Legal pero ¿justo y/o legítimo?

Autor: Salvador I. Reding Vidaña
“La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma”, dice la Escritura (Sal 19, 8), pero las leyes creadas por los hombres reflejarán la calidad de su conocimiento, sabiduría, intereses personales o de grupo, virtudes y debilidades de los legisladores y sus jefes, filias y fobias, las llamadas fuentes del derecho y hasta la fatiga posible tras largas jornadas deliberativas en una legislatura.

Sin duda que en muchos de los legisladores habrá una intención mayor o menor de hacer bien su trabajo, preparar iniciativas de ley y aprobarlas en los mejores términos posibles para favorecer el bien común. Pero hay también mucho de lo mencionado arriba que influye en la elaboración de las leyes, por lo que aún el “mejor” sistema legal distará de acercarse a lo perfecto, a lo justo, legítimo.

Por ejemplo, y en un grave extremo, hay legislaciones cargadas de fanatismo religioso, que ni siquiera interpreta el deseo de la propia religión que les inspira. De esta forma, vemos cómo el mundo diplomático y de los defensores de los derechos humanos, de la dignidad de la persona, presionan para que alguna pobre mujer no sea muerta por lapidación, cuando una inhumana ley así lo prescribe, y hasta sin derecho a juicio.

Hay leyes hechas precisamente para impedir las prácticas religiosas o democráticas. Hay leyes que permiten el homicidio, como en los casos del aborto “legal”. Hay leyes que permiten matar a un enfermo terminal, dizque por eutanasia.

Hay leyes que permiten que los más indefensos, por razones de falta de cultura jurídica y general, por falta de medios de defensa legal, por su pobreza, por su raza o por diversas razones, sean despojados de sus bienes, sobre todo de inmuebles, para beneficio de depredadores con muchos recursos de dinero (que compra a quienes aplican las leyes).

Hay leyes que deforman los conceptos muchas veces milenarios de la familia y el matrimonio, para beneficio de pequeños grupos vociferantes y belicosos (con mucho dinero) de homosexuales o proabortistas y sus simpatizantes. Hay leyes que favorecen la pederastia, o proyectos de ley que suponiendo el respeto a las decisiones de los niños, intentan hacer legal la relación sexual “consentida” entre adultos y niños.

Hay derecho escrito y derecho consuetudinario, hay lo que se llama “usos y costumbres”, y en base a esto se practica, por ejemplo, la mutilación sexual de niñas. La historia nos habla de un arcaico “derecho de pernada” sobre las novias.

Frente a la democracia, hay legislaciones diseñadas precisamente para impedir que la voluntad de la población ciudadana se manifieste e imponga democráticamente. De hecho, hay y hubo dictaduras de partido en naciones absurdamente llamadas democracias. Hay leyes que protegen a dictadores.

En fin, sobran los ejemplos para demostrar que lo que es, que ha sido declarado legal por un grupo de personas con el poder de hacerlo, no necesariamente es bueno, legítimo o justo. Aún más, puede ser simplemente absurdo o inoperante.

Las leyes, cuando se alejan de la defensa del bien común y del respeto a la dignidad humana, reflejan las deformaciones humanas de los poderosos para aprobarlas, decretarlas e imponerlas. “¿Qué es lo legal? Lo que me pega la gana.”

Hay leyes injustas y leyes que permiten actuar contra lo considerado legítimo en una sociedad, pasando sobre los principios morales o derechos naturales de la misma. Precisamente por eso existe y se defiende el derecho, reconocido legalmente o no, a la OBJECIÓN DE CONCIENCIA. El derecho natural, reconocido por las religiones cristianas, es la fuente para que legítimamente una persona, un grupo humano, se nieguen a acatar leyes contrarias a sus principios morales o a sus derechos fundamentales.

Así un médico puede, por objeción de conciencia, negarse a practicar un aborto, aunque cierta ley diga que debe hacerlo. Una persona consciente de su dignidad, se niega justamente a obedecer una disposición legal racialmente discriminatoria.

Un grave problema a nivel internacional, es el activismo pro-homosexual, anti familia, pro cultura de la muerte en los organismos internacionales, en especial las Naciones Unidas, para tratar de imponer en las constituciones nacionales cosas como el “derecho al aborto”, o forzar a los países a a reconocer el “matrimonio” homosexual. Luchar en los foros debidos en contra de estas aberraciones supuestamente legales, es derecho y obligación de los defensores de la dignidad humana, de las iglesias y gobiernos conscientes.

Cuando se tratan de aplicar leyes que van en contra de lo moralmente legítimo y la justicia, es muy importante interponer todos los recursos legales y de presión social y política, para que las leyes se reformen y se ajusten debidamente.

La corrupción en la administración pública y el mal uso y dispendio de los bienes y recursos fiscales, muchas veces obedece a los huecos de las leyes que, por omisión del legislador, permiten que se actúe “legalmente” en lo que evidentemente debería ser considerado ilegal. La discrecionalidad indebida para ciertas decisiones sobre recursos humanos, fiscales y materiales del Estado, permite abusos y atropellos. Hay que luchar por las debidas reformas legislativas.

Es importante marcar la diferencia entre lo legal frente a lo justo y lo legítimo (aunque esto sea “relativo”), ya que quienes usan las leyes en propio beneficio, alegan que si es legal, entonces es legítimo, y peor aún, cuando dicen que si es legal entonces… ¡es justo! Algo inaceptable y así hay que recordarlo y decirlo.

Tengámoslo presente: lo legal puede o no ser legítimo, puede o no también ser justo o injusto. Lo legal puede ir a favor o en contra de la dignidad y derechos fundamentales del hombre y del bien común de la sociedad en donde dichas leyes tienen vigencia. Hay que poner de nuestra parte lo necesario para que las legislaciones y reglamentaciones, públicas y privadas, se ajusten a la legitimidad y a la justicia y enfrentar las presiones internacionales contra la persona humana.

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