¿Cómo hacer un programa de vida?
Autor: Germán Sánchez Griese
No nos ha faltado ni buena voluntad, ni carácter. Lo
que sucede es que hemos fallado en el método. Si
queremos en verdad llegar a un verdadero cambio de vida
, lo que necesitamos es descubrir nuestro defecto dominante, hacer
un plan para atacarlo y poner manos a la obra.
Esto se llama hacer un programa de vida, un verdadero
programa para reformar nuestra vida y lograr ser un hombre
o una mujer nueva. Es fácil, pero requiere de una
técnica, de unas herramientas y de constancia en el trabajo.
Mírate
en un espejo.
Sí, no tengas miedo. Hombre o mujer, joven
o adolescente, ¿qué más da? Cuando tienes unos kilos de
más, cuando quieres alcanzar una mejor figura, un mejor rostro,
no te da pena y te miras al espejo. Ahí,
frente a frente descubres lo que está bien, o eso
que está mal. Y decides comenzar ¡cuánto antes, por favor!
una dieta, un tratamiento de belleza o un régimen físico
para estar y sentirte mejor. Y eso lo logras sólo
si eres capaz de verte en el espejo y ver
la realidad de las cosas.
Con la vida del espíritu sucede
lo mismo. Debes mirarte en el espejo y contemplar a
un hijo o una hija de Dios. Y debes ver
el contraste. Esa imagen que ves en el espejo quizás
no es la imagen ideal de un hijo de Dios.
Contemplas una persona que puedas estar alejada de Dios o
que está en camino de acercarse a él, pero ¿qué
le hace falta? Te das cuenta que estás lleno de
defectos, de actitudes que no corresponden a las de un
buen cristiano. Vicios que se han arraigado con el
tiempo y que forman ya parte de una personalidad, pero
una personalidad que se aleja del camino de Dios. ¿Qué
puedes hacer?
No puedes pasarte la vida entera frente al espejo
y lamentar tu situación y decir simplemente: “Eso de ser
hijo de Dos no es para mí”. No puedes conformarte
con pensar que si Dios te hizo de esa manera
deberás continuar así durante toda la vida. Esa es la
historia de muchos católicos, que llamados a una vida mejor,
a una vida de verdadera santidad, se conforman con ir
tirando, con no ser malos y no son capaces de
lanzarse a las alturas. Se parecen un poco al polluelo
de águila, que herido a la mitad del camino, lo
encuentra un campesino y lo lleva a su granja. Lo
mete en el corral de las gallinas y espera un
poco de tiempo a que se cure. El polluelo se
adapta a la vida delas gallinas, come como las gallinas,
hace todo igual que las gallinas. Y en el momento
en que debe levantar el vuelo a las alturas, a
mirar al sol de frente, no es capaz de hacerlo,
se queda en tierra picando la tierra, buscando su alimento
entre lombrices y granos de trigo.
Como católicos estamos llamados a
alcanzar las alturas de la santidad: ¡ser santo! Así, entre
signos de admiración. Esa imagen que debes contemplar en el
espejo es la de un verdadero santo, la de una
verdadera santa. En medio de la vida cotidiana, santificándote con
tu esposa y tus amigos, con tus parientes, con tu
novio en el antro, en todas partes. ¿Te miras al
espejo y no te reconoces como santo?
Descubre tu defecto dominante.
Si
no somos santos, no te disculpes ni busques pretextos. Hay
un refrán que dice “cuando los defectos se inventaron, se
acabaron los tontos”. Tu mismo podrías hacerme aquí una lista
de pretextos: no soy santo porque no he sido llamado
a la santidad, no soy santa porque no me dan
los medios, no soy santo porque me da miedo, no
soy santo porque otros no me dejan ser santo. Y
así la lista podría seguir al infinito.
No te compliques y
saquemos una conclusión: no eres santo porque no has luchado
con inteligencia para alcanzar la santidad. Fíjate muy bien que
he subrayado la palabra con inteligencia. Quizás después de un
retiro espiritual, de unas jornadas de oración o de un
taller de vida cristiana hayas sentido ganas de ser santo,
de ser mejor, de acercarte más a Cristo. Eso es
muy bueno. Querer es poder, alguien ha dicho por ahí.
Pero... ¿has puesto los medios? No basta simplemente con querer.
Hay que poner los medios. Y uno de los medios
más importantes para ser santo es descubrir tu defecto dominante
y trabajar por combatirlo.
Todos tenemos defectos que debemos atacar para
conseguir la santidad: Yo me enojo muy pronto y pierdo
el control de mí mismo, hay quien no puede ser
caritativo con los demás porque está más allá de sus
propias fuerzas, los hay que se quedan a mitad del
camino de la santidad porque la pereza les paraliza del
todo. Eso es normal. Decir que tenemos defectos equivale a
decir que somos humanos, equivale a describir nuestra naturaleza, por
lo cual no tiene nada de especial que en el
camino de la santidad hayas encontrado esos defectos. Ahora bien,
hay muchos defectos que combatir, ¿por cuáles debemos comenzar? Son
muchos y de muy variada especie...
En la vida espiritual todos
los defectos los podemos agrupar en dos grandes grupos: los
defectos cuya raíz están en la soberbia y los defectos
que tienen su raíz en la sensualidad. La soberbia no
es más que sentirme yo el centro del universo, pensar
que yo siempre tengo la razón y que todos deben
obedecerme, creer que mi punto de vista es infalible. Algunas
manifestaciones de la soberbia son: deseo de estima, vanidad, dureza
de juicio, dureza en el trato con los demás, terquedad,
altanería, impaciencia, autosuficiencia, desesperación, rencor, juicios, temerarios, envidia, crítica, racionalismo,
respeto humano, individualismo, insinceridad, ira, temeridad en las tentaciones, apego
a los cargos, desprecio de los demás, compararme con los
demás, hacer distinción de las personas y no verlas a
todas como hijos de Dios, vivir como si Dios no
existiera haciéndolo a un lado en la propia vida, susceptibilidad,
no saber escuchar, servirme de Dios y no buscar servirlo,
ver a Dios más como señor y juez que como
Padre y amigo.
De otro lado, tenemos los defectos cuya raíz
va a la sensualidad que es poner nuestra comodidad como
el valor supremo de nuestra vida. Algunas manifestaciones de sensualidad
son: flojera, pérdida de tiempo, huida de todo lo que
suponga sacrificio, concupiscencia de la vista y de la mente,
sexualidad desordenada, excesos en el comer y en el beber,
deseos desordenados de tener y de consumir, despilfarro, lecturas, conversaciones
y espectáculos que fomentan la sensualidad y la vulgaridad.
Aquí tenemos
los dos grandes pesos que nos impiden alcanzar la santidad:
la soberbia y la sensualidad con una gama de manifestaciones.
Cada uno de nosotros tiene manifestaciones de soberbia y de
sensualidad. Un ejército no se gobierna lanzando batallones de infantería
a diestra y siniestra. Se analiza el enemigo, tratamos de
conocer sus armas, su potencial y se lanza el ataque
enfocándolo a objetivos muy precisos. Lo primero que debemos hacer
es conocer a nuestro enemigo: ¿con quién vamos a enfrentarnos?
¿Con la soberbia o con la sensualidad? No se trata
de hacer un elenco exhaustivo de todas esas manifestaciones. Debemos
combatir con inteligencia, ya lo hemos dicho. Hacer una lista
de todas las manifestaciones que me alejan de Dios no
tiene ningún caso. Se necesita descubrir la raíz de esas
manifestaciones y lograr llegar a decir: “yo estoy alejado de
Dios porque soy un soberbio con tales manifestaciones” o decir
también: “yo no soy hija de Dios cuando me dejo
llevar por mi defecto dominante que es la sensualidad con
estas y estas manifestaciones”. ¿Cómo puedo llegar a esto?
Todas las
noches, antes de acostarte, haz un pequeño balance y en
una hoja escribe las fallas que hayas tenido en ese
día. Debes ser muy sincero y no aparentar nada a
ante nadie. Sé humilde y escribe: me enojé con mi
hermano, no fui lo suficientemente paciente con mi esposa, se
me fueron los ojos al ver tal o cual revista,
no escuché a mi compañero de trabajo, traté de imponer
mi punto de vista sin escuchar a los demás.
Después de
hacer esa lista, cataloga cada una de las faltas, poniendo
las letras “So” si han sido manifestaciones de soberbia o
“Se” si han sido manifestaciones de sensualidad. Haz el propósito
de revisarte todas las noches haciendo estas clasificaciones de faltas.
Después de una semana habrás encontrado tu defecto dominante, pues
tú mismo te darás cuenta si es la soberbia o
la sensualidad la raíz de tus faltas más frecuentes. Seguirás
siendo como todos los humanos teniendo defectos de soberbia o
de sensualidad, pero habrás descubierto que uno de ellos es
el que más te aleja de Dios.
Ahora, con tu defecto
dominante ya conocido, será más fácil comenzar el camino de
la santidad.
1. La clave del crecimiento
interior. 2. Programa de crecimiento interior. 3. Para fortalecer mi voluntad. 4. El
camino de la conversión. 5.La raiz de toda
conversión: la humildad. 6. La fuente del crecimiento
interior. 7. Soberbia y sensualidad. 8.
La purificación interior. 9.¿Cómo combatir tu defecto dominante?
. 10. Recapitulación. 11. El secreto
de la felicidad. 12. Perseverancia.
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