En el Adviento celebramos el misterio de la Venida
del Señor en una actitud gozosa, hecha de vigilancia, espera
y acogida. Nuestra vida se presenta, con asombro siempre nuevo,
ante el misterio entrañable de un Dios que se ha
hecho hombre. Es este un misterio que el Adviento prepara,
la Navidad celebra y la Epifanía manifiesta
Si con el Adviento
se nos convoca a preparar la Navidad, es una convocatoria
a crecer en la esperanza, a vivir la experiencia de
la cercanía de Dios. Un tiempo en el que la
Historia de la Salvación se actualiza en el sacramento, pues
el tiempo de Adviento se ha hecho sacramento.
Adviento: El Señor
vino, viene y vendrá
La palabra Adviento procede del latín, y
significa venida: la venida inminente de algo o alguien que
está al llegar y que, además, esperamos ardientemente.
Jesús ya ha
venido, y su venida transformó la historia del hombre. Su
presencia -Dios hecho hombre- anunciaba que el amor del Dios
se hacía realidad plena para todo el que lo quisiera
vivir. Solo se necesitaba cambiar el corazón. El corazón del
hombre tenía que estar dispuesto a amar, a guiarse de
la bondad de Dios, viviendo con los débiles el rechazo
de la opresión, el poder y la riqueza.
Su mensaje, sencillo
a la vez que exigente, se hacía realidad con su
vida, que atraía a las gentes y le seguían, ya
que a su lado sentían la cercanía de Dios. Pero
la novedad de su vida, que suponía un cambio radical
de valores y criterios, que afirmaba la supremacía del amor,
del servicio, de la dignidad de todo hombre y mujer...,
resultaba molesta y Jesús acabó clavado en una cruz.
El amor
de Dios hizo que toda aquella fidelidad amorosa de Jesús
venciera el mal y la muerte. Jesús resucitó y sus
discípulos más cercanos experimentaron su presencia y recibieron su mismo
espíritu. Transformados por el Espíritu de Jesús, se convirtieron en
continuadores de su obra formando la comunidad de los creyentes,
la Iglesia.
Nuestro Adviento es una mirada hacia atrás, hacia aquel
acontecimiento trascendental para vivirlo con toda la intensidad, y celebrar
que Dios se ha hecho hombre, que Dios ha entrado
en nuestra historia, ha hecho suya nuestra debilidad y nos
ha abierto el camino capaz de liberarnos del mal y
del pecado
Poder celebrar este hecho decisivo exige sumergirnos en los
sentimientos del pueblo de Israel y despertar en nosotros una
actitud de espera, de deseo de la venida del Señor,
que nos libere y transforme nuestra vida en una nueva
manera de vivir. A ello nos ayudan los profetas, con
su esperanza y confianza en el Mesías que iba a
venir, y María -el gran modelo del Adviento- que se
sabe pobre y frágil en un mundo necesitado de la
acción salvadora de Dios y se abre a Él para
hacer posible su venida. María es modelo de espera gozosa
del Señor que viene.
Nuestro Adviento es una mirada a nuestro
entorno para celebrar la venida constante de Dios. Invitados a
vivir la venida histórica del Señor para experimentar su venida
constante en las personas y los acontecimientos de nuestra vida,
en todo lo que comparte nuestra cotidianidad.
Una venida que se
hace constante en la oración, cuando le buscamos en el
diálogo amoroso y dejamos que Él sea nuestro compañero de
camino. O cuando nos reunimos en su nombre, como comunidad
creyente y celebramos los sacramentos, que es donde se hace
presente de manera más viva el Espíritu de Jesús.
Nuestro Adviento
es una mirada a la venida definitiva como horizonte final
de nuestra existencia, donde la esperanza proclama que nuestra historia
no está condenada al fracaso, sino a compartir con toda
la humanidad la vida plena de Dios. Una esperanza alegre
y pacificadora que alienta en el camino y anima a
la responsabilidad bajo la certeza de que una mano amorosa
nos acogerá para eternizar nuestra vida.
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