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La frase que suele justificar cada acto irresponsable cuando somos jóvenes es: Más vale pedir perdón que pedir permiso.
Voy derecho, no me quito
¡Qué fácil es tirar una lata por la ventana del
coche! ¡Qué increíblemente sencillo es pasarse un alto saliendo de
un bar! ¡Qué cómodo es copiar en un examen o
no cumplir con alguna actividad del trabajo!. Al final de
cuentas es sólo una lata, un semáforo y un examen.
La frase que suele justificar cada acto irresponsable cuando somos
jóvenes es: Más vale pedir perdón que pedir permiso.
Pero,
¿Sirve “un perdón” cuando hacemos de este mundo, un
lugar más contaminado? ¿Vale de algo una disculpa a nuestros
padres o clientes, tras haber afectado sus intereses o destruido
su confianza? O peor aún, ¿tenemos el valor para pedir
una disculpa a una madre que perdió a un hijo,
porque al ignorar una señal de tránsito ocasionamos un accidente?.
La
libertad es un poder que se descubre a cada instante
cuando somos jóvenes, cuando nos percatamos de que somos los
únicos observadores de cada uno de nuestros pasos y
los constructores de un camino único e irrepetible.
En ocasiones pensamos
que la palabra LIBERTAD se escribe con letras mayúsculas porque
sólo implica el derecho y la capacidad de tomar decisiones
importantes, esas decisiones que vienen junto con los consejos de
personas mayores sobre nuestro futuro: la carrera profesional que
queremos terminar, el trabajo que deseamos o la pareja que
escogemos. Sin embargo, la libertad es un don, es la posibilidad
de elegir que se utiliza día con día y que
lleva consigo responsabilidades y consecuencias que en ocasiones son indeseables.
El que no tranza, mucho avanza Es muy común que uno
encuentre cosas olvidadas en un baño, en la oficina, en
el salón de clases o en la calle; es
cotidiano que una cajera nos dé el cambio equivocado. La
salida más sencilla y recurrente es tomar el cambio y
darse la media vuelta, guardar el celular o la cartera
encontrada en el baño, pues has oido que el que
poco tranza poco avanza.
Sin embargo, la libertad encuentra su límite
en el bienestar de otra persona. Lo que se podría
llamar “suerte” por encontrar una cartera tirada o recibir dinero
de más, afecta a otras personas, perjudica a quien debe
realizar todos los trámites para obtener de nuevo sus identificaciones
y afecta también a quien tendrá que poner de su
bolsa el dinero que dio por equivocación.
Además, ¿en cuántas
ocasiones hemos rogado que alguien nos devuelva algo que perdimos?
¿Cuántas veces nos hemos quejado de la corrupción y de
la inseguridad de nuestro país?. Tengamos el valor de buscar
a aquella persona que olvidó la cartera o perdió un
documento, no titubeemos al corregir una calificación que no
merecíamos o de regresar un dinero de más que hemos
recibido. La libertad nos da la oportunidad de tomar decisiones
y la ética nos proporciona las armas para reconocer qué
opción es la correcta.
Árbol que crece derecho, no tendrá que
enderezar sus ramas Podría sonar aburrido, iluso y hasta absurdo todo
esto de la libertad y la ética, ya que si
no podemos hacer todo lo que queramos: ¿de qué sirve
la libertad?. Además ¿Quién se encuentra una cartera con dinero
y la devuelve?, ¿Por qué habría de pensar si debo
o no respetar una señal de vialidad?.
Cuando somos jóvenes tomamos
decisiones sin razonarlas, pensamos que al seguir normas establecidas coartamos
nuestra libertad, creemos que por dejar pasar un momento de
diversión por estudiar o trabajar, nos perdemos la vida entera.
Hemos olvidado en un cajón la ética y confundido la
libertad con el libertinaje.
Ser libre no significa hacer lo queramos,
la verdadera libertad camina junto con la reflexión, e implica
un compromiso fundado en la reciprocidad, en el respeto, el
equilibrio y la paz; es la voluntad y el valor
de actuar por el bien común.
Aquél que piensa que
por buscar satisfacer todo placer es libre, está equivocado, porque
al hacerlo solo actúa por instinto y anula su voluntad,
destruye la reflexión y olvida la razón, se mantiene esclavizado
al camino fácil.
En cambio, aquél que tiene el valor
y la convicción de pedir permiso antes que pedir perdón,
de avanzar sin tranzar y de usar su libertad sin
perjudicar a los demás; tendrá la certeza de que pronto
se verá reflejado su esfuerzo. Y mejor aún, podrá llegar
al final del día con la conciencia tranquila, ¡eso sí
es ser libre!
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