados. Pero, en cuanto somos hijos de Dios, el hombre interior se renueva de día en día [2ª Corintios 4, 16]; y también el hombre exterior, por el baño de la regeneración, es santificado y recibe la esperanza de la futura incorrupción, por lo que con toda razón es llamado templo de Dios: Vuestros cuerpos -dice el Apóstol- son templos del Espíritu Santo, que está en vosotros, que habéis recibido de Dios. Ya no os pertenecéis; habéis sido comprados a un gran precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo [1ª Corintios 6, 19-20].
Todo esto ha sido dicho no sólo por la santificación presente, sino especialmente por la esperanza, de la cual el mismo Apóstol dice en otro lugar: Pero también nosotros que poseemos las primicias del espíritu, también nosotros gemimos en nuestro interior, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo [Romanos 8, 23]. Luego si, según el Apóstol, se espera la redención de nuestro cuerpo, ciertamente lo que se espera, todavía es objeto de esperanza, no de posesión. Por esto añade: Hemos sido salvados en esperanza; sin embargo, la esperanza que se ve no es ya esperanza, puesto que lo que se ve, ¿cómo se puede esperar? Pero, si esperamos lo que no vemos, aguardamos con paciencia [Romanos 8, 24-25]. Así, pues, los hijos son engendrados carnales no por lo que aguardamos, sino por lo que toleramos. Por lo tanto, lejos del hombre fiel, cuando oye al Apóstol: Amad vuestras mujeres [Cf. Colosenses 3, 19], amar en la esposa la concupiscencia carnal, la cual no debe amar ni en sí mismo; escuche a otro apóstol: No améis el mundo ni las cosas que están en el mundo. Todo el que ame el mundo, el amor del Padre no está en él, porque todas las cosas que están en el mundo son concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y ambición del mundo, lo cual no procede del Padre, sino del mundo. El mundo pasa con su concupiscencia; sin embargo, el que haga la voluntad de Dios permanece por siempre, como también Dios permanece eternamente [1ª Juan 2, 15-17] […]

El pecado original y los bienes del matrimonio
XXI
23. Ahora, si interrogamos de algún modo a los bienes del matrimonio sobre cómo puede el pecado propagarse de ellos a los niños, el acto de la propagación de la prole nos respondería: "Yo en el paraíso habría sido más feliz si no se hubiera cometido el pecado, porque a mí me pertenece la bendición de Dios: Creced y multiplicaos” [Génesis 1, 28]. Para esta obra buena cada sexo tiene miembros distintos, que ciertamente existían ya antes del pecado, pero no eran vergonzosos.
La fidelidad de la castidad respondería: "Si no hubiera existido el pecado, ¿qué cosa habría existido en el paraíso más serena que yo, donde ni me habría punzado mi pasión ni me habría tentado la de otro?"
Y también el sacramento respondería: "Antes del pecado se dijo de mí en el paraíso: Dejará el hombre el padre y la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne [Genesis 2, 24]; y esto es un gran sacramento -dice el Apóstol- en Cristo y en la Iglesia [Efesios 5, 32]. Luego éste es grande en Cristo y en la Iglesia, muy pequeño en todos y cada uno de los maridos y mujeres; y, sin embargo, sacramento de unión inseparable. ¿Qué tienen éstos en el matrimonio para que pase el vínculo del pecado a la descendencia? Seguramente, nada; en verdad, la bondad del matrimonio se realiza perfectamente en estos tres bienes, gracias a los cuales también hoy el matrimonio es un bien.

Pecado y concupiscencia vergonzosa
XXII
24. Por otra parte, si interrogamos a la concupiscencia de la carne, por la que se han hecho vergonzosos los miembros que antes no lo eran, ¿no responderá que comenzó a estar en los miembros del hombre después del pecado? Y por esta razón la llama el Apóstol ley del pecado, porque hizo al hombre súbdito suyo al no querer ser súbdito de Dios. De ella se avergonzaron entonces los primeros esposos, y cubrieron sus miembros vergonzosos [Cf. Génesis 3,7]; de ella se avergüenzan todavía ahora, y buscan el secreto para unirse, sin atreverse a tener por testigos de esta obra ni siquiera a los hijos que de ella han sido engendrados. A este pudor natural, el error de los filósofos cínicos se ha opuesto con una llamativa desvergüenza, ya que esta acción, lícita y honesta, pensaban que se debería realizar con la mujer en público. Por lo que, con toda razón, la impureza de su atrevimiento recibió un nombre canino; en efecto, por esto son denominados cínicos.

Transmisión y herencia del pecado original
XXIII
25. Indudablemente, es esta concupiscencia, esta ley del pecado que habita en los miembros, a la que la ley de la justicia prohíbe obedecer, como dice el Apóstol: No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, para obedecer a sus deseos, ni ofrezcáis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad [Romanos 6, 12]. Y afirma que esta concupiscencia, que se expía solamente con el sacramento de la regeneración, transmite, sin duda, por la generación el vínculo del pecado a los descendientes, a no ser que también ellos sean desligados de dicho vínculo.
Así, pues, esta concupiscencia ya no es pecado en los regenerados cuando no consienten en obras ilícitas, ni los miembros son dados por el espíritu, que es el rey, para que se cometan tales cosas; de modo que, si no se hace lo que está escrito: No codicies [Éxodo 20, 17], al menos se haga lo que se lee en otra parte: No vayas detrás de las pasiones [Siracida 18, 30]. Pero, según cierto modo de hablar, se la ha llamado pecado, ya que viene del pecado y, si vence, suscita el pecado. Su culpabilidad, por el contrario, es efectiva en el engendrado; culpabilidad que la gracia de Cristo, por la remisión de todos los pecados, no permite que sea eficaz en el regenerado si no la obedece cuando le impulsa, en cierto modo, a las malas acciones. Por tanto, se llama pecado porque proviene del pecado -aunque en los regenerados no sea pecado-, como se llama lengua el lenguaje que profiere la lengua y se llama mano la escritura que traza la mano. También se llama pecado porque, si vence, suscita el pecado, del mismo modo que el frío es llamado perezoso no porque sea producido por los perezosos, sino porque suscita perezosos.

La concupiscencia, lazo del diablo a la naturaleza humana
XXIII
26. Esta herida infligida por el diablo al género humano hace que esté bajo el diablo cualquiera que nazca por ella -como si cogiera, con pleno derecho, el fruto del propio árbol-, no porque provenga de él la naturaleza humana, que proviene sólo de Dios, sino porque de él arranca el vicio, el cual no proviene de Dios. Así, pues, la naturaleza humana es condenada no por sí misma, sino por el vicio execrable que la ha corrompido. El motivo por el que es condenada es el mismo por el que está subyugada al execrable diablo. Y es que también el mismo diablo es espíritu inmundo; bueno, en cuanto espíritu; malo, en cuanto inmundo. Es espíritu por naturaleza, inmundo por vicio; de estas dos cosas, la primera proviene de Dios; la segunda, de él mismo. Por consiguiente, no posee a los hombres, grandes o pequeños, porque sean hombres, sino porque son inmundos.
El que se maraville de que una criatura de Dios esté sujeta al diablo, que no se maraville; una criatura de Dios está sujeta a otra criatura de Dios, la menor a la mayor; es decir, el hombre al ángel; pero no es por la naturaleza, sino por el vicio, por lo que el inmundo está sometido al inmundo. Este es el fruto que saca de la antigua raíz de impureza que plantó en el hombre. En el juicio final, ciertamente padecerá las mayores penas, en cuanto que es el más impuro. No obstante -como nada será causa de condenación sino el pecado-, para los que están subyugados a él, como príncipe y autor del pecado, también existirá una pena, más suave, en la condenación.

La concupiscencia como rebeldía contra la razón
XXIV
27. El diablo tiene prisioneros a los niños porque no han nacido del bien, que hace bueno al matrimonio, sino del mal de la concupiscencia, del que el matrimonio hace un buen uso, aunque incluso se avergüence de él. Porque, a pesar de que el matrimonio sea honorable en todos los bienes que le son propios y de que mantenga limpio el tálamo 66 de fornicaciones y adulterios, son torpezas siempre condenables, y aun de excesos conyugales no realizados al dictado de la voluntad, en busca de la prole, sino bajo el imperio del ansia de placer, cosa que en los esposos es pecado venial, al llegar el acto de la procreación, la misma unión lícita y honesta no puede realizarse sin el ardor de la pasión, y sólo a través de ella consigue lo que pertenece a la razón y no a la pasión. Este ardor, siga o preceda a la voluntad, es, sin duda, el que, como por propia autoridad, mueve los miembros que la voluntad no es capaz de mover. Y así muestra que no es siervo de la voluntad, sino suplicio de una voluntad rebelde; que no es excitado por el libre albedrío, sino por un estímulo placentero; por esto es vergonzoso.
Todos los niños que nacen de esta concupiscencia de la carne, que, aunque en los regenerados no se impute como pecado, ha entrado en la naturaleza por el pecado; repito, todos los niños que nacen de esta concupiscencia de la carne, en cuanto hija del pecado, y también madre de muchos pecados cuando consiente en actos deshonestos, están encadenados por el pecado original. A no ser que renazcan en aquel que concibió la Virgen sin esta concupiscencia. Él fue el único que nació sin pecado cuando se dignó nacer en esta carne.

También en el bautizado
XXV
28. Pero si se pregunta: ¿Cómo esta concupiscencia de la carne permanece en el regenerado, en quien se ha realizado la remisión de todos los pecados, ya que por la concupiscencia se concibe, y con ella nace la prole carnal de los padres bautizados? O, al menos, si en el padre bautizado puede estar y no ser pecado, ¿por qué esta misma concupiscencia en el hijo ha de ser pecado? A esto se responderá: La concupiscencia de la carne ha sido vencida en el bautismo no para que no exista, sino para que no se impute como pecado. Aunque ya haya sido disuelta su culpa, permanece hasta que sea sanada toda nuestra enfermedad cuando, progresando la renovación del hombre interior de día en día, el hombre exterior se vista de incorruptibilidad. Pero no permanece sustancialmente, como cuerpo o espíritu, sino que la inclinación proviene de una cierta cualidad mala, como la flaqueza [1ª Corintios 15, 53]. En efecto, cuando se realiza lo que está escrito: El Señor es propicio con todas nuestras iniquidades, no permanece nada que no haya sido perdonado. Ahora bien, hasta que se cumpla lo que sigue: Él sana todas tus debilidades, el que redime de la corrupción tu vida [Salmo 102, 3-4], la concupiscencia carnal permanece en el cuerpo de esta muerte, y tenemos orden de no obedecer a sus viciosos deseos de cometer cosas ilícitas para que el pecado no reine en nuestro cuerpo mortal.

Esta concupiscencia, por otra parte, disminuye diariamente en los que progresan en la virtud y en los continentes; mucho más cuando se llega a la vejez. Sin embargo, en los que se esclavizan viciosamente a ella adquiere tanta fuerza que, ordinariamente, no deja de comportarse con toda desvergüenza e indecencia, incluso en la edad en que los mismos miembros y las partes del cuerpo destinadas a esta obra han perdido su vigor.

El pecado y el reato del pecado

XXVI
29. Ahora bien, como los regenerados en Cristo reciben la total remisión de sus pecados, evidentemente es necesario que se les perdone también la culpabilidad de su concupiscencia, que, como ya he explicado, no se ha de imputar como pecado, aunque todavía permanezca. El pecado es un acto transitorio, y, por tanto, no permanece. Pero su culpabilidad sí permanece para siempre si no es perdonada. Del mismo modo, la culpabilidad de la concupiscencia desaparece cuando es perdonada.

Esto significa, en efecto, no tener pecado, no ser reo de pecado. Pero si alguno, por ejemplo, cometiera adulterio, aunque no lo vuelva a repetir, es reo de adulterio hasta que su culpabilidad sea perdonada por indulgencia. Por tanto, está en pecado aunque ya no exista lo que consintió, porque ha pasado con el tiempo en el que fue hecho. Pero si no tener pecado significase desistir de pecar, bastaría que la Escritura nos dijese: Hijo, has pecado; no lo hagas de nuevo; sin embargo, no basta, ya que añade: En cuanto a los pasados, ruega para que te sean perdonados [Siracides 21, 1]. Por tanto, permanecen si no son perdonados. Pero ¿cómo permanecen, si han pasado, sino porque han pasado en cuanto acto y duran en cuanto culpa? Así, también puede suceder a la inversa, que permanezca como acto y pase como culpabilidad.

Las malas inclinaciones de la concupiscencia
XXVII
30. La concupiscencia de la carne obra incluso cuando no se le presta ni el consentimiento del corazón, donde reina, ni los miembros, como instrumentos para cumplir lo que manda. Y ¿qué es lo que obra sino las mismas acciones malas y deshonestas? Pues, si fueran buenas y lícitas, el Apóstol no prohibiría obedecerlas cuando dice: No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal para obedecer a sus deseos [Romanos 7, 12]; no dice: "Para tener sus deseos", sino para obedecer a sus deseos, de modo que, como en unos son más fuertes y en otros menos fuertes, según el progreso de cada uno en la renovación del hombre interior, no desfallezcamos nunca en la lucha por la rectitud y la castidad y no los obedezcamos.

Ahora bien, debemos aspirar a que esos mismos deseos desaparezcan, aunque no podemos conseguirlo en este cuerpo mortal. De aquí también que en otro lugar el mismo Apóstol, poniendo como ejemplo su persona, nos instruye con estas palabras: Pues no pongo por obra lo que quiero, sino que lo que aborrezco, eso es lo que hago; es decir, siento el apetito -porque él no quería ni siquiera sufrir esto para ser perfecto en todos los sentidos-. Pues si lo que no quiero eso es lo que hago -dice-, estoy de acuerdo con la ley, que es buena, porque lo que no quiere ella, tampoco yo lo quiero [Romanos 7, 16]. Ella no quiere que yo tenga estas apetencias, y dice: No codiciarás, y yo no quiero codiciar. Así, pues, en esto concuerdan la voluntad de la ley y la mía. Pero, porque no quería codiciar y, sin embargo, sentía el apetito, aunque sin hacerse esclavo consintiendo en él, continuó, diciendo: Ahora, sin embargo, ya no soy yo el que hago esto, sino el pecado que habita en mí [Romanos 7, 17]. […]

Confirmación del contenido de esta obra

XXXV
40. Me he preocupado de distinguir con un largo discurso la concupiscencia de la carne de los bienes del matrimonio obligado por los nuevos herejes, los cuales, cuando ven que es condenada, lanzan calumnias como si se condenase el matrimonio. Evidentemente, de este modo -alabándola como un bien natural- confirman su pestífera doctrina, según la cual la descendencia que nace por ella no arrastra ningún pecado original. Pero de esta concupiscencia carnal, el bienaventurado Ambrosio, obispo de Milán -por su ministerio sacerdotal, yo recibí el baño de regeneración-, habló así, tan escuetamente, cuando aludió al nacimiento carnal de Cristo, comentando el profeta Isaías: "Por esto -dice-, en cuanto hombre, ha sido tentado por todas las cosas, y en la semejanza de los hombres las soportó todas; pero, en cuanto nacido del Espíritu, se abstuvo del pecado". En efecto, todo hombre es mentiroso 94 y no hay nadie sin pecado, sino sólo Dios. Por tanto, sigue en pie que ningún nacido del varón y de la mujer, es decir, de la unión carnal, se verá libre de pecado. Así, pues, quien sea libre de pecado, deberá serlo también de semejante concepción. ¿Acaso el santo Ambrosio condenó la bondad del matrimonio, o, más bien, no fue condenada, con la verdad de su sentencia, la pretensión de estos herejes, aunque todavía no habían aparecido? […]

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1 Véase La Casa sobre Roca las afirmaciones de Víctor Frankl en pags. 120-122 y las de Rudolf Allers en las pp. 96-97
2 San Agustín, De Bono Matrimonii, Usamos la traducción del texto latino hecha por los Padres agustino Teodoro C. Madrid, OAR y Antonio Sánchez Carazo OAR con el título: El Matrimonio y la concupiscencia. Puede bajarse desde Internet, de la página de Obras de San Agustín de los Padres Agustinos: http://www.augustinus.it/spagnolo/nozze_concupiscenza/index2.htm



 

 
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