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Autor: Pedro Farnés | Fuente: www.mercaba.org ¿Qué esperamos y pedimos en Adviento?
La palabra Mesías es el mejor camino para comprender el sentido auténtico de la esperanza
¿Qué esperamos y pedimos en Adviento?
Todo el mundo sabe que una de las características
del tiempo de Adviento es la espera del Mesías y
la súplica insistente por su venida: Destilad, cielos, el rocío,
que las nubes derramen el Justo, que se abra la
tierra y brote el Salvador. Bajo este prisma la Iglesia
concuerda en cierta manera con el pueblo de Israel -sobre
todo con los judíos del tiempo del destierro en Babilonia-
que esperaban un Salvador que les liberara de la esclavitud
de Babilonia y restaurara el reinado de David.
Muchos autores espirituales
de la Edad Media -pero no solo ellos- compararon con
frecuencia las cuatro semanas de Adviento al tiempo de la
Antigua Alianza en el que los padres de Israel esperaban
y pedían la venida del Mesías, esperanzas y súplicas que
veían -no sin una cierta confusión de perspectivas- como actualizadas
en la liturgia de Adviento.
Pero, ¿qué es exactamente lo que
pedía -y pide aún Israel- y lo que pide la
Iglesia en sus insistentes plegarias por la venida del Mesías?
¿Qué -o mejor quién- es este Mesías tan esperado? Clarificar
lo que significó para Israel la palabra Mesías es el
mejor camino para comprender el sentido auténtico de la esperanza
judía primero y ahora cristiana.
La palabra Mesías, como todos saben,
es un vocablo hebreo que significa Ungido; la versión griega
de los LXX -que era la que usaban las primitivas
comunidades cristianas- tradujo con exactitud el vocablo cuando vertió la
palabra Mesías por el vocablo griego Cristo. Ambas palabras -la
hebrea y la griega- significan Ungido o consagrado. Los padres
de Israel esperaban, pues, un Mesías, es decir, un Ungido;
los cristianos esperamos también un Ungido o Cristo. Para Israel
este Ungido o rey tomará las riendas del pueblo y
continuará la dinastía de David ocupando el trono de Jerusalén
destruido por los caldeos. Para los cristianos este Ungido es
Cristo, el rey definitivo que el Padre ha enviado -y
enviará de manera más manifiesta al fin del siglo presente-,
cuyo reino ya no tendrá fin. Ambos pueblos esperan, pues,
no una nueva situación más confortable, sino una persona concreta,
un Mesías o Cristo que salvará al pueblo de sus
males.
Los cristianos, para pedir esta venida de nuestro Mesías o
Cristo en la liturgia, usamos con frecuencia -sobre todo durante
el tiempo de Adviento- muchas de aquellas mismas expresiones que
los israelitas usaron -y, por lo menos los judíos piadosos
continúan usando- para pedir la llegada del Mesías salvador: «Pastor
de Israel, despierta tu poder y ven a salvarnos, ven
a visitar tu viña, que tu mano proteja a tu
escogido (a tu mesías o ungido), al hombre que tu
fortaleciste» (Salmo 79).
Para comprender lo que Israel entendía ayer bajo
el vocablo Mesías hay que remontarse a los años de
la cautividad de Babilonia. Israel empezó a pedir el Mesías
precisamente a partir de la experiencia triste del destierro, cuando
dispersos entre los gentiles, carecían de rey -de mesías o
ungido- que los gobernara. Anteriormente -desde los tiempos de Saúl
y de David- Israel había tenido a su rey, consagrado
y ungido (a su Mesías en hebreo, o a su
Cristo en griego) que llevaba la dirección del pueblo. Pero
estos reyes de Israel dejaron de existir con la deportación
de los babilonios. Sedecías fue hecho cautivo, cegado y murió
sin que le siguiera otro rey o mesías.
Ante el doloroso
destierro, que dejó a los israelitas huérfanos de rey, el
pueblo empezó a suspirar y suplicar a su Dios para
que les enviara un nuevo rey -un Mesías- que sucediera
al destronado Sedecías y continuara la descendencia real de David:
«Pastor de Israel, despierta tu poder y ven a salvarnos;
ven a visitar tu viña y que tu mano proteja
a tu escogido, -mesías en hebreo, cristo en griego-es decir
al futuro rey que esperamos, al hombre que tu fortalecerás,
como fortaleciste a los antiguos reyes de Israel» (Cf. Salmo
79).
Con el discurrir de los siglos Israel experimentó cómo iba
pasando de una dominación a otra (babilonios, persas, griegos, romanos)
sin que llegara el suspirado Mesías o rey. Por ello
los judíos, por lo menos los mejores, empezaron a soñar
con otro tipo de rey y de reino. Los textos
bíblicos -especialmente los salmos- que en tiempos pasados se referían
a su rey -a sus desposorios, a sus guerras, a
sus victorias- los empezaron a aplicar a Yavhé, a sus
victorias sobre el mal, a su amor y desposorios con
la sinagoga. Así la visión del futuro Mesías esperado se
fue trasformando y espiritualizando, por lo menos parcialmente y por
parte de algunos. Sin que por ello desapareciera del todo
-ni mucho menos- la esperanza y la figura de un
Mesías en el sentido estricto de rey sucesor de David
y de Sedecías.
En los días del Nuevo Testamento, escenas como
la del pueblo que ante la multiplicación de los panes
quiere proclamar a Jesús rey (mesías) (Ju 6,15) o la
de quienes, sobrecogidos por su autoridad, se interrogan si no
será él el mesías (Ju 7,27) evidencian que ante la
menor posibilidad de éxito reaparece la primitiva concepción de mesías
como rey en la línea restauracionista del antiguo poder de
los monarcas de Israel. ¿No es ésta aún la actitud
que reaparece en los doce cuando en la última aparición
del Resucitado, reanimados por el triunfo de la resurrección, preguntan
a Jesús: ¿Señor, es ahora cuando vas a restaurar el
reino de Israel?» (Hech 1, 6).
La palabra del Señor no
puede fallar, el reino prometido ha de llegar, el Mesías
o Cristo ha de venir. Así lo prometió el Señor
a David y así debe, pues, acontecer. De aquí, pues,
que continuemos esperando el cumplimiento de la promesa: «Te fundaré
un linaje perpetuo, tu trono será más firme que el
cielo» Por ello los cristianos suplicamos, con plena confianza, que
venga el reino del Mesías y, siguiendo la recomendación del
Salvador, repetimos la plegaria que en adviento se hace especialmente
significativa: «venga a nosotros tu reino».
Desde el Israel de David
al Israel de los profetas, del Israel de los profetas
al del destierro babilónico y del Israel de la cautividad
al nuevo Israel de Jesús lo único que ha cambiado
es la perspectiva del Mesías esperado, no el término de
nuestra esperanza. Es verdad que el rostro del mesías esperado
cada vez se ha ido espiritualizando más, pero no ha
cambiado de naturaleza, no ha pasado de ser la espera
de un salvador -como algunos expresiones más modernas parecen dar
a entender- a la espera de una situación mejor.
El Mesías
que nosotros, como Israel, esperamos es aquel rey a quien
« el Señor Dios le dará el trono de David,
su padre y (como sus antepasados) reinará sobre la casa
de Jacob». Ante la destrucción de Jerusalén y la muerte
de Sedecías los judíos fueron comprendiendo que la casa de
Jacob, el reino prometido, se situaba en un nivel superior
al que antes habían soñado. Así empezó a vislumbrarse un
Mesías algo distinto, un rey mayor que lo que fueron
sus antiguos monarcas. Por ello Israel, en sus cantos, empezó
a proclamar «El Señor es rey»-. Nosotros, los cristianos damos
aún un paso más adelante en la expectación del Mesías:
sabemos que el Mesías que esperamos es aquél a quien
«el Padre consagró (constituyó ,mesías) y envió al mundo» (Jn
10, 36), sabemos que nuestro Mesías no es únicamente un
rey -un lugarteniente de Yahvé y como tal hijo de
Dios como llamaban con frecuencia los israelitas a su rey
(CL v. gr. sal 2), sino el mismo Hijo de
Dios por naturaleza, Dios como el Padre que lo consagra
y envía al mundo como rey o Mesías, y rey
definitivo no sólo de la casa de Jacob sino de
toda la familia humana. Esta es pues la venida del
Mesías que siempre anhela la Iglesia, cuyos acentos de esperanza
se hacen más explícitos y repetitivos durante las semanas de
Adviento.
Pero al celebrar el Adviento debemos poner atención y cuidado
especial -sobre todo en nuestro mundo moderno tan «secularizado»- en
no dar un paso atrás en la comprensión de la
venida del Mesías. Si el progreso de la revelación judío-cristiana,
a través de la historia y de sus avatares, ha
hecho que el pueblo que Dios se ha escogido pasara
progresivamente de la esperanza en un Mesías temporal que «restaurara
el reino de Israel» (Hech 1, 6) a la expectación
de un Mesías que lograra la implantación del reino de
Dios -de aquel reino del que el Mesías definitivo afirmó
que «no era de este mundo» (Ju 18, 36)- no
demos nosotros un paso regresivo a la inversa convirtiendo nuestra
espera en la expectación o en las esperanzas de un
mejoramiento sólo terreno; como hombres y como cristianos podemos y
debemos desear una mejora de nuestro mundo actual y de
sus estructuras, un progreso de la justicia y del bienestar,
un mundo con menos dolor y sufrimiento... pero todo ello
no es el término de nuestra esperanza ni el objeto
de nuestras súplicas por la llegada del reino de Dios;
durante el Adviento lo que pedimos no es un futuro
simplemente mejor sino el futuro absoluto, es decir, aquel futuro
que ya no tendrá un mañana para mejorar porque todo
en él será ya pleno.
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