Esa fe que tanto anhelamos
Autor: P. Fernando Pascual LC
Tienes razón: la fe parece un regalo difícil, que pocos
reciben, que resultaría inalcanzable para algunos.
Hay quienes creen con naturalidad,
como el pez que nada en el agua. Otros viven
en un desierto interior: no encuentran (o no reconocen) señales
para saber dónde está el agua, para iniciar el camino
que les lleve al encuentro con Dios.
Es cierto que duele
vivir sin fe. Pero también es cierto que Dios quiere
dar la fe a todos, pues de lo contrario no
sería ni justo ni bueno.
La quiere dar a mi corazón,
a pesar de mis dudas, de mis caídas, de mis
fracasos. La quiere dar al tuyo, al de todos, si
nos abrimos, si nos dejamos tocar, si quitamos andamios de
racionalismo y empezamos a mirar las cosas con ojos nuevos.
Es
fácil decirlo, pero el camino a veces se hace largo.
Además, hay tantos obstáculos... El primero, quizá el más difícil,
es ese egoísmo que exige agarraderas firmes y satisfacciones inmediatas,
cuando la fe me pide que deje lo fácil y
lo seguro para empezar un camino hacia lo desconocido, como
Abraham, como Moisés, como Elías, como María de Nazaret.
La mentalidad
moderna, además, nos dice que la fe pertenece a un
mundo superado, a corazones débiles, a personalidades inmaduras y manipulables.
En realidad, como explicaban los Padres de la Iglesia, quien
renuncia a servir a Dios, el Señor, termina encadenado a
muchos “señores” (dinero, alcohol, aplausos, poder, sexo, triunfos profesionales, técnicas
psicológicas, medicinas y consultorios, dietas y métodos de relajación).
Al final,
uno que deseaba ser independiente, maduro, realizado, acaba por vivir
atento a la báscula, a la cuenta del banco, a
los niveles de colesterol. Como si todo fuese bueno mientras
las cosas están en los cauces que esperamos, y como
si todo perdiese su sentido cuando inicia el declive o
cuando un golpe de la vida (accidente, crisis económica, fracaso
familiar) nos hace descubrir que no éramos invulnerables.
No sé si
con estas líneas te pueda abrir un horizonte a la
esperanza y un camino para la fe. Estoy seguro de
que Dios ya está tras tus huellas, como lo está
tras las mías, con un respeto y un cariño que
no imaginamos. Porque también Dios, en modos que para nosotros
son desconocidos, “espera”, sin límites de lugares, de tiempo, de
historias personales.
Te dejo así estas ideas, un poco incompletas y
pobres. Estoy seguro de que Dios hará el resto. Rezaré
por ti. No dejes de pedir por mí, pues todos
somos del mismo barro: tarde o temprano nos llegan momentos
de oscuridad y de tristeza, y necesitamos ese apoyo sincero
del hermano, del amigo, del compañero de viaje.
El resto, y
siempre es lo más importante (es todo), lo hará Dios,
en quien creo, en quien espero, a quien amo, con
mis heridas y mi flaqueza. Ojalá que pronto lo descubras
también tú, y podamos, entonces, decir juntos, pausadamente, “Padre nuestro...”.
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