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Autor: P. Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net Atrapados en nuestra telaraña
¿Es la religión un producto de nuestra imaginación, algo psicológico que produce nuestra necesidad de pensar en un más allá feliz, ya que aquí no podemos serlo del todo?
Atrapados en nuestra telaraña
¿Es la religión un producto de nuestra imaginación, algo
psicológico que produce nuestra necesidad de pensar en un más
allá feliz, ya que aquí no podemos serlo del todo?
Dicho de otro modo: ¿Somos criaturas, imagen de Dios, o
bien Dios es una imagen nuestra?
Una historia puede ilustrar
la cuestión: Dicen que las arañas vuelan... Si vamos por
el campo nos encontraremos con frecuencia con la molestia de
hilillos sutiles que nos caen sobre el rostro... son las
arañas voladoras, que llevadas por el viento, se trasladan de
un lugar a otro para vivir... Y el modo de
viajar es éste: dejan ir algo de hilo, que como
alas les permite elevarse por la fuerza de rozamiento con
el aire y volar, sueltan más hilo si quieren subir,
menos si quieren "aterrizar".
Pues la araña de nuestra historia
aterrizó en un bosque y dejándose colgar de la rama
de un árbol fue tejiendo sus soportes hasta que -dando
una y otra pasada- tejió su telaraña a fin de
capturar las despreocupadas moscas. Y he aquí que una vez
concluida su obra se paseó por ella, admirándola y de
pronto observó un hilo que bajaba de lo alto, que
le pareció destrozaba la estética del conjunto... "este hilo es
feo, cortémoslo", se dijo. Pero he aquí que al hacerlo
cayó la araña envuelta en su tela, prisionera de su
red, como una tonta.
Así nosotros, que culminamos tantas proezas
con nuestra inteligencia, la técnica, la obra de nuestras manos...
pero no cortemos el hilo que soporta todo, no podemos
prescindir de él pues caeríamos prisioneros de nuestras obras que
se convertirían en cárcel para nosotros. Aprisionados en el tiempo
que se escurre entre los dedos, y nosotros orientados al
consumismo y a la satisfacción de los sentidos... perdemos la
noción del hilo de donde venimos, tenemos la tentación de
caer en la animalidad, en la pérdida del conocimiento de
qué nos separa de un mono, la pérdida de la
memoria de que podemos crear y pensar, aunque son antipáticas
esas cosas pues plantean preguntas sin respuestas cómodas: "¿Qué estoy
haciendo con mi existencia... ?", "¿Qué pinto aquí?" "¿Qué he
hecho estos meses para no hacer nada que recuerde?" “¿De
dónde vengo y a dónde voy, y quién soy? Y
mientras nos movemos en términos de “productividad”, no alcanzamos la
armonía y el equilibro para hacernos estas preguntas, no tenemos
tiempo para lo importante porque estamos colapsados con lo urgente,
no podemos dedicar tiempo a rezar o a amar... vivimos
una existencia sustancialmente igual a la de nuestra araña. El
afán de bienestar, de crecer en ‘status’ social, en dinero,
competir... va formando una telaraña que nos aprisiona y quedamos
encerrados en esta cárcel, que construye la araña que teje
y aprisiona almas. Y nos volvemos egoístas, con afán de
ser arañas a su vez de otros, de “poseerlos”, que
sean nuestros y tejer telas en los rincones para atrapar
en ellas otras almas como si fuesen moscas.
Aparte de las
cosas visibles, las que se ven, están las invisibles, que
son las que dan soporte a todo: son los valores,
como el respeto a la vida, a los demás, basado
en la dignidad de la persona, y la amistad y
el amor, que es el máximo valor, la fuente de
la felicidad, porque cuando amamos y nos damos somos felices.
Hemos de preguntarnos por este mundo casi invisible, el amor
que es la energía de la vida, y Dios que
está en todas partes y nos infundió el alma, como
explica de modo deliciosamente ingenuo la Biblia. La ciencia nos
dice que este hombre está hecho de carbono y otras
composiciones. Pero aunque nos diga mucho la estructura de algo
no nos dirá la biología el qué es aquello que
no se ve, esta especie de "dimensión invisible”.
¿Hay una
pista de Dios en el cerebro humano? Dos investigadores de
la Universidad de Pennsylvania (Eugene D’Aquili y Andrew Newberg) han
creado una nueva disciplina: la neuroteología, y el semanario “Newsweek”
del 5.2.2001 indica que ambos publicarán sus investigaciones en el
libro “¿Por qué Dios no desaparecerá?” “Le Monde” recogía estos
días la respuesta: “Porque el cerebro humano ha sido genéticamente
concebido para sostener las creencias religiosas”.
Entre 1996-1998 estudiaron las
funciones cerebrales y flujos sanguíneos del cerebro de 8 budistas
tibetanos durante su meditación y de monjas franciscanas en oración.
“La meditación activaría ciertas funciones cerebrales que son las que
crean la sensación de plenitud absoluta y de comunión trascendental.”
Dicen los expertos que sería insensato suponer que las vivencias
religiosas “puedan reducirse a un flujo neuroquímico”, pues el cerebro
está programado para ayudar a la humanidad a sobrevivir en
un mundo cruel, dando un sentido a la existencia. “Queda
por identificar el programador”, decía el final del artículo. Me
recordaba las palabras de Alexis Carrel sobre el instinto de
superación espiritual que –junto a los primarios de conservación y
perpetuación- anida en el corazón del hombre, y que no
desaparece a través de los tiempos, lo cual significa que
tiene un sentido pues cualquier instinto que no puede obtener
su objeto desaparece y muere: “No conozco –decía el doctor-
ninguna excepción a esto”, porque sin duda es una necesidad
básica ese hilillo sutil que mantiene toda nuestra vida.
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