Autor: Ramiro Pellitero Iglesias | Fuente: www.conoze.com Los jóvenes y la política
La política supone una conversión social y cultural
Los jóvenes y la política
¿Por qué con frecuencia los cristianos, y sobre todo los
jóvenes, se desinteresan de la política? ¿No equivale eso a
desertar de una tarea clave para la sociedad?
Es lo que
se planteaba Monseñor Jean Louis Bruguès, secretario de la Congregación
para la Educación Católica, durante un seminario internacional organizado hace
unos días por el Pontificio Consejo "Justicia y Paz", sobre
el tema "La política, forma exigente de la caridad".
Hace seis
años, siendo obispo de Angers en ejercicio, dirigió una memorable
catequesis a los jóvenes sobre la actividad política. Se lamentaba
entonces de la falta de interés, e incluso de la
"retirada" de tantos, entre ellos muchos cristianos, ante esta tarea
clave para la sociedad. Señalaba tres causas por las que,
sobre todo las generaciones más jóvenes, desconfían de la política:
la política divide (en ella se manifiestan las oposiciones y
las divergencias de valores y convicciones); la política mancha (es
un pantano de corrupciones, donde sólo sobreviven los que abusan
del poder); la política no es el mejor lugar para
servir (es mucho mejor comprometerse en las "causas humanitarias"). Y
les decía que eso equivale a desertar. Ya Pío XI
entre las dos guerras mundiales, cuando comenzaba a pujar la
mentalidad nazi, señaló que, después de la religión, la política
es lo más importante. Y en efecto, es un cauce
privilegiado para el ejercicio de la caridad y para la
santificación en el servicio al bien de los otros (como
lo prueban los nombres de E. Michelet, R Schuman, M.L.
King, G. La Pira, etc).
La cuestión esencial, dice ahora, es
"si el ejercicio del poder es compatible con la santidad".
Ante todo Mons. Bruguès quiere dejar claro que no existe
una política específicamente cristiana, deducida del Evangelio y del Credo;
en cambio sí existe un modo cristiano de comprometerse en
la política y de apasionarse por ella, en el doble
sentido de apego y sufrimiento. Esta actitud cristiana ante la
política reposa -a su juicio- en un conjunto de convicciones
y deberes.
En primer lugar, la convicción de que el poder
político sólo se comprende y ejercita como servicio. El afán
de servir legitima incluso la "ambición" de poder político: "Entrar
en la política supone pues un desprendimiento de sí mismo,
una muerte a sí mismo... un don de sí mismo,
a imagen de Cristo". Como ya mostraron Aristóteles y Tomás
de Aquino, la acción política pone en juego la magnanimidad
y la prudencia, al servicio de la construcción de la
"ciudad" (léase el ayuntamiento o la ciudad propiamente, la región
o la nación, o las instituciones internacionales). La corrupción no
es inevitable.
En segundo lugar, la convicción de que en política
lo que une debe ser más fuerte que lo que
divide. Ciertamente la política supone arbitrar los intereses, las opiniones
y las convicciones, y eso conlleva esfuerzo, lo que no
significa normalmente el uso de la violencia. Las tensiones pueden
resolverse apelando al bien común, cuyos elementos esenciales son: el
respeto a la persona humana (especialmente a los más débiles
y necesitados); la defensa y la protección del grupo político
por medios legítimos y proporcionados; la participación de todos en
la cultura de ese grupo. Y todo ello normalmente de
modo pacífico, aunque algunas veces -cuando lo legal se hace
ilegítimo- cabe la resistencia y la rebeldía.
Observa Bruguès que en
el Catecismo de la Iglesia Católica la actividad política se
vincula a la familia (números 2234 y siguientes) hablando de
"deberes", esa palabra que no gusta mucho en la cultura
occidental actual. Pues bien, en toda familia existen deberes y
obligaciones que perfilan la trama del "compromiso" social: el interés
por lo que afecta a los otros y el empeño
en ayudarles; la educación, signo de civilización y respeto, también
en lo pequeño (pagar el billete del metro); el agradecimiento
y la oración por los que se dedican a la
actividad política y al gobierno; la participación en las opciones
y decisiones de las que dependen la marcha de la
sociedad.
En definitiva, señala el conferenciante, las virtudes políticas se resumen
en una: la fraternidad. Pero se plantea si es posible
la fraternidad sin reconocimiento de un padre. Una sociedad que
rechaza su fundamento metafísico o religioso, rechaza a Dios, y
con Él, rechaza a su Padre. Al revelarnos que el
Dios vivo es Padre y hacernos hijos adoptivos de un
mismo Padre, Cristo ha venido a poner los únicos fundamentos
reales de una fraternidad verdaderamente universal. Y termina citando un
pasaje de la primera encíclica de Benedicto XVI (Deus caritas
est, n. 28), donde se dice que para comprender y
vivir la justicia hay que sobrepasar la preponderancia del interés
y del poder, que pueden deslumbrar a la razón. Para
esto, la fe es una "fuerza purificadora", que libra de
la ceguera y ayuda a "ver". Las vidrieras de las
catedrales son fuente de luz para el que las contempla
desde dentro. Así el cristiano, con la fuerza clarificadora de
la fe -cabría añadir, de la fe vivida plenamente también
en la actividad política-, se convierte en una fuente de
luz que proporciona a la acción política su dimensión más
natural y verdadera.
El análisis de Mons. Bruguès pone de relieve
que ser cristiano no significa en modo alguno refugiarse en
una "esfera privada", ajena a todo compromiso público-político, o en
una añoranza de confesionalidad. Al contrario, los cristianos, especialmente los
fieles laicos y muy particularmente los jóvenes, están llamados a
contribuir para que se instaure en todos los niveles un
ordenamiento más justo y coherente con la dignidad de la
persona humana. Este deber se hace más grave en la
sociedad contemporánea, a causa del relativismo y la indiferencia ante
las tareas comunes.
La política pide un esfuerzo que implica tanto
la formación de la conciencia como la continua conversión. A
este respecto señalaba Juan Pablo II: "Una persona superficial, tibia
o indiferente, o que se preocupe excesivamente por el éxito
y la popularidad, jamás será capaz de ejercer adecuadamente su
responsabilidad política". La conversión remite, ante todo, a la relación
con Dios; pero, en no pocos casos, supone también una
conversión social y cultural: salir del propio yo para trabajar,
de modo comprometido y competente, en favor de los intereses
y las necesidades de quienes nos rodean, aunque suponga riesgos
y sacrificios. Pero vale la pena.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR