Autor: Arturo Reyes, Lima-Perú Los ministerios laicales
«Los acólitos, lectores, comentadores y cuantos pertenecen a la schola cantorum, desempeñan un auténtico ministerio litúrgico.
«Las acciones litúrgicas... pertenecen a todo el Cuerpo de
la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan; pero cada
uno de los miembros de este Cuerpo recibe un influjo
diverso, según la diversidad de órdenes, funciones y activa participación.»
(sc 26)
«En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o
simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo
aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción
y las normas litúrgicas.» (SC 28) «Los acólitos, lectores, comentadores
y cuantos pertenecen a la schola cantorum, desempeñan un auténtico
ministerio litúrgico.
Ejerzan, por lo tanto, su oficio con sincera
piedad y con el orden que a tan gran ministerio
conviene y que con razón les exige el pueblo de
Dios.
Con ese fin, es preciso que cada uno de a
su manera esté profundamente penetrado del espíritu de la Liturgia,
y que sea instruido para cumplir su función debida y
ordenadamente.» (SC 29)
Generalidades
Una de las novedades más significativas de la
última reforma litúrgica ha sido que también los laicos participan
ahora en los varios ministerios, proclamándolas lecturas, animando la oración
o el canto, incluso distribuyendo la Eucaristía.
Veamos algo del significado
del término "ministerio" y su resonancia en la Iglesia para
una mayor comprensión de nuestro tema:
La acepción "ministerios" puede entenderse
de varias maneras como lo relacionado con el cargo público
de ministro en la esfera de lo político o como
la que responde a su etimología: la palabra ministerio proviene
del latín «ministerium» que significa "servicio", y «minister» que significa
“servidor” (en esta acepción etimológica se envuelve el significado religioso
del término).
Podemos decir, basándonos en la segunda acepción (etimológica)
que, ministerio en la Iglesia significa servicio, y es un
ministro quien sirve en la misión y carisma que el
Señor a través de la Iglesia le ha confiado. En
la Iglesia "somos reyes sirviendo" y por eso ante los
ojos del mundo los hombres de Iglesia somos un poco
especiales (cf. 1 Pe 2,9; Jn 13,14-15; Flp, 2,5-7).
Y es así que debemos "servir de verdad" en do,
desde lo más insignificante ante lo más magnificente.
Servir no es
tan malo ni rebaja; depende. Si se hace como esclavo,
sí; tanto el que sirve como el que impone el
servicio. Si se sirve por amor, con libertad y dignidad,
no rebaja, mas bien dignifica: esto hace crecer al que
sirve con solidaridad y por caridad como el que es
servido por necesidad (reciprocidad y fraternidad que hacen madurar).
Recordemos: el
que por antonomasia aparece como «ministro» es Cristo Jesús, que
“no vino a ser servido, sino a servir y a
dar su vida por todos” (Mt 20,28) («non venit ministrari
sed ministrare»: en griego «diakonesthai, diakonesai»).
Diversas clases de ministerios en
la comunidad
En la comunidad cristiana hay ministerios ordenados (diaconado, presbiterado,
episcopado), por los que una persona es configurada por medio
de un sacramento especial a Cristo como Pastor y Maestro.
Hay
otros ministerios instituidos: es la terminología que ha quedado en
la Iglesia desde que Pablo VI, en 1972 suprimiera las
"ordenes menores" y dejara dos ministerios instituidos: lector y acólito
("Ministeria Quaedam") con la posibilidad que las Conferencias Episcopales instituyeran
otros ministerios como, por ejemplo, el de catequistas, sacristanes, distribuidores
de la comunión, salmistas, etc.
Hay ministerios no instituidos, pero que
de alguna manera tienen carácter oficial y más o menos
permanente: son los que se pueden llamar reconocidos, como el
nombramiento de ministros extraordinarios de la comunión. Pero los más
numerosos de los laicos que ejercen ministerios en la liturgia
son los que de hecho ejercen la proclamación de las
lecturas, la animación del canto y la oración, el servicio
en torno al altar (una especie de sustitución o de
prolongación de lo que en principio harían los diáconos o
los ministros instituidos como 3 lectores y acólitos).
En el caso
de estos ministerios "de hecho" o los "reconocidos" no hay
distinción entre hombre o mujer. Mientras que en los ministerios
"ordenados" o "instituidos" sólo se pueden encomendar a varones.
Este
es uno de los motivos por lo que en algunas
diócesis se ha recurrido a otro concepto: el de los
laicos con misión pastoral (asumen hombres y mujeres varios ministerios
para el bien de la comunidad en coordinación con los
ministros ordenados: el cuidado de los enfermos, la preparación a
los sacramentos, la pastoral de los marginados, la labor en
organismos económicos, celebración litúrgica, etc.).
La mujer y los ministerios
Uno de
los aspectos en que la comprensión ha sido más dubitativa
y la praxis más insegura ha sido la admisión de
las mujeres a los ministerios propios de los laicos.
No sólo
los ministerios ordenados, que todavía no se vislumbra que puedan
ser abiertos a la mujer: tampoco los “instituidos” como tales,
o sea, como ministerios oficiales y establemente conferidos, se dan
a la mujer. Aunque en este caso ha habido peticiones
formulada por personas muy autorizadas, para que se revise esta
norma, ya que “de hecho” estos mismos ministerios los realizan
ya las mujeres (lecturas, distribución de la comunión, etc.).
La mujer
tiene un papel privilegiado en tantos campos de la vida
eclesial: la catequesis, los medios de evangelización, la pastoral de
los marginados y enfermos, la asistencia social...
Es lógica que
también en la liturgia haya entrado con toda naturalidad, en
estos últimos años, a realizar los ministerios de la lectura,
la animación del canto y de la oración, la distribución
de la comunión, el servicio de la acogida, etc. Así
la imagen de la comunidad queda mucho más representativamente retratada
en el modo mismo de la celebración.
Esto ha sucedido con
los titubeos iniciales que todos recordamos. Cuando en 1969 apareció
la primera redacción de la Introducción al Misal Romano, se
decía que si las lecturas eran proclamadas por una mujer,
ésta no podía subir al presbiterio (por tanto, al ambón)
(IGMR 66).
Pero luego en la Instrucción de 1970, ya
se dejaba este extremo a la decisión de las Conferencias
Episcopales, criterio que luego pasó a la segunda edición típica
del Misal. Entre nosotros se entiende claramente la igualdad entre
hombres y mujeres respecto a estos ministerios.
Continúan, sin embargo, los
titubeos, porque todavía hoy la mujer, que sí puede recibir
el encargo de distribuir la comunión a sus hermanos presentes
o a los enfermos, no puede actuar de ayudante del
altar, llevando, por ejemplo, el agua y el vino en
el ofertorio (presentación de los dones) (instrucción “Inaestimabile Donum”, de
1980).
Ha sido una riqueza el que con naturalidad se haya
admitido a ala mujer a los muchos ministerios litúrgicos, sin
excesiva distinción entre hombre y mujer. Sin que tengamos que
caer en el extremo opuesto: que ahora sólo ellas aparezcan
realizando estos ministerios.
El por qué de estos ministerios
No es
porque haya pocos sacerdotes la apertura a los ministerios laicales
(esto sería una motivación realista, pero poco profunda). Ni de
dar más entrada a la nueva sensibilidad democrática (sería una
acomodación razonable, pero tampoco demasiado consistente. Si lo que se
persigue es una mejor pedagogía para que la celebración, siguiendo
una leyes propias de dinamismos de grupos, sea más eficaz
con la ayuda de sus miembros, también sería legítimo, pero
no la razón más convincente.
En el fondo lo que ha
hecho que nuestra generación haya comprendido la identidad de los
ministerios laicales y les haya dado cauce es la teología
nueva que ha surgido del concilio. La eclesiología de
la “Lumen Gentium”, basada en la identidad de toda la
comunidad como Pueblo sacerdotal asociado a Cristo Sacerdote, es lo
que motiva más profundamente la participación de los laicos no
sólo en la celebración misma, sino en sus varios ministerios
(cf. IGMR 58).
Es la imagen de la Iglesia, su teología,
la que ha motivado esta diversidad de los ministerios. Una
Iglesia que no está constituida por los clérigos, sino también
por los laicos. Ellos son admitidos por el deber y
el derecho que tienen por su condición de bautizados sacerdotes,
profetas y reyes). (cf. IGMR 58).
Antes se decía que los
laicos tenían un ministerio delegado, no propio, así se decía
en la Instrucción sobre la Música y la Liturgia de
1958. Ahora el Concilio afirma que los laicos realizan ministerios
legítimamente litúrgicos (cf. SC 29).
Estos mismos ministerios no se consideran
como un “desglose” del ministerio ordenado, a modo de ayudantes
instrumentales, sino como un desarrollo del carácter bautismal, que hace
que, aunque no tengan “derecho” a ejercitar los ministerios, sí
tengan la “capacidad” radical de que se les encomienden
por parte de los responsables.
Rasgos comunes para los buenos ministerios
Existen
pistas comunes, evidentes para una buena realización de los ministerios.
¿Cuáles son?:
a) Lo más noble que hacen los laicos en
la celebración litúrgica no son los ministerios sino su participación.
(cf. IGMR 62)
b)Todo ministerio en la comunidad se entiende como
servicio y no como privilegio de poder. (cf. IGMR 60) Estos
ministerios deben concebirse desde una visión de pastoral de conjunto: -
Dentro de las programación de la vida comunitaria, que tiene
en cuenta las diversas funciones de sus miembros esta el
equipo de animación litúrgica con sus diversos ministerios (para ello
coordinación es la palabra clave: un buen ministro sabe trabajar
en equipo). - Que los laicos que actúan en la celebración
aportando sus ministerios, no limiten su trabajo a este campo
de la liturgia. Por eso es bueno que tengan otro
apostolado (pe: el lector que intervenga en la catequesis, prepare
a otros lectores, intervenga en la organización de cursos bíblicos).
d)
Los ministerios, a ser posible, deberían distribuirse entre varios y
no acumularse en una persona.
e) Todo ministro se supone que
tiene un conocimiento técnico de su intervención, y por lo
tanto requiere una preparación. Los ministros ganarían eficacia en su servicio
a la comunidad si recibieran una formación bíblica y litúrgica.
Todos
estos ministerios no son sólo técnicos, sino que piden ser
hechos desde una actitud de fe y de sensibilidad litúrgica
El
ministerio del animador de las celebraciones
La "animación" de la celebración
de la Eucaristía es un ministerio complejo, que puede abarcar
varios de los servicios que ayudan a una comunidad a
celebrar: el del "monitor" o "comentador", el de "guía" y
conductor que trata de coordinar los demás ministerios, así como
el del ritmo de la celebración, al modo como lo
hace el "Maestro de Ceremonias" en las celebraciones más
solemnes, sobre todo con la presidencia del Obispo; a veces
el animador se encarga también de la dirección de la
parte de la asamblea.
El monitor o comentador El misal lo describe
así: “entre los ministros que ejerce su oficio fuera del
presbiterio está el comentarista (en latín se le llama “commentator”,
como también lo hacía el Concilio en SC 29), que
es el que hace las explicaciones y da avisos (“admonitiones”:
queda pobre la traducción con “avisos”), para introducirlos en la
celebración y disponerlos a entenderla mejor” (IGMR 68).
Las moniciones
Hay varias
clases de intervenciones: “indicativas” (posturas corporales, el modo de
realizar una procesión), otras “explicativas” (ambientar una lectura desde
un contexto histórico) y otras “exhortativas” (desde qué actitud
espiritual podemos cantar un salmo responsorial).
· Cualidades de la
Buena monición: - Que sean breves: no a los tonos pesados,
escolásticos y farfallosos por la largueza de la monición. - Que
sean sencillas, diáfanas: ayudar a captar mejor el contenido del
rito o de las lecturas (evitar frases alambicadas, a base
de oraciones subordinadas, queriendo decirlo todo). - Que sean fieles al
texto: que la monición ayude a escuchar la lectura desde
la actitud justa (sin manipular su interpretación, dejándola abierta) y
realizar el gesto simbólico (por ejemplo, el gesto de la
paz) exactamente dentro de su identidad y finalidad. – Que sean
discretas: discretas en número (hacer las convenientes y no siempre
las mismas), evitando la palabrería. - Que sean pedagógicas: producir el
efecto deseado (despertar el interés por la lectura, suscitar la
actitud interna). - Que estén bien preparadas: normalmente por escrito y
además en coordinación con el presidente (es importante que haya
confluencia de direcciones entre el presidente con su homilía, el
que hace las moniciones y el que escoge y dirige
los cantos).
· Pistas sencillas sobre el modo de hacerlas: -Que
las diga la misma persona: para dar unidad al conjunto
(el que proclama la lectura no debe ser el que
también dice la monición, así distinguiremos la “palabra nuestra”
de la “Palabra de Dios”). - Las moniciones no se
tienen que hacer desde el ambón: el ambón es para
la proclamación de la Palabra (cf. IGMR 68 y
272; OLM 33). - Es mejor “decirlas” aunque estén escritas
(la monición pide una comunicatividad especial). - Las moniciones que ofrecen
los libros o las hojas pastorales las tiene que considerar
el monitor (o el equipo que prepara la celebración) como
sugerencias, como material que tendrá mucho de aprovechable, pero no
como dogmáticas. A partir de lo que allí se dice,
con sentido litúrgico y sintonía con la comunidad, deben llegar
al lenguaje más válido de una monición.
· Monición de
entrada: - Que motive próximamente la celebración que empieza, conectarla con
la vida, con la fiesta o las circunstancias especiales del
día. · Monición a la "Palabra”: - Que no sea una
homilía anticipada, o un resumen de lo que ya la
lectura misma va a decir (que no adelante el contenido
o lo resuma). - Que prepare la escucha, motive la actitud
de interés y de “obediencia a la fe”. - Es
útil que presente el contexto histórico de una lectura. - Que
despierte la atención de la comunidad a partir de las
circunstancias que estamos viviendo en la actualidad o que suscite
una pregunta reflexiva sobre nuestro modo de comportarnos frente a
esta situación, sobre si se aplican estas palabras de increpación
o de alabanza.
“La monición lo que hace es presentar que
la lectura que vamos a escuchar es de interés también
para nosotros (abrir el apetito)”
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Gracias, me ha sido muy ilustrativo el artículo puesto que me estoy preparando para uno de los ministerios.
Me gustaría una preparación virtual también.
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