La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: Mons. Javier Echevarría | Fuente: http://www.opusdei.es Carta del Prelado Opus Dei (octubre 2009)
El Prelado reflexiona sobre el valor santificador del trabajo y, ante el momento de crisis global, invita en su carta a "acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad".
Carta del Prelado Opus Dei (octubre 2009)
Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a
mis hijos!
El 2 de octubre, agradeceremos al Señor un nuevo
aniversario de la fundación del Opus Dei; y cuatro días
más tarde, el 6 de octubre, se cumple el séptimo
de la canonización de nuestro Fundador. En la cercanía de
estas dos fechas, pienso que nos viene bien meditar en
esta sobrenatural intuición de nuestro Fundador, como la calificó Juan
Pablo II[1]: el valor santificador del trabajo ordinario en medio
del mundo, la necesidad de aprovechar el acontecer cotidiano, para
responder al encuentro permanente que el Señor desea mantener con
cada una y cada uno de nosotros. Se comprende perfectamente
que nuestro Padre se volviera "loco de amor" al meditar
con hondura las palabras que manifiesta Dios a través del
profeta: meus es tu[2].
Nos consta que el trabajo, esta realidad
universal y necesaria que acompaña la existencia de los hombres
en la tierra, es medio para subvenir a las necesidades
personales y de la propia familia, vínculo de comunión con
las demás personas, ocasión de perfeccionamiento personal. Para un cristiano,
esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo
aparece como participación en la obra creadora de Dios, que,
al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: procread y multiplicaos
y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los
peces del mar, y en las aves del cielo, y
en todo animal que se mueve sobre la tierra (Gn
1, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo,
el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora:
no sólo es el ámbito en el que el hombre
vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y
santificadora[3].
Juan Pablo II expuso con viveza esta enseñanza durante la
canonización de nuestro Fundador, al ilustrar el relato de la
creación del hombre: el Señor Dios tomó al hombre y
lo colocó en el jardín de Edén para que lo
trabajara y lo guardara[4]. «El libro del Génesis —decía el
Santo Padre— (...) nos recuerda que el Creador ha confiado
la tierra al hombre, para que la "labrase" y "cuidase".
Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo,
contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y
cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de
la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana»[5].
Ya en
la ceremonia de la beatificación, el 17 de mayo de
1992, había afirmado que San Josemaría «predicó incansablemente la llamada
universal a la santidad y al apostolado. Cristo —añadía el
Romano Pontífice— convoca a todos a santificarse en la realidad
de la vida cotidiana; por eso, el trabajo es también
medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive
en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al
encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la
realidad del hombre y a toda la creación»[6].
Proponer otra vez
este punto capital del espíritu del Opus Dei no resulta
repetitivo, porque siempre podemos ahondar más en su inagotable riqueza
espiritual y ponerlo en práctica con mayor fidelidad, contando con
la ayuda de Dios y la intercesión de nuestro Padre.
Como frecuentemente afirmó San Josemaría, mientras haya hombres y mujeres
que desempeñen una tarea profesional, habrá personas que, impulsadas por
este espíritu, mostrarán a sus amigos y colegas que es
posible alcanzar la perfección cristiana, la santidad, mediante la santificación
de la ocupación profesional, colaborando con Dios en el perfeccionamiento
de la creación y cooperando con Cristo en la aplicación
de la obra redentora.
Escuchemos a San Josemaría: somos nosotros hombres
de la calle, cristianos corrientes, metidos en el torrente circulatorio
de la sociedad, y el Señor nos quiere santos, apostólicos,
precisamente en medio de nuestro trabajo profesional, es decir, santificándonos
en esa tarea, santificando esa tarea y ayudando a que
los demás se santifiquen con esa tarea. Convenceos de que
en ese ambiente os espera Dios, con solicitud de Padre,
de Amigo; y pensad que con vuestro quehacer profesional realizado
con responsabilidad, además de sosteneros económicamente, prestáis un servicio directísimo
al desarrollo de la sociedad, aliviáis también las cargas de
los demás y mantenéis tantas obras asistenciales —a nivel local
y universal— en pro de los individuos y de los
pueblos menos favorecidos[7]. Hemos de pensar más en las personas
que se encuentran a nuestro alrededor: ¿lo hacemos?, ¿despiertan en
nosotros un claro celo apostólico? El trabajo profesional y las
relaciones derivadas de su ejercicio constituyen un campo privilegiado para
ejercitar el sacerdocio común recibido en el Bautismo. Tengámoslo muy
presente durante el año sacerdotal.
Esas palabras de nuestro Padre resuenan
con fuerza en los momentos actuales, signados por una profunda
crisis económica y laboral que afecta a muchos países. Al
mismo tiempo, nos recuerdan el carácter instrumental del trabajo en
todas sus manifestaciones. Por eso, nos enseñaba también que los
bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando
el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos,
se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para
el bien, en una tarea cristiana de justicia y de
caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como
quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro está
aquí (...); es Cristo y en Él se han de
centrar todos nuestros amores, porque donde está nuestro tesoro allí
estará también nuestro corazón (Mt 6, 21)[8].
Si la tarea profesional
se considerase como un objetivo en sí mismo, y no
un medio para alcanzar el fin último de la existencia
humana —la comunión con Dios y, en Dios, con los
demás hombres—, se desvirtuaría su naturaleza y perdería su valor
más alto. Se convertiría en una actividad cerrada a la
trascendencia, en la que la criatura no tardaría en situarse
en el lugar de Dios. Un trabajo realizado así tampoco
podría ser el medio para colaborar con Cristo en la
obra redentora, que comenzó con sus años de artesano en
Nazaret y consumó en la Cruz, entregando su vida por
la salvación de los hombres.
Son ideas que Benedicto XVI ha
expuesto recientemente en la encíclica Caritas in veritate, presentando la
Doctrina social de la Iglesia en el actual contexto de
globalización de la sociedad. Al afirmar, en las circunstancias actuales,
que el primer capital que se ha de salvaguardar y
valorar es el hombre, la persona en su integridad[9], el
Papa pone de relieve —como ya expresó el Concilio Vaticano
II— que el hombre es el autor, el centro y
el fin de toda la vida económico-social[10]. De este modo,
situando en el núcleo del debate actual a la persona
humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y elevada
por Cristo a la dignidad de la filiación divina, el
Santo Padre se pronuncia decididamente contra el determinismo que subyace
en muchas concepciones de la vida política, económica y social.
Al
mismo tiempo, el Papa pone de relieve la energía transformadora
de la sociedad que lleva consigo el ejercicio de una
libertad rectamente entendida, es decir, una libertad firmemente anclada en
la verdad. Refiriéndose al desarrollo de los pueblos, escribe: en
realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el
desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto,
comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte
de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de
la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega
el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del
hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y
termina por promover un desarrollo deshumanizado[11].
En una época de crisis
como la de ahora, con repercusiones que afectan directamente a
tanta gente, podría presentarse un doble peligro: de una parte,
confiar ingenuamente en que las soluciones técnicas resolverán todos los
problemas; y, de otra, dejarse arrastrar por el pesimismo o
la resignación, como si todo eso fuera inevitable, consecuencia de
unas leyes económicas que no se pueden soslayar.
Una y otra
actitud se demuestran falsas y peligrosas. Un hombre o una
mujer de fe ha de aprovechar esta situación para mejorar
personalmente en la práctica de la virtud, cuidando con esmero
el espíritu de desprendimiento, la rectitud de intención, la renuncia
a bienes superfluos, y tantos detalles más. Sabe, por otra
parte, que en todo instante estamos en las manos de
Dios, nuestro Padre; y que si la Providencia divina permite
estas dificultades, lo hace para que saquemos bien del mal:
Dios escribe derecho con renglones torcidos. Atravesamos un tiempo propicio
para acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la
caridad; y para desempeñar nuestra tarea —la que sea— con
rigor profesional, con rectitud de intención, ofreciendo todo para que
en la sociedad se cree un auténtico sentido de responsabilidad
y de solidaridad. ¿Rezamos para que se resuelva el grave
problema del paro?
Por otro lado, las circunstancias difíciles favorecen que
salgan a flote recursos escondidos en el interior de cada
persona. Una de las recomendaciones más importantes de la reciente
encíclica se concreta en la llamada a purificar las relaciones
de la estricta justicia con la caridad, sin separar el
ejercicio de estas dos virtudes. El gran desafío de estos
momentos, afirma el Romano Pontífice, es mostrar, tanto en el
orden de las ideas como en el de los comportamientos,
que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los
principios tradicionales de la ética social, como la transparencia, la
honradez y la responsabilidad, sino que, en las relaciones mercantiles,
el principio de gratuidad y la lógica del don, como
expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la
actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en
el momento actual, pero también de la razón económica misma.
Una exigencia de la caridad y de la verdad al
mismo tiempo[12].
Viene a mi memoria una enseñanza que San Josemaría
difundió en sus escritos y en sus encuentros con gentes
muy diversas. En una homilía, dirigía estas palabras a las
personas de todo tipo que le escuchaban: convenceos de que
únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas
de la humanidad. Cuando se hace justicia a secas, no
os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho
más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios.
La caridad ha de ir dentro y al lado, porque
lo dulcifica todo, lo deifica: Dios es amor (1 Jn
4, 16). Hemos de movernos siempre por Amor de Dios,
que torna más fácil querer al prójimo, y purifica y
eleva los amores terrenos[13]. Y en otra ocasión, ante la
pregunta acerca de la primera virtud que debería cultivar un
empresario, su respuesta inmediata fue la siguiente: la caridad, porque
con la justicia sola no se llega (...). Trata siempre
con justicia a la gente y déjate llevar un poco
del corazón (...). Haz lo que puedas por los demás,
por medio de tu trabajo. Y vive, con la justicia,
la caridad. La justicia sola es una cosa seca; quedan
muchos espacios sin llenar[14].
Un gran amor a la justicia, informado
en todo momento por la caridad, junto a la preparación
profesional propia de cada uno, es el arma cristiana para
colaborar eficazmente en la resolución de los problemas de la
sociedad. Tenéis que hacer sobrenaturalmente lo que hacéis naturalmente, aconsejaba
San Josemaría; y después —señalaba—, llevar este afán de caridad,
de fraternidad, de comprensión, de amor, de espíritu cristiano, a
todos los pueblos de la tierra[15]. Ponía en guardia frente
a las doctrinas que ofrecen falsas soluciones —por materialistas— a
los problemas sociales: para resolver todos los conflictos de los
hombres nos bastan la justicia y la caridad cristianas[16].
Estas consideraciones
no eximen a los cristianos —especialmente a quienes ocupan cargos
de responsabilidad en la vida pública o en la sociedad—
del esfuerzo por conocer bien las leyes de la economía.
La caridad no excluye el saber —afirma Benedicto XVI—, más
bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro.
El saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente,
puede reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser
sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de
los primeros principios y de su fin último, ha de
ser "sazonado" con la "sal" de la caridad. Sin el
saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril
sin el amor. En efecto, "el que está animado de
una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de
la miseria, para encontrar los medios de combatirla, para vencerla
con intrepidez" (Pablo VI, enc. Populorum progressio, n. 75)[17].
Tratemos de
entender más a fondo estas enseñanzas del Magisterio, difundirlas y
hacer que calen con hondura en nuestra conciencia y en
nuestra actuación diaria.
Como siempre, os recuerdo que permanezcáis muy unidos
a mis intenciones. Y, como es natural, en primer plano
está siempre la oración por el Papa y por sus
colaboradores. Este mes, además, se celebrará en Roma una sesión
especial del Sínodo de los Obispos, dedicada al continente africano.
Acudamos desde ahora al Espíritu Santo y a la intercesión
de San Josemaría, para que el Señor ilumine a los
Obispos que se reunirán con el Papa y conceda gran
fruto espiritual a esa Asamblea.
Hay otros aniversarios de la historia
de la Obra, que no mencionaré. Sí que siento, en
cambio, la urgencia de que crezca en todas y en
todos el afán de conocer los diferentes pasos de la
vida de San Josemaría: su finura para cuidar lo que
el Cielo puso en sus manos le motivó para ser
un leal servidor de Dios, de la Iglesia —con esta
partecica, la Obra—, de sus hijas y de sus hijos,
y de todas las personas, también de las que no
le comprendían. Es de gran importancia que sigamos esas huellas.
Con
todo cariño, os bendice
vuestro Padre
+ Javier
Roma, 1 de octubre de 2009.
[1]
Cfr. Juan Pablo II, Homilía en la beatificación del Fundador
del Opus Dei, 17-V-1992.
[2] Is 43, 1.
[3] San Josemaría, Es
Cristo que pasa, n. 47.
[4] Gn 2, 15.
[5] Juan Pablo
II, Homilía en la canonización del Fundador del Opus Dei,
6-X-2002.
[6] Juan Pablo II, Homilía en la beatificación del Fundador
del Opus Dei, 17-V-1992.
[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n.
120.
[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 35.
[9] Benedicto
XVI, Litt. enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 25.
[10] Ibid.
Cfr. Const. past. Gaudium et spes, n. 63.
[11] Benedicto XVI,
Litt. enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 11.
[12] Ibid., n.
36.
[13] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 172.
[14] San Josemaría,
Notas de una reunión familiar, 27-XI-1972.
[15] San Josemaría, Notas de
una reunión familiar, 2-VI-1974.
[16] San Josemaría, Notas de una reunión
familiar, 14-IV-1974.
[17] Benedicto XVI, Litt. enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009,
n. 30.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR
Consultores
de la comunidad Consejo y asesoría a personas interesadas en los servicios, funciones, ministerios y formas de animación de la vida cristiana de las distintas asociaciones, movimientos y hermandades de la Iglesia católica
Ver todos los consultores