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Autor: P. Carlos Skertchly, L.C. | Fuente: Catholic.net ¿Sabes quién era? ¡Cristo!
Si encontramos un pobre en la calle que nos pide ayuda ¿siempre debemos darle algo?, ¿Cuánto debemos darle?, si le damos ¿hacemos un daño por acostumbrarlo a pedir?
¿Sabes quién era? ¡Cristo!
Todos nos hemos encontrado alguna vez niños en
los semáforos pidiendo limosna, haciendo juegos dizque de malabarismo porque
a veces son tan pequeñitos que no pueden ni con
su alma, pero hacen un esfuerzo. Yo podía contarles mil
historias bellísimas de experiencias en los semáforos y en las
calles.
Ayer, al llegar al aeropuerto,
se me acercó un anciano pidiendo una limosna. Estaba sin
cuidado ninguno de su persona, con la ropa sucia y
roída, barbón y no sé si algo tomado. Me miró
tratando de darme lástima. Sin dudarlo le di 2 reales
(equivalente a un dólar). Contemplaba la escena una señora con
su hijo pequeño. Percibí que ella le decía algo al
oído como: “es un padre y le dio una ayuda
al viejito…”. Yo los saludé y entonces la señora me
dijo: “¡qué hermoso ver esto! Es que nosotros tenemos miedo
de ayudar. No sabemos a quién sí y a quién
no. Hoy en día suceden muchos asaltos”. Yo simplemente le
dije que cuando vemos alguien con necesidad que nos pide
amablemente, no debemos dudar en ayudarlo, quién sabe y seamos
su última esperanza para comer alguna cosa ese día.
¿A quién debemos dar y a quién
no? Ya he escuchado alguna vez en la radio o
en la televisión el consejo de que no demos esas
ayudas por muchos motivos: tal vez son niños que en
vez de ir a la escuela, son mandados por los
papás para pedir limosna por las calles; también se dice
que en realidad esa gente aparenta pobreza pero ganan mucho
dinero, calculando los altos del semáforo por día y multiplicando
por el mínimo que pueden recibir… puede ser cierto. También
se dice que es fomentar la pereza. Mucho se habló,
por ejemplo, de los que limpian el parabrisas del coche
en los semáforos. ¿Darles o no darles? ¿Qué se busquen
un trabajo?
Pero yo tengo mis
motivos para dar siempre o casi siempre. Y dar bien
dado. Ante todo porque existen también fuertes razones a favor
de dar: escuché también un día en la radio las
experiencias de varios niños y niñas que pedían limosna, o
vendían dulces en la calle. Una niña de 13 años
decía que vendía durante el día chiclés en los semáforos
para sostener a su abuela y a otros dos hermanitos.
Sus padres los habían abandonado. Y ella por la noche
asistía a sus clases de secundaria. ¿Tememos darle a una
niña así?
Otra vez al estacionar
mi coche, se me acercó un niño de 8 o
9 años y me preguntó si podía cuidar mi coche
mientras yo entraba a una oficina. Le dije que sí,
no sin la desconfianza de que realmente un niño de
esa edad pueda cuidar algo. Saliendo le di una moneda.
Él me vio con atención y me dijo: “Padre, ¿puede
contar por mí las monedas que tengo en esta bolsa?”
Las conté cuidadosamente y le dije: “has ganado 8 reales
y 35 centavos”. El sonrió levemente y me dijo: “ya
nada más me faltan 4 reales para comprar la cesta
básica para mi familia”. Antes de que me salieran las
lágrimas, le di los 4 reales que le faltaban y
me fui. ¿Tememos darle una ayuda a un niño así?
Pero hay otra razón, la más
grande y poderosa que tenemos los cristianos para dar limosna.
El evangelio de hace unos días nos decía: “34 Entonces
dirá el Rey a los de su derecha: «Venid, benditos
de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para
vosotros desde la creación del mundo. 35 Porque tuve hambre,
y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis
de beber; era forastero, y me acogisteis; 36 estaba desnudo,
y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel,
y vinisteis a verme» 37 Entonces los justos le responderán:
«Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer;
o sediento, y te dimos de beber? 38 ¿Cuándo
te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te
vestimos? 39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel,
y fuimos a verte?» 40 Y el Rey les dirá:
«En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de
estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.»".
Durante varios años me tocó
acompañar al P. Maciel, cuando salía a la ciudad (en
Roma). Entre las muchas cosas que aprendí en esos años,
quedó una grabada profundamente en mi alma. Siempre que encontrábamos
algún pobre por la calle, en los semáforos, él le
daba o me pedía darle una buena limosna. Un día
se nos acercó una anciana para pedir algo y él
le dio lo equivalente a unos 10 dólares. Ella sonrió
con dulzura contagiadora. Cuando nos íbamos, el P. Maciel me
preguntó: “¿sabes quién era esa señora?”. Lógicamente le respondí que
no la conocía. Pero él, sin prestar atención a mi
respuesta, me dijo: “era Cristo que me pedía darle de
beber”…
Desde entonces, en cada persona
que me pide limosna no puedo menos que ver a
ese Cristo y es una fuerza irresistible que me mueve
a dar algo, aunque sea una sonrisa, un dulce o
una palabra. Como cuando se acercaron a mi esos dos
niños “de la calle” como les llaman aquí en Brasil.
Yo no tuve qué darles pero uno de ellos me
preguntó: “¿usted es un padre?”. Le respondí que sí. Y
él, sin dudarlo mucho, añadió: “yo me llamo Pedro y
mi amigo es Martín. ¿Puedes rezar por nosotros?…”. En eso
cambió a verde la luz del semáforo. Me fui con
un pensamiento y una evidencia: “esos niños eran Cristo, y
me pidieron lo más grande que puedo hacer por ellos”.
Estas han sido mis reflexiones ante
uno de los grandes caminos de la cuaresma: la limosna.
¿Cuándo darla? ¿a quiénes darla? No te preocupes demasiado. Te
lo dirá el corazón cuando en aquel niño malvestido y
sucio de la cara, o en aquella ancianita de mirada
dulce puedas ver el rostro de Cristo que te dice:
“Tengo sed. Dame de beber…”
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