Autor: Santiago Martín | Fuente: Catholic.net Evita los pecados de omisión
Todos estamos llamados a la misma vocación, la de la santidad
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luego sígueme. A estas palabras, él frunció el ceño y
se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor,
dijo a sus discípulos: ¡Qué difícil les va a ser
a los ricos entrar en el reino de Dios!”
(Mc 10, 17-23)
La historia del joven rico ha sido interpretada
a veces como la expresión de los dos caminos que
habría en la vida cristiana: el del laico que busca
la salvación cumpliendo los mínimos, es decir: observando los mandamientos;
y el de aquellos otros que aspiran a algo más,
a la consagración religiosa o sacerdotal, que exige un seguimiento
más radical de Cristo.
No creo que esa interpretación sea correcta, porque
para todos los cristianos rigen los mismos preceptos: los mandamientos
por un lado y la ley del amor por otro.
No es verdad que el camino del laico sea el
del aprobado y el del religioso o sacerdote el del
notable o el sobresaliente. Todos estamos llamados a la misma
vocación, la de la santidad. A ella vamos a llegar
cuando observamos los mandamientos -los mínimos- y cuando procuramos practicar
la caridad -el máximo-. La caridad, el amor, es para
todos y no sólo para unos cuantos elegidos que quizá
algún día veneraremos en los altares. Es para todos los
bautizados igualmente válido el precepto de amar a los enemigos,
de dar limosna a quien lo necesita, de consolar al
que sufre, de vestir al desnudo, de acompañar al solitario,
de cumplir con las propias obligaciones, de poner en las
propias espaldas algo del peso ajeno para que el prójimo
pueda ver aliviada su carga.
No hay un camino de
segunda y uno de primera.
Hay un solo camino cristiano:
el del amor a Dios y al prójimo.
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